🔥 Saga "Navegantes de la Frontera"
⭐ El Viaje de Orchild
por Rodriac Copen
La Sedna-3 permanecía atracada en uno de los brazos exteriores de Kaba-7, una estación orbital de varios cientos de años, que parecía sostenerse en pie únicamente a fuerza de reparaciones. Desde lejos conservaba el aspecto robusto de una vieja fortaleza espacial, pero bastaba atravesar una de sus esclusas para descubrir décadas de remiendos improvisados, placas de metal de distintos colores y conductos de ventilación que gemían como animales dormidos mientras exhalaban vapor.
Las luces nunca iluminaban del todo los tenebrosos corredores. Los pasillos eran iluminados por largos tubos de luz amarillenta que parpadeaban sin prisa, dejando amplios sectores sumidos en penumbras donde cualquiera podía hacer negocios turbios y que prefería mantener lejos de los registros oficiales.
Aquella era una estación típica de la frontera.
Allí recalaban buscadores de minerales, cazadores de reliquias, mercenarios, comerciantes independientes y personas que no hacían demasiadas preguntas sobre el pasado de sus clientes.
En Kaba-7 la autoridad existía para mantener una frágil calma que no garantizaba la integridad personal.
La Sedna-3, en cambio, imponía respeto incluso inmóvil.
Su casco gris, castigado por incontables campañas, mostraba cicatrices, placas reemplazadas y antiguas soldaduras que ningún astillero habría aprobado. Bajo ciertas luces podían distinguirse restos de una matrícula militar casi borrada por sucesivas capas de pintura.
Más de un veterano, al verla entrar dos días antes, había sonreído con reconocimiento.
—“Ahí viene la Sedna-3...”—
Y con eso bastaba.
El capitán Tyrgard de Leriteax avanzaba por uno de los pasillos principales con las manos dentro de los bolsillos de su vieja chaqueta de cuero.
Acababa de entregar un cargamento de licor destilado en los sistemas interiores. Un negocio sencillo, bien pagado y, sobre todo, legal. El dinero descansaba ya en su cuenta y las bodegas de la corbeta habían quedado completamente vacías.
A su lado caminaba Jorvik-3.
Su expresión seguía siendo tan serena como siempre, aunque sus ojos verdes recorrían cada rincón del corredor con cuidado y precisión.
Un grupo de mineros discutía frente a un puesto de herramientas. Más allá, dos individuos armados salían de una casa de apuestas.
Un niño robaba una cartera con sorprendente habilidad mientras una pareja negociaba en voz baja la compra de documentos falsificados.
Jorvik registró cada escena sin detener el paso.
—“El índice de delincuencia en este nivel aumentó un dieciocho por ciento desde ayer.”— comentó con absoluta tranquilidad.
Tyrgard sonrió ante la obseervación.
—“La economía local está mejorando.”—
Ella giró la cabeza.
—“No creo que esa conclusión sea relevante para ti.”—
—“Ya lo sé. Estoy siendo cínico. Por eso yo soy capitán y tú mi segunda.”—
La bioandroide permaneció pensativa durante un instante.
—“Aún tengo que ajustar vario de mis parámetros para comprenderte.”—
—“Ya lo lograrás.”—
Continuaron caminando entre el bullicio.
El olor metálico de la estación era una mezcla única de especias desconocidas, aceites de motores y comida grasosa recién preparada. En Kaba-7 todo parecía envejecido, pero seguía funcionando de algún modo.
Como la Sedna-3.
Cuando regresaban hacia los muelles, Jorvik rompió nuevamente el silencio.
—“¿Cuál será nuestro siguiente destino?”—
Tyrgard observó por una escotilla el vacío estrellado antes de responder le.
—“Ninguno... por ahora.”—
Ella aguardó mientras el capitán completaba la idea:
—“Esperaremos un par de días.”—
—“¿No buscarás un contrato?”—
—“Las bodegas vacías no generan ganancias. Esperaremos por alguien que necesite transportar mercancías... o simplemente llegar a otro sistema.”—
La bioandroide asintió.
—“Las probabilidades indican un cuarenta y nueve por ciento de obtener un nuevo trabajo antes de cuarenta y ocho horas.”—
—“Entonces tenemos casi la mitad del problema resuelto. Relájate.”—
Jorvik volvió a procesar aquella frase durante unos segundos.
—“No comprendo por qué consideras eso una noticia optimista.”—
—“La vida del comerciante es así: todos nos vieron llegar, desembarcar y entregar. Ahora el trabajo consiste en tener paciencia y esperar a algún cliente”—
Caminaron unos metros más.
Desde un balcón se distinguía una parte del mercado principal.
Numerosos puestos improvisados ofrecían armas militares de todas las épocas, sustancias químicas y pequeños artefactos tecnológicos de procedencia dudosa. En la frontera la seguridad propia tenía una alta cotización.
Jorvik observó el movimiento de los mercaderes y sus clientes.
—“Podríamos obtener una ganancia considerable revendiendo armamento.”—
—“Lo sé.”— la expresión de Tyrgard indicaba poco apego por el comercio de armas.
—“O estupefacientes sintéticos.”—
—“No. No comercio esa porquería.”—
—“Las probabilidades de beneficio… son enormes.”—
La bioandroide esperó la continuación.
—“Esperaremos. Prefiero dormir tranquilo.”—
Jorvik lo miró.
—“Curiosa estrategia comercial.”—
—“Llevo muchos años vivo gracias a ella.”—
El segundo día transcurrió sin novedades. Ningún cargamento importante o contrato digno de mención.
Solo algunos pasajeros que buscaban transporte barato y un comerciante que pretendía pagar con certificados de una empresa quebrada desde mucho tiempo atrás.
Al mediodía, Tyrgard y Jorvik ocupaban una mesa junto a uno de los grandes ventanales de la cantina principal de Kaba-7.
No era un lugar elegante.
Las viejas mesas tenían marcas de décadas. Nombres esculpidos hábilmente con navajas se mostraban como anuncios que inmortalizaban a los viajeros. Las sillas parecían haber sobrevivido a más peleas que los muchos soldados circulantes.
El capitán terminaba un estofado de carne cultivada cuando advirtió que el cantinero señalaba discretamente hacia su mesa.
Dos personas avanzaron entre los clientes del local.
La primera era una mujer de unos cuarenta y cinco años. Alta y elegante, su cabello rubio ceniza caía sobre un largo abrigo azul oscuro.
Su forma de caminar era demasiado refinada para aquel lugar. No parecía una aristócrata perdida. Más bien semejaba a alguien acostumbrado a no llamar la atención... aunque inevitablemente lo consiguiera.
A su lado caminaba un muchacho de unos catorce años, delgado y rubio. Sus ojos delataban un carácter curioso.
Mientras avanzaban observaban la cantina como quien llega por primera vez a un mundo completamente distinto. El chico llevaba una pequeña libreta electrónica que sujetaba casi con la misma naturalidad con la que otros llevaban una cartera.
La mujer se detuvo frente a la mesa.
—“¿Es el Capitán Tyrgard de Leriteax?”—
Él dejó el tenedor sobre el plato para responder.
—“Depende.”—
Ella arqueó una ceja al decir:
—“¿De qué?”—
—“De quién pregunte.”—
La mujer asintió y permitió que apareciera una leve sonrisa.
—“Lo siento. Tengo que ser precavida. Me llamo Thyra.”— apoyó una mano sobre el hombro del muchacho —“Y él es Orchild.”—
El chico hizo un pequeño gesto de saludo.
—“Buenos días, capitán.”—
Tyrgard respondió con una inclinación de cabeza mientras presentaba a la androide.
—“Ella es Jorvik, mi segunda al mando. Siéntense, por favor.”—
La mujer y el niño ocuparon un par de sillas libres.
Jorvik permanecía completamente inmóvil, observándolos con esa serenidad que hacía imposible saber si estaba relajada o evaluando como neutralizar una amenaza.
Fue Thyra la que habló primero.
—“El cantinero me dijo que quizá usted podría llevarnos hasta Trebinguen.”—
Tyrgard soltó una breve risa.
—“Vaya que está lejos. Ese hombre recomienda mis servicios con demasiada facilidad.”—
—“¿Es posible?”— la mujer preguntó con algo de ansiedad.
—“Solo bromeo. Claro que sí.”—
El capitán llamó a un mozo para pedirle a sus invitados una infusión. Cuando el hombre se alejó, tomó un sorbo de su café.
—“Pero debo advertirle algo antes de hablar de dinero.”—
Ella aguardó.
—“Mi nave no es un transporte de pasajeros. Es una corbeta de carga reconvertida. Cobro bastante más que las líneas comerciales.”—
—“Lo sé.”—
—“Y no hago descuentos.”—
—“También lo sé.”—
Tyrgard apoyó lentamente la taza. El mozo sirvió las infusiones a la mujer y el niño. El capitán aprovechó para observar atentamente a la pareja. Aquella mujer había investigado antes de acercarse. Y eso le resultaba interesante.
—“Entonces supongo que existe una razón para buscar precisamente la Sedna-3.”—
Thyra sostuvo su mirada sin vacilar.
—“Sí.”— hizo una breve pausa antes de seguir —“No deseo contratar únicamente un transporte.”—
Miró un instante al muchacho antes de continuar.
—“Necesito contratar protección.”—
El comedor los rodeaba con cientos de conversaciones envolventes. Tyrgard no cambió de expresión.
—“Protección… ¿para quién?”—
—“Para Orchild.”—
El chico bajó la vista hacia la libreta que aún sostenía entre las manos.
—“Su vida corre peligro.”—
El capitán asintió y por un momento permaneció inmóvil.
—“Eso podría encarecer todavía más el viaje.”—
Thyra asintió.
—“Lo imaginé.”—
Entonces respiró hondo y dijo con absoluta naturalidad:
—“Orchild es el hijo del Barón de la Casa Utgard.”—
Jorvik levantó apenas la vista. Tyrgard también.
Aquel nombre era conocido incluso en los sistemas fronterizos. Thyra continuó con voz serena.
—“El Barón murió hace pocas semanas. Y desde entonces... hay demasiadas personas interesadas en que su hijo nunca llegue con vida a la edad adulta.”—
Thyra permaneció unos segundos en silencio, como si eligiera cuidadosamente cada palabra.
—“Debemos llegar a Trebinguen para que Orchild tome posesión de las propiedades de la Casa Utgard. Allí todavía hay personas leales a su familia. Si logramos llegar, la sucesión será reconocida legalmente.”—
Tyrgard se respaldó sobre su silla. Mientras apoyaba ambas manos sobre la mesa.
—“¿Y si no llegan?”—
La mujer sostuvo su mirada.
—“Entonces otro reclamará la herencia.”—
—“¿Y tú eres la institutriz de este joven?”— preguntó el capitán.
—“Soy su madre y tutora.”—
No hacía falta explicar mucho más.
En todos los mundos civilizados, la muerte de un heredero resolvía más disputas que cien abogados.
Thyra continuó con voz tranquila.
—“Desde que murió el Barón nos hemos estado moviendo de estación en estación. Nunca permanecemos demasiado tiempo en el mismo sitio. Cambiamos de nombre cuando es necesario y evitamos las rutas comerciales.”—
Orchild bajó la vista sin decir una palabra.
—“Necesitamos llegar vivos.”— prosiguió ella —“Como heredero… su vida corre peligro. Hay quienes no desean que llegue para seguir la línea sucesoria.”—
Durante unos segundos solo se oyó el murmullo de la cantina.
Tyrgard observó al muchacho.
No veía a un príncipe arrogante. Parecía un adolescente que intentaba aparentar más serenidad de la que realmente sentía.
—“¿Y tú qué opinas de todo esto?”— le preguntó el capitán.
Orchild levantó la cabeza.
—“Preferiría ocuparme de mis estudios.”—
Aquella respuesta hizo sonreír por primera vez a Tyrgard.
—“Buena respuesta.”—
El muchacho se encogió de hombros.
—“Pero parece que el universo tiene otros planes.”—
—“Si. Suele ser bastante insistente.”—
Thyra introdujo la mano en el bolsillo interior de su abrigo y extrajo un pequeño dispositivo de pagos. Lo deslizó suavemente sobre la mesa.
Un holograma azul emergió proyectando una única cifra.
Tyrgard la leyó y parpadeó una vez. Volvió a leerla y después giró lentamente hacia Jorvik.
—“¿Sabes qué estoy pensando?”—
—“Puedo calcular varias posibilidades.”—
—“Por esa cifra... sería estúpido decir que no.”—
Jorvik dirigió la vista hacia el holograma.
—“Confirmo tu intuición.”—
El capitán soltó una breve carcajada.
—“Ningún cargamento de licor vale semejante fortuna.”—
Miró nuevamente a Thyra.
—“¿De verdad piensa pagar todo eso?”—
—“Puedo transferirlo ahora a una cuenta de garantía. La mitad ahora. El resto cuando lleguemos.”—
Tyrgard le extendió la mano.
—“Entonces bienvenida a bordo de la Sedna-3”—
Thyra estrechó su mano con firmeza.
Orchild dejó escapar un suspiro que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
Una hora después atravesaban el viejo túnel de atraque rumbo a la corbeta.
Orchild se detuvo apenas cruzó la esclusa. Observó la nave de proa a popa.
—“Es... enorme.”—
Tyrgard sonrió.
—“Lo era hace cincuenta años. Ahora las hay más grandes.”—
—“¿Cuántos tiene?”—
—“Noventa... aproximadamente.”—
El muchacho abrió mucho los ojos.
—“¿Noventa?”—
El capitán acarició distraídamente una placa soldada junto a la compuerta.
—“No hay nave más segura para llevarte a tu destino.”—
Jorvik añadió con absoluta seriedad:
—“La última vez que alguien la llamó "chatarra", el capitán lo expulsó personalmente de la nave. Y era un inspector.”—
—“Seguía siendo un comentario ofensivo.”—
Orchild rió por primera vez desde que habían llegado.
Mientras atravesaban el corredor principal, el muchacho no sabía hacia dónde mirar.
Las paredes estaban cubiertas de herramientas perfectamente ordenadas, mapas estelares escritos a mano, fotografías de viejas tripulaciones, pequeños recuerdos comprados en mundos remotos y piezas mecánicas cuya utilidad solo Tyrgard parecía conocer.
No era una nave elegante. Era un hogar flotante. Una nave con historia.
Y la Sedna-3 parecía recordar cada uno de sus viajes. Tyrgard les fue señalando los distintos compartimentos mientras caminaban.
—“Puente de mando.”—
Más adelante.
—“Sala común.”—
A la izquierda.
—“Cocina completa. No esperen lujos, pero el café es excelente.”—
Continuaron.
—“Tres camarotes para invitados. Nosotros ocupamos los restantes.”—
Más adelante aparecieron las enormes compuertas del depósito de carga.
—“Las bodegas.”—
Después una puerta blindada.
—“La armería.”—
Orchild observó el grosor del acero.
—“Debe haber armas muy valiosas.”—
—“Las suficientes. Como para convencer a la mayoría de buscar problemas en otro lado.”—
Finalmente llegaron hasta el pequeño hangar. Allí descansaba un vehículo, sujeto con brazos magnéticos. Parecía haber recibido tantos remiendos como la propia corbeta.
—“¿También funciona?”— preguntó el muchacho.
—“Casi siempre.”—
—“¿Y cuando no?”—
—“Entonces se convierte en una excelente balsa espacial.”—
Mientras Thyra y Orchild terminaban de acomodar su equipaje en los camarotes que les habían asignado, Jorvik realizaba la revisión rutinaria de seguridad.
Nada fuera de lo habitual: un escaneo estructural, control atmosférico, verificación biológica y revisión de cargas.
De pronto… todas las pantallas del puente se tiñeron de rojo. Una alarma grave comenzó a resonar por toda la nave.
Jorvik reaccionó de inmediato.
—“Tyrgard.”—
El capitán ya estaba entrando.
—“¿Que es?”—
—“Emisiones de localización.”—
—“¿Internas?”—
—“Afirmativo.”—
El capitán dejó el café sobre una consola.
—“¿Acaso es la nave?”—
—“Negativo.”—
Las pupilas verdes de Jorvik parecieron enfocar varios lugares al mismo tiempo. Después habló con absoluta precisión.
—“Provienen del equipaje de nuestros pasajeros.”—
Tyrgard ya caminaba hacia los camarotes. Thyra abrió la puerta antes de que él llamara. Al ver su expresión comprendió que algo iba mal.
Jorvik extendió un pequeño escáner sobre las maletas. Una luz recorrió el equipaje pacientemente. Hasta que sonó un pitido agudo.
La bioandroide abrió cuidadosamente uno de los bolsos de Orchild.
Entre ropa, libros y la pequeña libreta electrónica apareció un diminuto cilindro metálico del tamaño de una uña. Jorvik lo tomó entre dos dedos.
—“Es una baliza de rastreo.”—
Thyra empalideció.
—“No estaba ahí cuando salimos.”—
—“Probablemente fue colocada en la estación. Antes que habláramos.”—
Tyrgard observó el dispositivo.
—“Tus enemigos son profesionales.”— le dijo al chico.
Jorvik introdujo el cilindro en un pequeño contenedor blindado. Luego accionó un interruptor. Una descarga electromagnética silenciosa recorrió el interior. Y la luz del rastreador se apagó definitivamente.
—“La señal fue neutralizada.”—
Orchild tragó saliva al decir:
—“Entonces... ya saben que estamos en Kaba-7.”—
Tyrgard respondió con absoluta calma.
—“Tranquilo. Ahora no sabrán hacia dónde vamos. Y no iremos por la ruta más directa. Eso es lo que esperan.”—
Pocas horas después de los preparativos, los enormes motores principales comenzaron a rugir. Y la Sedna-3 abandonó lentamente la estación orbital.
A través del ventanal, la forma oblonga de Kaba-7 fue alejándose hasta convertirse en un pequeño conjunto de luces suspendidas en la oscuridad.
Luego llegó el salto.
Las estrellas se deformaron en largos filamentos luminosos. El hiperespacio los envolvió con su habitual silencio.
El viaje hacia Trebinguen había comenzado.
Los primeros tres días transcurrieron con una tranquilidad tal, que hacía parecer a la travesía como unas vacaciones.
La Sedna-3 encontró rápidamente un nuevo equilibrio.
Cada mañana Tyrgard preparaba el desayuno antes incluso de revisar la ruta.
Jorvik realizaba los diagnósticos diarios y recorría la nave comprobando que hasta el último circuito funcionara correctamente.
Thyra solía pasar largos ratos frente a los ventanales de la sala común, contemplando el océano imposible del espacio sin pronunciar palabra.
Y Orchild… quería verlo absolutamente todo.
—“¿Qué hace esta palanca?”—
—“No la toques.”—
—“¿Y ese botón rojo?”—
—“Mucho menos.”—
—“¿Por qué?”—
Tyrgard sonrió sin levantar la vista de su taza.
—“Porque todavía no sé qué hace.”—
El muchacho soltó una carcajada. Incluso Jorvik pareció dedicarle una décima de segundo adicional antes de responder:
—“El capitán exagera. Conocemos la función del noventa y siete por ciento de los sistemas de la nave.”—
—“¿Y el tres por ciento restante?”—
—“Es un misterio del universo.”—
Aquella tarde, Jorvik condujo a Thyra y a Orchild para mostrarles el puente de mando.
No había enormes pantallas holográficas ni sofisticadas interfaces flotantes.
Solo interruptores, indicadores luminosos, teclados mecánicos, viejos monitores de diseño militar y un inmenso ventanal que convertía el espacio en el verdadero protagonista.
Orchild giraba sobre sí mismo fascinado.
—“Es mucho mejor de lo que imaginaba.”—
Tyrgard levantó su taza de café.
—“Eso mismo pensé la primera vez que la vi.”—
Acarició distraídamente una consola desgastada.
—“Y todavía sigue encontrando maneras de sorprenderme.”—
Los días siguientes terminaron de convertir a la Sedna-3 en un pequeño hogar compartido.
Orchild parecía decidido a inspeccionar hasta el último tornillo de la vieja corbeta.
Preguntaba por todo: las cicatrices del casco, las fotografías de antiguas tripulaciones, el funcionamiento de los motores. Incluso por una llave inglesa torcida que Tyrgard conservaba colgada junto a la cocina.
—“¿Por qué guardas eso?”—
—“Porque me salvó la vida.”—
—“¿Cómo?”—
—“Con ella pude bloquear un golpe de espada. En otro momento te contaré la historia.”—
Aquella mañana el muchacho llegó por primera vez frente a la pesada compuerta del puente de mando. Se quedó observando la puerta unos segundos antes de mirar al capitán.
—“¿Puedo entrar al puente?”—
Tyrgard ni siquiera levantó la vista de la taza de café.
—“No.”—
Cinco minutos después, cuando el capitán revisaba unos mapas estelares...
—“¿Y ahora?”—
—“Tampoco.”—
Orchild suspiró. Pasaron otros cinco minutos.
—“¿Ahora sí?”—
—“No.”—
Jorvik, que permanecía inmóvil junto a la consola de navegación, intervino con absoluta seriedad.
—“Ha formulado esa misma pregunta ocho veces desde las 08:17.”—
Tyrgard sonrió.
—“Eso le enseñará a ser tenaz.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque la tenacidad abre las puertas más robustas.”—
Hubo un breve espacio de silencio. Luego, el muchacho volvió a mirar la compuerta.
—“...¿Y ahora?”—
Tyrgard soltó una carcajada.
—“Está bien. Entra antes de que empieces a impacientar a Jorvik.”—
Orchild cruzó la puerta como si acabara de recibir autorización para visitar el centro del universo.
El puente era exactamente lo contrario de lo que imaginaba. No había enormes hologramas ni luces de colores por todas partes.
Solo interruptores, indicadores mecánicos, pantallas envejecidas y un inmenso ventanal desde donde el espacio parecía extenderse hasta el infinito.
—“Es... hermoso.”—
Tyrgard acarició distraídamente una vieja consola.
—“Eso mismo pensé cuando la vi por primera vez.”—
Al cuarto día abandonaron definitivamente la región protegida por Kaba-7.
La frontera volvía a ser la frontera, con pocas patrullas. Un gran espacio y demasiadas oportunidades para quienes vivían fuera de la ley.
Jorvik fue la primera en advertirlo.
Sus ojos recorrieron varias pantallas al mismo tiempo.
—“Tyrgard...”—
El capitán dejó el café sobre la consola.
—“¿Qué ocurre?”—
La bioandroide amplió una imagen. Tres pequeños ecos aparecieron detrás de un enorme asteroide oscuro. Las naves permanecieron inmóviles unos segundos.
Después aceleraron.
Y su rumbo coincidía exactamente con el de la Sedna-3.
—“Tres contactos.”—
—“Ya los veo.”—
Thyra observó la pantalla.
—“¿Es casualidad?”— preguntó
—“No en esta zona.”—
Durante varias horas los desconocidos mantuvieron prudentemente la distancia.
Ni se acercaban, ni se alejaban. Simplemente seguían allí. Esperando.
Hasta que dejaron de hacerlo.
En ese momento las alarmas comenzaron a sonar.
—“¡Detecto seguimiento de tiro!”—
Tres destellos cruzaron la oscuridad.
—“¡Misiles!”—
La Sedna-3 se inclinó violentamente al iniciar las maniobras evasivas. Tyrgard tomó los mandos manuales.
La vieja corbeta giró sobre sí misma con una maniobra casi imposible para una nave de aquel tamaño. Los proyectiles pasaron rozando el casco.
Todo el interior vibró.
Thyra se sujetó del respaldo más cercano, mientras Orchild quedó literalmente pegado al asiento.
—“¡Eso no puede hacerlo una nave de carga!”— dijo la mujer asombrada.
—“Ahora sabes lo que estás pagando.”— respondió Tyrgard mientras seguía maniobrando.
Jorvik ocupaba la consola de combate, mientras su voz continuaba siendo tan tranquila como siempre.
—“Dame autorización para abrir fuego, Tyrgard.”—
—“Adelante, querida.”—
La torreta dorsal emergió del casco. Los cañones automáticos comenzaron a seguir a la nave pirata más adelantada.
—“Blanco fijado.”—
Jorvik disparó una única vez. Un relámpago azul atravesó el vacío.
Y la primera nave enemiga explotó antes siquiera de iniciar una maniobra evasiva.
Orchild abrió los ojos de par en par.
—“¡Le dio!”—
Tyrgard apenas sonrió.
—“Nunca apuestes contra Jorvik.”—
Las otras dos naves reaccionaron de inmediato, separándose mientras iniciaban la persecución.
La huida los condujo hasta un inmenso cinturón de chatarra orbital, lleno de restos de cargueros, satélites partidos y fragmentos de estaciones.
Habían décadas de basura espacial girando lentamente alrededor de un pequeño planeta muerto.
Tyrgard hizo entrar la Sedna-3 en medio de aquel laberinto metálico. Las alarmas de cercanía protestaban sin descanso.
Una gigantesca antena pasó rozando el casco, después un viejo reactor. Luego fue el turno del esqueleto completo de una fragata.
Las dos naves piratas intentaron seguirlos.
Una de ellas golpeó contra una estructura oxidada, mientras que la otra debió perder velocidad para evitar la colisión.
Cuando finalmente consiguieron salir del otro lado del campo de escombros del planeta, no había nadie detrás.
Solo estrellas, y un silencio tranquilizador. Las alarmas habían cesado.
Thyra respiró profundamente. Seguía tan pálida como cuando comenzó el ataque.
—“No sabemos quién los envió. Y estamos lejos de la primera nave derribada, como para investigar los escombros”—
Tyrgard volvió a servirse café como si acabaran de esquivar una lluvia cualquiera.
—“No.”— dijo Jorvik —“Y no aconsejo volver, sería imprudente.”—
El capitán bebió un sorbo de su taza.
—“No importa. En algún momento vamos a averiguarlo.”—
Dos días más tarde realizaron una breve escala técnica en Taurion Delta.
Era un puerto industrial construido alrededor de un antiguo complejo minero. No era bonito, pero vendían prácticamente cualquier pieza que pudiera necesitar una nave veterana.
Tyrgard revisó la lista de suministros.
—“Necesitamos reponer misiles.”—
Jorvik asintió.
—“Y dos inyectores para el motor auxiliar. Además, podemos acopiar alimentos por si tenemos que navegar evasivamente.”—
Thyra se puso de pie.
—“Iré con usted.”—
Tyrgard miró a Orchild.
—“¿Te quedarás aquí, con Jorvik?”—
El muchacho hizo una mueca.
—“Prometo no tocar nada.”—
—“Eso ya sería un gran avance.”—
Jorvik añadió:
—“Permanecerá bajo mi supervisión.”—
El mercado de Taurion Delta era un verdadero laberinto de talleres, depósitos militares y puestos de comerciantes. Compraron todo lo que necesitaban después de un par de horas.
Cuando regresaron hacia la Sedna-3, Tyrgard notó algo extraño: la compuerta estaba abierta.
Jorvik los esperaba junto a la esclusa. Sola.
Thyra sintió un nudo en el estómago.
—“¿Dónde está Orchild?”—
La androide tardó una fracción de segundos en responder:
—“Ha sido secuestrado.”—
La expresión del capitán cambió por primera vez desde que había comenzado el viaje. Su voz sonó tan baja que resultó más inquietante que un grito.
—“Jorvik… ¿Cómo diablos se lo llevaron bajo tu cuidado?”—
La bioandroide respondió sin vacilar.
—“Detecté una anomalía fuera de la nave. Y activé el protocolo de inspección. Orchild desobedeció mis instrucciones y salió para observar qué ocurría.”—
—“¿Y?”—
—“Cuando llegué...lo hice tres segundos tarde.”—
Tyrgard comprendió inmediatamente que aquello no había sido improvisado.
—“¿Cómo evitaron tus escáneres?”—
—“Utilizaron un inhibidor de espectro nulo.”—
La bioandroide levantó un pequeño emisor ennegrecido.
—“Solo los usan profesionales.”—
Thyra comenzó a caminar de un lado a otro por la sala común. No gritaba ni lloraba, pero la furia contenida resultaba mucho más intimidante.
—“Juro que mataré a quien sea que lo haya secuestrado.”—
Nadie respondió, no hacía falta. Entonces se giró hacia Jorvik para decirle:
—“Tiene un localizador.”—
Tyrgard levantó la vista para preguntarle:
—“¿Dónde?”—
—“Debajo de la piel, en el hombro izquierdo.”—
La bioandroide ya estaba trabajando sobre los sensores de largo alcance. Las pantallas comenzaron a recorrer toda la ciudad. Segundos después apareció un punto luminoso con el indicador del código de Orchild.
—“Lo encontré.”—
Amplió el mapa y señaló:
—“Subsuelo cuatro del complejo industrial abandonado.”—
La zona era de una actividad criminal elevada. Tyrgard sonrió al decir:
—“Al menos, ya tenemos la dirección.”—
Jorvik estudió rápidamente los planos.
—“Existe un antiguo conducto de ventilación que conecta con el interior.”—
—“Perfecto.”—
Al llegar, el capitán observó a Thyra para decirle:
—“Al entrar, necesito que hagas algo de ruido.”—
Ella comprendió inmediatamente.
—“¿Quieres que distraiga a los guardias?”—
—“Exacto.”—
—“Puedo hacerlo.”—
Pocos minutos después descendían por un viejo túnel de mantenimiento. Allí el aire olía a óxido y combustible. Jorvik avanzaba en silencio guiando al grupo hasta una estrecha rejilla de ventilación.
—“Entraremos por aquí.”—
Desde el otro lado llegaban voces. Eran dos hombres armados que vigilaban un corredor.
Tyrgard miró a Thyra. Ella asintió y salió caminando con absoluta tranquilidad. Los dos guardias se incorporaron inmediatamente, mientras uno de ellos sonreía.
—“Vaya... parece que alguien se perdió.”—
Mientras el hombre se acercaba, Thyra siguió avanzando como si realmente necesitara ayuda. Cuando estuvo a un paso… Tyrgard salió disparado desde la oscuridad dispuesto a derribar al primer guardia.
Lo consiguió de un golpe seco.
Giró inmediatamente hacia el segundo… pero encontró al hombre ya desplomado contra el suelo.
Thyra acababa de derribarlo de un derechazo tan limpio que aún parecía sorprendido de haberse desmayado. Tyrgard observó alternativamente al guardia inconsciente y a la mujer.
—“Recuérdame no discutir nunca contigo.”—
Ella acomodó con calma una manga de su abrigo.
—“Es un excelente consejo.”—
Tyrgard señaló al guardia desplomado en el suelo y luego volvió la vista hacia Thyra. Una sonrisa divertida apareció bajo la barba de dos días.
—“Empiezo a sospechar que no me contrataste por mi puntería.”—
La mujer buscó alguna identificación en el hombre, pero no encontró nada.
—“A una esclava se le enseña lo que su dueño considere útil.”—
Su voz sonó tranquila, casi indiferente.
—“El Barón me enseñó a defenderme.”—
No hubo tiempo para más preguntas. Jorvik levantó la vista desde el pasillo.
—“Detecto al menos seis individuos armados en los niveles inferiores. Tardarán menos de tres minutos en regresar.”—
—“No perdamos tiempo.”—
Atravesaron la puerta principal. El edificio era un antiguo depósito industrial transformado en guarida improvisada. Habían cajas apiladas, focos desnudos y cables colgando del techo. Le daban al lugar un aspecto tan precario como peligroso.
No tardaron en encontrar al muchacho. Orchild estaba atado a una silla metálica en una habitación del fondo. Tenía un pequeño corte en la frente, pero sonrió cuando vio entrar a Tyrgard y a su madre.
—“Sabía que vendrían.”—
—“No nos des tanto crédito.”— respondió el capitán mientras cortaba las ataduras con un cuchillo —“Tenemos que salir huyendo cuanto antes.”—
El muchacho soltó una risa nerviosa mientras Jorvik examinaba rápidamente sus signos vitales.
—“No presenta lesiones graves.”—
Entonces sonó una alarma. Probablemente alguien había descubierto a los dos guardias.
—“Hora de marcharnos.”— dijo Tyrgard.
El grupo salió del edificio casi a la carrera. Los primeros disparos comenzaron a perseguirlos apenas doblaron la esquina.
—“¡Por allí!”—
Una descarga de plasma arrancó una lluvia de chispas del muro. Thyra respondió con dos disparos precisos que obligaron a los perseguidores a buscar cobertura.
Jorvik, sin disminuir el paso, acertó otro tiro que inutilizó el vehículo que intentaba cerrarles el camino.
Corrieron por callejones industriales, cruzaron cintas transportadoras abandonadas y saltaron sobre viejas tuberías de refrigeración.
Los insultos de los secuestradores resonaban detrás de ellos.
—“¡No los dejen escapar!”—
—“¡Disparen!”—
—“¡Quiero vivo al chico!”—
—“Pues hoy tendrán que conformarse con la decepción.”— gruñó Tyrgard mientras respondía con un disparo por encima del hombro.
Minutos después alcanzaron el muelle de atraque. La compuerta de la Sedna-3 comenzó a cerrarse apenas los cuatro cruzaron la esclusa.
Un instante después, varios disparos golpearon inútilmente el casco. Dentro de la nave solo se oía la respiración agitada del grupo.
Orchild dejó caer la pequeña mochila que aún llevaba colgada para caminar directamente hacia Thyra.
La abrazó con una fuerza que no parecía propia de un muchacho tan delgado. Su madre permaneció inmóvil durante unos segundos. Luego lo rodeó lentamente con ambos brazos.
Durante todo el viaje había mantenido la compostura, pero en aquel instante estuvo a punto de derrumbarse. Apoyó la frente sobre el cabello del muchacho y cerró los ojos.
Tyrgard, discretamente, miró hacia otro lado.
Un mes después, la Sedna-3 se encontraba abandonando la estación orbital del planeta Vhara.
Habían realizado una escala breve para cargar combustible, adquirir repuestos y vender parte de un cargamento mineral que el capitán había conseguido durante el trayecto.
Todo parecía transcurrir con absoluta normalidad. Hasta que una explosión estremeció toda la corbeta.
El puente entero se sacudió violentamente mientras las luces se apagaban durante un segundo. Las alarmas comenzaron a gritar al unísono.
—“¡Motor tres fuera de servicio!”— anunció Jorvik.
—“¡Compensando empuje!”—
La nave giró descontroladamente. Tyrgard sujetó los mandos con ambas manos mientras luchaba por estabilizar la trayectoria.
En la pantalla apareció la imagen del motor de popa, donde se podían ver algunos fragmentos de la armadura retorcidos.
—“Eso no fue una avería...”—
Dijo Jorvik mientras ampliaba la imagen.
—“Parecen los restos de una explosión magnética.”—
La Sedna-3 ya había abandonado la ruta segura. Y frente a ellos se extendía el planeta Vhara, un inmenso mundo verde cubierto por océanos y selvas interminables.
—“No llegaremos al espacio abierto.”—
Tyrgard respiró hondo mientras ordenaba:
—“Pues busquemos un buen lugar de aterrizaje.”—
Horas más tarde la vieja corbeta descansaba sobre una enorme planicie rodeada por árboles gigantescos. Las copas formaban un techo vegetal tan espeso que apenas dejaba pasar la luz.
Todo estaba vivo, y parecía observarlos.
Jorvik inspeccionaba los motores dañados mientras Tyrgard recorría lentamente el puente. Pasó una mano sobre una vieja consola metálica. Después apoyó la palma contra una pared.
—“Tranquila, vieja amiga.”—
Permaneció unos segundos así, como si esperara una respuesta.
Las reparaciones avanzaron lentamente. El motor auxiliar podía mantener con vida a la nave, pero reconstruir el sistema principal de empuje requería de tiempo. Y algunas piezas que debían fabricar.
Mientras tanto, Vhara hacía honor a su reputación: insectos del tamaño de un puño intentaban perforar cualquier superficie brillante. Plantas carnívoras reaccionaban al calor corporal. Pequeños anfibios venenosos se escondían bajo las ruedas del vehículo auxiliar.
Hasta el viento parecía transportar esporas capaces de corroer pintura.
Al segundo día, ya entrada la noche, los cuatro cenaban alrededor de una mesa improvisada junto a la rampa de carga. La selva emitía un concierto constante de sonidos desconocidos.
Orchild escuchaba fascinado.
—“Nunca había oído un bosque así.”—
—“Eso significa que todavía no intenta comerte —respondió Tyrgard.
—“¿Y cuándo ocurre?”—
—“Generalmente cuando deja de hacer ruido, es que hay peligro.”—
El muchacho miró alrededor con dudas. Tyrgard soltó una carcajada mientras le indicaba:
—“Era una broma...”—
No llegó a terminar la frase. Orchild se incorporó de golpe mientras su mano buscaba instintivamente la empuñadura de su pequeña pistola láser.
Disparó, y un destello azul cruzó la oscuridad.
Algo cayó pesadamente detrás del capitán. Todos se volvieron a ver: una enorme serpiente, cubierta de escamas verdes y negras, aún se retorcía mientras la descarga terminaba de recorrer su cuerpo.
Había estado a menos de un metro de Tyrgard.
El capitán observó alternativamente al animal y al muchacho. Después levantó lentamente las cejas.
—“Ciertamente eres de confiar, chico.”— dijo sonriendo con aprobación.
Orchild bajó el arma, todavía sorprendido por su propia reacción.
—“Yo... solo la vi.”—
Jorvik examinó el cadáver.
—“Es venenosa.”—
Tyrgard tomó otra taza de café.
—“Bueno...”—
Miró al muchacho con una sonrisa.
—“Parece que ya empezaste a devolver algunos favores.”—
Las noches de reparación fueron acercando poco a poco a la tripulación.
Cuando terminaban el trabajo, Thyra y Tyrgard solían alejarse unos metros de la nave para contemplar el cielo de Vhara.
El planeta tenía dos lunas. Su luz plateada atravesaba la selva formando columnas luminosas entre los árboles gigantes.
Al principio hablaban únicamente de la ruta, de los motores o del viaje. Después comenzaron a hablar de ellos mismos.
Ignorar que disfrutaban de aquella compañía requería bastante más esfuerzo que aceptarlo. Una noche, mientras el silencio de la selva los envolvía, Thyra habló por primera vez de su pasado.
—“No nací con ese nombre.”—
Tyrgard escuchaba en silencio.
—“Durante muchos años... mi nombre fue Anhelin.”—
Él la miró mientras ella seguía contemplando las lunas.
—“Fui vendida por mi familia al Barón.”—
No tenía vida apropia ni derechos. Solo era un cuerpo útil. Al contarlo, su voz no transmitía rabia, solo una resignación antigua.
—“Cuando serví unos años, decidió convertirme en una de sus vasallas, para engendrar su hijo, Orchild. Necesitaba descendencia.”—
Guardó silencio unos segundos.
—“Al principio pensé que sería como cualquier otro amo. Pero no fue así.”—
El capitán esperó.
—“Con el tiempo empezó a tratarme como a una esposa. Me enseñó a leer. A administrar propiedades. A defenderme.”—
Sonrió con melancolía.
—“Incluso me dio el nombre de Thyra.”—
Tyrgard observó la oscuridad de la selva. Dijo:
—“No era el monstruo que todos imaginaban.”—
—“No. Era un hombre lleno de defectos, pero intentó cambiar.”—
Volvió la mirada hacia la Sedna-3, cuya silueta apenas se distinguía entre los árboles.
—“Y ahora no sé si estoy haciendo lo correcto.”—
—“¿Por qué?”—
Ella tardó unos segundos en responder.
—“Porque cuanto más nos acercamos a Trebinguen… más temo que alguien consiga asesinar a Orchild antes de que pueda reclamar lo que le pertenece.”—
El capitán permaneció en silencio un momento. Luego dijo:
—“Entonces tendremos que asegurarnos de que eso no ocurra.”—
Y por primera vez desde que había comenzado el viaje, Thyra empezó a sentirse menos sola. Y un poco más segura.
Las reparaciones en Vhara terminaron tres días después.
La vieja Sedna-3 abandonó lentamente la selva, dejando atrás un claro cubierto de piezas reemplazadas, huellas de aterrizaje y el cadáver de una serpiente que, según Tyrgard, había aprendido demasiado tarde que aquella nave también mordía.
El motor reconstruido emitía un zumbido diferente. No era perfecto, pero funcionaba.
—“¿Todo en orden?”— preguntó Tyrgard.
Jorvik consultó la consola de ingeniería.
—“El motor principal opera al noventa y tres por ciento de su rendimiento original.”—
—“Podríamos estar peor que eso.”—
Solo faltaba el último salto, después aparecería Trebinguen. El ambiente en la nave había cambiado: Orchild hablaba menos. Y Thyra observaba continuamente las pantallas de navegación.
Tyrgard fingía despreocupación mientras bebía café, pero revisaba el radar con demasiada frecuencia para tratarse de un hombre relajado.
Y entonces ocurrió: el espacio frente a la Sedna-3 se deformó.
Una pequeña grieta luminosa apareció apenas a unos cientos de metros, y algo emergió de ella. No era una nave: era un dron de combate, negro y compacto.
Sin marcas visibles... salvo un pequeño emblema dorado grabado sobre uno de sus paneles. Jorvik lo reconoció antes que nadie.
—“Tecnología imperial de la Casa Utgard.”—
El dron no perdió tiempo. Disparó y un haz de energía atravesó el vacío para impactar sobre el costado de la Sedna-3.
Toda la nave vibró mientras una consola explotaba lanzando chispas.
—“¡Impacto!!—
Jorvik se lanzó sobre los controles.
Sus manos comenzaron a recorrer interruptores y palancas con una velocidad imposible para un ser humano. La corbeta dio un giro brusco.
Un segundo disparo pasó donde había estado el puente apenas un instante antes.
—“Ha corregido el tiro.”—
—“Que siga intentándolo.”—
Tyrgard ya estaba sentado frente a la consola de armamento. La vieja torreta dorsal comenzó a girar lentamente. El dron era extraordinariamente veloz y realizaba cambios de dirección casi instantáneos. Disparó otra vez.
Jorvik inclinó la nave sobre uno de sus ejes. El rayo pasó rozando los motores.
—“Ahora.”—
La voz de la bioandroide sonó tranquila. Tyrgard disparó.
Un único proyectil de plasma atravesó el espacio y durante una fracción de segundo pareció que fallaría. Después el dron explotó en una brillante esfera azul.
El silencio regresó al puente.
Tyrgard dejó escapar el aire.
—“Buen cálculo.”—
Desde el asiento posterior llegó la voz de Orchild, que no sonaba asustado. Sonaba triste.
—“Sé quién quiere matarme.”—
Los tres se volvieron. El muchacho permanecía mirando los restos del dron alejándose lentamente.
—“Es la hermana de mi padre.”—
Nadie dijo una palabra.
—“Si yo muero… ella hereda todo.”—
Trebinguen apareció finalmente ante ellos: era un mundo próspero.
Sus océanos reflejaban enormes ciudades de cristal, y las plataformas orbitales recibían un flujo constante de cargueros, yates diplomáticos y transportes comerciales.
Todo funcionaba con la precisión de una maquinaria cuidadosamente organizada. Muy lejos del caos de la frontera.
La residencia principal de la Casa Utgard ocupaba prácticamente un distrito entero: estaba formada por palacios conectados por jardines elevados. Torres cubiertas de mármol blanco, fuentes luminosas y esculturas imposibles. Se podían ver cientos de balcones suspendidos sobre lagos artificiales.
Tyrgard observó todo aquello desde la rampa de desembarco.
—“He conocido planetas enteros que costaban menos dinero.”—
Jorvik recorrió el lugar con la mirada.
—“Tu afirmación tiene un alto grado de probabilidad.”—
Orchild sonrió por primera vez desde hacía varios días.
—Mi padre decía que cuando los arquitectos dejan de tener ideas... comienzan a añadir columnas.”—
Los esperaba una mujer de unos cincuenta años, que vestía un elegante traje ceremonial color esmeralda. Cada uno de sus movimientos parecía cuidadosamente ensayado: su sonrisa era perfecta.
Tyrgard tuvo la inmediata impresión de que aquella sonrisa olía a veneno.
La mujer abrió los brazos.
—“Querido Orchild… qué alegría volver a verte.”—
El muchacho dio un paso al frente, mientras respondía con una educación impecable:
—“Querida tía… sobreviví.”—
La sonrisa de la mujer no desapareció, pero dejó de llegar a sus ojos.
—“Eso veo.”—
Los cuatro fueron alojados en un amplio departamento reservado para invitados de alto rango, con habitaciones inmensas.
Contaban con jardines interiores, balcones, bibliotecas y una cocina donde probablemente trabajaban más de veinte cocineros.
Tyrgard dejó el bolso sobre una cama y miró alrededor.
—“Echo de menos mi camarote.”—
Thyra sonrió.
—“¿Tan rápido?”—
—“Allí al menos sé de dónde puede venir el peligro.”—
La ceremonia de sucesión tuvo lugar dos días después. Acudieron representantes de las principales familias nobles. Junto con la jerarquía militar, banqueros y funcionarios imperiales.
Las enormes galerías del palacio brillaban bajo cientos de lámparas suspendidas mientras las viejas tradiciones llevaban siglos repitiéndose.
Orchild avanzó con paso firme hasta el centro del gran salón, y allí un anciano magistrado leyó los documentos sucesorios.
Después apoyó sobre sus hombros el antiguo manto azul de la Casa Utgard mientras su voz resonó por todo el recinto.
—“Queda oficialmente reconocido como Barón de la Casa Utgard.”—
Los aplausos llenaron el salón mientras Thyra cerraba los ojos durante un instante.
Habían llegado contra toda lógica. Enfrentando secuestradores, saboteadores y asesinos entrenados. Pero lo habían conseguido.
Más tarde, durante el banquete, Tyrgard levantó una copa. Miró a Jorvik y dijo:
—“Bueno… trabajo terminado.”—
La bioandroide analizó la sala para decir:
—“Las probabilidades de nuevos incidentes disminuyeron considerablemente.”—
—“¿Ves? Hasta tú sabes relajarte de vez en cuando.”—
Aquella misma noche… el silencio reinaba en el ala residencial. La mayoría de los invitados dormía. Orchild descansaba en su habitación.
Un pequeño gato de pelaje gris, regalo de su padre cuando era niño, dormía plácidamente sobre la almohada junto a él. La ventana se abrió apenas unos centímetros.
Sin hacer ruido.
Y algo diminuto atravesó la abertura: era un pequeño dron, que no medía más que la palma de una mano. Avanzó flotando lentamente hasta situarse sobre la cama.
Una diminuta aguja impregnada con veneno emergió de su parte inferior. El aparato descendió y en ese mismo instante el gato abrió los ojos.
El animal movió la cabeza y cambió de posición justo delante del rostro de Orchild.
El aguijón descendió y un maullido desgarrador rompió el silencio. El muchacho despertó sobresaltado. El dron escapó disparado hacia la ventana.
Jorvik irrumpió en la habitación apenas dos segundos después. Y un disparo de precisión atravesó el marco, pero el aparato ya había desaparecido entre las luces del jardín.
Orchild permanecía sentado sobre la cama, con el gato inmóvil entre sus brazos.
Thyra entró inmediatamente detrás de la bioandroide. Su rostro había perdido todo color.
Tyrgard fue el último en llegar. Observó la escena, después la ventana abierta. Y comprendió.
Jorvik rompió el silencio.
—“La ceremonia no acabó con el problema. Parece que lo ha empeorado.”—
El capitán no respondió. La bioandroide continuó:
—“Ahora Orchild es oficialmente el heredero de la Casa Utgard.”—
Giró lentamente la vista hacia el muchacho.
—“Y eso significa que eliminarlo tiene todavía más sentido.”—
Tyrgard observó el inmenso palacio iluminado al otro lado del ventanal.
Luego habló casi para sí mismo.
—“Parece que nuestro trabajo... acaba de empezar nuevamente.”—
Aquella misma noche, por indicación del capitán, abandonaron el palacio. Ninguno discutió la decisión.
Después del ataque, los enormes salones de la Casa Utgard habían dejado de parecer un lugar seguro. Demasiados pasillos, demasiadas ventanas. Demasiados sirvientes cuya lealtad nadie podía asegurar.
En cambio, la Sedna-3 seguía donde siempre.
Seguía siendo el lugar donde los cuatro estaban más seguros. Cuando la compuerta se cerró tras ellos, Tyrgard respiró profundamente.
—“Ahora sí. Estamos en casa.”—
Por la mañana, la sala común permanecía en silencio. Nadie tenía demasiado apetito. Las tazas de café descansaban sobre la mesa sin que casi nadie las tocara.
Thyra mantenía la vista fija en la superficie metálica. Parecía más cansada que durante toda la persecución. Más cansada que cuando atravesaron el campo de chatarra e incluso que el día en que encontraron que Orchild había sido secuestrado.
Finalmente habló.
—“Creí que al llegar... todo terminaría.”—
Tyrgard permaneció unos segundos observando el vapor que salía de su taza. Después negó lentamente con la cabeza.
—“Me temo que nunca terminará.”—
El silencio volvió a instalarse en el grupo.
—“Mientras el chico siga respirando… alguien querrá matarlo.”—
Orchild bajó la vista, sabía que era verdad.
El capitán se levantó para caminar hasta uno de los ventanales de la sala. Desde allí podía verse la inmensa ciudad de Trebinguen extendiéndose hasta el horizonte. Torres brillantes. Aerodeslizadores. Jardines suspendidos.
Todo parecía perfecto.
Después giró la cabeza y miró al grupo. Reunidos en la vieja Sedna-3. Seguros. Con una sonrisa les propuso:
—“Vengan con nosotros.”—
Thyra levantó lentamente la cabeza.
—“¿Qué?”—
Tyrgard señaló con un gesto la vieja corbeta.
—“Mi casa... es esa nave. Tengo cabinas libres. Aquí estarán seguros.”—
Miró nuevamente a la ciudad a través de las ventanas.
—Además… el universo es demasiado grande para esconderse siempre en el mismo planeta.”—
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. No eran un discurso. Solo una invitación. Pero para Thyra significaban mucho más que eso.
A la mañana siguiente, antes de preparar la partida, la mujer buscó a Tyrgard en el puente. Él estaba revisando una consola abierta mientras sostenía una taza de café con la otra mano.
Ella depositó un módulo bancario sobre la mesa, mientras la pantalla proyectó la transferencia completa. Toda la fortuna prometida.
—“Es suyo.”—
Tyrgard apenas la miró. Después empujó el dispositivo de regreso.
—“No.”—
Thyra frunció el ceño.
—“Es el trato que hicimos.”—
—“El trato terminó hace dos noches.”—
—“Aun así...”—
Él negó nuevamente.
—“Quédate con el dinero.”—
La mujer lo observó completamente desconcertada.
—“¿Por qué?”—
El capitán sonrió con esa calma que parecía inalterable.
—“Ya me pagaste.”—
Ella tardó unos segundos en responder.
—“No entiendo... ¿Cómo?”—
Tyrgard apoyó lentamente la taza sobre la consola. Miró alrededor: las viejas paredes, los interruptores gastados. Las fotografías de antiguas tripulaciones.
Durante mucho tiempo aquella nave había sido demasiado grande para solo dos personas. Finalmente respondió:
—“Me devolviste las ganas de volver a tener una tripulación.”—
Ninguno de los dos había advertido que Orchild permanecía junto a la puerta.
Había escuchado toda la conversación. El muchacho avanzó lentamente y miró primero a Thyra, después al capitán.
Y tomó la primera decisión verdaderamente importante de su vida como Barón.
—“Madre...”—
Ella volvió la cabeza.
—“La Casa Utgard puede administrarse desde cualquier lugar.”—
Sonrió.
—“Pero solo tengo una familia.”—
Thyra sintió que los ojos comenzaban a humedecerse, y por un instante quiso responder. Pero no pudo. Simplemente abrazó al muchacho.
Cuando finalmente levantó la vista hacia Tyrgard, ya no quedaban dudas.
—“Aceptamos.”—
Horas más tarde, mientras ultimaban los preparativos para partir, se reunieron todos en el puente. El capitán cruzó los brazos.
—“Hay una condición.”—
Todos lo miraron, incluso Jorvik interrumpió durante un segundo la revisión de los sistemas.
—“En la Sedna-3 nadie da órdenes por su título.”—
Su mirada se detuvo sobre Orchild.
—“Aquí no hay barones. Solo tripulantes.”—
El muchacho permaneció muy serio durante unos segundos. Después sonrió con una risa sincera.
—“Entendido… Capitán.”—
Tyrgard asintió satisfecho.
—“Mucho mejor.”—
Poco después, los amarres magnéticos comenzaron a liberarse. Los motores principales cobraron vida con su característico rugido grave.
La Sedna-3 abandonó lentamente el puerto de Trebinguen.
Desde uno de los grandes ventanales del puente, Orchild observaba cómo el planeta se hacía cada vez más pequeño. Durante toda su vida había creído que aquel mundo sería su destino.
Ahora comprendía que apenas era el comienzo. Thyra permanecía junto a él. No dijeron nada.
Jorvik ocupaba los controles secundarios revisando las trayectorias de salida.
Tyrgard se acomodó en el viejo asiento del capitán. El cuero estaba gastado, exactamente como le gustaba.
Durante unos minutos solo se oyó el zumbido constante de los motores. Finalmente, el viejo comerciante rompió el silencio.
—“Bien… ¿Y ahora adónde vamos?”—
Orchild volvió la cabeza.
—“¿No tenemos ningún destino?”—
Tyrgard sonrió. Esa era, probablemente, la mejor pregunta que podía hacer un nuevo tripulante.
—“No.”—
Se recostó en el asiento.
—“Eso es lo mejor de este trabajo.”—
Jorvik terminó de introducir las coordenadas del siguiente salto. Las pantallas comenzaron a iluminarse. Entonces Orchild observó los distintos puestos del puente. Había más consolas de las que imaginaba.
—“Capitán… ¿Esta nave puede maniobrarse solo con dos tripulantes?”—
Tyrgard miró de reojo a Jorvik.
—“Puede. Claro que si.”—
—“¿Y por qué tiene tantos puestos?”—
—“Porque con cuatro... se maniobra mucho mejor.”—
La bioandroide giró lentamente su asiento para mirar a Thyra. Luego a Orchild. Su expresión seguía siendo tan serena como siempre.
—“Los puestos de navegación auxiliar y control táctico están disponibles.”—
Ambos dudaron apenas un instante, luego ocuparon sus nuevas estaciones.
Jorvik recorrió el puente con la mirada.
Por primera vez desde que había sido activada muchos años atrás, había alguien sentado en cada consola de la Sedna-3.
Procesó aquella información y dijo con absoluta naturalidad:
—“Tripulación completa.”—
Tyrgard apoyó una mano sobre el acelerador principal. Frente al puente, las estrellas comenzaron a deformarse.
La vieja corbeta se lanzó hacia el hipersalto.
FIN
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