Compañía de Seguros
por Rodriac
Copen
Capítulo 1: El Acoso en las Sombras
Las grandes compañías de seguros tienen una curiosa manera de
medir el valor de las personas.
Un empleado puede pasar veinte años trabajando allí y seguir
siendo un número de legajo. Pero un cliente puede llegar una mañana con una
fortuna asegurada y convertirse inmediatamente en «un socio estratégico».
La diferencia, por supuesto, suele estar en la cantidad de ceros
que uno u otro le puede dar a la empresa.
Marina Gómez conocía
perfectamente aquella regla. Llevaba años trabajando como agente de seguros y
había aprendido a moverse con soltura entre pólizas, contratos, cláusulas y
ejecutivos que sonreían como si acabaran de descubrir la bondad humana.
Era buena en su trabajo. Una agente muy buena a decir verdad.
Por eso aquella mañana sus jefes le encomendaron a ella la
negociación del reaseguro del negocio de Víctor Sarmiento.
El negocio era multimillonario y podía aportar una suma de
dinero muy pocas veces vistas a la aseguradora. Sarmiento también era valioso,
pero el problema es que él mismo, lo sabía.
Y, en determinados ambientes, ambas cosas generaban una mezcla
explosiva de tire y afloje, en donde todas las partes querían sacar alguna que
otra ventaja.
Después de pasar por el acostumbrado filtro de la secretaria
personal, Víctor Sarmiento la recibió en uno de los salones privados de
su empresa.
Tenía unos cincuenta y cinco años, era alto, corpulento y
llevaba un traje que probablemente costaba más que el automóvil de Marina.
El cabello entrecano estaba perfectamente peinado, el reloj parecía diseñado
para ser visto desde otro edificio y su sonrisa tenía esa cualidad particular
de los hombres acostumbrados a conseguir lo que quieren.
—“Señorita Gómez.”—
dijo, extendiendo la mano —“Finalmente nos vemos frente a frente después de
tantas negociaciones.”—
—“Encantada, señor Sarmiento.”—
—“He oído hablar mucho de usted.”—
—“Espero que cosas buenas.”—
Sarmiento sonrió.
—“Depende de quién las cuente.”—
Marina decidió
darle una oportunidad y atribuir aquella frase al arcaico sentido del humor
machirulo de los ambientes empresariales en donde solía moverse.
Fue un error.
Durante la primera media hora, la reunión transcurrió con
normalidad. Hablaron de activos, coberturas, límites, riesgos y condiciones.
Marina expuso
las alternativas disponibles con precisión y eficiencia.
Sarmiento
escuchaba.
O fingía hacerlo mientras le miraba las piernas. Marina, acostumbrada
a tratar con todo tipo de ejecutivos, empezó a pensar que era una mala señal
mientras trataba de ignorarlo por el bien de los negocios.
—“Tiene usted una excelente capacidad de negociación.”— dijo finalmente.
—“Es parte de mi trabajo.”— dijo mientras mentalmente se resignaba a lo que vendría.
—“Supongo que también es parte de su trabajo resultar tan
atractiva.”—
Finalmente, ahí estaba el clavado final a los que toda mujer
tenía que resignarse a pesar de todo. Marina levantó los ojos del
documento.
—“No veo qué relación tiene eso con la póliza.”—
—“Ninguna.”—
Con algo de canchero, Sarmiento bebió un sorbo de whisky.
—“Pero ayuda.”—
Marina mantuvo
la expresión profesional.
Era una habilidad que había desarrollado con los años. Sonreír
cuando alguien decía una estupidez, asentir cuando alguien decía algo ofensivo
y continuar hablando de seguros como si el mundo no estuviera lleno de idiotas
con patrimonio.
—“Si continuamos con la cobertura propuesta,”— dijo profesionalmente —“puedo mejorar
algunas condiciones.”—
—“Estoy seguro de que puede mejorar muchas cosas.”—
Esta vez no sonrió.
Marina dejó el
bolígrafo sobre la mesa.
—“Señor Sarmiento, si tiene alguna observación sobre la
propuesta, podemos revisarla.”—
—“No se ofenda.”—
—“No estoy ofendida.”—
—“Todavía.”—
Aquello ya no era una insinuación. Era un aviso de lo que estaba
por venir.
Marina sintió
que algo frío le subía por la espalda.
Sarmiento,
sabiendo lo que su cuenta significaba para la compañía de seguros, se inclinó
ligeramente hacia ella para jugar nuevas cartas.
Y entendía perfectamente que Marina estaba poco menos que
atada de manos en una negociación tan importante.
—“No sea tan seria. Una mujer como usted debería sonreír más.”—
—“Una mujer como yo está intentando cerrar un contrato.”—
—“Y podría conseguir mucho más que eso si cede algunas
concesiones.”—
Marina lo miró
durante unos segundos. Y después decidió cerrar la carpeta.
—“Creo que por hoy hemos terminado.”—
Sarmiento soltó
una pequeña carcajada. Estaba acostumbrado a que nadie cediera ante la primer
insinuación. En esas negociaciones, contaba con ventaja.
—“No se enoje. Usted sabe que necesito estar cómodo con quien
maneja mis negocios.”—
—“Entonces debería sentirse perfectamente cómodo.”—
Se levantó.
—“Porque yo manejo negocios. Nada más.”—
Sarmiento la
observó divertido mientras guardaba sus documentos.
—“Piénselo, Marina.”—
Ella se detuvo un segundo. Era la primera vez que la llamaba por
su nombre.
—“Ya lo hice.”—
Y salió.
Al regresar a la oficina, Marina caminó directamente
hasta su escritorio. No lloraba ni gritaba, pero la rabia todavía no se había
disipado del todo.
No hizo ninguno de los berrinches o alguna de las cosas que
facilitan a los demás decidir que una mujer está exagerando.
Simplemente estaba pálida, y mantenía la mandíbula tensa y
apretada.
Rodrigo la vio
desde el otro lado de la sala.
Rodrigo era uno
de esos empleados que parecían haber nacido con una taza de café en una mano y
un informe pendiente en la otra. Alto, delgado, cabello castaño y ligeramente
rebelde, gafas para trabajar y una expresión inteligente que rara vez coincidía
con la cantidad de horas que llevaba despierto.
Era amigo de Marina. Y de los pocos con suficiente
confianza como para saber cuándo ella
estaba realmente enojada o cuando menos, triste.
Se acercó.
—“¿Qué pasó?”—
—“Nada.”—
Rodrigo la miró.
—“Ah...”—
—“¿Qué?”—
—“Nada. Solo estaba admirando tu definición de «nada».”—
Marina dejó la
carpeta sobre el escritorio.
—“Sarmiento.”—
Rodrigo perdió
la sonrisa.
—“¿Qué hizo?”—
Marina respiró
profundamente.
—“Me acosó.”—
Rodrigo no
respondió enseguida. Cauto, preguntó:
—“¿Qué querés decir con que te acosó?”—
—“Lo que escuchaste ¿No sabés lo que es acosar a una mina?”—
—“Si más bien que lo sé. Solo quería saber si te tocó el culo,
una teta o … si fue tipo insinuación.”—
Marina, un
poco más tranquila, le contó. Sin dramatizar ni exagerar.
Con el nivel de detalle con que acostumbraba explicar una
cláusula contractual.
Rodrigo la
escuchó hasta el final.
—“Tenés que denunciarlo.”—
Marina soltó una risa seca.
—“¿A quién?”—
—“Acá. A la empresa.”—
—“Sarmiento representa una cuenta multimillonaria.”—
—“Pero eso no cambia lo que hizo.”—
—“No. Pero cambia lo que probablemente harán ellos. Por lo menos
para que no te manden más a negociar con él.”— Rodrigo se quitó las gafas. —“Además queda un
registro de lo que hizo.”—
—“¿Para qué?”—
—“Para que mañana nadie pueda decir que no sabía.”—
Marina lo
miró.
—“¿Y vos realmente creés que va a servir?”—
Rodrigo volvió
a ponerse las gafas.
—“No. La verdad, tengo muy poca confianza.”—
—“Qué alentador.”—
—“Pero si no lo denunciás, seguro que no sirve.”—
Marina se
quedó un rato callada. Finalmente asintió.
—“Está bien.”—
La denuncia fue presentada esa misma tarde a los dueños. Allí Marina
explicó lo ocurrido.
Los propietarios de la compañía de seguros escucharon con caras
graves, asintiendo lentamente y con esa expresión institucional que aparece
cuando una organización quiere parecer preocupada sin comprometerse demasiado.
—“Por supuesto que tomamos esto muy seriamente.”— dijo uno de ellos.
Marina lo
miró.
—“Me alegra.”—
—“La situación quedara registrada.”—
—“Bien.”—
—“Y analizaremos los pasos correspondientes.”—
La frase «pasos correspondientes» ele pareció a Marina
una maravilla del idioma corporativo.
Podía significar cualquier cosa, incluso nada. El superior abrió
el sistema interno y comenzó a escribir.
Marina pudo ver
cómo registraba la denuncia.
—“¿Está cargada?”—
preguntó cuando el otro terminó..
—“Sí.”—
—“¿Queda constancia?”—
—“Absolutamente.”—
Marina asintió
y, por primera vez desde que había regresado de la reunión, pareció respirar
con algo de alivio.
—“Gracias.”—
Se levantó y abandonó la oficina. La puerta se cerró y durante
unos segundos nadie habló.
Después uno de los ejecutivos miró la pantalla.
—“¿Qué hacemos con esto?”—
—“¿Qué querés hacer?”—
—“No podemos iniciar una investigación contra Sarmiento.”—
—“¿Por qué no?”—
El otro lo miró como si acabara de preguntar si podían incendiar
voluntariamente la empresa.
—“Porque estamos hablando de Sarmiento.”—
—“Eso no es una respuesta.”—
—“Es exactamente la respuesta. Ese contrato vale millones.”—
—“Lo sé.”—
—“Y todavía no está firmado.”—
—“Lo sé. Pero por lo menos cambiemos a Marina para que no quede
expuesta.”—
—“¿Vos estás loco? Si sabés que Sarmiento es un baboso.”—
—”Por eso mismo. Cambiemos a Marina por otro agente.”—
—”¿No viste lo buena que está Marina? A Sarmiento se le deben
salir los ojos. Lo tiene en la palma de la mano. Si la cambiamos vamos a perder
la cuenta. Que se aguante... para eso cobra.”—
El ejecutivo suspiró.
—“No podés ser tan hijo de puta. Tuvo un problema. Vino a
nosotros.”—
El otro miró la pantalla.
—“Tenemos una empleada molesta. Y un cliente que puede llevarse
su negocio a otra compañía.”—
—“¿Y qué pensás hacer con la denuncia?”—
El ejecutivo hizo una pausa.
—“Nada.”—
—“¿Nada? ¿La dejamos ahí? ¿Dando vueltas en el sistema?”—
—“No.”—
—“¿Entonces?”—
—“La anulamos.”—
Unos segundos después, el registro desapareció del sistema. La
computadora no dejó ningún rastro de la protesta de Marina.
Las computadoras tienen esa ventaja sobre las personas: cuando
algo horrible sucede, rara vez dejan algún rastro.
Rodrigo
descubrió la desaparición de la denuncia un par de días después. No fue
difícil, porque conocía bien el sistema interno, y sabía donde buscar.
La denuncia estaba registrada, pero ya no figuraba internamente.
Revisó el historial, y luego consultó los registros de modificación. Ahí
estaba.
Había sido eliminada. Rodrigo se quedó mirando incrédulo la
pantalla. No necesitaba ser un gran detective.
Trabajaba en una compañía de seguros. Había pasado años
aprendiendo que cuando algo desaparecía de un sistema, normalmente alguien
había decidido que era conveniente que desapareciera.
Y entendió inmediatamente el motivo: Víctor Sarmiento
significaba millones de dólares. El cálculo no requería demasiadas matemáticas.
Pasaron varios días y Marina continuó trabajando.
Eso fue quizá lo más extraño: seguía atendiendo clientes,
contestando llamadas, revisando contratos y corrigiendo documentos.
La vida de oficina tiene esa peculiar capacidad para continuar
como si nada hubiera ocurrido. Una impresora se atascó. Un compañero discutió
durante quince minutos porque alguien había cambiado el café.
Otro preguntó quién había usado su grapadora. El mundo seguía
adelante.
Marina lo
observaba todo con una paciencia cada vez más escasa.
Una mañana, su jefe le preguntó:
—“Marina, ¿podés actualizar este expediente tuyo?”—
Ella levantó la vista.
—“Claro.”—
—“Gracias.”—
Marina tomó el informe y lo miró: “Victor Sarmiento”. Y
la próxima visita la tenía que hacer nuevamente ella.
—“Pero está mal.”—
—“¿Por qué?”—
—“Dice que tengo que ir yo a ver a Sarmiento.”—
—“Claro.”—
—“Pero le puse una denuncia por acoso. Se lo iban a dar a otro.”—
El jefe sonrió.
—“Ok. Le pregunto a los dueños. Esperame un segundo.”—
Cuando su jefe volvió, le dijo:
—“Dicen los dueños que seguís a cargo de Sarmiento.”—
Marina se fue
a hablar con los jefes.
—“Mire, Marina: sabemos que Sarmiento es difícil. Pero quiere
que lo atienda usted. Y usted sabe lo que significa esa cuenta. No podemos
perderla.”—
—“Apenas cierre el acuerdo, se lo asignamos a otro.”— dijo el otro socio.
—“Ese es precisamente el problema.”—
Marina se fue
totalmente decepcionada. Rodrigo, desde su escritorio, entendió todo: la
habían dejado sola, y sin protección.
Un rato más tarde, Marina se acercó.
—“Rodrigo.”—
—“¿Sí?”—
—“¿Sabés algo de mi denuncia?”—
Rodrigo levantó la mirada, porque había esperado aquella
pregunta.
—“Sí.”— dijo
algo avergonzado.
Marina esperó.
—“¿Y?”—
Rodrigo se
quitó las gafas.
—“La archivaron.”—
Ella permaneció inmóvil.
—“¿Quién?”—
—“La empresa.”—
—“¿Cuándo?”—
—“Hace unos días.”—
Marina lo miró
fijamente.
—“Pero me dijeron que iban a investigarla.”—
—“Sí.”
—“Y la investigaron.”—
—“No exactamente.”—
—“¿Qué hicieron?”—
Rodrigo dudó.
—“La borraron del sistema. Perdoname. Fue un mal consejo el
mío.”—
Marina no dijo
nada. Durante unos segundos pareció que estaba intentando decidir qué emoción
tenía prioridad: rabia, decepción, vergüenza o impotencia.
Finalmente apareció una sonrisa, pero no de las amables.
Rodrigo la
conocía lo suficiente para saber que aquella sonrisa no anunciaba nada bueno.
—“Entiendo.”—
—“Marina...”—
—“No. Está bien.”—
—“No parece que esté bien.”—
—“No lo está.”—
Se levantó.
—“Gracias por decírmelo.”—
—“¿Qué vas a hacer?”—
Marina lo
miró.
—“Todavía no lo sé.”—
Y regresó a su escritorio.
Durante los días siguientes, Rodrigo observó cómo Marina
pasaba por todas las etapas posibles de la indignación. Primero estuvo furiosa,
después fría. Luego furiosa otra vez.
Una mañana llegó incluso a discutir con la máquina de café.
—“No puede ser.”—
dijo.
Rodrigo levantó
la vista.
—“¿Qué pasó?”—
—“Me cobró y no me dio café.”—
—“Eso sí es grave.”— dijo Rodrigo mientras metía otro billete en la máquina.
—“Más que mi denuncia, aparentemente.”—
Rodrigo soltó
una carcajada mientras sacaba el café para dárselo a Marina. Y ella se
se contagió de la risa. Fue breve, pero sirvió.
A veces una persona necesita reírse para no romper algo, aunque
solo sea una máquina expendedora.
Una semana después, Marina y Rodrigo estaban
tomando una helado cerca de la oficina. Ella permaneció varios minutos en
silencio.
Rodrigo la
observó.
—“¿Qué estás pensando?”—
—“En vengarme.”—
Rodrigo sabía
que lo decía en serio.
—“Ah.”—
—“¿Eso es todo lo que vas a decir?”—
—“Estoy procesando.”—
—“¿Y?”—
—“Sabés que estoy de tu lado. Pero no me parece una buena
idea.”—
—“No te pregunté si era buena idea.”—
—“Entonces la respuesta es todavía más preocupante.”—
Marina lo
miró.
—“No pienso quedarme sentada mientras ellos deciden que lo que
me pasó no importa. Y además, me tiran a la boca del lobo.”—
—“Eso lo entiendo.”—
—“¿Entonces?”—
Rodrigo
suspiró.
—“No me gusta la venganza.”—
—“A mí tampoco me gustaba.”—
—“¿Y ahora?”—
Marina bebió
un sorbo de café.
—“Ahora me parece educativa.”—
Rodrigo sonrió
sin gracia.
—“Eso suena parecido a una justificación.”—
Marina terminó
su helado.
—“No quiero hacerles daño porque sí.”—
—“Bien.”—
—“Quiero que se hagan responsables.”—
Rodrigo la
miró.
—“¿Y cómo pensás conseguirlo?”—
Marina sostuvo
su mirada, pero no respondió. Y así Rodrigo entendió que algo había
cambiado. Aún no sabía qué era, pero lo descubriría.
Y, aunque todavía todo era indefinido, acababa de sentarse en la
primera fila de su propio problema.
—“El problema,”—dijo
finalmente—“no es que hayas denunciado a Sarmiento.”—
Marina
permaneció en silencio. Rodrigo continuó:
—“El problema es que la empresa decidió que Sarmiento es más
importante que vos.”—
Marina perdió
la mirada a lo lejos de la calle. Por primera vez en mucho tiempo, alguien
había puesto en palabras exactamente lo que ella sentía.
No la consoló, al contrario. Le dio razón. Y algunas razones son
más peligrosas que una mala idea, porque una mala idea puede abandonarse.
Una razón, en cambio, insiste.
Compañía de Seguros
por Rodriac
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Capítulo 2: Plan de Venganza
La venganza tiene un problema bastante desagradable: al
principio parece una idea, después empieza a necesitar presupuesto, información
y un calendario.
Marina Gómez había
comenzado por la primera etapa, y la segunda no tardó demasiado en aparecer.
Durante los días siguientes trabajó como siempre. Contestaba
llamadas, atendía clientes, revisaba pólizas y sonreía cuando correspondía. La
diferencia era que ahora miraba los contratos de una manera diferente.
Ya no buscaba solamente cuánto cubrían, buscaba específicamente
en dónde podían romperse. Porque una póliza, como una persona, puede parecer
perfectamente saludable hasta que uno descubre
en dónde le duele.
Víctor Sarmiento
quería contratar una cobertura gigantesca para su conglomerado.
El problema era sencillo: Sarmiento quería asegurar
prácticamente todo, pero la compañía de Marina quería asegurar bastante
menos de sus pretensiones.
—“No podemos darle esa cobertura.”— le había explicado uno de los directivos.
—“¿Por qué?”—
—“Porque el riesgo es demasiado elevado.”—
Sarmiento había
sonreído.
—“Precisamente por eso quiero asegurarlo. Si no es así ¿Para que
me sirve una póliza?”—
La compañía había calculado el riesgo y Sarmiento había
calculado el precio. El problema era que ambos cálculos tenían una cosa en
común: ninguno incluía a Marina. Al menos todavía.
Ella empezó a estudiar el expediente con lupa: analizaba
activos, propiedades, plantas industriales. Depósitos, maquinaria, inversiones.
Filiales, contratos, reaseguros. Límites, exclusiones, cláusulas.
Había suficientes documentos como para matar de aburrimiento a
una persona normal. Pero Marina no era una persona normal: era una de
las mejores agentes de seguros.
Para ella aquello era casi entretenimiento, y descubrió rápidamente
algo interesante: la diferencia entre lo que Sarmiento quería asegurar y lo que
la compañía estaba dispuesta a cubrir era enorme.
Demasiado grande. Y precisamente por eso constituía una
oportunidad única para ella.
Rodrigo fue el
primero en darse cuenta, no porque Marina se lo contara. Sino porque
empezó a hacer preguntas. Demasiadas preguntas y demasiado específicas también.
—“¿Quién autoriza las modificaciones de una póliza de ese
volumen?”—
—“¿Por qué querés saberlo?”—
—“Curiosidad.”—
Rodrigo levantó
una ceja. Estaba muy “preguntona”.
—“Vos no tenés curiosidad. Tenés objetivos.”— le dijo.
Marina sonrió.
—“Entonces ayudame a contestar mis preguntas.”—
—“Dale, bombardeame.”—
—“Las pólizas que afectan los límites de cobertura. ¿Por donde
pasan?”—
—“Pasan por Suscripción.”—
—“¿Y después?”—
—“Control de Riesgos.”—
—“¿Y los cambios de última hora?”—
Rodrigo la
miró.
—“Marina.”—
—“¿Qué?”—
—“¿Qué estás haciendo?”—
—“Mi trabajo.”—
—“No parece.”—
Ella sonrió.
—“También.”—
Rodrigo dejó el
informe sobre el escritorio.
—“Estás buscando cómo funciona el circuito interno.”—
—“Necesito saber cómo funciona.”—
—“¿Para qué?”—
Marina no
contestó, Rodrigo suspiró resignado. Porque conocía la empresa desde
adentro.
Sabía qué operaciones debían pasar por determinados departamentos,
qué firmas eran obligatorias, quién autorizaba contratos, qué modificaciones
quedaban registradas y cuáles podían pasar desapercibidas si alguien sabía
exactamente dónde mirar.
También sabía qué controles existían.
Y, lo más importante, cuáles existían solamente para que los
auditores pudieran decir que existían.
—“Si vas a hacer algo,”— dijo en voz baja —“al menos no hagas preguntas donde no
corresponde. Podés quedar expuesta.”—
Marina lo
miró.
—“¿Eso significa que me vas a ayudar?”—
—“Significa que prefiero que no dejes huellas.”—
—“No es exactamente lo mismo.”—
—“En esta empresa, sí.”—
A partir de entonces comenzaron a trabajar de una manera
extraña: Marina preguntaba, Rodrigo averiguaba. Ella conocía el
negocio, él conocía la maquinaria.
Marina sabía
cómo hablar con clientes, Rodrigo sabía cómo hablaban los sistemas entre
ellos. Ella entendía a las personas, él entendía los procedimientos.
Era una combinación poco saludable, y bastante eficaz.
Marina comenzó
a investigar también el mundo del peritaje, necesitaba saber quién evaluaba los
daños cuando ocurría un siniestro. Quién determinaba cuánto se había perdido,
quién redactaba los informes.
Y, sobre todo, quién podía ser convencido para mirar una pérdida
de cien y escribir doscientos. Encontró algunos nombres, hizo llamadas,
consultó discretamente.
Escuchó historias, pero había un inconveniente: no conocía a
nadie. Y los peritos corruptos, al parecer, no solían anunciar sus servicios en
las páginas amarillas.
Rodrigo
encontró aquello bastante divertido.
—“Te falta un pequeño detalle.”—
—“¿Cuál?”—
—“Un perito flojo de papeles, tipo delincuente.”—
Marina lo
miró.
—“No necesito un delincuente.”—
—“Si estás pensando en cobrar una póliza inflada, sí.”—
—“Necesito un perito.”—
—“Es la forma elegante de decirlo.”—
Finalmente Marina decidió contarle una parte del plan.
Estaban solos en una sala de reuniones, ella cerró la puerta. Rodrigo la
observó.
—“Cuando alguien cierra una puerta así, normalmente trae malas
noticias.”—
—“No necesariamente.”—
—“Entonces peores.”—
Marina apoyó
una carpeta sobre la mesa.
—“Voy a conseguir que Sarmiento obtenga la cobertura que
quiere.”—
Rodrigo la
miró.
—“Pero la compañía no quiere dársela.”—
—“Lo sé.”—
—“Entonces no puede conseguirla.”—
—“Puede.”—
—“¿Cómo?”—
Marina abrió la
carpeta.
—“Partiendo la póliza en dos. Voy a presentar dos pólizas por
debajo del máximo permitido, pero con una par de días de diferencia. Una la va
a aprobar un socio. La otra, el otro socio sin saber que se firmó la primera.”—
Rodrigo permaneció
unos segundos en silencio.
—“Eso es fraude interno.”—
—“Sí.”—
—“Te van a meter en cana. Vas a estafar a tu propia compañía de
seguros.”—
Marina levantó
la mirada.
—“Una compañía que no me protege. Me protejo yo misma. Cobro mi
comisión y rajo.”—
Rodrigo sonrió
con cierta incredulidad.
—“Entonces por fin encontraste una aplicación práctica para todo
lo que aprendimos.”—
Marina también
sonrió, pero su sonrisa era diferente. Rodrigo todavía no pensaba en
dinero. Él no quería enriquecerse, ni quedarse con una parte de la operación.
Al menos no todavía. Lo que buscaba era ayudarla. Quería que
alguien pagara por lo que habían hecho. Y eso, aunque parecía una diferencia
pequeña, era importante.
Marina quería
vengarse. Rodrigo quería que hubiera justicia.
El problema era que ambos estaban empezando a utilizar
exactamente las mismas herramientas para lograr sus objetivos.
La segunda reunión que tuvo Marina con Víctor
Sarmiento fue diferente.
Marina llegó
puntual. Vestía un traje oscuro con falda muy ajustada. Y llevaba el cabello
suelto.
Sarmiento la
recibió con una sonrisa mientras la recorría con la mirada.
—“Me alegra volver a verla.”—
—“A mí también.”—
Él pareció sorprendido.
—“Pensé que estaba molesta conmigo.”—
Marina sonrió.
—“Las personas maduras superan ciertas cosas.”—
Sarmiento la
observó unos segundos.
—“Me alegra escuchar eso.”—
—“Además,”—
continuó Marina —“hablando de negocios, le tengo muy buenas
noticias.”—
—“Pero que bien. Me alegro.”—
Marina se
sentó tratando de mostrarle la mejor vista de sus piernas. Sarmiento
hizo lo mismo, totalmente hipnotizado por la vista.
Durante unos minutos hablaron de la póliza, después él volvió a
sus insinuaciones. Pero esta vez Marina no lo frenó, respondió con una sonrisa
y una mirada prolongada.
Comenzó a jugar con las pequeñas señales que Sarmiento
interpretaba como confirmación de algo que probablemente ya había decidido
creer.
Marina lo dejó
creer, porque había descubierto algo desagradable: el poder no siempre consiste
en obligar a alguien. A veces consiste simplemente en dejar que haga
exactamente lo que uno quiere mientras cree que la idea fue suya.
—“He estado trabajando en su propuesta.”— dijo ella.
—“¿Y?”—
—“Creo que podemos conseguir que la compañía acepte el monto que
usted pretende. Pero hay que trabajar juntos.”—
Sarmiento arqueó
una ceja.
—“Eso sería interesante.”—
—“No será sencillo.”—
—“Nada que valga la pena lo es.”—
Marina sonrió.
—“Pero una póliza tan grande necesita un peritaje impecable. Si
algún día ocurre algo, no podemos tener problemas con la tasación.”—
Sarmiento apoyó
los codos sobre la mesa.
—“No tendrá problemas.”—
—“¿Está seguro?”—
—“Conozco a alguien.”—
—“¿Un buen perito?”—
Sarmiento sonrió.
—“Uno muy bueno.”—
Marina esperó
mientras Sarmiento tomaba una tarjeta de su bolsillo.
—“Trabajó para varias empresas de mi grupo.”—
Se la entregó. Marina miró el nombre.
—“¿Está seguro de que podemos confiar en él?”—
Sarmiento soltó
una carcajada.
—“Señorita Gómez, en este negocio uno aprende rápidamente en quién
puede confiar.”—
Marina guardó
la tarjeta. No preguntó cuánto costaba esa confianza, porque a veces es mejor
no conocer determinados precios.
Rodrigo
investigó el nombre esa misma tarde. No tardó demasiado en encontrar
referencias.
—“Tenemos un problema.”—
Marina levantó
la vista.
—“¿Qué pasó?”—
Rodrigo dejó
varios documentos sobre el escritorio.
—“Tu hombre tiene antecedentes.”—
—“¿Antecedentes judiciales?”—
—“No.”—
Marina lo
miró.
—“¿Qué antecedentes?”—
—“Numerosos peritajes.”—
Rodrigo señaló
los informes.
—“Intervino en varios siniestros donde las tasaciones fueron
cuestionadas.”—
—“¿Y?”—
—“Pérdidas infladas.”—
—“¿Comprobado?”—
—“Nunca del todo.”—
—“Entonces no es suficiente.”—
Rodrigo sonrió.
—“También hay dos compañías que dejaron de trabajar con él
después de detectar irregularidades.”—
Marina permaneció
callada.
—“¿Está dispuesto a aceptar dinero?”—
—“No lo sé.”
—“Averigualo.”—
Rodrigo la
miró.
—“¿Querés que averigüe si es corrupto?”—
—“No.”—
Marina tomó la
tarjeta.
—“Quiero saber si es suficientemente corrupto.”—
Rodrigo soltó
una risa breve.
—“Ahora sí estamos hablando el mismo idioma. Pero tenemos otro
problema.”—
—“¿Cuál?”—
—“Voy a tener que borrarle los antecedentes cuando revisen su
nombre en las pólizas que deben aprobar. Voy a quedar enganchado en el
fraude.”—
—“Dividimos. No tengo problema en eso.”— dijo Marina mientras lo abrazaba
brevemente.
Marina volvió a
mirar el nombre en la tarjeta. Había conseguido exactamente lo que necesitaba,
o eso creía. Víctor quería una póliza enorme, la compañía quería el
contrato. Ella iba a forzar todo para que ambas cosas coincidieran.
Y ahora tenía un perito recomendado por el propio Sarmiento,
alguien con una reputación bastante dudosa y suficiente experiencia como para
hacer que una tasación pareciera legítima.
El mecanismo empezaba a encajar. Marina pensó que había
encontrado la combinación perfecta.
Sarmiento
obtendría la cobertura, ella obtendría una comisión extraordinaria. Y la
compañía asumiría un riesgo que no comprendía. Todo parecía bajo control, pero
había algo que Marina todavía no sabía: no conocía realmente a todos los
jugadores.
Y en los negocios, como en las novelas policiales, ese suele ser
el momento exacto en que alguien que no estaba invitado decide entrar en
escena.
El perito no era una pieza de Marina ni Rodrigo,
sino un jugador libre en su propio juego. Y en realidad, nadie sabía quién
estaba jugando contra quién.
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Capítulo 3: El Encanto de la Traición
La traición funciona mejor cuando todos creen que están haciendo
un buen negocio.
Marina había
llegado a esa conclusión después de estudiar durante semanas los documentos de Sarmiento.
Ya tenía los datos, los contactos. Y conocía el funcionamiento
interno de la compañía. Tenía algo todavía más importante: una sonrisa y varios
atributos que, convenientemente utilizados, podía hacer que un hombre olvidara
hasta su propio nombre.
La póliza sería dividida en dos: dos contratos separados para
ser presentados a los dos socios propietarios de la compañía de seguros. Esto
obligaría a Marina a lograr que firmaran por separado.
De eso se encargaría Rodrigo, pasando las carpetas
desfasadas algunas horas o días, para ninguno de los socios supiera que habían
dos pólizas. Y el problema era justamente la manera de eludir los controles
internos: Rodrigo manipularía el sistema.
Era una misma realidad asegurada dos veces. Y gracias a su compañero, Marina
estaba empezando a descubrir que los sistemas, como las personas, tienen días
malos.
Víctor Sarmiento recibió
a Marina con entusiasmo.
—“Esto se está volviendo una buena costumbre. Pensé que no
volvería a verla.”—
—“Yo también lo pensé.”—
—“¿Y que cambió para lograr este milagro?”—
—“Le traigo muy buenas noticias… de negocios, claro.”—
Sarmiento sonrió.
—“Me alegra.”—
Marina se
sentó frente a él, y esta vez no llevaba la expresión fría de la primera
reunión. Estaba relajada, atenta. Incluso ligeramente divertida.
Sarmiento la
observó.
—“Parece que ya no está enojada conmigo.”—
—“No sirve de mucho estar enojada todo el tiempo.”—
—“Me alegra que haya llegado a esa conclusión.”—
—“Además,”— dijo Marina
—“estamos hablando de negocios.”—
Sarmiento se
inclinó hacia atrás para proyectar una imagen de poder.
—“Eso siempre puede cambiar.”—
—“Ya veremos…”—
La respuesta fue deliberadamente ambigua. Y Sarmiento la
interpretó como esperaba, porque los hombres acostumbrados a comprar cosas
tienen una tendencia peligrosa a creer que todo está a la venta.
Marina sabía
exactamente cuánto podía dejarlo creer.
La conversación comenzó con la póliza, y terminaron hablando de
las empresas de Sarmiento. Marina preguntaba con la mayor
naturalidad.
—“¿La planta de Córdoba sigue siendo de su grupo?”—
—“Sí.”—
—“¿Y el depósito de Rosario?”—
—“También.”—
—“Pensé que lo había vendido.”—
—“No. Lo transferimos a una subsidiaria.”—
Marina sonrió.
—“Eso me simplifica algunas cosas.”—
—“¿Qué cosas?”—
—“La estructura de la cobertura.”—
Sarmiento no
sospechó nada.
Le explicó qué sociedades controlaban determinados activos, qué
propiedades estaban bajo una empresa y cuáles bajo otra, dónde estaban las
inversiones más importantes y qué parte del patrimonio quería proteger
personalmente.
Marina
escuchaba, preguntaba, y anotaba diligentemente.
Y sonreía, claro. Porque Sarmiento pensaba que estaba
impresionándola. Cuando en realidad estaba haciendo inventario.
Terminaron tarde, y Sarmiento la invitó a cenar. Marina
aceptó, no porque quisiera cenar con él. Sino porque quería que firmara.
El restaurante era elegante, caro y silencioso. De esos lugares
donde hasta los cubiertos parecen sacados de una exhibición.
Durante la cena, Sarmiento volvió a insistir con sus
insinuaciones.
—“Ahora que hemos dejado atrás nuestras diferencias, podríamos
conocernos mejor.”—
Marina bebió
un sorbo de vino.
—“Pero ya nos estamos conociendo, Víctor.”—
—“No me refería precisamente al trabajo.”—
—“Lo imaginé, claro.”—
Sarmiento sonrió.
—“Entonces sabe lo que quiero.”—
—“Claro. A veces es muy obvio ¿Lo sabía?”—
—“¿Y?”—
Marina dejó la
copa sobre la mesa.
—“Por ahora esto es un negocio. Quiero que firme la póliza…
primero.”—
Sarmiento soltó
una carcajada.
—“Es usted cruel.”—
—“Soy agente de seguros. Y he visto mucho. Si digo que si,
primero me aseguro mi comisión.”—
—“Usted me conoce. Si me deja hacer lo que quiero, sabe que no
necesitará vivir de comisiones. Mis mujeres quedan con el futuro asegurado.”—
Marina sonrió.
—“En mi profesión, por lo menos, la gente lee las cláusulas
antes de arrepentirse.”—
La cena continuó en un juego de coqueteo interminable.
Sarmiento
intentaba acercarse, Marina permitía pequeñas aproximaciones. Una
mirada, una sonrisa, un roce. Sonrisas, respuestas ambiguas, pero nada
demasiado evidente.
No era un lugar en donde las aventuras se pudieran exhibir
abiertamente. Era un restaurante de categoría y concurrido socialmente. Pero el
juego fue suficiente para mantenerlo interesado.
Víctor quería
acostarse con ella, y Marina quería su firma. Ambos estaban
perfectamente convencidos de que estaban manejando la situación.
Lo peligroso empezó después.
Marina había
pensado que todo sería una actuación, y así fue al principio. Había algo
desagradable en tener que seducir a un hombre que la había humillado.
Pero descubrió algo que no había previsto: Víctor
cambiaba cuando ella sonreía. Dejaba el patán de lado para volverse atento,
cuidadoso. Incluso algo inseguro.
El hombre que acostumbraba entrar a sus oficinas rodeado de
ejecutivos que asentían ante cualquier cosa, frente a ella, medía sus palabras.
Marina lo
notó, y descubrió que aquello le gustaba. Se extrañó al pensar que era una
cualquiera. Pero analizándolo, vio que no le atraía Víctor. Le atraía el
poder en realidad.
Y había una diferencia importante y peligrosa. Porque una cosa
es utilizar una herramienta, y otra empezar a disfrutarla.
Rodrigo observó
todo desde cierta distancia. No tenía acceso a las cenas y a los encuentros,
pero sí a los resultados. Sabía de las llamadas, los cambios, los informes. Los
movimientos de Marina en general. Pero sobre todo, la transformación de
ella.
Una tarde la vio salir del despacho de Sarmiento. Venía
sonriendo.
Rodrigo la
esperó.
—“¿Qué pasó?”—
—“Nada.”—
—“Otra vez «nada».”—
—“Todo salió bien.”—
—“¿Firmó?”—
—“Todavía no.”—
—“Entonces no salió tan bien.”—
Marina sonrió.
—“Está casi convencido.”—
Rodrigo la miró.
—“¿De la póliza? ¿O de otra cosa?”—
Ella tardó un segundo en responder.
—“De la póliza ¿Qué decís?”—
Rodrigo no dijo
nada, Marina sintió como un choque de realidad. Le preguntó:
—“¿Qué?”—
—“Nada.”—
—“Tenés cara de estar pensando algo.”—
—“Estoy pensando.”—
—“Eso suele ser peligroso.”—
—“Más de lo que creés.”—
Marina, que
por algún motivo se sintió incómoda, se alejó. Rodrigo la siguió con la
mirada.
No estaba enamorado. Todavía. Pero empezaba a sentir algo
incómodo. Quizá eran celos, o tal vez preocupación. Probablemente eran las dos
cosas, porque había empezado a involucrarse con Marina y ya no le
gustaba verla jugar con fuego.
Mucho menos cuando ella parecía estar descubriendo que el fuego
era divertido.
Aquella noche Marina apareció de sorpresa en la casa de Rodrigo.
Él abrió la puerta y la miró sorprendido.
—“¿Qué hacés acá?”—
—“Quería verte.”—
—“¿A esta hora?”—
—“¿Tenés una política contra las visitas nocturnas?”—
—“No.”—
—“Entonces dejame pasar.”—
Rodrigo se hizo
a un lado, y Marina entró.
Hablaron durante un rato. Primero de Sarmiento, después
de la empresa y finalmente dejaron de hablar de trabajo.
Ocurrió lentamente, sin planes o estrategias. Entre risas,
construyeron un momento entre los dos. Marina terminó quedándose, y
aquella noche durmieron juntos.
Por unas horas, al menos, no hubo contratos, empresas ni
venganzas. Solo eran dos personas que habían comenzado a involucrarse demasiado
profundamente el uno con el otro.
A la mañana siguiente, Rodrigo la miró mientras preparaba
café.
—“Esto complica las cosas.”—
Marina sonrió.
—“¿Por qué?”—
—“Porque ahora tengo dos motivos para preocuparme por vos.”—
—“¿Cuáles?”—
—“El profesional y el personal.”—
Marina se
acercó.
—“Podés quedarte con el segundo.”—
Rodrigo sonrió,
pero no dijo nada. Sabía que el problema profesional estaba empezando a ser
mucho más peligroso.
La compañía, mientras tanto, comenzaba a hacer preguntas. Los
dueños querían saber cómo avanzaba la operación con Sarmiento.
—“¿Tenemos la póliza?”—preguntó uno.
—“Estamos cerca”—
respondió Marina.
—“Pero ¿Qué significa «cerca»?”—
—“Que todavía no está firmada.”—
—“¿Y qué falta?”—
—“Unos ajustes.”—
—“¿Qué ajustes?”—
Marina sonrió.
—“Algunos detalles de las subsidiarias. Hoy o mañana los
tengo.”—
Los directivos no parecieron tranquilizarse demasiado. Las
personas que firman contratos multimillonarios suelen desconfiar de las
imprecisiones. Excepto cuando esas imprecisiones les permiten cerrar el
contrato. Allí se convierten en optimismo empresarial.
Marina
necesitaba dividir la operación en dos pólizas, dos contratos aparentemente
independientes.
El problema era que, si alguien revisaba demasiado bien los
registros, podía descubrir que los activos estaban siendo separados en dos
contratos, que en conjunto superaban ampliamente el poder de cobertura de la
compañía.
Para eso necesitaba a Rodrigo.
—“Tenemos que hacerlo sin que salte ninguna alarma.”— dijo Marina.
Rodrigo miró la
pantalla.
—“El sistema no está diseñado para detectar esto.”—
—“¿Seguro?”—
—“Está diseñado para detectar errores administrativos.”—
Marina sonrió.
—“Perfecto.”—
Rodrigo
manipuló los registros internos necesarios para que las dos operaciones
aparecieran como contratos separados. Configuró al sistema para que cada uno de
los dueños pudiera ver solo un contrato.
Nada espectacular. Pero eso permitiría saltar el control final.
Cada socio vería solo un contrato cuando en realidad Sarmiento era
cubierto por dos pólizas separadas.
La burocracia terminaría haciendo el resto, como siempre.
Algo había cambiado entre ellos. Una tarde, mientras revisaban
documentos, Rodrigo cerró la carpeta.
—“No me gusta esto.”—
Marina levantó
la vista.
—“¿Qué cosa?”—
—“Que tengas que seducirlo.”—
Ella volvió a mirar los documentos.
—“Ya sé que no te gusta, pero no hay otra forma. Es parte del
trabajo.”—
—“Eso es parte de la venganza. El trabajo era antes.”—
Marina dejó el
bolígrafo.
—“¿Estás celoso?”—
—“No.”—
—“Mentís mal.”—
—“Y vos disfrutas demasiado el juego.”—
Ella sonrió. Rodrigo señaló su sonrisa.
—“Eso.”—
—“¿Qué?”—
—“Esa sonrisa.”—
—“¿Qué tiene?
—“Es casi una respuesta.”—
Marina no
respondió. Se sintió incómoda, porque, por primera vez, no estaba segura de que
Rodrigo estuviera equivocado.
Finalmente llegó el momento. Víctor revisó los
documentos.
—“Entonces la cobertura quedará dividida.”—
—“Sí. Para no superar los límites permitidos.”—
—“¿Y ambas partes estarán protegidas?”—
—“Cada sociedad tendrá su póliza.”—
—“Perfecto.”—
Sarmiento firmó
al final de todos.
Marina recogió
los documentos, había conseguido exactamente lo que necesitaba. Con la póliza
doble, Víctor había obtenido lo que quería. Marina cobraría una
comisión considerable.
Y si todo se hacía bien, nadie vería que Sarmiento estaba
quedando cubierto dos veces. Por lo menos el tiempo suficiente para cobrar la
comisión y… volar.
Esa misma noche, Víctor llamó al perito.
—“Ya está.”—
—“¿Firmó?”—
—“Sí.”—
—“¿La cobertura es la que quería?”—
Víctor sonrió.
—“Más de lo que pretendía.”—
Del otro lado, el perito soltó una carcajada.
—“Entonces habrá que cuidarla.”—
—“Para eso estás vos.”—
Hubo un silencio breve.
—“Cuando llegue el momento, ”— dijo el perito —“no habrá problemas con la tasación.”—
Víctor sonrió.
—“Eso espero.”—
—“No se preocupe.”—
El perito cortó y Víctor guardó el teléfono. No sabía que
aquel hombre no era simplemente un profesional dispuesto a aceptar un soborno.
Era otra cosa.
Había gente que infringía las reglas cuando aparecía una
oportunidad. Y había gente que veía las reglas como un obstáculo personal.
El perito pertenecía al segundo grupo.
Era un delincuente antes incluso de recibir la primera oferta. Y
eso significaba que, llegado el momento, nadie podía estar completamente seguro
de quién estaba utilizando a quién.
El juego acababa de comenzar, y todos creían tener las cartas
ganadoras.
Compañía de Seguros
Capítulo 4: La Traición Interna
Las compañías de seguros tienen una ventaja sobre el resto de
las empresas. Y es que pueden seguir funcionando durante bastante tiempo
después de estar financieramente muertas.
La póliza de Sarmiento ya estaba firmada, y ahora faltaba
algo mucho menos elegante: esperar. Marina odiaba esperar.
Había pasado semanas preparando el mecanismo, convenciendo a Sarmiento,
acomodando documentos y consiguiendo que la compañía aceptara una cobertura que
originalmente consideraba demasiado arriesgada.
Y ahora debía esperar que la empresa del magnate pagara la
primera cuota. Porque una vez acreditada, Marina recibiría una comisión
extraordinaria.
Y justo antes que explotara toda la maniobra de la póliza doble,
tenía que desaparecer. Y Rodrigo desaparecería con ella. Era una idea
que parecía sencilla.
El problema es que las ideas sencillas suelen ser las más
peligrosas cuando empiezan a involucrar dinero.
—“¿Ya pagó?”—
preguntó Marina.
Rodrigo ni
siquiera levantó la cabeza.
—“Buenos días para vos también.”—
—“¿Pagó?”—
—“Todavía no.”—
—“¿Cuándo vence?”—
—“Mañana.”—
Marina hizo
una mueca.
—“Odio los vencimientos.”—
—“Que curioso. Mirá que trabajás en seguros.”—
—“Precisamente por eso.”—
Rodrigo
continuó trabajando.
—“Cuando entre el dinero, lo voy a saber.”—
—“¿Seguro?”—
Ahora sí levantó la mirada.
—“Marina, es mi trabajo.”—
Ella sonrió.
—“A veces me olvido.”— le dió un beso en la mejilla.
—“Yo no.”—
Rodrigo tenía
acceso a información que Marina no podía consultar sin levantar
sospechas. Y no porque fuera un hacker extraordinario o tuviera una computadora
secreta debajo de la cama.
Simplemente trabajaba allí. Conocía los procedimientos, y sobre
todo, tenía las claves de acceso a diferentes áreas del sistema.
Sabía dónde aparecían los movimientos financieros, qué
departamentos recibían las confirmaciones, quién podía consultar determinadas
operaciones y qué informes se generaban automáticamente.
La empresa le había enseñado durante años cómo funcionaba su
maquinaria interna. Y había cometido el pequeño error de suponer que sus
empleados jamás usarían ese conocimiento contra ella.
Al día siguiente, Rodrigo revisó el sistema. La primera
cuota había sido depositada, y por eso Marina recibió el mensaje dos
minutos después.
—“Entró.”—
—“¿Cuánto?”—
Rodrigo le dijo
la cifra. Marina se quedó en silencio.
—“¿Esa es mi comisión?”—
—“Sí. Te sacaste la lotería.”—
Ella sonrió.
—“Es obsceno, pero valió la pena.”—
—“Es una comisión nomás. Eso si: grande.”—
—“Por eso.”—
Marina abrió
su calculadora. Hizo una cuenta, después otra.
—“Con esto ya podemos irnos.”—
Rodrigo la
miró.
—“¿Tenés pensado a dónde?”—
—“Todavía no sé. Lo hablamos.”—
—“Magnífico.”—
—“¿Qué?”—
—“Después de arruinar nuestras vidas profesionales, ahora
también tenemos que elegir destino turístico.”—
Marina soltó
una carcajada, porque por unos segundos todo parecía sencillo. El dinero estaba
ahí, el contrato estaba firmado, el plan avanzaba.
Y ellos solo tenían que esperar unas horas para mover el dinero
del banco. Pero entonces Rodrigo revisó otro informe.
Y dejó de sonreír.
—“Marina.”—
—“¿Qué?”—
—“Tenemos un problema.”—
—“¿Qué clase de problema?”—
Rodrigo giró la
pantalla.
—“La compañía.”—
Marina se
acercó.
—“¿Qué pasa?”—
—“Mirá esto.”—
Ella leyó, y después volvió a leer.
—“No entiendo.”—
—“Los números no cierran.”—
—“¿Qué números?”—
—“De esta empresa: reservas, liquidez, obligaciones
inmediatas.”—
Rodrigo abrió
otro informe, y después otro.
—“La compañía de seguros está muy mal.”—
Marina lo
miró.
—“¿Cuánto?”—
—“Lo suficiente.”
—“Eso no es una cifra.”—
—“Es una compañía de seguros… está tan frágil que no puede
afrontar casi ningún siniestro. Por eso estaban desesperados por cerrar con
Sarmiento.”—
Rodrigo siguió
revisando: había obligaciones pendientes y pagos comprometidos. El problema era
que las reservas eran insuficientes.
Muchas de las operaciones que habían sido maquilladas en
informes internos. No era nada que un cliente pudiera ver, ni que los
directivos estuvieran interesados en explicar.
La empresa no estaba simplemente atravesando una mala racha,
estaba intentando ganar tiempo. Y el contrato de Sarmiento acababa de
convertirse en una bocanada de aire.
—“Necesitaban ese dinero.”— dijo Marina.
Rodrigo
asintió.
—“Y lo necesitaban mucho.”—
—“¿Desde cuándo?”—
—“No lo sé exactamente.”—
Siguió leyendo.
—“Pero esto empezó antes de nuestra póliza.”—
Marina
permaneció callada porque la frase tardó unos segundos en asentarse. Ellos
habían creído que estaban tendiendo una trampa a la compañía. Resultaba que la
compañía ya estaba metida en una espiral descendente.
—“Entonces ellos también estaban haciendo maniobras”— dijo Marina.
—“Sí.”—
—“¿Qué cosas?”—
Rodrigo señaló
varios movimientos.
—“Operaciones maquilladas. Reservas movidas. Riesgos
subestimados. Parece que hasta tienen un plan de quiebra listo.”—
—“¿Y los dueños?”—
—“Lo saben.”—
—“¿Estás seguro?”—
Rodrigo la
miró.
—“Nadie llega a este nivel de números por accidente.”—
Marina se quedó
pensando. La empresa había decidido borrar su denuncia para proteger a Sarmiento.
Y ahora descubría que también había estado protegiendo algo más. A sí misma.
No era solamente una compañía hipócrita, era una compañía
desesperada. Y eso hacía que la póliza que acababan de firmar fuera mucho más
peligrosa de lo que habían imaginado.
—“Si ocurre algo con esa póliza...”—
Rodrigo terminó
la frase.
—“No van a poder pagarlo.”—
Marina miró
nuevamente los documentos.
—“Entonces Sarmiento acaba de convertirse en su salvación.”—
—“Sí.”—
—“Y nosotros en la solución a su problema, porque en cuanto
descubran nuestra maniobra, nos van a echar la culpa.”—
—“Exactamente.”—
Marina meneó la
cabeza.
—“Tenemos que despegarnos cuanto antes.”—
Rodrigo no
sonrió.
—“Así es. Tenemos que volar lo antes posible.”—
Los dos propietarios de la compañía, mientras tanto, estaban
encantados.
La póliza de Sarmiento representaba una operación extraordinaria.
Una de esas operaciones que justificaban meses de reuniones, informes, llamadas
y fotografías sonrientes para la memoria institucional.
—“Tenemos el contrato.”— dijo uno.
—“Y el primer pago.”—
—“Excelente.”—
—“Sarmiento está adentro y nosotros seguimos respirando.”—
El otro ejecutivo se reclinó satisfecho.
—“Sabía que Marina podía cerrarlo.”—
—“Es una excelente agente.”—
Ambos sonrieron. Marina, desde su escritorio, los observó
a la distancia. Habían pasado de ignorar su denuncia a felicitarla por conseguirles
el negocio.
La ironía era tan perfecta que casi exigía música.
—“¿De qué se ríe?”—preguntó
una secretaria mientras le acercaba una carpeta.
Marina la
miró.
—“De nada. Bueno... de un secretito.”—
—“¿Uno bueno?”
—“Muchísimo.”—
Marina contaba
las horas para sacar el dinero del banco. Mientras, Rodrigo continuó
investigando. Y cuanto más encontraba, peor era.
—“Mirá esto.”—
Marina se
acercó.
—“¿Otra cosa?”—
—“Otra.”—
—“¿Cuántas van?”—
—“Ya perdí la cuenta.”—
Rodrigo señaló
una serie de operaciones.
—“Llevan años haciendo esto.”—
Marina leyó los
documentos.
—“¿Y nadie los descubrió?”—
Rodrigo soltó
una sonrisa.
—“Seguramente alguien los descubrió.”—
—“¿Y?”—
—“¿No te acordás de los despidos? Probablemente por eso.”—
Marina lo
miró, y no había ironía en su rostro esta vez.
Rodrigo
continuó:
—“Eso es lo que han planificado.”—
—“¿Quiénes?”—
—“Los dos dueños. No creo que nadie más lo sepa.”—
—“¿Despedir gente?”—
—“Cuando quiebren. Y te aseguro que es cuestión de tiempo. Para
ellos los empleados somos piezas
descartables.”—
Marina
entendió. Cada vez que una operación salía mal, alguien de abajo pagaba el
precio. Podía ser un empleado, un gerente menor, o todo un departamento. Como
lo que había sucedido en los últimos años.
Todo había sucedido ante sus ojos, solo que no se habían dado
cuenta. Los grandes errores siempre necesitaban un pequeño culpable. Era una
ley empresarial no escrita.
Rodrigo cerró
el informe.
—“Tienen que que hacerse responsables de lo que hicieron.”—
Cerca de la hora de cierre, uno de los dueños preguntó:
—“¿Todo marcha bien con Sarmiento?”—
—“Perfectamente.”—
respondió Marina
—“¿Algún inconveniente?”—
—“Ninguno.”—
—“Excelente. La operación cerró perfecta.”—
Marina sonrió.
—“Me alegro.”—
El hombre se fue satisfecho, y Marina esperó a que
desapareciera por el pasillo. Entonces miró a Rodrigo.
—“¿Escuchaste?”—
—“Sí.”—
—“Dijo «la operación cerró perfecta».”—
—“Eso dijo.”—
—“Me gusta.”—
—“¿Qué cosa?”—
—“Que estén tan tranquilos.”—
Rodrigo negó
con la cabeza.
—“Algún día vas a disfrutar demasiado esto.”—
Marina lo
miró.
—“Mañana, Rodrigo. Tenemos que irnos a primer hora.”—
Rodrigo no
respondió.
El dinero había llegado, y la comisión estaba asegurada. Y los
contratos estaban en marcha.
Los propietarios creían haber cerrado el negocio del año que les
aseguraba evitar una bancarrota. Marina creía estar controlando la
operación. Y Rodrigo empezaba a descubrir que aquello era mucho más
grande de lo que habían imaginado.
En algún lugar fuera de aquella oficina, un hombre llamado por
todos simplemente «el perito» esperaba su momento.
La fase siguiente de todo el embrollo sería la más arriesgada.
Porque hasta entonces solo habían movido papeles. Pero ahora tendrían que mover
consecuencias.
Y las consecuencias, a diferencia de los papeles, no aceptan
correcciones con tinta roja.
Compañía de Seguros
por Rodriac
Copen
Capítulo 5: El desenlace inesperado
Los siniestros suelen ocurrir cuando nadie los necesita.
Es una de las pocas características que comparten con las
desgracias, los infartos y las llamadas telefónicas de los bancos. Aquella
noche, el perito llegó hasta una de las instalaciones aseguradas de Sarmiento.
No llevaba prisa.
Los delincuentes profesionales rara vez tienen prisa. La prisa
es más propia de los aficionados, los adolescentes y los empleados que
descubren cinco minutos antes de salir que dejaron un informe pendiente.
El hombre sabía lo que hacía porque el incidente había sido
preparado.
No demasiado, pero sí lo suficiente. Cuando finalmente se
produjo el desastre, las llamas hicieron el resto. El perito observó desde
cierta distancia. No parecía preocupado, parecía satisfecho.
Había dinero esperando al final de aquella noche. Mucho dinero.
Y una parte era para él.
A primera hora de la mañana, el teléfono de la compañía comenzó
a sonar.
—“Tenemos un siniestro.”— dijo un empleado.
—“¿Dónde?”—
—“En una de las instalaciones de Sarmiento.”—
—“Mierda. Apenas ayer cerramos el contrato. ¡Que mala suerte!
¿Magnitud?”—
Hubo un silencio.
—“Es grande.”—
El ejecutivo que atendía la llamada cerró los ojos, porque no le
gustaba el panorama. Sabía que la compañía la venía peleando, y que en seguros,
«grande» es una descripción técnica que suele significar «preparen
los abogados».
—“¿Está cubierta?”—
—“Sí. Todo en regla.”—
—“¿Cuál póliza se activa?”—
El empleado revisó los datos.
—“¿Como cual? Las dos.”—
El ejecutivo abrió los ojos.
—“¿Como que dos?”—
—“Sí. En la ficha figuran dos pólizas.”—
Silencio.
—“¿Está seguro?”—
—“Completamente.”—
—“Y Marina Gómez... ¿Donde está?”—
—”No ha llegado todavía, jefe.”—
El ejecutivo miró a su compañero.
—“Tenemos un problema.”—
—“¿Otro?”—
—“Y uno bastante grande.”—
Durante las horas siguientes, la compañía comenzó a moverse:
inspectores, abogados, peritos, informes. Hicieron múltiples llamadas y
reuniones urgentes.
La póliza se activó, y entonces apareció la realidad: el monto
asegurado era enorme. Demasiado grande y la compañía no tenía liquidez
suficiente para responder.
El dinero de Sarmiento había entrado, pero no había
permanecido allí. Había servido para tapar agujeros anteriores porque la
empresa llevaba meses, quizá años, sobreviviendo de esa manera.
Un poco de aquí, otro poco de allá. Una reserva que desaparecía,
una obligación que se postergaba judicialmente. Un informe que se maquillaba.
Una esperanza renovada cada lunes.
Hasta que llegó el siniestro. Y la esperanza dejó de ser una
estrategia financiera.
Víctor Sarmiento
recibió la noticia en su despacho.
—“¿Cuánto perdimos?”—
Su hombre de confianza le dio la cifra. Sarmiento permaneció
inmóvil.
—“Eso no puede ser.”—
—“Es la estimación inicial.”
—“¿Y el seguro?”—
—“La compañía le da vueltas. No sé si quieren responder.”—
Sarmiento lo miró.
—“¡Hijos de puta! Tienen que responder.”—
—“Los abogados dicen que no tienen fondos suficientes.”—
Por primera vez en mucho tiempo, Víctor no encontró una
respuesta inmediata. Había construido su imperio suponiendo que el dinero
siempre podía resolver los problemas. Pero ahora descubría una verdad bastante
desagradable.
A veces el dinero simplemente cambia de bolsillo y desaparece.
Una parte importante de su imperio acababa de quedar destruida.
La póliza que debía protegerlo se había convertido en otro problema. Y la
compañía que debía pagarla estaba agonizando.
En la oficina central, los directivos empezaron a reconstruir la
operación.
Al principio buscaron un error, después fueron atando cabos. Y
descubrieron que no eran errores, sino decisiones.
La póliza había sido dividida, eso había permitido sortear los
límites y los controles. Los activos aparecían distribuidos entre diferentes
sociedades. Y los controles internos habían permitido que la operación
avanzara.
Y, por supuesto, apareció un nombre importante: Marina Gómez.
—“Ella estuvo detrás de esto.”—
Nadie respondió.
—“¿Cómo lo hizo?”—
—“No lo sé. Pero hay cosas que no podía no saber.”—
—“¿Y quién la ayudó?”—
Otro ejecutivo revisó los registros, y apareció un segundo
nombre: Rodrigo. El silencio fue más largo esta vez.
—“No puede ser.”—
—“Los movimientos internos pasan por su área. En realidad, todo
pasa por su área.”—
—“¿Tienen pruebas?”—
—“No. Se operó con claves diversas para saltar los limites y
controles. Hay operaciones autorizadas hasta por los dueños.”—
—“Entonces no tenemos nada en el sistema para incriminarlo.”—
El ejecutivo golpeó la mesa.
—“¡Tenemos la póliza!”—
—“Tenemos una póliza que nosotros mismos aprobamos, pelotudo.”—
—“Pero tenemos dos pólizas.”—
—“Una aprobada por vos. Otra por mi. Todo por separado.”—
—“Y un siniestro que debe cubrirse por las dos pólizas.”—
—“¡Marina! ¡Hija de puta!”—
A primera hora de aquella mañana, Marina y Rodrigo
habían hecho algo bastante menos espectacular que incendiar una empresa. Habían
movido su dinero.
Durante la noche anterior, habían volado a la costa.
Ahora las cuentas sueldo habían quedado vacías y los fondos
fueron transferidos a cuentas particulares. Nada de grandes movimientos
teatrales. Solo dos personas haciendo transferencias bancarias entre sus
propias cuentas.
Marina miró la
pantalla: su comisión estaba allí. Con todo el dinero. Podía irse sola. De
hecho, durante unos minutos pensó seriamente en hacerlo. Era la opción lógica,
y la opción quizá más prudente.
La opción que habría elegido cualquier persona sensata. Pero Marina
nunca había demostrado demasiado interés por las opciones sensatas.
Miró con vergüenza hacia donde estaba Rodrigo. Él también
había hecho sus movimientos, pero la comisión estaba en su cuenta.
Él la observó.
—“¿Qué pasa?”—
—“Nada.”—
—“Otra vez esa palabra.”—
Marina sonrió.
—“Tratame bien, que podría irme sola.”—
Rodrigo tardó
unos segundos.
—“Sí. Y sería más fácil para vos.”—
—“Sí. Pero vos podrías quedarte.”—
Rodrigo no
respondió, porque también lo había pensado. Podría quedarse. Podría explicar
que había ayudado a Marina, pero que no había participado directamente
en el fraude.
Podría presentar sus argumentos, intentar demostrar que no había
querido enriquecerse. Podría decir la verdad, o una versión suficientemente
conveniente de ella.
El problema era que la verdad tenía una característica muy
molesta: no borraba los registros. Rodrigo había manipulado información,
ocultado movimientos.
Había ayudado a Marina y también había cruzado líneas.
Quizá no tantas como ella. Pero las suficientes como para no poder engañarse a
sí mismo.
—“Todavía podés quedarte.”— dijo Marina.
Rodrigo la
miró.
—“Vos también tenés opciones.”—
Ella negó con la cabeza.
—“No.”—
—“¿Por qué?”—
Marina tardó
unos segundos en responder.
—“Porque no quiero irme sin vos.”—
Rodrigo sonrió.
—“Eso es muy poco práctico.”—
—“Nunca fui particularmente práctica.”—
—“Eso sí es cierto.”—
Marina tomó su
bolso.
—“Entonces vamos.”—
Rodrigo y Marina
salieron del cajero automático. Ahora la oficina era simplemente un lugar
al que no volverían.
La compañía siguió intentando reconstruir lo ocurrido. Cada
documento conducía a otro, cada decisión llevaba a un responsable distinto. Y
cuanto más investigaban, más evidente resultaba algo incómodo.
La póliza probablemente había sido inflada. Marina había
intervenido. Rodrigo probablemente la había ayudado. El sistema de
controles había sido burlado.
Pero demostrarlo formalmente era otra historia.
Y había un detalle todavía más desagradable. Para denunciar a la
pareja, la compañía tendría que explicar cómo había aprobado la operación.
Eso implicaba admitir que sus controles habían fallado, que
habían aceptado una cobertura excesiva, que habían ignorado advertencias. Que
la situación financiera interna era mucho peor de lo que habían declarado.
Que el perito relacionado con el siniestro tenía vínculos
sospechosos.
Y que algunos de sus propios ejecutivos habían participado en
operaciones bastante difíciles de explicar. La investigación podía demostrar el
fraude.
Los abogados hicieron números, los directivos hicieron llamadas.
Y finalmente los propietarios hicieron algo todavía más sofisticado: se
quedaron callados.
Finalmente, la compañía quebró.
Hubo papeles, embargos, demandas, auditorías y abogados. Una
cantidad impresionante de personas diciendo que jamás habían sabido nada.
El dinero de Sarmiento había servido para mantenerla viva
un poco más, pero el siniestro terminó de hundirla. Y el resto fue una cuestión
de números.
Marina y Rodrigo
tampoco salieron ganando exactamente.
Perdieron sus empleos, sus licencias profesionales y sus
identidades dentro del mundo en el que habían trabajado durante años. Ya no
podrían volver a ser agentes de seguro.
Ya no tenían oficinas, cargos ni tarjetas de presentación.
Tampoco podían volver tranquilamente a sus vidas anteriores.
Habían escapado, pero no habían ganado. Habían cambiado una vida
conocida por otra que todavía no tenía nombre, y quizá eso era lo más caro que
habían pagado.
No el dinero, sino la posibilidad de regresar.
Tiempo después, estaban sentados frente al mar. Lo bastante
lejos para que nadie los conociera y, sobre todo, para que nadie les preguntara
por qué habían abandonado sus antiguas profesiones. El mar tenía esa ventaja:
no hacía preguntas.
Rodrigo miró el
horizonte, y después miró a Marina.
—“¿Y ahora qué?”—
Marina se
encogió de hombros.
—“No tengo la menor idea.”—
Rodrigo sonrió.
—“Después de todo el trabajo, finalmente estamos desempleados.”—
Marina soltó
una pequeña carcajada. Después le tomó la mano.
—“Pero al menos estamos juntos.”—
Rodrigo
entrelazó sus dedos con los de ella.
Durante unos segundos no dijeron nada. Habían perdido casi todo
lo que creían necesitar. El dinero podía acabarse. Las profesiones podían
desaparecer. El pasado, en cambio, no tenía botón de borrar.
Miraron al mar. Por primera vez desde que todo había comenzado,
ninguno de los dos tenía un plan.
Lo cual, después de todo, quizá era una buena forma de empezar
de nuevo.
FIN
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