sábado, 22 de julio de 2023

Historia: "La Historia de la Sedna-3 y Jorvik ( Navegantes de la Frontera )"

 


🔥 Saga "Navegantes de la Frontera"

La Historia de la Sedna-3 y Jorvik

por Rodriac Copen

 

El Capitán Tyrgard abandonó el Cuartel General del Ejército Insular de Leriteax sin volver la cabeza.

Veintiocho años sirviendo a la Federación. Vistiendo el mismo uniforme. Obedeciendo órdenes.

Firmó la baja con la misma tranquilidad con la que otros firmaban un recibo de correo.

El oficial administrativo levantó la vista.

—“¿Está seguro, capitán?”—

—“Nunca estuve tan seguro de nada.”—

El hombre sonrió.

—“¿Qué piensa hacer ahora?”—

Tyrgard guardó su vieja credencial militar en un bolsillo.

—“Dormir hasta que mi espalda deje de recordar todas las campañas.”—

—“Eso puede llevarle décadas.”—

—“Entonces empezaré por una semana.”—


Ambos rieron.

Por primera vez en mucho tiempo, Tyrgard ya no tenía un destino asignado. Ahora podía elegirlo por si mismo.

Y su primera decisión fue la más sencilla: quería visitar la Tierra. Durante muchos años había escuchado historias sobre el planeta natal de la humanidad.

Recorrió los océanos, las montañas, las antiguas ciudades cuna de la humanidad.

Visitó museos, disfrutó de los cafés. Se maravilló de los parques en donde millones de personas caminaban sin llevar un rifle al hombro.

Le gustó el ambiente de libertad.

La Tierra era un mundo demasiado tranquilo para alguien acostumbrado a las fronteras de la galaxia. Pero eso era precisamente lo que resultaba fascinante.

Pero había otro motivo para viajar allí: quería encontrar a Lorna Davies.

La enfermera que años atrás le había salvado la vida después del desastre en el planeta Vargus.

Preguntó en varios registros y terminó por visitar un antiguo hospital militar.

Finalmente, una médica reconoció el nombre.

—“Lo siento, Capitán. Llegó con algunos años de retraso.”—

—“¿Qué ocurrió?”—

—“Fue herida de gravedad, pero se recuperó completamente.”—

—“Eso es una buena noticia.”—

—“Fue tratada en la Factoría de CyberSun.”—

—“¿CyberSun?”—

—“Sí. Su cuerpo sufrió heridas irrecuperables. Y transfirieron su cerebro a un cuerpo robótico.”—


La mujer hizo una mueca indefinida.

—“Todo resultó bien. Ya no se llama Lorna Davies. Legalmente se le conoce como R. Lorna.”—

Tyrgard frunció el ceño.

—“¿La R por...?”—

—“Robot Androide. Ahora es famosa.”—


La mujer le mostró el parte de una noticia proyectada en una pantalla.

R. Lorna aparecía saludando junto al resto de la expedición científica que había alcanzado las legendarias Tres Lunas de Adhara, un descubrimiento que prometía esclarecer algunos de los mayores enigmas sobre el origen de la especie humana.

Tyrgard contempló la imagen durante unos segundos.

—“Me alegra saber que encontró un nuevo camino.”—

Después apagó la pantalla.

Había perdido la oportunidad de darle las gracias, pero, al menos, sabía que seguía viva. Y estaba bien.

Una semana después, aburrido, decidió abordar un transporte civil rumbo al astillero orbital de Teorgus.

Aquel complejo flotaba en el Cuadrante Uno-Dos, aproximadamente a mitad de camino entre la Tierra y los sistemas exteriores que conducían hacia Zyrbassa.

Miles de naves entraban y salían cada día. Naves mercantes, mineros, patrulleros, transbordadores, cazas.

Era imposible para un hombre como él no quedarse mirando. Un vendedor apareció casi de inmediato.

—“¿Busca algo elegante... o algo robusto que sobreviva catástrofes?”— dijo mientras adivinaba el innegable porte militar.

Tyrgard sonrió.

—“Prefiero algo que me mantenga vivo. Quiero comerciar en las fronteras.”—

—“Excelente criterio.”—


El vendedor lo condujo por un enorme hangar en donde habían decenas de modelos. Uno de ellos llamó especialmente la atención del capitán.

—“La Mark-3.”—

—“Exactamente. El equilibrio perfecto entre armamento de protección y velocidad de escape.”—

El vendedor acarició orgulloso el casco brillante de la mítica nave triangular.

—“El mismo modelo de nave utilizada por R. Lorna en la expedición a las Tres Lunas de Adhara.”— dijo con orgullo.

Tyrgard recorrió el puente de mando. Era hermosa, ligera y silenciosa. Pensó que tal vez era demasiado hermosa… o fina para él.

—“Muy linda, pero no es para mí.”—

El vendedor sonrió comprensivo.

—“Eso mismo pensé. Para la frontera necesita un mayor poder de fuego. Algo más robusto.”—

Lo condujo hasta otro hangar, en donde descansaba una nave muy distinta. Más compacta, robusta. Con estrías y cicatrices en el diseño que parecían anunciar batallas incluso antes de salir de la fábrica.

—“La Sedna-3. El prototipo pesado, semi militar.”—

Tyrgard chocó el caso con la mano mientras disfrutaba de la vista.

—“La conozco.”— dijo sonriendo del gusto.

—“Entonces sabrá por qué sigue fabricándose desde hace casi cien años.”—

El vendedor golpeó el casco con una barreta mientras decía:

—“Blindaje reforzado.”—

Equipada con motores fáciles de reparar, cañones láser de cobertura total y sin puntos ciegos.

—”Si algún pirata decide acercarse demasiado… descubrirá muy tarde su error.”—

Tyrgard rodeó lentamente la nave.

Aquello no parecía un vehículo. Se parecía más a un refugio.

Y solo le faltaba un compañero de viaje para que fuese un hogar.

—“Me la quedo.”— dijo con satisfacción.

El vendedor aplaudió con admiración:

—“Excelente elección.”—

Durante el siguiente mes aprendió cada sistema de la Sedna-3.

Estudió los motores. Dominó los escudos. Analizó los sensores, el sistema de navegación. Y lo más importante: el armamento y los procedimientos de emergencias.

El instructor terminó completamente agotado.

—“No suelen venir nuevos propietarios tan... exigentes.”—

—“En el ejército aprendí que una máquina que se rompe en el peor momento no puede definir el final de tu vida.”—

—“Lo entiendo. Pero entonces usted entenderá mi siguiente consejo.”—

—“Lo escucho.”—


—“Esta nave es como un caballo bronco. Un solo piloto no es suficiente. Cómprese un androide de combate.”—

Tyrgard cruzó los brazos.

—“¿Lo crees indispensable?”—

—“Pues...si piensa comerciar en mundos de frontera...sí. Un buen androide puede pilotar mientras usted duerme. Y en combate… le cuidará las espaldas.”—


Pensándolo bien, el instructor tenía razón: bien equipado, un androide le ayudará en las reparaciones de la nave, ayudaría a controlar la nave en medio del combate. Y sobre todo, podría salvarle la vida si recibía un disparo.

No era un mal argumento.

La Factoría CyberSun ocupaba una ciudad completa en la Constelación de Virgo.

La fábrica de androides más avanzada de las Galaxias Conocidas se parecía más a un museo que una fábrica.

Decenas de androides desfilaban entre los clientes mostrando los distintos prototipos y modelos.

Un atento vendedor se los fue presentando: modelos de series increíbles como los Atlas, Fenir, Odín, Magnus.

Todos tenían un perfil ajustado a necesidades específicas. Y a decir verdad, ninguno llamó verdaderamente su atención. Hasta que llegaron a la plataforma de androides militares.

Allí permanecía inmóvil una androide de cabello oscuro. Tenía un aspecto sereno. Vestía un uniforme gris. Con una mirada curiosamente humana.

—“Este es el modelo Jorvik-3.”— le dijo el vendedor de CiberSun.

—“¿Qué tiene de especial?”—

El vendedor carraspeó algo incómodo.

—“Digamos... que tiene personalidad.”—

—“¿Y eso es malo?”—

—“Bueno, verá… para algunos clientes, sí. Obedece, claro, pero a veces interpreta la orden en lugar de ejecutarla literalmente.”—

—“¿Como es eso?”—


—“Puede discutir, improvisar. Y puede tomar decisiones propias si piensa que el dueño se ha equivocado.”— hizo una pausa mientras intentaba explicar —“CiberSun ha decidido discontinuar la serie.”—

Tyrgard permaneció observándola. La androide también lo observaba en silencio. De pronto, ella preguntó inesperadamente:

—“¿Cuántos años sirvió usted en el ejército?”—

El vendedor abrió mucho los ojos mientras protestaba:

—“¡Oye! No debes iniciar ninguna conversación sin permiso.”—

—“Veintiocho.”—
respondió Tyrgard mientras sonreía divertido de la situación.

—“Entonces sabe que seguir órdenes no siempre significa hacer lo correcto.”—

Aquella frase bastó para convencerle. Tyrgard soltó una carcajada.

—“Tiene razón.”—

Miró al vendedor y le dijo:

—“Me llevo esta.”—

—“¿Está seguro?”—

—“Completamente. Después de tantos años obedeciendo reglamentos… prefiero viajar con alguien que tenga capacidad de de pensar.”—


Antes de formalizar la compra, el vendedor le hizo última pregunta.

—“El androide ¿Lo prefiere en configuración masculina o femenina?”—

Tyrgard quedó pensando unos momentos. Había convivido toda su vida entre soldados. Habitado ambientes masculinos. Campañas militares, cuarteles, patrullas.

Suspiró.

—“Quiero llevarme a esta misma androide.”—

—“¿Algún motivo especial?”—

—“Tal vez ya sea hora de aprender a convivir con mujeres. Y ella parece tener mucha iniciativa.”—

La androide inclinó apenas la cabeza mientras sonreía.

—“Haré cuanto esté a mi alcance para que la experiencia resulte educativa.”—

Tyrgard volvió a reír. Aquella respuesta terminaba de convencerlo.

El contrato fue registrado bajo una modalidad poco frecuente: la de vasallaje robótico.

Mientras Tyrgard viviera, Jorvik-3 quedaría bajo su protección y servicio. Y cuando él muriera… todos sus bienes pasarían legalmente a la androide.

Era una figura jurídica antigua, y muy poco utilizada. Pero ambos aceptaron las condiciones sin discutir una sola cláusula.

Antes de abandonar CyberSun, Tyrgard realizó una compra adicional. El vendedor levantó las cejas extrañado.

—“¿Está seguro?”—

—“Sí. Quiero el paquete completo de Células de Instrucción.”—

—“Son extremadamente costosas.”—

—“Lo sé.”—


Las células fueron integradas lentamente al cerebro artificial de Jorvik.

Horas después comenzó a procesar nuevas especialidades: mantenimiento integral, reparación de motores, control de cabinas. Sistemas de armas, defensa perimetral y combate cuerpo a cuerpo.

Y una actualización extra y experimental: humor social adaptativo. Al activar las nuevas funciones, la androide permaneció unos segundos en silencio. Luego miró al capitán:

—“Acabo de descubrir un dato curioso.”—

—“¿Cuál?”—

—“Los humanos llaman vacaciones al período en el que gastan todos sus ahorros para regresar más pobres que antes.”—


Tyrgard soltó una carcajada.

—“Funciona.”—

El vendedor sonrió satisfecho.

—“Ahora sí es una auténtica Jorvik-3.”—

La Sedna-3 abandonó lentamente la órbita de CyberSun.

Desde el puente de mando, el capitán contempló cómo las estrellas comenzaban a alargarse frente al parabrisas. Jorvik ocupó el asiento del copiloto.

—“Capitán.”—

—“Llámame Tyrgard ¿Que deseas?”—

—“¿Cuál será nuestro primer destino?”—


Tyrgard sonrió.

Delante de ellos se extendían millones de sistemas estelares. Miles de rutas comerciales y colonias olvidadas. Allá afuera reinaban piratas, se escondían secretos y las fortunas cambiaban de mano.

Habían miles de oportunidades.

—“Todavía no lo sé.”—

Jorvik activó los motores de salto.

—“Excelente.”— dijo —“Las mejores aventuras suelen empezar exactamente así.”— 


FIN


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