Mostrando entradas con la etiqueta Poder. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poder. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de enero de 2024

Cuento: "Compañía de Seguros ( Thriller Noir Corporativo )"


👁️ Thriller Noir Corporativo

🚨
Compañía de Seguros
por Rodriac Copen



📌 Sinopsis:

Marina Gómez es una excelente agente de seguros. Sabe negociar, conoce los números y entiende muy bien cómo funciona el mundo corporativo.

También sabe que una denuncia por acoso puede desaparecer mágicamente cuando el acusado representa millones de ganancias para la empresa.

Después de sufrir el acoso de Víctor Sarmiento, un poderoso empresario al que su compañía necesita desesperadamente como cliente, Marina descubre que sus propios jefes están dispuestos a sacrificarla para conservar el negocio.

Entonces decide vengarse.

Con la ayuda de Rodrigo, un compañero que conoce los mecanismos internos de la empresa mejor que nadie, Marina diseña una operación destinada a engañar al empresario y a la compañía al mismo tiempo. Una póliza dividida en dos. Una comisión extraordinaria. Un perito dispuesto a mirar hacia otro lado.

El problema es que algunos jugadores tienen sus propios planes.

Y cuando dinero, ambición, corrupción y venganza empiezan a mezclarse, nadie sabe exactamente quién está utilizando a quién.

Porque una compañía de seguros debería saber calcular los riesgos.

Lo que no siempre sabe calcular es a sus propios empleados.

8.763 palabras aproximadas
44 minutos de lectura aproximada


 

🔹 Ir a la Sección "Cuentos Policiales - Noir” 

🔹 Ir a la Sección "Cuentos Amor y Drama"

🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio” 

🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web” 





   



🏷️ Tags:

#Noir 
#Thriller 
#Crimen 
#Fraude 
#Venganza 
#Corrupción 
#Poder 
#Manipulación 
#Suspenso 
#Cuento 
#RodriacCopen
#IngenieríaNarrativa 




viernes, 15 de septiembre de 2023

Historia: "Compañía de Seguros ( Thriller Noir Corporativo )"

 


Compañía de Seguros

por Rodriac Copen

Capítulo 1: El Acoso en las Sombras

Las grandes compañías de seguros tienen una curiosa manera de medir el valor de las personas.

Un empleado puede pasar veinte años trabajando allí y seguir siendo un número de legajo. Pero un cliente puede llegar una mañana con una fortuna asegurada y convertirse inmediatamente en «un socio estratégico».

La diferencia, por supuesto, suele estar en la cantidad de ceros que uno u otro le puede dar a la empresa.

Marina Gómez conocía perfectamente aquella regla. Llevaba años trabajando como agente de seguros y había aprendido a moverse con soltura entre pólizas, contratos, cláusulas y ejecutivos que sonreían como si acabaran de descubrir la bondad humana.

Era buena en su trabajo. Una agente muy buena a decir verdad.

Por eso aquella mañana sus jefes le encomendaron a ella la negociación del reaseguro del negocio de Víctor Sarmiento.

El negocio era multimillonario y podía aportar una suma de dinero muy pocas veces vistas a la aseguradora. Sarmiento también era valioso, pero el problema es que él mismo, lo sabía.

Y, en determinados ambientes, ambas cosas generaban una mezcla explosiva de tire y afloje, en donde todas las partes querían sacar alguna que otra ventaja.

Después de pasar por el acostumbrado filtro de la secretaria personal, Víctor Sarmiento la recibió en uno de los salones privados de su empresa.

Tenía unos cincuenta y cinco años, era alto, corpulento y llevaba un traje que probablemente costaba más que el automóvil de Marina. El cabello entrecano estaba perfectamente peinado, el reloj parecía diseñado para ser visto desde otro edificio y su sonrisa tenía esa cualidad particular de los hombres acostumbrados a conseguir lo que quieren.

—“Señorita Gómez.”— dijo, extendiendo la mano —“Finalmente nos vemos frente a frente después de tantas negociaciones.”—

—“Encantada, señor Sarmiento.”—

—“He oído hablar mucho de usted.”—

—“Espero que cosas buenas.”—

Sarmiento sonrió.

—“Depende de quién las cuente.”—

Marina decidió darle una oportunidad y atribuir aquella frase al arcaico sentido del humor machirulo de los ambientes empresariales en donde solía moverse.

Fue un error.

Durante la primera media hora, la reunión transcurrió con normalidad. Hablaron de activos, coberturas, límites, riesgos y condiciones.

Marina expuso las alternativas disponibles con precisión y eficiencia.

Sarmiento escuchaba.

O fingía hacerlo mientras le miraba las piernas. Marina, acostumbrada a tratar con todo tipo de ejecutivos, empezó a pensar que era una mala señal mientras trataba de ignorarlo por el bien de los negocios.

—“Tiene usted una excelente capacidad de negociación.”— dijo finalmente.

—“Es parte de mi trabajo.”— dijo mientras mentalmente se resignaba a lo que vendría.

—“Supongo que también es parte de su trabajo resultar tan atractiva.”—

Finalmente, ahí estaba el clavado final a los que toda mujer tenía que resignarse a pesar de todo. Marina levantó los ojos del documento.

—“No veo qué relación tiene eso con la póliza.”—

—“Ninguna.”—

Con algo de canchero, Sarmiento bebió un sorbo de whisky.

—“Pero ayuda.”—

Marina mantuvo la expresión profesional.

Era una habilidad que había desarrollado con los años. Sonreír cuando alguien decía una estupidez, asentir cuando alguien decía algo ofensivo y continuar hablando de seguros como si el mundo no estuviera lleno de idiotas con patrimonio.

—“Si continuamos con la cobertura propuesta,”— dijo profesionalmente —“puedo mejorar algunas condiciones.”—

—“Estoy seguro de que puede mejorar muchas cosas.”—

Esta vez no sonrió.

Marina dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—“Señor Sarmiento, si tiene alguna observación sobre la propuesta, podemos revisarla.”—

—“No se ofenda.”—

—“No estoy ofendida.”—

—“Todavía.”—

Aquello ya no era una insinuación. Era un aviso de lo que estaba por venir.

Marina sintió que algo frío le subía por la espalda.

Sarmiento, sabiendo lo que su cuenta significaba para la compañía de seguros, se inclinó ligeramente hacia ella para jugar nuevas cartas.

Y entendía perfectamente que Marina estaba poco menos que atada de manos en una negociación tan importante.

—“No sea tan seria. Una mujer como usted debería sonreír más.”—

—“Una mujer como yo está intentando cerrar un contrato.”—

—“Y podría conseguir mucho más que eso si cede algunas concesiones.”—

Marina lo miró durante unos segundos. Y después decidió cerrar la carpeta.

—“Creo que por hoy hemos terminado.”—

Sarmiento soltó una pequeña carcajada. Estaba acostumbrado a que nadie cediera ante la primer insinuación. En esas negociaciones, contaba con ventaja.

—“No se enoje. Usted sabe que necesito estar cómodo con quien maneja mis negocios.”—

—“Entonces debería sentirse perfectamente cómodo.”—

Se levantó.

—“Porque yo manejo negocios. Nada más.”—

Sarmiento la observó divertido mientras guardaba sus documentos.

—“Piénselo, Marina.”—

Ella se detuvo un segundo. Era la primera vez que la llamaba por su nombre.

—“Ya lo hice.”—

Y salió.

Al regresar a la oficina, Marina caminó directamente hasta su escritorio. No lloraba ni gritaba, pero la rabia todavía no se había disipado del todo.

No hizo ninguno de los berrinches o alguna de las cosas que facilitan a los demás decidir que una mujer está exagerando.

Simplemente estaba pálida, y mantenía la mandíbula tensa y apretada.

Rodrigo la vio desde el otro lado de la sala.

Rodrigo era uno de esos empleados que parecían haber nacido con una taza de café en una mano y un informe pendiente en la otra. Alto, delgado, cabello castaño y ligeramente rebelde, gafas para trabajar y una expresión inteligente que rara vez coincidía con la cantidad de horas que llevaba despierto.

Era amigo de Marina. Y de los pocos con suficiente confianza como para saber  cuándo ella estaba realmente enojada o cuando menos, triste.

Se acercó.

—“¿Qué pasó?”—

—“Nada.”—

Rodrigo la miró.

—“Ah...”—

—“¿Qué?”—

—“Nada. Solo estaba admirando tu definición de «nada».”—

Marina dejó la carpeta sobre el escritorio.

—“Sarmiento.”—

Rodrigo perdió la sonrisa.

—“¿Qué hizo?”—

Marina respiró profundamente.

—“Me acosó.”—

Rodrigo no respondió enseguida. Cauto, preguntó:

—“¿Qué querés decir con que te acosó?”—

—“Lo que escuchaste ¿No sabés lo que es acosar a una mina?”—

—“Si más bien que lo sé. Solo quería saber si te tocó el culo, una teta o … si fue tipo insinuación.”—

Marina, un poco más tranquila, le contó. Sin dramatizar ni exagerar.

Con el nivel de detalle con que acostumbraba explicar una cláusula contractual.

Rodrigo la escuchó hasta el final.

—“Tenés que denunciarlo.”—

Marina soltó una risa seca.

—“¿A quién?”—

—“Acá. A la empresa.”—

—“Sarmiento representa una cuenta multimillonaria.”—

—“Pero eso no cambia lo que hizo.”—

—“No. Pero cambia lo que probablemente harán ellos. Por lo menos para que no te manden más a negociar con él.”— Rodrigo se quitó las gafas. —“Además queda un registro de lo que hizo.”—

—“¿Para qué?”—

—“Para que mañana nadie pueda decir que no sabía.”—

Marina lo miró.

—“¿Y vos realmente creés que va a servir?”—

Rodrigo volvió a ponerse las gafas.

—“No. La verdad, tengo muy poca confianza.”—

—“Qué alentador.”—

—“Pero si no lo denunciás, seguro que no sirve.”—

Marina se quedó un rato callada. Finalmente asintió.

—“Está bien.”—

La denuncia fue presentada esa misma tarde a los dueños. Allí Marina explicó lo ocurrido.

Los propietarios de la compañía de seguros escucharon con caras graves, asintiendo lentamente y con esa expresión institucional que aparece cuando una organización quiere parecer preocupada sin comprometerse demasiado.

—“Por supuesto que tomamos esto muy seriamente.”— dijo uno de ellos.

Marina lo miró.

—“Me alegra.”—

—“La situación quedara registrada.”—

—“Bien.”—

—“Y analizaremos los pasos correspondientes.”—

La frase «pasos correspondientes» ele pareció a Marina una maravilla del idioma corporativo.

Podía significar cualquier cosa, incluso nada. El superior abrió el sistema interno y comenzó a escribir.

Marina pudo ver cómo registraba la denuncia.

—“¿Está cargada?”— preguntó cuando el otro terminó..

—“Sí.”—

—“¿Queda constancia?”—

—“Absolutamente.”—

Marina asintió y, por primera vez desde que había regresado de la reunión, pareció respirar con algo de alivio.

—“Gracias.”—

Se levantó y abandonó la oficina. La puerta se cerró y durante unos segundos nadie habló.

Después uno de los ejecutivos miró la pantalla.

—“¿Qué hacemos con esto?”—

—“¿Qué querés hacer?”—

—“No podemos iniciar una investigación contra Sarmiento.”—

—“¿Por qué no?”—

El otro lo miró como si acabara de preguntar si podían incendiar voluntariamente la empresa.

—“Porque estamos hablando de Sarmiento.”—

—“Eso no es una respuesta.”—

—“Es exactamente la respuesta. Ese contrato vale millones.”—

—“Lo sé.”—

—“Y todavía no está firmado.”—

—“Lo sé. Pero por lo menos cambiemos a Marina para que no quede expuesta.”—

—“¿Vos estás loco? Si sabés que Sarmiento es un baboso.”—

—”Por eso mismo. Cambiemos a Marina por otro agente.”—

—”¿No viste lo buena que está Marina? A Sarmiento se le deben salir los ojos. Lo tiene en la palma de la mano. Si la cambiamos vamos a perder la cuenta. Que se aguante... para eso cobra.”—

El ejecutivo suspiró.

—“No podés ser tan hijo de puta. Tuvo un problema. Vino a nosotros.”—

El otro miró la pantalla.

—“Tenemos una empleada molesta. Y un cliente que puede llevarse su negocio a otra compañía.”—

—“¿Y qué pensás hacer con la denuncia?”—

El ejecutivo hizo una pausa.

“Nada.”—

—“¿Nada? ¿La dejamos ahí? ¿Dando vueltas en el sistema?”—

—“No.”—

—“¿Entonces?”—

—“La anulamos.”—

Unos segundos después, el registro desapareció del sistema. La computadora no dejó ningún rastro de la protesta de Marina.

Las computadoras tienen esa ventaja sobre las personas: cuando algo horrible sucede, rara vez dejan algún rastro.

Rodrigo descubrió la desaparición de la denuncia un par de días después. No fue difícil, porque conocía bien el sistema interno, y sabía donde buscar.

La denuncia estaba registrada, pero ya no figuraba internamente. Revisó el historial, y luego consultó los registros de modificación. Ahí estaba.

Había sido eliminada. Rodrigo se quedó mirando incrédulo la pantalla. No necesitaba ser un gran detective.

Trabajaba en una compañía de seguros. Había pasado años aprendiendo que cuando algo desaparecía de un sistema, normalmente alguien había decidido que era conveniente que desapareciera.

Y entendió inmediatamente el motivo: Víctor Sarmiento significaba millones de dólares. El cálculo no requería demasiadas matemáticas.

Pasaron varios días y Marina continuó trabajando.

Eso fue quizá lo más extraño: seguía atendiendo clientes, contestando llamadas, revisando contratos y corrigiendo documentos.

La vida de oficina tiene esa peculiar capacidad para continuar como si nada hubiera ocurrido. Una impresora se atascó. Un compañero discutió durante quince minutos porque alguien había cambiado el café.

Otro preguntó quién había usado su grapadora. El mundo seguía adelante.

Marina lo observaba todo con una paciencia cada vez más escasa.

Una mañana, su jefe le preguntó:

—“Marina, ¿podés actualizar este expediente tuyo?”—

Ella levantó la vista.

—“Claro.”—

—“Gracias.”—

Marina tomó el informe y lo miró: “Victor Sarmiento”. Y la próxima visita la tenía que hacer nuevamente ella.

—“Pero está mal.”—

—“¿Por qué?”—

—“Dice que tengo que ir yo a ver a Sarmiento.”—

—“Claro.”—

—“Pero le puse una denuncia por acoso. Se lo iban a dar a otro.”—

El jefe sonrió.

—“Ok. Le pregunto a los dueños. Esperame un segundo.”—

Cuando su jefe volvió, le dijo:

—“Dicen los dueños que seguís a cargo de Sarmiento.”—

Marina se fue a hablar con los jefes.

—“Mire, Marina: sabemos que Sarmiento es difícil. Pero quiere que lo atienda usted. Y usted sabe lo que significa esa cuenta. No podemos perderla.”—

—“Apenas cierre el acuerdo, se lo asignamos a otro.”— dijo el otro socio.

—“Ese es precisamente el problema.”—

Marina se fue totalmente decepcionada. Rodrigo, desde su escritorio, entendió todo: la habían dejado sola, y sin protección.

Un rato más tarde, Marina se acercó.

—“Rodrigo.”—

—“¿Sí?”—

—“¿Sabés algo de mi denuncia?”—

Rodrigo levantó la mirada, porque había esperado aquella pregunta.

—“Sí.”— dijo algo avergonzado.

Marina esperó.

—“¿Y?”—

Rodrigo se quitó las gafas.

—“La archivaron.”—

Ella permaneció inmóvil.

—“¿Quién?”—

—“La empresa.”—

—“¿Cuándo?”—

—“Hace unos días.”—

Marina lo miró fijamente.

—“Pero me dijeron que iban a investigarla.”—

—“Sí.”

—“Y la investigaron.”—

—“No exactamente.”—

—“¿Qué hicieron?”—

Rodrigo dudó.

—“La borraron del sistema. Perdoname. Fue un mal consejo el mío.”—

Marina no dijo nada. Durante unos segundos pareció que estaba intentando decidir qué emoción tenía prioridad: rabia, decepción, vergüenza o impotencia.

Finalmente apareció una sonrisa, pero no de las amables.

Rodrigo la conocía lo suficiente para saber que aquella sonrisa no anunciaba nada bueno.

—“Entiendo.”—

—“Marina...”—

—“No. Está bien.”—

—“No parece que esté bien.”—

—“No lo está.”—

Se levantó.

—“Gracias por decírmelo.”—

—“¿Qué vas a hacer?”—

Marina lo miró.

—“Todavía no lo sé.”—

Y regresó a su escritorio.

Durante los días siguientes, Rodrigo observó cómo Marina pasaba por todas las etapas posibles de la indignación. Primero estuvo furiosa, después fría. Luego furiosa otra vez.

Una mañana llegó incluso a discutir con la máquina de café.

—“No puede ser.”— dijo.

Rodrigo levantó la vista.

—“¿Qué pasó?”—

—“Me cobró y no me dio café.”—

—“Eso sí es grave.”— dijo Rodrigo mientras metía otro billete en la máquina.

—“Más que mi denuncia, aparentemente.”—

Rodrigo soltó una carcajada mientras sacaba el café para dárselo a Marina. Y ella se se contagió de la risa. Fue breve, pero sirvió.

A veces una persona necesita reírse para no romper algo, aunque solo sea una máquina expendedora.

Una semana después, Marina y Rodrigo estaban tomando una helado cerca de la oficina. Ella permaneció varios minutos en silencio.

Rodrigo la observó.

—“¿Qué estás pensando?”—

—“En vengarme.”—

Rodrigo sabía que lo decía en serio.

—“Ah.”—

—“¿Eso es todo lo que vas a decir?”—

—“Estoy procesando.”—

—“¿Y?”—

—“Sabés que estoy de tu lado. Pero no me parece una buena idea.”—

—“No te pregunté si era buena idea.”—

—“Entonces la respuesta es todavía más preocupante.”—

Marina lo miró.

—“No pienso quedarme sentada mientras ellos deciden que lo que me pasó no importa. Y además, me tiran a la boca del lobo.”—

—“Eso lo entiendo.”—

—“¿Entonces?”—

Rodrigo suspiró.

—“No me gusta la venganza.”—

—“A mí tampoco me gustaba.”—

—“¿Y ahora?”—

Marina bebió un sorbo de café.

—“Ahora me parece educativa.”—

Rodrigo sonrió sin gracia.

—“Eso suena parecido a una justificación.”—

Marina terminó su helado.

“No quiero hacerles daño porque sí.”—

—“Bien.”—

—“Quiero que se hagan responsables.”—

Rodrigo la miró.

—“¿Y cómo pensás conseguirlo?”—

Marina sostuvo su mirada, pero no respondió. Y así Rodrigo entendió que algo había cambiado. Aún no sabía qué era, pero lo descubriría.

Y, aunque todavía todo era indefinido, acababa de sentarse en la primera fila de su propio problema.

—“El problema,”—dijo finalmente—“no es que hayas denunciado a Sarmiento.”—

Marina permaneció en silencio. Rodrigo continuó:

—“El problema es que la empresa decidió que Sarmiento es más importante que vos.”—

Marina perdió la mirada a lo lejos de la calle. Por primera vez en mucho tiempo, alguien había puesto en palabras exactamente lo que ella sentía.

No la consoló, al contrario. Le dio razón. Y algunas razones son más peligrosas que una mala idea, porque una mala idea puede abandonarse.

Una razón, en cambio, insiste.



Compañía de Seguros

por Rodriac Copen

Capítulo 2: Plan de Venganza

La venganza tiene un problema bastante desagradable: al principio parece una idea, después empieza a necesitar presupuesto, información y un calendario.

Marina Gómez había comenzado por la primera etapa, y la segunda no tardó demasiado en aparecer.

Durante los días siguientes trabajó como siempre. Contestaba llamadas, atendía clientes, revisaba pólizas y sonreía cuando correspondía. La diferencia era que ahora miraba los contratos de una manera diferente.

Ya no buscaba solamente cuánto cubrían, buscaba específicamente en dónde podían romperse. Porque una póliza, como una persona, puede parecer perfectamente saludable hasta que uno descubre  en dónde le duele.

Víctor Sarmiento quería contratar una cobertura gigantesca para su conglomerado.

El problema era sencillo: Sarmiento quería asegurar prácticamente todo, pero la compañía de Marina quería asegurar bastante menos de sus pretensiones.

—“No podemos darle esa cobertura.”— le había explicado uno de los directivos.

—“¿Por qué?”—

—“Porque el riesgo es demasiado elevado.”—

Sarmiento había sonreído.

—“Precisamente por eso quiero asegurarlo. Si no es así ¿Para que me sirve una póliza?”—

La compañía había calculado el riesgo y Sarmiento había calculado el precio. El problema era que ambos cálculos tenían una cosa en común: ninguno incluía a Marina. Al menos todavía.

Ella empezó a estudiar el expediente con lupa: analizaba activos, propiedades, plantas industriales. Depósitos, maquinaria, inversiones. Filiales, contratos, reaseguros. Límites, exclusiones, cláusulas.

Había suficientes documentos como para matar de aburrimiento a una persona normal. Pero Marina no era una persona normal: era una de las mejores agentes de seguros.

Para ella aquello era casi entretenimiento, y descubrió rápidamente algo interesante: la diferencia entre lo que Sarmiento quería asegurar y lo que la compañía estaba dispuesta a cubrir era enorme.

Demasiado grande. Y precisamente por eso constituía una oportunidad única para ella.

Rodrigo fue el primero en darse cuenta, no porque Marina se lo contara. Sino porque empezó a hacer preguntas. Demasiadas preguntas y demasiado específicas también.

—“¿Quién autoriza las modificaciones de una póliza de ese volumen?”—

—“¿Por qué querés saberlo?”—

—“Curiosidad.”—

Rodrigo levantó una ceja. Estaba muy “preguntona”.

—“Vos no tenés curiosidad. Tenés objetivos.”— le dijo.

Marina sonrió.

—“Entonces ayudame a contestar mis preguntas.”—

—“Dale, bombardeame.”—

—“Las pólizas que afectan los límites de cobertura. ¿Por donde pasan?”—

—“Pasan por Suscripción.”—

—“¿Y después?”—

—“Control de Riesgos.”—

—“¿Y los cambios de última hora?”—

Rodrigo la miró.

—“Marina.”—

—“¿Qué?”—

—“¿Qué estás haciendo?”—

—“Mi trabajo.”—

—“No parece.”—

Ella sonrió.

—“También.”—

Rodrigo dejó el informe sobre el escritorio.

—“Estás buscando cómo funciona el circuito interno.”—

—“Necesito saber cómo funciona.”—

—“¿Para qué?”—

Marina no contestó, Rodrigo suspiró resignado. Porque conocía la empresa desde adentro.

Sabía qué operaciones debían pasar por determinados departamentos, qué firmas eran obligatorias, quién autorizaba contratos, qué modificaciones quedaban registradas y cuáles podían pasar desapercibidas si alguien sabía exactamente dónde mirar.

También sabía qué controles existían.

Y, lo más importante, cuáles existían solamente para que los auditores pudieran decir que existían.

—“Si vas a hacer algo,”— dijo en voz baja —“al menos no hagas preguntas donde no corresponde. Podés quedar expuesta.”—

Marina lo miró.

“¿Eso significa que me vas a ayudar?”—

—“Significa que prefiero que no dejes huellas.”—

—“No es exactamente lo mismo.”—

—“En esta empresa, sí.”—

A partir de entonces comenzaron a trabajar de una manera extraña: Marina preguntaba, Rodrigo averiguaba. Ella conocía el negocio, él conocía la maquinaria.

Marina sabía cómo hablar con clientes, Rodrigo sabía cómo hablaban los sistemas entre ellos. Ella entendía a las personas, él entendía los procedimientos.

Era una combinación poco saludable, y bastante eficaz.

Marina comenzó a investigar también el mundo del peritaje, necesitaba saber quién evaluaba los daños cuando ocurría un siniestro. Quién determinaba cuánto se había perdido, quién redactaba los informes.

Y, sobre todo, quién podía ser convencido para mirar una pérdida de cien y escribir doscientos. Encontró algunos nombres, hizo llamadas, consultó discretamente.

Escuchó historias, pero había un inconveniente: no conocía a nadie. Y los peritos corruptos, al parecer, no solían anunciar sus servicios en las páginas amarillas.

Rodrigo encontró aquello bastante divertido.

—“Te falta un pequeño detalle.”—

—“¿Cuál?”—

—“Un perito flojo de papeles, tipo delincuente.”—

Marina lo miró.

—“No necesito un delincuente.”—

—“Si estás pensando en cobrar una póliza inflada, sí.”—

—“Necesito un perito.”—

—“Es la forma elegante de decirlo.”—

Finalmente Marina decidió contarle una parte del plan. Estaban solos en una sala de reuniones, ella cerró la puerta. Rodrigo la observó.

—“Cuando alguien cierra una puerta así, normalmente trae malas noticias.”—

—“No necesariamente.”—

—“Entonces peores.”—

Marina apoyó una carpeta sobre la mesa.

—“Voy a conseguir que Sarmiento obtenga la cobertura que quiere.”—

Rodrigo la miró.

—“Pero la compañía no quiere dársela.”—

—“Lo sé.”—

—“Entonces no puede conseguirla.”—

—“Puede.”—

—“¿Cómo?”—

Marina abrió la carpeta.

—“Partiendo la póliza en dos. Voy a presentar dos pólizas por debajo del máximo permitido, pero con una par de días de diferencia. Una la va a aprobar un socio. La otra, el otro socio sin saber que se firmó la primera.”—

Rodrigo permaneció unos segundos en silencio.

—“Eso es fraude interno.”—

—“Sí.”—

—“Te van a meter en cana. Vas a estafar a tu propia compañía de seguros.”—

Marina levantó la mirada.

—“Una compañía que no me protege. Me protejo yo misma. Cobro mi comisión y rajo.”—

Rodrigo sonrió con cierta incredulidad.

—“Entonces por fin encontraste una aplicación práctica para todo lo que aprendimos.”—

Marina también sonrió, pero su sonrisa era diferente. Rodrigo todavía no pensaba en dinero. Él no quería enriquecerse, ni quedarse con una parte de la operación.

Al menos no todavía. Lo que buscaba era ayudarla. Quería que alguien pagara por lo que habían hecho. Y eso, aunque parecía una diferencia pequeña, era importante.

Marina quería vengarse. Rodrigo quería que hubiera justicia.

El problema era que ambos estaban empezando a utilizar exactamente las mismas herramientas para lograr sus objetivos.

La segunda reunión que tuvo Marina con Víctor Sarmiento fue diferente.

Marina llegó puntual. Vestía un traje oscuro con falda muy ajustada. Y llevaba el cabello suelto.

Sarmiento la recibió con una sonrisa mientras la recorría con la mirada.

—“Me alegra volver a verla.”—

—“A mí también.”—

Él pareció sorprendido.

—“Pensé que estaba molesta conmigo.”—

Marina sonrió.

—“Las personas maduras superan ciertas cosas.”—

Sarmiento la observó unos segundos.

—“Me alegra escuchar eso.”—

—“Además,”— continuó Marina —“hablando de negocios, le tengo muy buenas noticias.”—

—“Pero que bien. Me alegro.”—

Marina se sentó tratando de mostrarle la mejor vista de sus piernas. Sarmiento hizo lo mismo, totalmente hipnotizado por la vista.

Durante unos minutos hablaron de la póliza, después él volvió a sus insinuaciones. Pero esta vez Marina no lo frenó, respondió con una sonrisa y una mirada prolongada.

Comenzó a jugar con las pequeñas señales que Sarmiento interpretaba como confirmación de algo que probablemente ya había decidido creer.

Marina lo dejó creer, porque había descubierto algo desagradable: el poder no siempre consiste en obligar a alguien. A veces consiste simplemente en dejar que haga exactamente lo que uno quiere mientras cree que la idea fue suya.

“He estado trabajando en su propuesta.”— dijo ella.

—“¿Y?”—

—“Creo que podemos conseguir que la compañía acepte el monto que usted pretende. Pero hay que trabajar juntos.”—

Sarmiento arqueó una ceja.

—“Eso sería interesante.”—

—“No será sencillo.”—

—“Nada que valga la pena lo es.”—

Marina sonrió.

—“Pero una póliza tan grande necesita un peritaje impecable. Si algún día ocurre algo, no podemos tener problemas con la tasación.”—

Sarmiento apoyó los codos sobre la mesa.

—“No tendrá problemas.”—

—“¿Está seguro?”—

—“Conozco a alguien.”—

—“¿Un buen perito?”—

Sarmiento sonrió.

—“Uno muy bueno.”—

Marina esperó mientras Sarmiento tomaba una tarjeta de su bolsillo.

—“Trabajó para varias empresas de mi grupo.”—

Se la entregó. Marina miró el nombre.

—“¿Está seguro de que podemos confiar en él?”—

Sarmiento soltó una carcajada.

—“Señorita Gómez, en este negocio uno aprende rápidamente en quién puede confiar.”—

Marina guardó la tarjeta. No preguntó cuánto costaba esa confianza, porque a veces es mejor no conocer determinados precios.

Rodrigo investigó el nombre esa misma tarde. No tardó demasiado en encontrar referencias.

—“Tenemos un problema.”—

Marina levantó la vista.

—“¿Qué pasó?”—

Rodrigo dejó varios documentos sobre el escritorio.

—“Tu hombre tiene antecedentes.”—

—“¿Antecedentes judiciales?”—

—“No.”—

Marina lo miró.

—“¿Qué antecedentes?”—

—“Numerosos peritajes.”—

Rodrigo señaló los informes.

—“Intervino en varios siniestros donde las tasaciones fueron cuestionadas.”—

—“¿Y?”—

—“Pérdidas infladas.”—

—“¿Comprobado?”—

—“Nunca del todo.”—

—“Entonces no es suficiente.”—

Rodrigo sonrió.

—“También hay dos compañías que dejaron de trabajar con él después de detectar irregularidades.”—

Marina permaneció callada.

—“¿Está dispuesto a aceptar dinero?”—

—“No lo sé.”

—“Averigualo.”—

Rodrigo la miró.

—“¿Querés que averigüe si es corrupto?”—

—“No.”—

Marina tomó la tarjeta.

—“Quiero saber si es suficientemente corrupto.”—

Rodrigo soltó una risa breve.

—“Ahora sí estamos hablando el mismo idioma. Pero tenemos otro problema.”—

—“¿Cuál?”—

—“Voy a tener que borrarle los antecedentes cuando revisen su nombre en las pólizas que deben aprobar. Voy a quedar enganchado en el fraude.”—

—“Dividimos. No tengo problema en eso.”— dijo Marina mientras lo abrazaba brevemente.

Marina volvió a mirar el nombre en la tarjeta. Había conseguido exactamente lo que necesitaba, o eso creía. Víctor quería una póliza enorme, la compañía quería el contrato. Ella iba a forzar todo para que ambas cosas coincidieran.

Y ahora tenía un perito recomendado por el propio Sarmiento, alguien con una reputación bastante dudosa y suficiente experiencia como para hacer que una tasación pareciera legítima.

El mecanismo empezaba a encajar. Marina pensó que había encontrado la combinación perfecta.

Sarmiento obtendría la cobertura, ella obtendría una comisión extraordinaria. Y la compañía asumiría un riesgo que no comprendía. Todo parecía bajo control, pero había algo que Marina todavía no sabía: no conocía realmente a todos los jugadores.

Y en los negocios, como en las novelas policiales, ese suele ser el momento exacto en que alguien que no estaba invitado decide entrar en escena.

El perito no era una pieza de Marina ni Rodrigo, sino un jugador libre en su propio juego. Y en realidad, nadie sabía quién estaba jugando contra quién.


Compañía de Seguros

por Rodriac Copen

Capítulo 3: El Encanto de la Traición

La traición funciona mejor cuando todos creen que están haciendo un buen negocio.

Marina había llegado a esa conclusión después de estudiar durante semanas los documentos de Sarmiento.

Ya tenía los datos, los contactos. Y conocía el funcionamiento interno de la compañía. Tenía algo todavía más importante: una sonrisa y varios atributos que, convenientemente utilizados, podía hacer que un hombre olvidara hasta su propio nombre.

La póliza sería dividida en dos: dos contratos separados para ser presentados a los dos socios propietarios de la compañía de seguros. Esto obligaría a Marina a lograr que firmaran por separado.

De eso se encargaría Rodrigo, pasando las carpetas desfasadas algunas horas o días, para ninguno de los socios supiera que habían dos pólizas. Y el problema era justamente la manera de eludir los controles internos: Rodrigo manipularía el sistema.

Era una misma realidad asegurada dos veces.  Y gracias a su compañero, Marina estaba empezando a descubrir que los sistemas, como las personas, tienen días malos.

Víctor Sarmiento recibió a Marina con entusiasmo.

—“Esto se está volviendo una buena costumbre. Pensé que no volvería a verla.”—

—“Yo también lo pensé.”—

—“¿Y que cambió para lograr este milagro?”—

—“Le traigo muy buenas noticias… de negocios, claro.”—

Sarmiento sonrió.

—“Me alegra.”—

Marina se sentó frente a él, y esta vez no llevaba la expresión fría de la primera reunión. Estaba relajada, atenta. Incluso ligeramente divertida.

Sarmiento la observó.

—“Parece que ya no está enojada conmigo.”—

—“No sirve de mucho estar enojada todo el tiempo.”—

—“Me alegra que haya llegado a esa conclusión.”—

—“Además,”— dijo Marina —“estamos hablando de negocios.”—

Sarmiento se inclinó hacia atrás para proyectar una imagen de poder.

—“Eso siempre puede cambiar.”—

—“Ya veremos…”—

La respuesta fue deliberadamente ambigua. Y Sarmiento la interpretó como esperaba, porque los hombres acostumbrados a comprar cosas tienen una tendencia peligrosa a creer que todo está a la venta.

Marina sabía exactamente cuánto podía dejarlo creer.

La conversación comenzó con la póliza, y terminaron hablando de las empresas de Sarmiento. Marina preguntaba con la mayor naturalidad.

—“¿La planta de Córdoba sigue siendo de su grupo?”—

—“Sí.”—

—“¿Y el depósito de Rosario?”—

—“También.”—

—“Pensé que lo había vendido.”—

—“No. Lo transferimos a una subsidiaria.”—

Marina sonrió.

—“Eso me simplifica algunas cosas.”—

—“¿Qué cosas?”—

—“La estructura de la cobertura.”—

Sarmiento no sospechó nada.

Le explicó qué sociedades controlaban determinados activos, qué propiedades estaban bajo una empresa y cuáles bajo otra, dónde estaban las inversiones más importantes y qué parte del patrimonio quería proteger personalmente.

Marina escuchaba, preguntaba, y anotaba diligentemente.

Y sonreía, claro. Porque Sarmiento pensaba que estaba impresionándola. Cuando en realidad estaba haciendo inventario.

Terminaron tarde, y Sarmiento la invitó a cenar. Marina aceptó, no porque quisiera cenar con él. Sino porque quería que firmara.

El restaurante era elegante, caro y silencioso. De esos lugares donde hasta los cubiertos parecen sacados de una exhibición.

Durante la cena, Sarmiento volvió a insistir con sus insinuaciones.

—“Ahora que hemos dejado atrás nuestras diferencias, podríamos conocernos mejor.”—

Marina bebió un sorbo de vino.

—“Pero ya nos estamos conociendo, Víctor.”—

—“No me refería precisamente al trabajo.”—

—“Lo imaginé, claro.”—

Sarmiento sonrió.

—“Entonces sabe lo que quiero.”—

—“Claro. A veces es muy obvio ¿Lo sabía?”—

—“¿Y?”—

Marina dejó la copa sobre la mesa.

—“Por ahora esto es un negocio. Quiero que firme la póliza… primero.”—

Sarmiento soltó una carcajada.

—“Es usted cruel.”—

—“Soy agente de seguros. Y he visto mucho. Si digo que si, primero me aseguro mi comisión.”—

—“Usted me conoce. Si me deja hacer lo que quiero, sabe que no necesitará vivir de comisiones. Mis mujeres quedan con el futuro asegurado.”—

Marina sonrió.

—“En mi profesión, por lo menos, la gente lee las cláusulas antes de arrepentirse.”—

La cena continuó en un juego de coqueteo interminable.

Sarmiento intentaba acercarse, Marina permitía pequeñas aproximaciones. Una mirada, una sonrisa, un roce. Sonrisas, respuestas ambiguas, pero nada demasiado evidente.

No era un lugar en donde las aventuras se pudieran exhibir abiertamente. Era un restaurante de categoría y concurrido socialmente. Pero el juego fue suficiente para mantenerlo interesado.

Víctor quería acostarse con ella, y Marina quería su firma. Ambos estaban perfectamente convencidos de que estaban manejando la situación.

Lo peligroso empezó después.

Marina había pensado que todo sería una actuación, y así fue al principio. Había algo desagradable en tener que seducir a un hombre que la había humillado.

Pero descubrió algo que no había previsto: Víctor cambiaba cuando ella sonreía. Dejaba el patán de lado para volverse atento, cuidadoso. Incluso algo inseguro.

El hombre que acostumbraba entrar a sus oficinas rodeado de ejecutivos que asentían ante cualquier cosa, frente a ella, medía sus palabras.

Marina lo notó, y descubrió que aquello le gustaba. Se extrañó al pensar que era una cualquiera. Pero analizándolo, vio que no le atraía Víctor. Le atraía el poder en realidad.

Y había una diferencia importante y peligrosa. Porque una cosa es utilizar una herramienta, y otra empezar a disfrutarla.

Rodrigo observó todo desde cierta distancia. No tenía acceso a las cenas y a los encuentros, pero sí a los resultados. Sabía de las llamadas, los cambios, los informes. Los movimientos de Marina en general. Pero sobre todo, la transformación de ella.

Una tarde la vio salir del despacho de Sarmiento. Venía sonriendo.

Rodrigo la esperó.

—“¿Qué pasó?”—

—“Nada.”—

—“Otra vez «nada».”—

—“Todo salió bien.”—

—“¿Firmó?”—

—“Todavía no.”—

—“Entonces no salió tan bien.”—

Marina sonrió.

—“Está casi convencido.”—

Rodrigo la miró.

—“¿De la póliza? ¿O de otra cosa?”—

Ella tardó un segundo en responder.

—“De la póliza ¿Qué decís?”—

Rodrigo no dijo nada, Marina sintió como un choque de realidad. Le preguntó:

—“¿Qué?”—

—“Nada.”—

—“Tenés cara de estar pensando algo.”—

—“Estoy pensando.”—

—“Eso suele ser peligroso.”—

—“Más de lo que creés.”—

Marina, que por algún motivo se sintió incómoda, se alejó. Rodrigo la siguió con la mirada.

No estaba enamorado. Todavía. Pero empezaba a sentir algo incómodo. Quizá eran celos, o tal vez preocupación. Probablemente eran las dos cosas, porque había empezado a involucrarse con Marina y ya no le gustaba verla jugar con fuego.

Mucho menos cuando ella parecía estar descubriendo que el fuego era divertido.

Aquella noche Marina apareció de sorpresa en la casa de Rodrigo. Él abrió la puerta y la miró sorprendido.

—“¿Qué hacés acá?”—

—“Quería verte.”—

—“¿A esta hora?”—

—“¿Tenés una política contra las visitas nocturnas?”—

—“No.”—

—“Entonces dejame pasar.”—

Rodrigo se hizo a un lado, y Marina entró.

Hablaron durante un rato. Primero de Sarmiento, después de la empresa y finalmente dejaron de hablar de trabajo.

Ocurrió lentamente, sin planes o estrategias. Entre risas, construyeron un momento entre los dos. Marina terminó quedándose, y aquella noche durmieron juntos.

Por unas horas, al menos, no hubo contratos, empresas ni venganzas. Solo eran dos personas que habían comenzado a involucrarse demasiado profundamente el uno con el otro.

A la mañana siguiente, Rodrigo la miró mientras preparaba café.

—“Esto complica las cosas.”—

Marina sonrió.

—“¿Por qué?”—

—“Porque ahora tengo dos motivos para preocuparme por vos.”—

—“¿Cuáles?”—

—“El profesional y el personal.”—

Marina se acercó.

—“Podés quedarte con el segundo.”—

Rodrigo sonrió, pero no dijo nada. Sabía que el problema profesional estaba empezando a ser mucho más peligroso.

 

La compañía, mientras tanto, comenzaba a hacer preguntas. Los dueños querían saber cómo avanzaba la operación con Sarmiento.

—“¿Tenemos la póliza?”—preguntó uno.

—“Estamos cerca”— respondió Marina.

—“Pero ¿Qué significa «cerca»?”—

—“Que todavía no está firmada.”—

—“¿Y qué falta?”—

—“Unos ajustes.”—

—“¿Qué ajustes?”—

Marina sonrió.

—“Algunos detalles de las subsidiarias. Hoy o mañana los tengo.”—

Los directivos no parecieron tranquilizarse demasiado. Las personas que firman contratos multimillonarios suelen desconfiar de las imprecisiones. Excepto cuando esas imprecisiones les permiten cerrar el contrato. Allí se convierten en optimismo empresarial.

Marina necesitaba dividir la operación en dos pólizas, dos contratos aparentemente independientes.

El problema era que, si alguien revisaba demasiado bien los registros, podía descubrir que los activos estaban siendo separados en dos contratos, que en conjunto superaban ampliamente el poder de cobertura de la compañía.

Para eso necesitaba a Rodrigo.

—“Tenemos que hacerlo sin que salte ninguna alarma.”— dijo Marina.

Rodrigo miró la pantalla.

—“El sistema no está diseñado para detectar esto.”—

—“¿Seguro?”—

—“Está diseñado para detectar errores administrativos.”—

Marina sonrió.

—“Perfecto.”—

Rodrigo manipuló los registros internos necesarios para que las dos operaciones aparecieran como contratos separados. Configuró al sistema para que cada uno de los dueños pudiera ver solo un contrato.

Nada espectacular. Pero eso permitiría saltar el control final. Cada socio vería solo un contrato cuando en realidad Sarmiento era cubierto por dos pólizas separadas.

La burocracia terminaría haciendo el resto, como siempre.

Algo había cambiado entre ellos. Una tarde, mientras revisaban documentos, Rodrigo cerró la carpeta.

—“No me gusta esto.”—

Marina levantó la vista.

—“¿Qué cosa?”—

—“Que tengas que seducirlo.”—

Ella volvió a mirar los documentos.

—“Ya sé que no te gusta, pero no hay otra forma. Es parte del trabajo.”—

—“Eso es parte de la venganza. El trabajo era antes.”—

Marina dejó el bolígrafo.

—“¿Estás celoso?”—

—“No.”—

—“Mentís mal.”—

“Y vos disfrutas demasiado el juego.”—

Ella sonrió. Rodrigo señaló su sonrisa.

—“Eso.”—

—“¿Qué?”—

—“Esa sonrisa.”—

—“¿Qué tiene?

—“Es casi una respuesta.”—

Marina no respondió. Se sintió incómoda, porque, por primera vez, no estaba segura de que Rodrigo estuviera equivocado.

Finalmente llegó el momento. Víctor revisó los documentos.

—“Entonces la cobertura quedará dividida.”—

—“Sí. Para no superar los límites permitidos.”—

—“¿Y ambas partes estarán protegidas?”—

—“Cada sociedad tendrá su póliza.”—

—“Perfecto.”—

Sarmiento firmó al final de todos.

Marina recogió los documentos, había conseguido exactamente lo que necesitaba. Con la póliza doble, Víctor había obtenido lo que quería. Marina cobraría una comisión considerable.

Y si todo se hacía bien, nadie vería que Sarmiento estaba quedando cubierto dos veces. Por lo menos el tiempo suficiente para cobrar la comisión y… volar.

Esa misma noche, Víctor llamó al perito.

—“Ya está.”—

—“¿Firmó?”—

—“Sí.”—

—“¿La cobertura es la que quería?”—

Víctor sonrió.

—“Más de lo que pretendía.”—

Del otro lado, el perito soltó una carcajada.

—“Entonces habrá que cuidarla.”—

—“Para eso estás vos.”—

Hubo un silencio breve.

—“Cuando llegue el momento, ”— dijo el perito —“no habrá problemas con la tasación.”—

Víctor sonrió.

—“Eso espero.”—

—“No se preocupe.”—

El perito cortó y Víctor guardó el teléfono. No sabía que aquel hombre no era simplemente un profesional dispuesto a aceptar un soborno.

Era otra cosa.

Había gente que infringía las reglas cuando aparecía una oportunidad. Y había gente que veía las reglas como un obstáculo personal.

El perito pertenecía al segundo grupo.

Era un delincuente antes incluso de recibir la primera oferta. Y eso significaba que, llegado el momento, nadie podía estar completamente seguro de quién estaba utilizando a quién.

El juego acababa de comenzar, y todos creían tener las cartas ganadoras.


Compañía de Seguros

por Rodriac Copen

Capítulo 4: La Traición Interna

Las compañías de seguros tienen una ventaja sobre el resto de las empresas. Y es que pueden seguir funcionando durante bastante tiempo después de estar financieramente muertas.

La póliza de Sarmiento ya estaba firmada, y ahora faltaba algo mucho menos elegante: esperar. Marina odiaba esperar.

Había pasado semanas preparando el mecanismo, convenciendo a Sarmiento, acomodando documentos y consiguiendo que la compañía aceptara una cobertura que originalmente consideraba demasiado arriesgada.

Y ahora debía esperar que la empresa del magnate pagara la primera cuota. Porque una vez acreditada, Marina recibiría una comisión extraordinaria.

Y justo antes que explotara toda la maniobra de la póliza doble, tenía que desaparecer. Y Rodrigo desaparecería con ella. Era una idea que parecía sencilla.

El problema es que las ideas sencillas suelen ser las más peligrosas cuando empiezan a involucrar dinero.

—“¿Ya pagó?”— preguntó Marina.

Rodrigo ni siquiera levantó la cabeza.

—“Buenos días para vos también.”—

—“¿Pagó?”—

—“Todavía no.”—

—“¿Cuándo vence?”—

—“Mañana.”—

Marina hizo una mueca.

—“Odio los vencimientos.”—

—“Que curioso. Mirá que trabajás en seguros.”—

—“Precisamente por eso.”—

Rodrigo continuó trabajando.

—“Cuando entre el dinero, lo voy a saber.”—

—“¿Seguro?”—

Ahora sí levantó la mirada.

—“Marina, es mi trabajo.”—

Ella sonrió.

—“A veces me olvido.”— le dió un beso en la mejilla.

—“Yo no.”—

Rodrigo tenía acceso a información que Marina no podía consultar sin levantar sospechas. Y no porque fuera un hacker extraordinario o tuviera una computadora secreta debajo de la cama.

Simplemente trabajaba allí. Conocía los procedimientos, y sobre todo, tenía las claves de acceso a diferentes áreas del sistema.

Sabía dónde aparecían los movimientos financieros, qué departamentos recibían las confirmaciones, quién podía consultar determinadas operaciones y qué informes se generaban automáticamente.

La empresa le había enseñado durante años cómo funcionaba su maquinaria interna. Y había cometido el pequeño error de suponer que sus empleados jamás usarían ese conocimiento contra ella.

Al día siguiente, Rodrigo revisó el sistema. La primera cuota había sido depositada, y por eso Marina recibió el mensaje dos minutos después.

—“Entró.”—

—“¿Cuánto?”—

Rodrigo le dijo la cifra. Marina se quedó en silencio.

—“¿Esa es mi comisión?”—

—“Sí. Te sacaste la lotería.”—

Ella sonrió.

—“Es obsceno, pero valió la pena.”—

—“Es una comisión nomás. Eso si: grande.”—

—“Por eso.”—

Marina abrió su calculadora. Hizo una cuenta, después otra.

—“Con esto ya podemos irnos.”—

Rodrigo la miró.

—“¿Tenés pensado a dónde?”—

—“Todavía no sé. Lo hablamos.”—

—“Magnífico.”—

—“¿Qué?”—

—“Después de arruinar nuestras vidas profesionales, ahora también tenemos que elegir destino turístico.”—

Marina soltó una carcajada, porque por unos segundos todo parecía sencillo. El dinero estaba ahí, el contrato estaba firmado, el plan avanzaba.

Y ellos solo tenían que esperar unas horas para mover el dinero del banco. Pero entonces Rodrigo revisó otro informe.

Y dejó de sonreír.

—“Marina.”—

—“¿Qué?”—

—“Tenemos un problema.”—

—“¿Qué clase de problema?”—

Rodrigo giró la pantalla.

—“La compañía.”—

Marina se acercó.

—“¿Qué pasa?”—

—“Mirá esto.”—

Ella leyó, y después volvió a leer.

—“No entiendo.”—

—“Los números no cierran.”—

—“¿Qué números?”—

—“De esta empresa: reservas, liquidez, obligaciones inmediatas.”—

Rodrigo abrió otro informe, y después otro.

—“La compañía de seguros está muy mal.”—

Marina lo miró.

—“¿Cuánto?”—

—“Lo suficiente.”

—“Eso no es una cifra.”—

—“Es una compañía de seguros… está tan frágil que no puede afrontar casi ningún siniestro. Por eso estaban desesperados por cerrar con Sarmiento.”—

Rodrigo siguió revisando: había obligaciones pendientes y pagos comprometidos. El problema era que las reservas eran insuficientes.

Muchas de las operaciones que habían sido maquilladas en informes internos. No era nada que un cliente pudiera ver, ni que los directivos estuvieran interesados en explicar.

La empresa no estaba simplemente atravesando una mala racha, estaba intentando ganar tiempo. Y el contrato de Sarmiento acababa de convertirse en una bocanada de aire.

—“Necesitaban ese dinero.”— dijo Marina.

Rodrigo asintió.

—“Y lo necesitaban mucho.”—

—“¿Desde cuándo?”—

—“No lo sé exactamente.”—

Siguió leyendo.

—“Pero esto empezó antes de nuestra póliza.”—

Marina permaneció callada porque la frase tardó unos segundos en asentarse. Ellos habían creído que estaban tendiendo una trampa a la compañía. Resultaba que la compañía ya estaba metida en una espiral descendente.

—“Entonces ellos también estaban haciendo maniobras”— dijo Marina.

“Sí.”—

—“¿Qué cosas?”—

Rodrigo señaló varios movimientos.

—“Operaciones maquilladas. Reservas movidas. Riesgos subestimados. Parece que hasta tienen un plan de quiebra listo.”—

—“¿Y los dueños?”—

—“Lo saben.”—

—“¿Estás seguro?”—

Rodrigo la miró.

—“Nadie llega a este nivel de números por accidente.”—

Marina se quedó pensando. La empresa había decidido borrar su denuncia para proteger a Sarmiento. Y ahora descubría que también había estado protegiendo algo más. A sí misma.

No era solamente una compañía hipócrita, era una compañía desesperada. Y eso hacía que la póliza que acababan de firmar fuera mucho más peligrosa de lo que habían imaginado.

“Si ocurre algo con esa póliza...”—

Rodrigo terminó la frase.

—“No van a poder pagarlo.”—

Marina miró nuevamente los documentos.

—“Entonces Sarmiento acaba de convertirse en su salvación.”—

—“Sí.”—

—“Y nosotros en la solución a su problema, porque en cuanto descubran nuestra maniobra, nos van a echar la culpa.”—

—“Exactamente.”—

Marina meneó la cabeza.

—“Tenemos que despegarnos cuanto antes.”—

Rodrigo no sonrió.

—“Así es. Tenemos que volar lo antes posible.”—

Los dos propietarios de la compañía, mientras tanto, estaban encantados.

La póliza de Sarmiento representaba una operación extraordinaria. Una de esas operaciones que justificaban meses de reuniones, informes, llamadas y fotografías sonrientes para la memoria institucional.

—“Tenemos el contrato.”— dijo uno.

—“Y el primer pago.”—

—“Excelente.”—

—“Sarmiento está adentro y nosotros seguimos respirando.”—

El otro ejecutivo se reclinó satisfecho.

—“Sabía que Marina podía cerrarlo.”—

—“Es una excelente agente.”—

Ambos sonrieron. Marina, desde su escritorio, los observó a la distancia. Habían pasado de ignorar su denuncia a felicitarla por conseguirles el negocio.

La ironía era tan perfecta que casi exigía música.

—“¿De qué se ríe?”—preguntó una secretaria mientras le acercaba una carpeta.

Marina la miró.

—“De nada. Bueno... de un secretito.”—

—“¿Uno bueno?”

—“Muchísimo.”—

Marina contaba las horas para sacar el dinero del banco. Mientras, Rodrigo continuó investigando. Y cuanto más encontraba, peor era.

—“Mirá esto.”—

Marina se acercó.

—“¿Otra cosa?”—

—“Otra.”—

—“¿Cuántas van?”—

—“Ya perdí la cuenta.”—

Rodrigo señaló una serie de operaciones.

—“Llevan años haciendo esto.”—

Marina leyó los documentos.

—“¿Y nadie los descubrió?”—

Rodrigo soltó una sonrisa.

—“Seguramente alguien los descubrió.”—

—“¿Y?”—

—“¿No te acordás de los despidos? Probablemente por eso.”—

Marina lo miró, y no había ironía en su rostro esta vez.

Rodrigo continuó:

“Eso es lo que han planificado.”—

—“¿Quiénes?”—

—“Los dos dueños. No creo que nadie más lo sepa.”—

—“¿Despedir gente?”—

—“Cuando quiebren. Y te aseguro que es cuestión de tiempo. Para ellos los  empleados somos piezas descartables.”—

Marina entendió. Cada vez que una operación salía mal, alguien de abajo pagaba el precio. Podía ser un empleado, un gerente menor, o todo un departamento. Como lo que había sucedido en los últimos años.

Todo había sucedido ante sus ojos, solo que no se habían dado cuenta. Los grandes errores siempre necesitaban un pequeño culpable. Era una ley empresarial no escrita.

Rodrigo cerró el informe.

—“Tienen que que hacerse responsables de lo que hicieron.”—

Cerca de la hora de cierre, uno de los dueños preguntó:

—“¿Todo marcha bien con Sarmiento?”—

—“Perfectamente.”— respondió Marina

—“¿Algún inconveniente?”—

—“Ninguno.”—

—“Excelente. La operación cerró perfecta.”—

Marina sonrió.

—“Me alegro.”—

El hombre se fue satisfecho, y Marina esperó a que desapareciera por el pasillo. Entonces miró a Rodrigo.

—“¿Escuchaste?”—

—“Sí.”—

—“Dijo «la operación cerró perfecta».”—

—“Eso dijo.”—

—“Me gusta.”—

—“¿Qué cosa?”—

—“Que estén tan tranquilos.”—

Rodrigo negó con la cabeza.

—“Algún día vas a disfrutar demasiado esto.”—

Marina lo miró.

—“Mañana, Rodrigo. Tenemos que irnos a primer hora.”—

Rodrigo no respondió.

El dinero había llegado, y la comisión estaba asegurada. Y los contratos estaban en marcha.

Los propietarios creían haber cerrado el negocio del año que les aseguraba evitar una bancarrota. Marina creía estar controlando la operación. Y Rodrigo empezaba a descubrir que aquello era mucho más grande de lo que habían imaginado.

En algún lugar fuera de aquella oficina, un hombre llamado por todos simplemente «el perito» esperaba su momento.

La fase siguiente de todo el embrollo sería la más arriesgada. Porque hasta entonces solo habían movido papeles. Pero ahora tendrían que mover consecuencias.

Y las consecuencias, a diferencia de los papeles, no aceptan correcciones con tinta roja.

 


Compañía de Seguros

por Rodriac Copen

Capítulo 5: El desenlace inesperado

Los siniestros suelen ocurrir cuando nadie los necesita.

Es una de las pocas características que comparten con las desgracias, los infartos y las llamadas telefónicas de los bancos. Aquella noche, el perito llegó hasta una de las instalaciones aseguradas de Sarmiento.

No llevaba prisa.

Los delincuentes profesionales rara vez tienen prisa. La prisa es más propia de los aficionados, los adolescentes y los empleados que descubren cinco minutos antes de salir que dejaron un informe pendiente.

El hombre sabía lo que hacía porque el incidente había sido preparado.

No demasiado, pero sí lo suficiente. Cuando finalmente se produjo el desastre, las llamas hicieron el resto. El perito observó desde cierta distancia. No parecía preocupado, parecía satisfecho.

Había dinero esperando al final de aquella noche. Mucho dinero. Y una parte era para él.

A primera hora de la mañana, el teléfono de la compañía comenzó a sonar.

—“Tenemos un siniestro.”— dijo un empleado.

—“¿Dónde?”—

—“En una de las instalaciones de Sarmiento.”—

—“Mierda. Apenas ayer cerramos el contrato. ¡Que mala suerte! ¿Magnitud?”—

Hubo un silencio.

—“Es grande.”—

El ejecutivo que atendía la llamada cerró los ojos, porque no le gustaba el panorama. Sabía que la compañía la venía peleando, y que en seguros, «grande» es una descripción técnica que suele significar «preparen los abogados».

—“¿Está cubierta?”—

—“Sí. Todo en regla.”—

—“¿Cuál póliza se activa?”—

El empleado revisó los datos.

—“¿Como cual? Las dos.”—

El ejecutivo abrió los ojos.

—“¿Como que dos?”—

—“Sí. En la ficha figuran dos pólizas.”—

Silencio.

—“¿Está seguro?”—

—“Completamente.”—

—“Y Marina Gómez... ¿Donde está?”—

—”No ha llegado todavía, jefe.”—

El ejecutivo miró a su compañero.

—“Tenemos un problema.”—

—“¿Otro?”—

—“Y uno bastante grande.”—

Durante las horas siguientes, la compañía comenzó a moverse: inspectores, abogados, peritos, informes. Hicieron múltiples llamadas y reuniones urgentes.

La póliza se activó, y entonces apareció la realidad: el monto asegurado era enorme. Demasiado grande y la compañía no tenía liquidez suficiente para responder.

El dinero de Sarmiento había entrado, pero no había permanecido allí. Había servido para tapar agujeros anteriores porque la empresa llevaba meses, quizá años, sobreviviendo de esa manera.

Un poco de aquí, otro poco de allá. Una reserva que desaparecía, una obligación que se postergaba judicialmente. Un informe que se maquillaba. Una esperanza renovada cada lunes.

Hasta que llegó el siniestro. Y la esperanza dejó de ser una estrategia financiera.

Víctor Sarmiento recibió la noticia en su despacho.

—“¿Cuánto perdimos?”—

Su hombre de confianza le dio la cifra. Sarmiento permaneció inmóvil.

—“Eso no puede ser.”—

—“Es la estimación inicial.”

—“¿Y el seguro?”—

—“La compañía le da vueltas. No sé si quieren responder.”—

Sarmiento lo miró.

—“¡Hijos de puta! Tienen que responder.”—

—“Los abogados dicen que no tienen fondos suficientes.”—

Por primera vez en mucho tiempo, Víctor no encontró una respuesta inmediata. Había construido su imperio suponiendo que el dinero siempre podía resolver los problemas. Pero ahora descubría una verdad bastante desagradable.

A veces el dinero simplemente cambia de bolsillo y desaparece.

Una parte importante de su imperio acababa de quedar destruida. La póliza que debía protegerlo se había convertido en otro problema. Y la compañía que debía pagarla estaba agonizando.

En la oficina central, los directivos empezaron a reconstruir la operación.

Al principio buscaron un error, después fueron atando cabos. Y descubrieron que no eran errores, sino decisiones.

La póliza había sido dividida, eso había permitido sortear los límites y los controles. Los activos aparecían distribuidos entre diferentes sociedades. Y los controles internos habían permitido que la operación avanzara.

Y, por supuesto, apareció un nombre importante: Marina Gómez.

—“Ella estuvo detrás de esto.”—

Nadie respondió.

—“¿Cómo lo hizo?”—

—“No lo sé. Pero hay cosas que no podía no saber.”—

—“¿Y quién la ayudó?”—

Otro ejecutivo revisó los registros, y apareció un segundo nombre: Rodrigo. El silencio fue más largo esta vez.

—“No puede ser.”—

—“Los movimientos internos pasan por su área. En realidad, todo pasa por su área.”—

—“¿Tienen pruebas?”—

—“No. Se operó con claves diversas para saltar los limites y controles. Hay operaciones autorizadas hasta por los dueños.”—

—“Entonces no tenemos nada en el sistema para incriminarlo.”—

El ejecutivo golpeó la mesa.

—“¡Tenemos la póliza!”—

—“Tenemos una póliza que nosotros mismos aprobamos, pelotudo.”—

—“Pero tenemos dos pólizas.”—

—“Una aprobada por vos. Otra por mi. Todo por separado.”—

—“Y un siniestro que debe cubrirse por las dos pólizas.”—

—“¡Marina! ¡Hija de puta!”—

A primera hora de aquella mañana, Marina y Rodrigo habían hecho algo bastante menos espectacular que incendiar una empresa. Habían movido su dinero.

Durante la noche anterior, habían volado a la costa.

Ahora las cuentas sueldo habían quedado vacías y los fondos fueron transferidos a cuentas particulares. Nada de grandes movimientos teatrales. Solo dos personas haciendo transferencias bancarias entre sus propias cuentas.

Marina miró la pantalla: su comisión estaba allí. Con todo el dinero. Podía irse sola. De hecho, durante unos minutos pensó seriamente en hacerlo. Era la opción lógica, y la opción quizá más prudente.

La opción que habría elegido cualquier persona sensata. Pero Marina nunca había demostrado demasiado interés por las opciones sensatas.

Miró con vergüenza hacia donde estaba Rodrigo. Él también había hecho sus movimientos, pero la comisión estaba en su cuenta.

Él la observó.

—“¿Qué pasa?”—

—“Nada.”—

—“Otra vez esa palabra.”—

Marina sonrió.

—“Tratame bien, que podría irme sola.”—

Rodrigo tardó unos segundos.

—“Sí. Y sería más fácil para vos.”—

—“Sí. Pero vos podrías quedarte.”—

Rodrigo no respondió, porque también lo había pensado. Podría quedarse. Podría explicar que había ayudado a Marina, pero que no había participado directamente en el fraude.

Podría presentar sus argumentos, intentar demostrar que no había querido enriquecerse. Podría decir la verdad, o una versión suficientemente conveniente de ella.

El problema era que la verdad tenía una característica muy molesta: no borraba los registros. Rodrigo había manipulado información, ocultado movimientos.

Había ayudado a Marina y también había cruzado líneas. Quizá no tantas como ella. Pero las suficientes como para no poder engañarse a sí mismo.

—“Todavía podés quedarte.”— dijo Marina.

Rodrigo la miró.

—“Vos también tenés opciones.”—

Ella negó con la cabeza.

—“No.”—

—“¿Por qué?”—

Marina tardó unos segundos en responder.

—“Porque no quiero irme sin vos.”—

Rodrigo sonrió.

—“Eso es muy poco práctico.”—

—“Nunca fui particularmente práctica.”—

—“Eso sí es cierto.”—

Marina tomó su bolso.

—“Entonces vamos.”—

Rodrigo y Marina salieron del cajero automático. Ahora la oficina era simplemente un lugar al que no volverían.

La compañía siguió intentando reconstruir lo ocurrido. Cada documento conducía a otro, cada decisión llevaba a un responsable distinto. Y cuanto más investigaban, más evidente resultaba algo incómodo.

La póliza probablemente había sido inflada. Marina había intervenido. Rodrigo probablemente la había ayudado. El sistema de controles había sido burlado.

Pero demostrarlo formalmente era otra historia.

Y había un detalle todavía más desagradable. Para denunciar a la pareja, la compañía tendría que explicar cómo había aprobado la operación.

Eso implicaba admitir que sus controles habían fallado, que habían aceptado una cobertura excesiva, que habían ignorado advertencias. Que la situación financiera interna era mucho peor de lo que habían declarado.

Que el perito relacionado con el siniestro tenía vínculos sospechosos.

Y que algunos de sus propios ejecutivos habían participado en operaciones bastante difíciles de explicar. La investigación podía demostrar el fraude.

Los abogados hicieron números, los directivos hicieron llamadas. Y finalmente los propietarios hicieron algo todavía más sofisticado: se quedaron callados.

Finalmente, la compañía quebró.

Hubo papeles, embargos, demandas, auditorías y abogados. Una cantidad impresionante de personas diciendo que jamás habían sabido nada.

El dinero de Sarmiento había servido para mantenerla viva un poco más, pero el siniestro terminó de hundirla. Y el resto fue una cuestión de números.

Marina y Rodrigo tampoco salieron ganando exactamente.

Perdieron sus empleos, sus licencias profesionales y sus identidades dentro del mundo en el que habían trabajado durante años. Ya no podrían volver a ser agentes de seguro.

Ya no tenían oficinas, cargos ni tarjetas de presentación. Tampoco podían volver tranquilamente a sus vidas anteriores.

Habían escapado, pero no habían ganado. Habían cambiado una vida conocida por otra que todavía no tenía nombre, y quizá eso era lo más caro que habían pagado.

No el dinero, sino la posibilidad de regresar.

Tiempo después, estaban sentados frente al mar. Lo bastante lejos para que nadie los conociera y, sobre todo, para que nadie les preguntara por qué habían abandonado sus antiguas profesiones. El mar tenía esa ventaja: no hacía preguntas.

Rodrigo miró el horizonte, y después miró a Marina.

—“¿Y ahora qué?”—

Marina se encogió de hombros.

—“No tengo la menor idea.”—

Rodrigo sonrió.

—“Después de todo el trabajo, finalmente estamos desempleados.”—

Marina soltó una pequeña carcajada. Después le tomó la mano.

—“Pero al menos estamos juntos.”—

Rodrigo entrelazó sus dedos con los de ella.

Durante unos segundos no dijeron nada. Habían perdido casi todo lo que creían necesitar. El dinero podía acabarse. Las profesiones podían desaparecer. El pasado, en cambio, no tenía botón de borrar.

Miraron al mar. Por primera vez desde que todo había comenzado, ninguno de los dos tenía un plan.

Lo cual, después de todo, quizá era una buena forma de empezar de nuevo.

FIN

 

🔹 Ir a la Sección "Cuentos Policiales - Noir” 

 🔹 Ir a la Sección "Cuentos Amor y Drama"

🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio” 

🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web” 





   



🏷️ Tags:

#Noir 
#Thriller 
#Crimen 
#Fraude 
#Venganza 
#Corrupción 
#Poder 
#Manipulación 
#Suspenso 
#Cuento 
#RodriacCopen
#IngenieríaNarrativa