🔥 Saga Navegantes de la Frontera
⭐ El Último Día del Capitán Tyrgard
por Rodriac Copen
El Capitán Tyrgard de Leriteax caminó lentamente por los inmensos corredores de la Base Central del Centro de Instrucción del Ejército Insular.
A ambos lados del pasillo se extendían miles de tanques de gestación iluminados por una tenue luz rosada. Dentro de cada cápsula flotaba un embrión humano suspendido en líquido amniótico artificial.
Eran los futuros soldados del Ejército Insular.
Miles de vidas destinadas a la guerra antes incluso de haber abierto los ojos.
Tyrgard redujo el paso.
Y durante un momento, permaneció observándolos en silencio.
El suave susurro de los equipos médicos llenaba el corredor. Bombas de circulación, monitores biomédicos, sistemas de alimentación genética.
Todo funcionaba con la eficiencia y precisión de un reloj cronometrado.
Decenas de médicos y técnicos, vestidos con batas blancas, caminaban de un lado a otro revisando pantallas holográficas y registrando datos. Las pantallas informaban al momento de cualquier cambio en los tanques de gestación.
Una mujer de cabello oscuro consultaba una consola junto a uno de los tanques. Tyrgard se acercó para hablarle.
—“Buenos días, doctora.”—
La mujer levantó la vista mientras le sonreía diligente.
—“Buenos días, capitán.”—
—“¿Qué generación son?”—
La doctora consultó la pantalla.
—“Soldados de Clase K.”—
Tyrgard arqueó una ceja, algo sorprendido.
—“¿Todavía fabrican Clase K?”—
—“Por supuesto.”—
—“Pensé que ya los habrían reemplazado por algún modelo más moderno.”—
La mujer sonrió.
—“Las generaciones posteriores han sido optimizadas, pero el diseño K sigue considerándose insuperable.”—
Miró al veterano con detenimiento.
—“Usted también es Clase K, ¿verdad?”—
—“Sí.”—
La doctora observó los tanques.
—“Entonces alguna vez estuvo exactamente ahí.”—
Tyrgard dirigió la mirada hacia los embriones.
—“Sí...”—
Durante unos segundos, el capitán no dijo nada. Si. Había estado ahí. Y ahora la idea le resultaba extraña. Veintiocho años sirviendo en el Ejército Insular, combatiendo en tres galaxias diferentes.
Decenas de campañas. Centenares de camaradas. Y sin embargo, todo había comenzado allí, en un pequeño tanque idéntico a aquellos.
Continuó caminando.
Atravesó varios sectores de la base hasta llegar a los patios de entrenamiento. El sonido de los disparos resonaba por los ecos en los muros. Varios grupos de reclutas corrían en las pistas de obstáculos mientras los instructores gritaban órdenes.
Un hombre robusto se volvió al verlo.
—“¡Por todos los demonios del vacío, Capitán!”—
Tyrgard sonrió al saludarlo.
—“Todavía sigues vivo, Arken.”—
El instructor soltó una carcajada.
—“Y tú también.”—
Se estrecharon los antebrazos.
—“Escuché que hoy has venido a buscar tu baja.”— dijo Arken mientras miraba las numerosas medallas que colgaban de su pecho.
—“Así es.”—
—“Nunca pensé que llegarías vivo a este día.”—
—“Honestamente, yo tampoco.”—
Arken observó a los reclutas.
—“Mira eso. Son exactamente igual de torpes que nosotros.”—
Tyrgard observó a un muchacho que intentaba desmontar un fusil. Sonrió.
—“No. Creo que nosotros éramos aún peores.”—
Ambos rieron.
—“¿Has sabido algo de los muchachos?”— preguntó Arken.
Tyrgard permaneció en silencio unos segundos.
—“No. Prefiero no saber.”—
Temía la respuesta. Después de tantos años de servicio, era probable que muchos de ellos estuvieran muertos.
Mientras observaba a los reclutas, recordó otro patio de entrenamiento, en otro tiempo. Como si fuera otra vida.
Recordó la primera vez que sostuvo un arma. Cuando Marvin estaba a su lado.
—“¿Crees que esto dispara de verdad?”— preguntó un joven Marvin.
—“Eso dicen.”—
—“Yo creo que es un juguete.”—
El instructor los escuchó. Y cinco minutos después, ambos estaban limpiando letrinas. Marvin había murmurado entre risas:
—“Creo que sí dispara.”—
Aquella fue la primera de las muchas sanciones compartidas. Y también marcó el comienzo de una amistad que terminaría años más tarde en una luna sin nombre de la Galaxia Madre.
Tyrgard expulsó lentamente el aire. Se sentía viejo. Y los recuerdos parecían perseguirlo aquel día.
Continuó avanzando hasta llegar al comedor militar. Decenas de jóvenes soldados ocupaban las mesas mientras bromeaban y reían. Algunos discutían en medio de la camaradería. Otros competían para saber quién podía engullir la comida más rápido.
El espectáculo le resultó familiar. Por un instante creyó ver a sus viejos compañeros sentados entre ellos. Marvin. Korlan. Seth. Darn. Varios de ellos muertos. Pero todos convertidos en nombres grabados sobre lustrosas placas de metal.
Una voz lo despertó desde las profundidades de sus pensamientos:
—“¡Capitán Tyrgard! ¡Qué alegría de verlo!”— La cara del Sargento Primero Warbond, un antiguo camarada de armas, lo sorprendió. Fue una verdadera sorpresa encontrarlo en el Cuartel General.
—“Warbond, no esperaba verle aquí.”—
Luego del saludo de rigor, se estrecharon las manos.
—“Si, Capitán. Me destinaron momentáneamente al entrenamiento de reclutas. Dicen que quieren aprovechar mi experiencia en los campos de batalla.”—
El Sargento Primero había sido uno de sus colaboradores más estrechos. Habían compartido trincheras y peligros en innumerables escaramuzas.
Unos diez años más joven, seguramente sería ascendido para cubrir su puesto, ahora vacío.
Charlaron un rato en el comedor, recordando anécdotas y troperías con un dejo de nostalgia.
—“¿Y está seguro sobre retirarse, Capitán? Dicen por ahí que los que fuimos embrionados para soldados no se adaptan a la vida civil.”—
Esa era justamente una de sus mayores inquietudes. Pero el deseo de libertad, de seguir un destino no trazado de antemano por otros, era un deseo oculto de su alma desde que era pequeño.
Saludó despidiéndose del Sargento y se marchó antes de quedarse tanto como para que la nostalgia ganara espacio en su alma.
En su recorrido, llegó al viejo puerto espacial, en donde una enorme nave militar acababa de despegar.
Los motores iluminaron el cielo verde de Leriteax, su hogar. Su origen.
Tyrgard observó cómo ascendía lentamente.
Y entonces recordó la Comfort.
La primera nave a la que había sido asignado. La nave donde había conocido a Lorna Davies, la joven enfermera terrestre que siempre parecía encontrar motivos para sonreír.
—“¿Como haces para estar siempre feliz?”— le había preguntado una vez.
—“No lo sé. Siempre estoy feliz.”— le había respondido.
—“Eso no me ayuda demasiado.”—
—“Claro que sí.”—
—“No.”—
—“Entonces es que no entendiste la respuesta.”—
Ella se había reído.
Tyrgard jamás consiguió entender del todo cómo funcionaba la mente de Lorna.
Solían compartir las tardes libres observando las estrellas desde los ventanales de la Comfort.
—“¿Qué harás cuando termine tu servicio?”— le preguntó ella una vez.
—“No lo sé. Probablemente me reenganche para seguir sirviendo.”—
—“Eso no es un buen plan. ¿No quieres una vida propia?”—
—“Es el único plan que tengo. Casi ninguno de nosotros llega a la edad de retiro.”—
—“Pues deberías buscar otro destino. Una asignación sin peligro.”— le había dicho Lorna.
—“¿Y tú?”—
—“Me gusta viajar.”—
—“Pero ya viajamos.”—
—“No. Nosotros obedecemos órdenes. Quiero ser yo la que elija el destino.”—
Aquella conversación regresó a su memoria con una claridad dolorosa.
Porque aparecieron otros recuerdos. La subversión de los colonos en CD Ceti B. Los gritos y la confusión en medio de las explosiones, los derrumbes de edificios.
Los gritos de dolor. La visión de Lorna corriendo hacia un niño atrapado entre los escombros.
Y la terrible detonación. El polvo llenándolo todo. Y el silencio.
Recordó el cuerpo inmóvil de la enfermera.
Tyrgard cerró los ojos. Había sido él quien recuperó el cerebro intacto de su amiga. Y el que había firmado la autorización de transferencia.
Se había quedado inmóvil viendo partir el contenedor médico con el cerebro de Lorna partir rumbo a CyberSun. Aquella había sido la última vez que la vio.
La última vez que alguien la habría visto como humana. Supo que en CyberSun le habían salvado la vida convirtiéndola en un bio androide. Un cerebro en un cuerpo robótico.
Antes del último trámite burocrático fue hasta el lavabo.
Se paró ante el espejo para verse a sí mismo con el uniforme. Por última vez. Presto especial atención a la imagen que le devolvió el espejo. Había envejecido. Algunas pequeñas canas empezaban a ganar espacio entre el cabello.
Miles de recuerdos afloraron en su memoria. Y se dio cuenta muy pocos de ellos eran propios, exclusivos. Y volvió a recordar a Lorna Davies.
Hubo un pequeño instante en las brumas del tiempo que siempre había atesorado para sí mismo. Recordaba una tarde agradable compartida con la enfermera. Y como, de manera inexplicable, no se atrevió a confesarle su amor.
Una semana más tarde, Lorna estaría muerta. ¿Qué habrá sido de ella? Pensó intensamente en su risa, fácil y franca. En el futuro que podrían haber tenido juntos, y que dejó escapar.
Se acomodó el uniforme y salió para completar su baja.
—“Capitán Tyrgard.”—
La voz lo sacó de su ensimismamiento. El oficial lo esperaba junto a la oficina administrativa.
—“Lo están esperando.”—
Tyrgard asintió mientras entraba. El despacho era pequeño y sobrio. Sobre la mesa le esperaba una única carpeta. El oficial la abrió.
—“Una vez firmado este documento, Capitán, dejará oficialmente de pertenecer al Ejército Insular.”—
Tyrgard observó las hojas. Un simple formulario que esperaba su firma. Nada más, nada menos. Veintiocho años de servicio resumidos en unas pocas líneas.
—“¿Eso es todo?”—
—“Así es, Señor.”—
Tyrgard tomó la pluma electrónica y, por primera vez dudó. Había deseado aquel momento durante toda su vida. Y sin embargo...
¿Realmente quería marcharse? Amaba la vida militar, la claridad de las órdenes. La disciplina, la camaradería. La certeza de saber cuál era su lugar en el universo.
Pero también quería algo más. Algo que ni siquiera sabía definir.
Quería libertad.
Finalmente firmó la hoja. El oficial recogió el documento y lo guardó cuidadosamente.
—“Felicidades por su retiro, Capitán.”—
Tyrgard no respondió.
—“A partir de este momento su estatus es Libre. Oficial retirado. No es un honor frecuente para los combatientes como usted.”—
Aquellas palabras resonaron en la habitación. Libre. Un privilegio reservado para muy pocos.
La mayoría de los soldados nunca llegaban a verlo.
—“Sus fondos han sido transferidos a su cuenta bancaria. Allí recibirá también su pensión, Señor.”—
—“Entendido.”—
—“Veintiocho años, siete meses y doce días de servicio activo. Todo un récord de servicio ejemplar.”—
El oficial se puso de pie.
—“Ha sido un honor para la Federación y para este Ejército haberlo tenido entre nosotros, Capitán.”—
Tyrgard correspondió el saludo. Luego se dirigió hacia la puerta.
—“Una última pregunta, Capitán.”— dijo el oficial.
Tyrgard se volvió.
—“¿Sí?”—
—“¿Qué tiene pensado hacer ahora?”—
El veterano permaneció un momento inmóvil.
Por primera vez en su existencia nadie le había dado una orden. Por primera vez el futuro dependía exclusivamente de él.
Miró por la ventana. Más allá de la base se extendía todo el universo. Millones de mundos. Miles de rutas. Incontables posibilidades.
Y ninguna respuesta.
—“No lo sé.”— admitió finalmente.
Y descubrió que decirlo resultaba tan aterrador como emocionante.
FIN
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