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viernes, 2 de octubre de 2026

Cuento: "El Viaje a Hebat ( Capítulo 6 ) - Saga de Droven & Lyra (Capítulo 6)"

 


🎯 Saga de Droven & Lyra ( SciFi - Romance - Retrofuturismo)


🔥 El Viaje a Hebat ( Capítulo 6 )
por Rodriac Copen


📌 Sinopsis:

Lyra sabe que alguna vez fue humana. También sabe que, hace más de dos mil años, dejó atrás su cuerpo biológico para convertirse en aquello que es hoy.

Lo que no sabe es por qué.

Después de acudir al Templo de Orientación de Nareth Vox, Lyra y Droven emprenden un viaje hasta Luggal, donde se encuentra el antiguo Templo de Hebat, una institución especializada en recuperar recuerdos perdidos, bloqueados o enterrados por el tiempo.

Pero la memoria no devuelve respuestas cómodas.

Entre imágenes fragmentadas, sensaciones olvidadas y recuerdos que parecen pertenecer a otra vida, Lyra comienza a reconstruir la existencia de la mujer que fue: un hombre al que amó, un hijo cuya existencia había olvidado y una decisión tomada poco antes de perder definitivamente su humanidad.

Una decisión que cambiará por completo la pregunta que la llevó hasta Hebat.

Porque Lyra no fue convertida en robot contra su voluntad.

Ella lo eligió.

Ahora solo necesita descubrir por qué.

Y quizá algunas respuestas sean bastante más peligrosas que el olvido.

✔ 9.175 palabras aproximadamente
✔ 46 minutos de lectura aproximada

 

 

 

 

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domingo, 1 de octubre de 2023

Historia: "El Viaje a Hebat ( Capítulo 6 ) - Saga de Droven & Lyra (Capítulo 6)"

 


El Viaje a Hebat ( Saga SciFi de Droven & Lyra )
por
Rodriac Copen

Capítulo 1. El templo de Nareth Vox

 

Nareth Vox había recuperado la tranquilidad.

Eso, en una ciudad que acababa de sobrevivir a una guerra entre hombres y máquinas dedicadas a purificar las emociones, era una afirmación que exigía cierto respeto.

La gente volvía a caminar por las calles. Los comerciantes habían levantado nuevamente sus puestos. Los mendigos retomaban sus lugares habituales, demostrando que incluso la pobreza poseía una admirable capacidad de organización. Los soldados apostados vigilaban las esquinas con esa expresión grave que adoptan los servidores públicos cuando desean ser vistos con respeto por los demás.

La llamada Guerra de las Marionetas había terminado. Y ese sería el título que le quedaría a ese turbulento episodio en los libros de historia.

Los Custodios de las Emociones Purificadas habían sido contenidos, aunque nadie parecía tener demasiado claro qué significaba exactamente aquello. En Zyrbassa, contener un problema solía consistir en lograr que dejara de destruir cosas delante de testigos.

Droven Kal y Lyra Prime llevaban ya varios días en la posada de Alab-Han.

Alab-Han era un hombre corpulento, de barba entrecana y una paciencia admirable, probablemente adquirida a fuerza de tratar con viajeros. Su esposa, Nalina, poseía la clase de mirada que podía hacer que un ladrón confesara un delito que todavía no había cometido. Valkalé, la hija de ambos, observaba a Droven con una mezcla de curiosidad y admiración.

No era para menos. El viajero le había salvado la vida.

Droven, por su parte, consideraba que aquella familia era peligrosamente normal.

Y la normalidad, para un lobo de vida salvaje, siempre había sido una de sus mayores fuentes de desconfianza.

Aquella mañana, Lyra y él caminaban por una de las avenidas antiguas de Nareth Vox cuando Lyra se detuvo.

—“Mira ese templo.”—

Droven siguió la dirección de su mirada.

Frente a ellos se alzaba un edificio bajo, construido con piedra oscura, gastada por siglos de viento y peregrinos. No tenía torres, cúpulas doradas ni esculturas gigantescas de divinidades amenazando con castigar a quienes no depositaran una moneda.

Era, en términos religiosos, casi decepcionante.

—“¿Qué tiene de especial?” — preguntó Droven.

—“No lo sé. Solo la gente. Mira la cantidad.”—

—“Una excelente razón para entrar.”—

Lyra lo miró.

—“Quiero saber su función.”—

Había gente entrando y saliendo constantemente. Peregrinos, comerciantes, ancianos, soldados, mujeres con niños y sujetos cuya apariencia sugería que habían llegado hasta allí después de tomar varias decisiones equivocadas.

Lyra se acercó a uno de ellos.

—“Disculpe. ¿Para qué sirve este templo?”—

El hombre, un peregrino de edad indefinida y sandalias excesivamente gastadas, la observó de arriba abajo.

Con Lyra aquello era bastante habitual.

—“Es el Templo de la Orientación, hermosa dama.”—

—“¿Orientación?”—

—“Así es.”—

—“¿Qué clase de orientación?”—

El hombre sonrió con una bondad casi religiosa.

—“La orientación que uno necesita cuando no sabe qué hacer.”—

Droven soltó una pequeña risa.

—“Entonces deberían cobrar bastante.”—

El peregrino lo miró sin comprender si aquello era una broma.

Lyra, en cambio, sonrió.

—“¿Y cómo funciona?”—

—“Dentro están las Vestales. Ellas escuchan a los viajeros, a los peregrinos y a cualquiera que tenga una duda. Después les indican dónde deben buscar la respuesta.”—

—“¿Resuelven los problemas?”—

—“No, bella dama.”—

—“¿Entonces qué hacen?”—

—“Orientan. Dicen lo que debes hacer para resolver tus dudas.”—

Droven frunció el ceño.

—“Eso parece una manera elegante de no resolver nada.”—

—“Quizá.”—respondió el peregrino sabiamente—“Pero como puedes ver, funciona.”—

Y siguió caminando.

Lyra permaneció unos segundos mirando la entrada y al gentío.

—“Quiero entrar.”—

Droven levantó una ceja.

—“Por supuesto.”—

—“¿No vas a preguntarme por qué?”—

—“Ya aprendí que cuando tienes esa expresión, preguntar consigue que mi vida se vuelva más complicada. Además… estamos de vacaciones. ¿Qué más dá?”—

—“Es una buena observación.”—

—“Tengo varias más para darte. Y casi ninguna me ha servido para ganar dinero.”—

Entraron.

El interior del templo resultó ser muy distinto de lo que ambos esperaban.

No había música, antorchas ni humo de incienso. No había sacerdotes declamando fórmulas incomprensibles ante imágenes cubiertas de oro.

El lugar era antiguo y silencioso.

Las paredes de piedra desnuda estaban recorridas por inscripciones gastadas. Algunas habían sido reparadas varias veces; otras parecían haber sobrevivido por simple terquedad. Había bancos de madera, pequeñas lámparas y una serie de compartimentos separados por cortinas.

Todo parecía dispuesto para una única finalidad: escuchar.

Droven observó el lugar.

—“Me gusta.”—

Lyra lo miró sorprendida.

—“¿El templo?”—

—“No. La tranquilidad, y que nadie esté intentando venderme una reliquia.”—

Se incorporaron a una fila.

Delante de ellos había una mujer que lloraba discretamente, un mercader que parecía haber perdido algo mucho más importante que dinero y un anciano que llevaba veinte minutos mirando el suelo como si esperara que este le proporcionara una respuesta.

Droven contempló a los presentes.

—“Es curioso.”—

—“¿Qué?”—

—“Todos vienen aquí buscando respuestas. Y ninguno parece dispuesto a resignarse al destino que ya tiene.”—

Lyra lo observó durante unos segundos.

—“Eso también podría aplicarse a ti. Es parte de la naturaleza humana.”—

Droven sonrió.

—“Pero yo no busco cambiar mi destino.”—

—“Cualquier acto implica tratar de cambiar el destino.”—

—“No. En mi caso busco oportunidades.”—

—“Es una forma más cómoda de llamar a tus problemas.”—

—“Y bastante más rentable.”—

La fila avanzó. Lyra permaneció callada.

Desde la Guerra de las Marionetas llevaba dentro una inquietud que ni siquiera ella había conseguido clasificar adecuadamente.

Eso era lo que más la molestaba.

Lyra Prime podía analizar probabilidades, conductas, microexpresiones y patrones emocionales. Podía calcular rutas de escape en segundos. Podía determinar cuándo un hombre estaba mintiendo antes de que terminara la primera frase.

Pero había algo que no conseguía analizar, y era algo relacionado con ella misma.

Y, por extensión, con Droven.

Había preguntas que ningún algoritmo parecía dispuesto a contestar.

¿Era realmente libre?

¿Sus decisiones eran propias?

¿Había elegido a Droven?

¿O había sido diseñada para elegirlo?

Durante la Guerra de las Marionetas, aquellas preguntas habían dejado de ser una curiosidad filosófica para convertirse en una incomodidad.

Y Lyra Prime odiaba las incomodidades sin solución.

Finalmente llegaron ante una mujer que tendría unos cincuenta años.

Vestía una túnica sencilla, sin adornos. Tenía el cabello gris recogido detrás de la cabeza y unos ojos oscuros, serenos, extraordinariamente atentos.

—“Mi nombre es Henti.”— dijo ella —“Pasen.”—

Droven y Lyra ingresaron a un pequeño cuarto. Henti les señaló un par de sillones en donde sentarse. Se acomodaron.

La sacerdotisa vestal hizo lo mismo en una silla, frente a sus invitados.

Durante unos segundos nadie habló. Henti los estudió, primero a Lyra. Después a Droven. Y luego volvió a mirar a Lyra.

—“Tú tienes una pregunta.”—

Lyra no respondió.

—“Parece que en realidad, son varias.”— se corrigió Henti.

Droven sonrió.

—“Eso es bastante impresionante.”—

Henti lo miró.

—“Tú tienes muchas más.”—

Droven perdió la sonrisa.

—“¿También es parte del servicio?”—

Henti inclinó ligeramente la cabeza.

—“No. Es parte de observar.”—

Droven recordó entonces algo.

Habían ido a  hablar con los oráculos de Ebon-Rath. Los oráculos eran personas capaces de interpretar pensamientos, probabilidades y signos mediante técnicas que mezclaban conocimiento antiguo con disciplinas que nadie comprendía del todo.

—“¿Eres una especie de oráculo?”—

Henti pareció divertida.

—“No trabajamos como los oráculos de Ebon-Rath.”—

Droven entrecerró los ojos.

—“Yo no dije Ebon-Rath.”—

—“Lo pensaste.”—

—“Eso empieza a resultarme incómodo.”—

—“La verdad suele tener esa propiedad.”—

Lyra intervino.

—“Si no son oráculos ¿Entonces qué hacen aquí?”—

Henti juntó las manos sobre la mesa.

—“No resolvemos las cuestiones.”—

Droven suspiró.

—“Otra vez eso.”—

—“Indicamos dónde se deben buscar las respuestas.”—

—“¿Y si no existe tal respuesta?”—

—“Entonces indicamos dónde encontrar una pregunta mejor.”—

Droven la contempló en silencio. Aquello empezaba a sonar sensato.

Henti continuó:

—“Las Vestales estudiamos la tradición, la filosofía, la conducta humana y ciertas técnicas antiguas de percepción. Algunas proceden de escuelas que ya no existen. Otras fueron desarrolladas aquí.”—

Lyra inclinó ligeramente la cabeza.

—“¿Qué clase de técnicas?”—

—“Depende de la persona.”—

—“¿Y qué necesitas de nosotros?”—

Henti sonrió.

—“Nada. Solo debes decirnos que es lo que buscas.”—

—“¿Nada más?”—

—“Y una pequeña donación, si desean hacerla.”—

Droven volvió a sonreír.

—“Ah. Ahora reconozco la religión.”—

Lyra le lanzó una mirada. Henti, en cambio, soltó una breve carcajada.

—“No somos una religión. Somos un servicio.”—

—“Eso dicen todos los que cobran por escuchar problemas.”—

—“Nosotros no cobramos por escuchar.”—

—“¿Entonces?”—

—“Cobramos por decirles a ustedes en donde encontrar la solución a sus problemas.”—

Droven se quedó callado. Entonces Lyra miró a Henti.

Y por primera vez desde que habían entrado en el templo, pareció realmente interesada.

—“Quiero preguntarte algo.”—

Henti asintió.

—“Lo sé.”—

Lyra dudó. Y algo extraño ocurrió entonces. No fue una visión, o una revelación.

Ni siquiera fue una sensación. Fue simplemente la impresión de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien no estaba intentando decirle qué debía sentir.

Henti aguardó paciente, sin prisas. Como si el tiempo, para ella, fuera una moneda demasiado barata para preocuparse por gastarla.

Lyra respiró, aunque no necesitaba hacerlo.

—“Quiero saber hacia dónde debo ir.”—

Henti la observó por un momento, luego miró a Droven. Y sonrió.

—“Eso sí podemos orientarlo.”—

En algún lugar del templo, una campana sonó. Como si hasta el propio edificio hubiese decidido que ya había hablado bastante.

Y, en Nareth Vox, eso era casi una señal de sabiduría.




El Viaje a Hebat ( Saga SciFi de Droven & Lyra )
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 2. Una consulta inesperada

 

Henti tardó unos segundos en hablar.

No porque estuviera pensando qué responder, sino porque parecía estar esperando que Lyra terminara de pensar lo que todavía no se había atrevido a decir.

La mayoría de las personas escuchaba para poder contestar. Henti parecía escuchar para descubrir qué parte de la respuesta todavía no había sido formulada.

Droven, sentado a un lado, decidió que aquello era una actividad profundamente peligrosa.

—“Creo que necesita orientación. Romper algunas barreras.”— dijo Henti.

Droven miró a Lyra.

—“Eso parece evidente.”—

—“Para ello necesita silencio y concentración.”—

Henti miró a Droven.

—“Haz silencio. Déjala concentrarse.”—

Droven sonrió.

—“Entonces me retiro.”—

—“No es necesario.”—

—“Entonces me quedaré en silencio.”—

—“Eso sería una experiencia fructífera.”—

Lyra casi sonrió. Henti volvió a mirarla.

—“Ahora dime ¿Qué quieres saber?”—

Lyra permaneció unos instantes en silencio. La pregunta parecía sencilla.

Pero las preguntas sencillas suelen ser las más desagradables.

—“No sé exactamente cómo explicarlo.”—

—“Empieza por aquello que sabes.”—

Lyra bajó la mirada.

—“Sé que alguna vez fui humana.”—

Droven no reaccionó. No hizo comentarios, ni siquiera la miró.

Conocía a Lyra lo suficiente para comprender que aquella frase no había sido pronunciada con facilidad. Henti tampoco mostró sorpresa.

—“¿Lo recuerdas?”—

—“No.”—

—“Entonces, ¿cómo lo sabes?”—

Lyra levantó los ojos.

—“Porque me lo dijeron.”—

Henti asintió.

—“Eso es diferente. ¿Quién te lo dijo?”—

Lyra vaciló.

—“Lyra Alpha.”—

Henti permaneció inmóvil.

—“La conocí en Laphore.”— continuó Lyra —“Era la versión robótica original de la humana que fui.”—

Droven seguía callado. Aquello era una de las pocas ocasiones en que su silencio no obedecía a una falta de ideas.

—“También sé que viví como humana en la Tierra.”— dijo Lyra.

Henti inclinó ligeramente la cabeza.

—“El planeta mítico. Durante siglos fue considerado un mito.”—

—“Pero ahora sé que existe.”— afirmó Lyra.

—“Muy bien. Los mitos mueren cuando aparece evidencia que los hace realidad.”—

Droven intervino.

—“También ocurre lo contrario. Algunos hechos terminan convertidos en mitos cuando desaparece la evidencia.”—

Henti lo miró.

—“Es lo más inteligente que has dicho.”—

—“No se lo diga a nadie.”—

Henti sonrió. Lyra continuó:

—“Lyra Alpha me explicó algo cuando estuvimos en su nave de la Tierra, en Laphore. Los humanos podían transferir su mente y sus pensamientos a un cuerpo artificial poco antes de morir.”—

—“Una práctica conocida.”— dijo Henti.

—“Entonces... quiero saber qué soy yo.”—

Henti no respondió. Lyra continuó hablando.

—“¿Soy una continuación de aquella mujer? ¿Soy ella? ¿O soy otra persona que heredó sus recuerdos, sus pensamientos y algunas de sus características?”—

La voz de Lyra era serena. Y Droven conocía esa serenidad. Era la que utilizaba cuando algo le dolía.

Los humanos lloraban, pero Lyra se volvía impecablemente educada… y serena.

—“Hay otra cosa.”— dijo ella.

Henti aguardó.

—“Amo a Droven.”—

El ladrón levantó ligeramente las cejas, aunque aquello no era exactamente una novedad para él.

Pero escuchar esas palabras en la solemnidad del templo, y delante de una mujer que parecía capaz de leer pensamientos, le produjo una incomodidad a la que no estaba acostumbrado.

Lyra prosiguió:

—“Y eso es lo que menos comprendo.”—

Henti la observó.

—“¿Por qué?”—

—“Porque soy un androide.”—

La respuesta quedó suspendida en el aire.

—“Tengo sentimientos.”— continuó Lyra —“Tengo miedo. Tengo deseos. Siento celos. Puedo sentir tristeza. Puedo amar.”—

Droven hizo una pequeña mueca.

—“Lo de los celos podrías haberlo omitido.”—

Lyra lo miró.

—“Es una característica que posees en abundancia.”—

—“No estaba hablando de mí.”—

—“Yo tampoco.”—

Henti dejó escapar una leve sonrisa. Lyra volvió a concentrarse.

—“Quiero saber si siento todo esto porque alguna vez fui humana. O si solo es una programación.”—

Henti no respondió.

—“Si mis emociones son los restos de aquella mujer. Si mi amor por Droven pertenece realmente a la mujer que fui y yo simplemente lo heredé. O si existe algo dentro de mí que es mío y real.”—

Henti apoyó las manos sobre la mesa.

—“¿Y tú qué crees?”—

Lyra guardó silencio.

Aquello parecía molestarle.

—“No lo sé.”—

—“¿Y a qué le temes?”—

Lyra miró a Droven.

Por primera vez desde que habían entrado, sus ojos perdieron aquella serenidad impecable.

—“Que no sea real.”—

Droven se movió ligeramente en su asiento. Henti no apartó la mirada de Lyra.

—“¿Qué significa para ti ser real?”—

Lyra tardó en contestar.

—“Elegir.”—

—“¿Y puedes elegir?”—

—“Eso creo.”—

—“¿Por qué lo crees?”—

—“Porque Lyra Alpha me ofreció eliminar los rastros de humanidad que quedaban en mí.”—

Droven la miró, porque aquello sí era nuevo para él.

—“¿Y tú rechazaste esa posibilidad?”—

—“Sí.”—

—“¿Por qué?”—

Lyra lo miró directamente.

—“Porque pensé que si eliminaba aquello que me hacía humana, podía perder el amor que siento por ti.”—

Droven no dijo nada. Era probablemente la respuesta más sensata que había recibido en su vida. Lyra se volvió hacia Henti.

—”¿Estaba equivocada?”—

Henti respiró lentamente.

—“No lo sé.”—

Droven parpadeó.

—“¿No lo sabes?”—

—“No.”—

—“Es una respuesta bastante decepcionante para una sacerdotisa.”—

—“No soy una máquina expendedora de certezas.”—

Droven asintió.

—“Empiezo a respetar este templo.”—

Henti continuó mirando a Lyra.

—“Has construido una teoría sobre ti misma.”—

—“Así parece.”—

—“Y has utilizado esa teoría para explicar todo lo que eres.”—

Lyra permaneció callada.

—“Pero hay un problema.”— dijo Henti.

—“¿Cuál?”—

—“No conoces realmente a la mujer que fuiste.”—

Lyra frunció ligeramente el ceño.

—“Sé que existió.”—

—“Eso no significa que sepas quién era.”—

Henti hizo una pausa.

—“Sabes lo que otros te han contado. Sabes lo que recuerdas. Sabes lo que crees recordar. Y quizá algunas de esas cosas sean ciertas.”—

—“¿Y las demás?”—

—“Pueden ser interpretaciones.”—

Lyra permaneció inmóvil mientras Henti continuaba:

—“También puede ocurrir...”—

—“¿Qué?”—

—“Que sean ciertas.”—

Droven inclinó la cabeza.

—“Eso no parece ni mejor ni peor.”—

—“Depende de lo que descubras.”—

Aquello consiguió que Droven dejara de sonreír. Henti volvió a Lyra.

—“Quieres saber por qué eres diferente de otros androides. Por qué tu existencia está llena de contradicciones. Por qué tienes emociones que ellos no parecen poseer. Por qué buscas libertad. Por qué amas. Por qué sufres.”—

Lyra asintió.

—“Sí.”—

—“Entonces quizá estás haciendo la pregunta desde un enfoque equivocado.”—

—“¿Cuál enfoque debería emplear?”—

Henti la observó durante largo rato.

—“No preguntes primero por qué eres así.”—

Lyra esperó.

—“Más bien pregunta quién eras antes.”—

El silencio que siguió fue extraño; no incómodo, más bien profundo.

Como si aquella pequeña habitación acabara de hacerse demasiado grande para los siglos de respuestas que Lyra llevaba buscando.

—“¿Quieres decir que debo recuperar mi pasado?”— preguntó finalmente.

—“Quiero decir que quizá necesitas conocerlo antes de decidir qué parte de él te pertenece.”—

Lyra bajó lentamente la mirada.

—“¿Y si no encuentro nada?”—

—“Entonces habrás descubierto algo importante.”—

—“¿Qué?”—

Henti sonrió.

—“Que al igual que las personas, tu personalidad se forma a medida que vives, a medida que envejeces.”—

Lyra se puso de pie, satisfecha. Le dijo a Droven:

—“Todavía no hemos hecho la donación.”—

—“La haré de inmediato.”— Se alejó para depositar las monedas en una urna.

Henti los observó mientras se alejaban. Antes de cruzar la puerta, Lyra se detuvo.

—“Henti.”—

La sacerdotisa levantó la mirada.

—“¿Sí?”—

—“¿Dónde puedo encontrar mi pasado?”—

Henti la observó durante unos instantes.

—“Hay un lugar al que podrías ir.”—

Lyra levantó la mirada.

—“¿Dónde?”—

—“Luggal.”—

Droven, que ya había depositado las monedas, se detuvo al lado de Lyra y repitió.

—“¿Luggal?”—

—“Es una ciudad al sur de Nareth Vox.”— dijo la sacerdotisa.

—“Sé dónde está.”— dijo Droven

Henti sonrió levemente.

—“Luggal fue una ciudad importante hace mucho tiempo. Hoy conserva poco de aquella grandeza. Como casi todo en Zyrbassa que alguna vez tuvo dinero.”—

—“¿Y qué hay allí?”— preguntó Lyra.

—“El Templo de Hebat.”—

El nombre pareció producir un pequeño cambio en la expresión de Henti. No era temor ni reverencia.

Era algo más difícil de definir, como cautela.

—“Hebat es una de las antiguas casas de memoria.”— explicó —“Su tradición es anterior a muchas de las instituciones que todavía sobreviven en Zyrbassa.”—

—“¿Casas de memoria?”— preguntó Droven.

—“Lugares dedicados al estudio de los recuerdos.”—

Henti volvió a dirigirse a Lyra.

—“El Templo de Hebat es especialmente conocido por ayudar a recuperar recuerdos que han sido borrados, bloqueados o simplemente permanecen dormidos.”—

Lyra quedó inmóvil.

—“¿Recuerdos borrados?”—

—“Sí.”—

—“¿Incluso cuando han sido eliminados deliberadamente?”—

—“Algunos.”—

—“¿Y los bloqueados?”—

—“También.”—

—“¿Cómo?”—

Henti hizo un pequeño gesto con una mano.

—“Las sacerdotisas de allí usan técnicas diferentes para recuperar sueños humanos o androides.”—

Lyra parecía concentrada en sus propios pensamientos.

—“¿Y si los recuerdos no fueron borrados ni bloqueados?”—

Henti la miró.

—“Entonces quizá estén dormidos.”—

—“¿Dormidos?”—

—“Hay recuerdos que permanecen fuera del alcance de la conciencia. Pero no desaparecen. Simplemente dejan de responder cuando se los llama.”—

Lyra bajó lentamente la mirada.

—“¿Y pueden despertar?”—

—“A veces.”—

—“¿Siempre?”—

—“No. No siempre.”—

—“¿Podrían recuperar los recuerdos de una persona que fue convertida en otra cosa?”— preguntó Lyra.

Henti no respondió enseguida.

—“Esa es una pregunta que deberás hacerles a ellos.”—

—“¿Crees que podrán ayudarme?”—

—“Creo que podrán descubrir si existe algo que recuperar.”— dijo Henti.

Lyra levantó los ojos.

—“No es lo mismo.”—

—“Es el máximo nivel de certeza que puedo darte.”— aseguró la sacerdotisa.

Afuera se escuchaba el murmullo de la calle. Carros, vendedores, peregrinos, alguna discusión comercial.

Lyra permanecía pensativa.

—“¿Has estado allí?”— le preguntó Droven a la sacerdotisa.

—“Sí. El Templo de Hebat no es un lugar peligroso, Droven Kal. Pero puede resultar incómodo para algunas personas.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque allí algunos descubren cosas que algunos preferirían seguir ocultando. Y otros descubren que sus recuerdos no eran exactamente recuerdos.”—

Lyra no apartó la mirada.

—“¿Y qué eran?”—

—“Historias. A veces la mente teje historias que necesita creer.”—

El silencio quedo por un momento suspendido entre ellos.

Lyra comprendió entonces que aquella era la verdadera razón por la que Henti les había hablado de Hebat.

No se trataba simplemente de recuperar información perdida.

Se trataba de descubrir cuánto de la propia identidad estaba construido sobre aquello que uno recordaba.

Y cuánto sobre aquello que necesitaba recordar para seguir siendo quien creía ser.

—“¿Cómo llegamos a Luggal?”—preguntó Droven.

Henti señaló hacia el sur.

—“Por el camino antiguo.”—

Droven suspiró.

—“Por supuesto.”—

—“¿Algún problema?”—

—“No. Solo esperaba que un templo dedicado a los recuerdos tuviera también un servicio de transporte.”—

Henti lo observó con absoluta serenidad.

—“Quizá lo tenga.”—

Droven la miró esperanzado.

—“¿En serio?”—

—“No.”—

Lyra sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero auténtica. Y eso, en ella, empezaba a convertirse en una forma de riqueza.

Henti se levantó de buen humor.

—“Id a Luggal.”—

Droven abrió nuevamente la puerta, y esta vez no hizo ningún comentario. Tal vez porque había comprendido algo. O porque, por una vez, no tenía nada gracioso que decir.

En Zyrbassa, eso también podía considerarse una señal.



El Viaje a Hebat ( Saga SciFi de Droven & Lyra )
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 3. El Templo de Hebat

 

Zyrbassa tenía una curiosa manera de demostrar que una civilización estaba en decadencia.

No derrumbaba todo. Eso habría sido demasiado sencillo.

Prefería conservar las grandes avenidas, los antiguos monumentos, las máquinas capaces de hacer cosas extraordinarias y una tecnología que, en algunos aspectos, habría hecho enrojecer de vergüenza a los ingenieros de épocas anteriores.

Después dejaba que los caminos se llenaran de polvo, los edificios se agrietaran y los motores envejecieran destartalados.

Y cuando todo parecía perdido, alguien instalaba un puesto de frutas debajo de una estatua monumental. Era una forma bastante elegante de administrar la ruina.

El viaje desde Nareth Vox hasta Luggal les llevó varios días.

El camino descendía hacia el sur entre montañas de piedra rojiza y extensas llanuras donde el viento levantaba pequeñas nubes de polvo que avanzaban junto a ellos como animales sin dueño.

De tanto en tanto aparecían otros vehículos aerodeslizables.

Algunos eran modelos antiguos, reparados tantas veces que probablemente sus piezas originales constituían ya una minoría. Otros eran máquinas modernas, silenciosas y rápidas, utilizadas por comerciantes, viajeros y funcionarios que todavía conservaban suficiente importancia como para no viajar por tierra.

La diferencia entre aerodeslizadores viejos y nuevos, era que los nuevos podían subir a una altura considerable, independizándose completamente de las irregularidades del terreno y podían viajar en línea recta, sin seguir ningún camino..

Lamentablemente Droven y Lyra viajaban en un modelo viejo, que solo podía flotar a una altura de tres a cinco metros del suelo. Y debía subir, bajar y deslizarse a derecha o izquierda siguiendo las mismas irregularidades que presentaba el camino de tierra.

De todos modos, Droven prefería viajar por los caminos.

No porque fueran más seguros. Todo lo contrario.

Simplemente porque en los caminos, montados en un deslizador, uno podía ver venir al enemigo, de tal modo que podía prepararse. Ya sea para defenderse y también para robarle.

Atravesaron pequeños pueblos levantados alrededor de antiguos núcleos industriales.

En las plazas había mercados al aire libre, puestos de cerámica, tejidos, herramientas, objetos de madera, alimentos y toda clase de artefactos cuya utilidad era difícil de determinar pero que, para sus propietarios, constituían sin duda una excelente oportunidad comercial.

Los ancianos conversaban bajo toldos mientras que los niños corrían entre los puestos.

Los trabajadores regresaban de sus talleres con las manos cubiertas de grasa y las mujeres discutían precios.

Todos parecían bastante satisfechos con la vida a pesar de ser Zyrbassa un mundo atrasado.

Pero tenía una ventaja sobre algunas civilizaciones mucho más avanzadas: la gente todavía tenía tiempo para conversar.

Droven contempló uno de aquellos pueblos mientras avanzaban.

—“Curioso.”—

Lyra lo miró.

—“¿Qué observas?”—

—“Todo funciona.”—

—“No exactamente.”—

—“Ya lo sé. No me refiero a las cosas. Quiero decir que la gente parece feliz.”—

Lyra observó a una familia que compartía una comida junto a un pequeño puesto.

—“Quizá no necesiten que todo funcione.”—

Droven sonrió.

—“Bonito pensamiento. Pero es una filosofía peligrosa.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque si la gente descubre que puede ser feliz sin tenerlo todo, los comerciantes perderían una fortuna.”—

Lyra sonrió mientras se alejaban del pueblo.

Al segundo día, cuando las montañas comenzaron a quedar atrás, Droven decidió formular la pregunta que llevaba horas evitando.

—“¿Qué esperas encontrar en Hebat?”—

Lyra permaneció mirando el paisaje.

—“No lo sé.”—

—“Una respuesta poco satisfactoria para una mente analítica como la tuya.”—

—“Es la verdadera.”—

Ella hizo una pausa antes de decir:

—“Quizá busque recuerdos.”—

—“Eso ya lo sé.”—

—“Entonces no preguntes.”—

—“No preguntaba qué buscas. Preguntaba qué esperas encontrar.”—

Lyra reflexionó callada. Droven esperó. Finalmente ella dijo:

—“Quizá algo que ni siquiera sé nombrar.”—

—“Eso sí es prometedor.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque normalmente las personas encuentran aquello que buscan. Las cosas que no se saben nombrar suelen tener la desagradable costumbre de encontrarlas ellas a uno.”—

Lyra volvió a mirar hacia las montañas.

—“¿Tú tienes miedo?”—

Droven tardó un instante.

—“¿De qué?”—

—“De lo que pueda descubrir.”—

—“No.”—

Lyra lo miró.

—“Mientes.”—

—“No tan así. Quizá un poco.”—

Ella sonrió.

—“¿Y de qué tienes miedo?”—

Droven mantuvo los ojos en el camino.

—“De que encuentres algo que cambie las cosas. No me malinterpretes. Lo que te ha pasado, de cierto modo es lo que ha hecho de ti la Lyra que conozco. Desde ese punto de vista, no me inquieta lo que encuentres.”—

Lyra no respondió. Y durante un rato solo se escuchó el zumbido del vehículo y el silbido del viento.

Lyra pensó en lo que Droven acababa de decir. No era solamente miedo a perderla.

Ella lo sabía. Sabía que Droven tenía otras dudas. No dudaba de lo que sentían. Él dudaba de cuánto podía durar porque él era humano. Ella no.

Droven envejecía. Ella no. Él tenía delante una cantidad limitada de años por delante. Ella tenía, en teoría, demasiados. Y por lo que sabía, tenía alrededor de 2.100 años. Tal vez más. Droven contaba con menos de cuarenta. Ningún humano vivía más de 200 años.

Había ocasiones en que Lyra sospechaba que él la observaba como quien contempla una hermosa casa sabiendo que nunca podrá vivir en ella.

Y había algo todavía peor.

Droven creía que quizá ella estaba empezando a evaluar la posibilidad de abandonarlo. Lyra sabía que no era así. O, al menos, eso creía.

Pero mientras el paisaje pasaba lentamente ante sus ojos, una pregunta incómoda apareció en algún lugar de su conciencia.

¿Y si una parte de ella sí quería hacerlo? No la parte artificial. No la inteligencia que había aprendido a calcular probabilidades.

La parte humana.

La que quizá todavía existía en algún rincón de aquella mente imposible.

¿Y si esa mujer que había sido comprendía mejor que ella misma que amar a un hombre condenado a morir era aceptar una pérdida futura?

¿Y si recuperar sus recuerdos despertaba precisamente aquello que intentaba evitar? Lyra no dijo nada. No podía decírselo a Droven.

No todavía, sobre todo porque él ya tenía suficientes dudas.

Y el amor, como casi todas las enfermedades incurables, empeoraba cuando uno intentaba explicarlo.

. . .

Luggal apareció al tercer día.

La ciudad se extendía alrededor de una colina baja, con construcciones antiguas mezcladas con edificios modernos y una sucesión de calles estrechas que parecían diseñadas en épocas diferentes por personas que se detestaban entre sí.

El Templo de Hebat estaba en la parte antigua del casco urbano.

No fue difícil encontrarlo. Le preguntaron a un comerciante.

—“¿El Templo de Hebat?”— preguntó el ciudadano.

—“Sí”—respondió Lyra.

—“¿Van por negocios?”—

Droven sonrió al contestarle:

—“Por memoria.”—

El hombre asintió comprensivo por un par de segundos.

—“Entonces van al sitio correcto.”—

Les mostró el camino por el que debían seguir. Otro comerciante intervino desde un puesto cercano:

—“Allí viene gente importante.”—

—“Muy importante”— añadió una anciana.

—“Nobles y ricos.”—dijo el primero.

Droven miró a Lyra.

—“Ahora sí me preocupa.”—

El templo no parecía destinado a la nobleza. Era un edificio sobrio, construido con piedra clara, columnas bajas y puertas enormes.

Sin embargo, el interior revelaba inmediatamente que allí había dinero.

No en formas de oro, sino en mantenimiento.

Las paredes estaban limpias. Las lámparas funcionaban. El suelo no tenía polvo. Las puertas cerraban correctamente. Para Zyrbassa, aquello rozaba lo sobrenatural.

Entraron, y una mujer salió a recibirlos.

Era alta, de rostro severo y cabello castaño recogido con cuidado. Vestía la túnica tradicional transparente de las Vestales de Hebat, aunque llevaba varios instrumentos metálicos sujetos a un cinturón.

No parecía una sacerdotisa. Su aspecto parecía más bien al de una profesional.

Y eso, para Droven, era bastante inquietante.

—“Soy Agripina.”—les dijo—“¿Quién necesita recuperar recuerdos?”—

Lyra dio un paso adelante.

—“Yo.”—

Agripina la observó, primero el rostro. Después las manos, y finalmente los ojos.

—“¿Eres humana?”—

—“No.”—

Agripina asintió.

—“Entonces el proceso será más sencillo.”—

Droven frunció el ceño.

—“¿Más sencillo?”—

—“Claro. Los robots han sido un invento humano. Y desde el principio se conoció el diseño de los circuitos del cerebro. No ha pasado lo mismo con el cerebro humano. Aún hay muchos circuitos neuronales cuya función se desconoce.”—

—“Entiendo.”—

Droven decidió que Agripina le agradaba.

—“¿Cómo funciona el proceso?”— preguntó Lyra.

Agripina señaló una sala contigua.

—“No hacemos magia.”—

Droven pareció decepcionado.

—“Qué pérdida.”—

—“Esto es una disciplina. Y una ciencia exacta en lo que a robots se refiere.”—

Agripina continuó:

—“Las Vestales de Hebat llevamos generaciones estudiando los mecanismos de la memoria humana y robótica. Hemos desarrollado procedimientos distintos para humanos y para entidades artificiales.”—

—“¿Qué procedimiento utilizarán conmigo?”—

—“Primero evaluaremos tu estructura cognitiva. Las unidades de memoria de los circuitos robóticos se guardan según esas estructuras.”—

Agripina señaló una pequeña consola.

—“En los humanos utilizamos una preparación de citicolina para favorecer determinados procesos relacionados con la memoria. No crea recuerdos ni los reconstruye.”—

Lyra escuchaba atentamente.

—“¿Y en los robots?”—

—“Según los tipos de recuerdos que quieras recuperar, aplicamos pequeños pulsos eléctricos cuidadosamente controlados en determinados circuitos cerebrales.”—

Droven levantó una mano.

—“¿Pequeños?”—

Agripina lo miró.

—“Muy pequeños. Del orden de los milivolts.”

—“¿Y si son grandes?”—

—“Entonces tendremos un cadáver. No hay espacio para el error.”—

Droven bajó la mano.

—“Excelente. Me gustan los profesionales.”—

Agripina continuó como si no hubiera oído nada.

—“El procedimiento busca estimular aquello que todavía permanece.”—

Lyra preguntó:

—“¿Y si el recuerdo fue eliminado?”—

—“Entonces no podemos recuperarlo. Verás: al eliminar un recuerdo, la zona de memoria es regrabada, y el recuerdo anterior queda inutilizado.”—

—“¿Y si fue bloqueado?”—

—“Podemos intentar acceder a él. Los recuerdos bloqueados permanecen en la memoria, pero encriptados. Hackeamos el algoritmo de encriptación y recuperamos el recuerdo.”—

—“¿Y si simplemente está dormido?”—

—“El cerebro robótico tiene una tabla de alojamiento de datos que funciona como un indice. Los indices apuntan a los recuerdos grabados. Un recuerdo dormido es un recuerdo que ha perdido el indice que permite leerlo. En esos casos, mapeamos la memoria y comparamos los recuerdos con el indice. Simplemente debemos agregar al indice los recuerdos que están grabados pero no están presentes en ese indice.”—

Agripina hizo una pausa.

—“Pero hay algo que debes comprender.”—

Lyra asintió.

—“No podemos devolver lo que se ha perdido. La regla general es que solo podemos ayudarles a encontrar aquello que todavía permanece.”—

La frase quedó suspendida en la sala.

Droven observó a Lyra. Ella no apartó la mirada de Agripina.

—“¿Y existen otras reglas?”—

Agripina respondió inmediatamente.

—“Si. La primera regla es sencilla: no podemos mostrarte previamente lo que vas a recordar.”—

—“¿Por qué?”—

—“El proceso es ultrarrápido. La memoria de los robots se usa permanentemente. No podemos hacer ninguna pausa. Leer el recuerdo y mostrártelo para que decidas lleva más tiempo que la recuperación. Podemos recuperar, pero no mostrarte lo que recuperarás.”—

—“¿Es decir que no puedo decidir cuáles recuperar?”—

Agripina negó con la cabeza.

—“No. Lo siento. Es una limitación del diseño robótico del cerebro.”—

Droven y Lyra asintieron en silencio. Agripina continuó:

—“La represión de recuerdos existe también como mecanismo de protección. En los humanos, ciertos recuerdos pueden quedar bloqueados porque resultan demasiado dolorosos, traumáticos o incompatibles con el funcionamiento normal de la persona.”—

Miró a Lyra.

—“En los sistemas artificiales puede suceder algo equivalente.”—

—“¿Quieres decir que mi mente puede haber ocultado algo deliberadamente?”—

—“No necesariamente de manera consciente.”—

—“¿Y si lo que encuentro no es agradable?”—

Agripina la miró directamente.

—“Eso forma parte del riesgo.”—

—“¿Puede ser peligroso?”—

—“Sí.”—

Droven se puso muy serio. Agripina continuó:

—“Puedes recuperar algo que no querías recordar. Puedes descubrir que una persona que creías amar fue distinta de lo que imaginabas. Puedes descubrir que tú misma eras diferente.”—

Lyra permaneció inmóvil.

—“Y también puedes no encontrar nada.”—

—“¿Y eso qué significaría?”—

Agripina se encogió de hombros.

—“Que no había nada disponible.”—

Droven intervino:

—“¿O que no saben hacerlo?”—

Agripina lo miró.

—“Es una posibilidad lejana.”—

Droven sonrió.

—“Definitivamente me agradas.”—

Agripina ignoró el comentario.

—“No prometemos recuerdos. No prometemos respuestas. No prometemos curación.”—

—“¿Entonces qué prometen?”—

Agripina señaló la sala donde realizarían el procedimiento.

—“Una oportunidad de traer lo que hay perdido en tu memoria. Si no hay nada perdido, no traeremos nada.”—

Lyra miró hacia aquella puerta. Durante años había querido saber quién había sido.

Ahora tenía delante la posibilidad real de averiguarlo.

Y, por primera vez, comprendió que quizá el verdadero peligro no consistía en descubrir un recuerdo perdido.

Podía consistir en descubrir que todavía pertenecía a él.


El Viaje a Hebat ( Saga SciFi de Droven & Lyra )
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 4. Las personas y sus secretos

 

El Templo de Hebat tenía una característica que lo diferenciaba de la mayoría de los templos de Zyrbassa.

Allí nadie fingía ser mejor de lo que era, y eso era una rareza.

Los sacerdotes solían recibir pecadores arrepentidos, inocentes convencidos de ser pecadores y personas que habían cometido ambas cosas durante la misma semana.

En Hebat, en cambio, la gente llegaba con secretos. Y los secretos, a diferencia de los pecados, tenían la mala costumbre de ser útiles.

Lyra y Droven esperaban en una sala amplia, sentados entre otros visitantes.

No había distinción de clases. O, mejor dicho, la había, pero todos procuraban ocultarla. Era una cortesía inútil.

Bastaba mirar las ropas, los acompañantes y la forma de sentarse para saber quién había llegado allí en un vehículo de lujo y quién había viajado tres días sobre una mula mecánica.

Entre los presentes había nobles procedentes de regiones lejanas, comerciantes, funcionarios, aventureros y personas cuya fortuna podía medirse por la cantidad de problemas que tenían.

Algunos buscaban recuerdos personales, otros, información.

Un nombre, una contraseña, una combinación, una ruta. La ubicación de una propiedad o un acontecimiento ocurrido muchos años atrás.

Incluso había quienes habían acudido para recuperar algo que ellos mismos habían decidido olvidar.

Hebat no era solamente un templo, era una institución.

Y las instituciones que saben recordar lo que otros han olvidado suelen adquirir una importancia política considerable.

Droven observó a los presentes con interés.

—“Mira eso.”—

Lyra levantó la vista.

—“¿Qué?”—

—“Ese hombre de la esquina.”—

—“¿Qué tiene de especial?”—

—“Tiene cara de noble.”—

—“¿Cómo puedes saberlo?”—

—“No mira a nadie a los ojos y tiene las manos demasiado limpias.”—

Lyra lo estudió.

—“Tu método de clasificación social es rudimentario.”—

—“Pero eficaz.”—

Un hombre sentado junto a Droven escuchó la conversación y sonrió. Era de mediana edad, vestía con cierta elegancia y tenía una expresión cansada.

—“Yo podría decirles cómo saber si alguien es noble.”—

Droven lo miró.

—“Adelante.”—

—“Si pregunta cuánto cuesta algo antes de comprarlo, no es noble.”—

—“Excelente punto.”—

—“Pero si pregunta si algo funciona, es pobre.”—

El hombre sonrió. Droven le estrechó la mano.

—“Droven Kal.”—

—“Arven.”—

—“¿Qué vienes a recordar?”—

Arven soltó un suspiro.

—“A  los buenos tiempos con mi exesposa.”—

Droven hizo una pausa.

—“Eso no me lo esperaba.”—

—“Quiero recordar algunas cosas. Las buenas cosas.”—

—“¿Por qué?”—

—“Me quitó una parte considerable de mi fortuna. Me hizo muy infeliz.”—

—“Ah.”

—“Y para mitigar un poco el dolor quiero recordar los buenos tiempos que pase con ella”—

Droven sonrió y reflexionó unos segundos.

—“El amor es complicado.”— dijo.

Arven soltó una carcajada.

—“No fue amor. Fue algo pasajero. Aprendí mi lección.”—

Desde el otro extremo de la sala, un hombre que había estado escuchando intervino.

—“Yo tengo un problema peor.”—

Todos lo miraron.

—“Una noche estaba borracho.”—

Droven asintió.

—“Y acompañado de una mujer que me dio un mal consejo.”—

—“Naturalmente.”—

El hombre bajó la voz.

—“Cambié la combinación de la bóveda de mi negocio.”—

Droven lo miró.

—“¿Por qué?”—

—“Porque sospechaba que mi socio me robaba.”—

—“¿Y qué guardas allí?”—

—“La mayor parte de mi fortuna.”—

Droven hizo una mueca.

—“Vaya, eso es incómodo.”—

—“La combinación anterior ya no funciona. Espero poder recordar la combinación nueva que puse en la bóveda.”—

Droven miró a Arven y después al otro hombre. Dijo:

—“Empiezo a comprender por qué este lugar tiene tanta clientela.”—

El hombre se encogió de hombros y le preguntó a Arven:

—“¿Crees que podrán ayudarme?”—

—“Si no pueden, siempre puedes volver a emborracharte y probar suerte.”—

El hombre lo miró horrorizado.

—“No estoy seguro de que sea buena idea.”—añadió Droven.

Cuando finalmente regresó junto a Lyra, ella lo observó con expresión divertida.

—“¿Qué has descubierto?”—

—“Que algunos nobles pagan fortunas por recordar.”—

Lyra sonrió.

—“La memoria tiene un precio.”—

—“Asi es. Todo tiene un precio.”—

—“¿Incluso los recuerdos?”—

Droven la miró.

—“Si. Especialmente los recuerdos.”—

Antes de que Lyra pudiera responder, una mujer se sentó a su lado. Era joven.

Demasiado joven para tener aquella expresión de tristeza en el rostro.

Estaba embarazada y mantenía ambas manos sobre el vientre con una delicadeza casi protectora.

—“¿También esperas para recordar?” —le preguntó Lyra.

—“Sí.”—

La mujer sonrió con tristeza.

—“¿Qué intentas recordar?”— le preguntó Lyra.

La mujer miró hacia la puerta por donde entraban y salían las Vestales. Señaló su vientre:

—“Al hombre que me embarazó. Desapareció hace algunos meses, sin dejar noticias.”—

La mujer tragó saliva.

—“Quiero saber si recuerdo algo que pueda ayudarme a encontrarlo.”—

Lyra observó el rostro de la chica, y después, inevitablemente, su mirada descendió hacia el vientre de la mujer. No dijo nada.

Pensó que el hombre había hecho lo que muchos hombres hacían cuando una situación empezaba a exigir responsabilidad.

Había puesto los pies en polvorosa. Quizá incluso con elegancia.

La mujer continuó:

—“Tal vez ocurrió algo. Algo que yo haya olvidado. Una dirección. Un nombre. Una conversación.”—

Lyra la miró con una mezcla de tristeza y comprensión.

—“Es posible.”— le dijo.

La mujer apoyó una mano sobre su vientre.

—“Quiero encontrarlo.”—

Lyra no respondió, había aprendido que algunas personas no buscaban realmente la verdad. Buscaban una versión de ella que pudieran soportar.

Y quizá aquella mujer todavía no estaba preparada para ninguna de las dos.

Una puerta se abrió, por ella Agripina apareció.

—“Lyra Prime.”— llamó.

Lyra se levantó, seguida de Droven.

—“¿Vienes?”—preguntó ella.

—“Solo si así lo quieres.”—

Agripina negó con la cabeza.

—“Solo ella.”—

Droven levantó las manos.

—“No hay problema. Solo espero que todo salga bien.”—

Lyra lo miró.

—“¿Seguro que no quieres recuperar ningún recuerdo?”—

—“No.”—

—“¿Por qué?”—

—“Los únicos buenos recuerdos los he tenido contigo.”—

Ella lo observó dubitativa durante un instante.

—“¿Y los malos?”—

Droven sonrió.

—“Esos… no quiero revivirlos.”—

Lyra le dio un beso y entró.

La sala de intervención era mucho más tecnológica que el resto del templo. Había instrumentos delicados, pantallas, conexiones y una estructura circular en el centro.

Agripina indicó a Lyra que se sentara.

—“Necesito examinar tu arquitectura.”—

—“Adelante.”—

Agripina conectó varios instrumentos y un caso con electrodos. Durante unos segundos permaneció en silencio. Después frunció el ceño.

Volvió a revisar los datos.

—“Esto es extraño.”—

Lyra la observó.

—“¿Qué ocurre?”—

—“Tu arquitectura no se parece a la de los androides que recibimos habitualmente.”—

Agripina examinó otra lectura.

—“De hecho, se parece muy poco a cualquiera de ellos. ¿Sabes tu serie, tu modelo?”—

—“No.”—

Agripina la miró.

—“¿Sabes de dónde procedes?”—

Lyra tardó unos segundos en responder.

—“Me han dicho que procedo de CyberSun.”—

Agripina dejó de trabajar.

—“¿CyberSun?”—

—“Sí.”—

—“La empresa que ensambla robots en la Tierra. La más avanzada de la Federación.”—

—“Eso me han dicho.”—

Agripina volvió a mirar los datos.

—“¿Sabes cuánto tiempo llevas siendo un robot?”—

Lyra hizo una pausa.

—“No lo sé exactamente.”—

—“Explícame que significa ese exactamente.”—

—“Originalmente fui humana.”

Agripina no mostró sorpresa, pero la frase no le causó tampoco indiferencia.

—“Continúa.”—

—“Después de perder mi cuerpo, continué viviendo como bioandroide durante algo más de dos milenios.”—

Agripina dejó lentamente el instrumento sobre la mesa.

—“¿Dos milenios?”—

—Aproximadamente. Mi cerebro alcanzó ahí el final de su ciclo biológico.”—

Lyra hizo una pausa.

—“Entonces mi mente fue digitalizada y transferida a un organismo completamente artificial. Me hicieron cono soy ahora.”—

Agripina la observó con atención.

—“¿Cuándo ocurrió?”—

—“No lo sé con exactitud. He hecho algunos cálculos.”—

—“¿Cuánto tiempo calculas?”—

—“Creo que más de dos mil cien años. Tal vez más.”—

Agripina permaneció inmóvil. Durante unos segundos pareció haber olvidado incluso su habitual profesionalismo.

—“Entonces llevas...”— dejó la frase sin terminar.

—“Mucho tiempo.”— dijo Lyra sonriendo ligeramente.

Agripina retomó el examen.

—“¿Recuerdas quién realizó la transferencia?”—

Lyra negó con la cabeza.

—“No.”—

—“¿Y quién construyó tu cuerpo actual?”—

—“Recién te lo dije: CyberSun.”—

—“Es cierto, lo dijiste. ¿Sabes quién convirtió tu mente en una entidad completamente artificial?”—

—“Tampoco lo sé.”—

Agripina la miró, y esta vez no había sorpresa en sus ojos, sino interés.

Un interés profesional que, en determinadas personas, podía resultar bastante más peligroso que la curiosidad.

—“Entonces quizá”—dijo—“eso sea precisamente lo que encontremos en tus memorias.”—

Lyra permaneció inmóvil.

—“¿A que te refieres?”—

Agripina señaló la pantalla.

—“A todas esas cosas que no sabes.”—

Lyra hizo una pausa antes de contestar:

—“Me conformaría con saber la razón por la que alguien necesitó hacerme como soy ahora.”—

Antes de empezar, Lyra sintió algo parecido al miedo. No porque hubiera descubierto una respuesta a sus preguntas, sino porque, por primera vez, existía la posibilidad real de encontrar las respuestas que siempre había buscado.

Y las respuestas, cuando uno ha esperado dos mil años, suelen llegar con una considerable falta de delicadeza.



El Viaje a Hebat ( Saga SciFi de Droven & Lyra )
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 5. La recuperación

 

La memoria no regresó gradualmente. Lo hizo de repente, sin anunciarse ni pedir permiso. Simplemente apareció.

Lyra estaba tendida sobre la camilla del Templo de Hebat, conectada a los dispositivos que Agripina había preparado con la meticulosidad de un profesional eficiente que lleva muchos años tratando con aquello que los seres humanos consideran demasiado importante como para comprenderlo del todo.

Pequeños sensores rodeaban su cabeza.

Algunos instrumentos emitían una luz tenue. Otros permanecían completamente inmóviles, como si incluso las máquinas hubieran aprendido que ciertas cosas debían contemplarse en silencio.

Agripina observó las lecturas y le hacía comentarios a Lyra, para mantenerla al tanto del procedimiento.

—“Comenzamos.”—

Lyra cerró los ojos. Durante unos segundos no ocurrió nada. Después apareció una ventana. No sabía dónde estaba ni cuándo.

Solo había una ventana, y la luz entraba por ella. Era una luz tibia, inclinada, casi dorada. Después desapareció.

Apareció una voz masculina, aunque no distinguió las palabras que decía. Solo el tono. Luego una risa infantil, breve. Y desapareció también.

Lyra intentó seguirla, pero no pudo.

Volvió la ventana seguida de una sensación de frío. El olor de una habitación. La textura de una tela bajo sus dedos. Recordó una mano masculina rozando la suya.

Todo los recuerdos, incluso las sensaciones duraban apenas un instante.

Era como intentar atrapar peces con las manos en un río de aguas rápidas.

—“No intentes retenerlos”— le dijo Agripina.

Lyra no sabía si la había escuchado con los oídos o con alguna otra parte de sí misma.

Entonces llegó otra imagen. Era una mano pequeña, muy pequeña. Los dedos de un niño cerrándose alrededor de uno de los suyos.

Lyra abrió los ojos.

—“¡Espera!”—

Algo la impulsó a incorporarse bruscamente. Extendió una mano hacia algo que ya no estaba allí, porque la imagen se había desvanecido.

—“¿Dónde está?”—

Agripina no se movió.

—“¿Qué viste?”—

—“Una mano.”—

—“¿De quién?”—

Lyra respiró. O hizo algo que, en su caso, se parecía bastante al respirar humano.

—“No lo sé.”—

Cerró nuevamente los ojos, y la imagen volvió. Era la mano pequeña. Volvió a ver los  dedos, a sentir el contacto. Esta vez apareció también una sensación doble: calor, confianza.

Sintió una extraña responsabilidad que no podía explicar. Y luego nada.

Lyra abrió los ojos.

—“Se fue.”—

Agripina sonrió suavemente.

—“No. La imagen se fue. Pero el recuerdo no.”—

Lyra la miró.

—“¿Lo capturaste?”—

—“Tu sistema lo hizo. El recuerdo está almacenado.”—

Agripina comprobó los registros.

—“No puedes exigirle a tu memoria que te entregue un recuerdo completo como si fuese un archivo.”—

—“Sería más práctico.”—

—“Sí, si fueras un disco rígido. También sería menos humano. Pero resulta que eres algo muchísimo más complejo que eso.”—  

Lyra guardó silencio. Agripina volvió a revisar los parámetros.

—“Continuemos.”—

Y los recuerdos siguieron llegando. Pero no lo hacían como una historia, sino como restos o pequeños fragmentos. Una habitación, una voz, un olor.

La sensación de unos brazos alrededor de alguien. Una puerta, una risa. Un rostro que aparecía y desaparecía antes de que pudiera identificarlo.

Una luz blanca.

Y después otra vez aquella mano pequeña, pero esta vez Lyra sintió algo mucho más intenso: amor.

No la idea del amor, o su definición o la palabra aprendida. Sintió la sensación desnuda y absoluta de querer proteger a alguien. La imagen desapareció.

Lyra permaneció inmóvil.

Agripina esperó, dándole algo de tiempo. Desde la parte técnica no había nada más que hacer. La memoria robótica, después de todo, tenía sus propios tiempos. Y rara vez coincidían con los de quien la necesitaba.

Finalmente, las máquinas de recuperación comenzaron a reducir su actividad gradualmente.

Agripina fue desconectando los sensores uno por uno.

—“Terminamos, Lyra.”—

Lyra Prime abrió los ojos.

—“¿Eso es todo?”—

—“Por ahora.”—

—“Esperaba más.”—

—“Ha sido un procedimiento muy bueno. La memoria no suele preocuparse por nuestras expectativas.”—

Lyra se incorporó lentamente.

—“¿Qué debo hacer ahora?”—

—“Nada.”—

—“Eso no parece una instrucción.”—

—“Es una de las instrucciones más difíciles de cumplir.”—

Lyra la observó, mientras Agripina continuaba:

—“No intentes reconstruir racionalmente lo que viste. No armes teorías. No intentes llenar los espacios vacíos.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque tu cerebro seguirá trabajando aunque tú no lo notes. Son procesos en background. Los recuerdos necesitan reorganizarse. Algunos aparecerán cuando estés ocupada. Otros mientras duermas. Otros cuando algo aparentemente insignificante despierte una asociación.”—

—“¿Y si intento forzarlos?”—

—“Podrías fabricar una explicación inútil antes de recuperar el recuerdo real. De todos modos, al llegar el recuerdo real, aplastará cualquier fantasía que hayas inventado.”—

Lyra comprendió. Una mentira podía ser inventada y engañaría por un tiempo a su memoria.

Agripina le entregó una pequeña cápsula con los registros del procedimiento.

—“Aquí están las imágenes y patrones que tu sistema permitió recuperar.”—

Lyra la tomó.

—“Gracias.”—

—“No me agradezcas todavía.”—

—“¿Por qué?”—

Agripina sonrió con optimismo, pero igual le advirtió:

—“Porque aún no sabemos qué vas a encontrar.”—

Con Droven, permanecieron dos días más en Luggal.

No había ninguna razón especial para hacerlo, pero querían pasar un tiempo juntos.

Y precisamente por eso lo hicieron.

Luggal era una ciudad agradable, quizá no espectacular.

En Zyrbassa, la espectacularidad había sido durante siglos una obligación arquitectónica y, con el tiempo, se había convertido en una especie de enfermedad.

Luggal, en cambio, parecía haber aceptado que los edificios podían simplemente permanecer en pie sin necesidad de demostrar nada.

Caminaron por sus plazas tomados de la mano, recorrieron parques antiguos.

Observaron fuentes que alguna vez debieron de haber sido monumentales y que ahora tenían una dignidad algo menguada.

Fueron a una piscina pública, en donde Droven nadó durante unos minutos y luego se dedicó a flotar.

Lyra lo observó desde el borde.

—“¿A eso le dices nadar?”—

—“Es una forma avanzada de desplazamiento acuático.”—

—“Pero no te desplazas.”—

—“Entonces es una forma avanzada de no ahogarse.”—

Lyra inclinó ligeramente la cabeza con humor.

—“Eso sí me parece más exacto.”—

Por la tarde caminaron sin rumbo, por la noche cenaron en una terraza.

Después regresaron a la habitación, en donde Droven se durmió rápidamente.

Era una de las ventajas de los humanos. Podían pasar una tarde preocupándose por su existencia y luego quedarse dormidos como si el universo hubiese firmado un acuerdo de confidencialidad.

Lyra permaneció despierta.

Miró a Droven y después cerró los ojos. Los recuerdos recuperados regresaron. Y esta vez no fueron fragmentos. Al menos, no del todo.

Vio a un hombre que estaba frente a ella. No podía recordar su nombre, y ni siquiera estaba segura de haber conocido alguna vez su rostro con claridad.

Y, sin embargo, supo inmediatamente quién era.

El hombre que había amado.

No tuvo que analizarlo, tampoco necesitó reconstruirlo. Simplemente lo supo, porque la emoción llegó antes que la explicación.

Era amor. Un amor diferente, del pasado. Ni menor ni mayor al que sentía por Droven. Simplemente diferente.

Lyra observó aquella versión de sí misma junto a él. Era la mujer que había sido. La mujer que todavía, de algún modo, seguía siendo.

Intentó escuchar su nombre o tratar de recordar cuál era. Nada.

Lo intentó otra vez. Nada. Solo permanecía la sensación de que era ella. Y entonces apareció el niño. Y esta vez la memoria fue más clara.

Lyra lo sostenía entre sus brazos. Sintió su peso, el pequeño cuerpo contra el suyo.

El calor, el olor, una respiración leve la cabeza apoyada contra ella. La sensación del peso dentro de su vientre.

Lyra sintió nuevamente aquella necesidad maternal de protegerlo. Y entonces comprendió. No fue una deducción, sino un reconocimiento. Era su hijo.

La imagen se volvió más intensa, y la sensación la ubicó en un hospital atravesado por luces blancas. Personas moviéndose rápidamente, una alarma.

El rostro del hombre, del niño.

Otra luz, una nueva puerta por la que Lyra intentó avanzar. Pero la memoria se cortó.

Abrió los ojos. La habitación estaba oscura y Droven seguía durmiendo. Lyra volvió a cerrar los ojos. Regresó a ese hospital desconocido. Intentó atravesar aquella última parte, pero no pudo.

Repitió mentalmente la operación un par de veces. Hasta que apareció algo diferente.

Y se dió cuenta que no era el hospital. Era una sala, en la que habían instrumentos. Y una persona frente a ella de la que no pudo distinguir ningún rostro.

Escuchó una voz masculina ininteligible. Después su propia voz. La conversación estaba fragmentada. Y algunas palabras eran incomprensibles.

Pero una frase consiguió atravesar el ruido: «...si lo hago, ya no habrá vuelta atrás...». Silencio. Después algo que no pudo entender. Y finalmente: «Todavía puedo elegir.»

Lyra abrió los ojos, y esta vez no había confusión. Tuvo una certeza. Una certeza terrible precisamente porque era sencilla.

Ella había elegido, no había sido convertida contra su voluntad. No había sido simplemente reconstruida después de un accidente. Tampoco había sido una víctima de alguna operación realizada por desconocidos.

Había estado allí. Había comprendido lo que estaba haciendo. Y había decidido hacerlo.

Lyra permaneció inmóvil durante varios minutos. Luego miró sus manos. Las mismas manos que habían sostenido a un niño que era su hijo. Las mismas manos que habían amado a un hombre.

Las mismas manos que, miles de años después, seguían perteneciendo a una criatura que ya no necesitaba dormir.

Por primera vez desde que había llegado a Luggal, no tuvo miedo de descubrir algo sobre su pasado. Tuvo miedo de descubrir por qué lo había elegido.

A la mañana siguiente regresaron al Templo de Hebat. Agripina los recibió con la misma expresión tranquila.

—“Han regresado.”—

—“Sí”—dijo Lyra.

—“Eso significa que algo apareció.”—

—“Algo importante.”—

Agripina señaló una silla. Lyra se sentó mientras Droven permaneció de pie.

—“Los tiempos del cerebro son lentos.”—explicó Agripina —“Incluso cuando el cerebro ya no es completamente biológico, algunos procesos asociados a la memoria conservan ritmos que no responden a nuestra impaciencia.”—

Droven levantó una ceja.

—“Qué alivio. Por un momento pensé que solo los humanos éramos así.”—

Lyra lo miró y Agripina sonrió.

—“Los recuerdos pueden hacerse más nítidos con el tiempo. Algunos aparecen después de días. Otros después de semanas.”—

—“¿Podemos continuar con otro procedimiento?”— preguntó Lyra.

Agripina la observó.

—“Podemos. Si así lo quieres.”—

Lyra bajó la mirada.

—“No.”—

Droven la miró.

—“¿No?”—

—“Todavía no.”

Agripina asintió.

—“Es una decisión sabia.”—

Lyra levantó la vista.

—“¿Crees que todos los recuerdos volverán?”—

—“Algunos. Probablemente los más importantes.”—

—“¿Y el resto?”—

Agripina negó lentamente.

—“Eso nadie puede asegurarlo.”—

—“Entonces esperaré.”—

—“Hazlo.”—

Agripina guardó silencio un momento.

—“La memoria puede regresar por etapas. Algunas necesitan tiempo para reorganizarse. Si intentas arrancarlas antes de tiempo, podrías obtener fragmentos sin contexto.”—

Lyra asintió, no necesitaba más. Se despidieron de Agripina.

Cuando atravesaron la puerta del templo, Droven esperó unos metros antes de hablar.

—“Bueno.”— dijo.

Lyra continuó caminando.

—“¿Bueno qué?”—

—“Supongo que ahora viene la parte en la que me dices que descubriste que eras una princesa perdida.”—

Lyra lo miró.

—“No.”—

—“¿Una asesina?”—

—“Tampoco.”—

—“¿Acaso eres una heredera?”—

—“No.”— Lyra no pudo evitar reír.

Droven suspiró.

—“Estoy empezando a sospechar que tu pasado carece de consideración por mis necesidades.”—

Lyra sonrió mientras se abrazaba a él. Después dejó de sonreír.

—“Había un hombre.”—

Droven guardó silencio.

—“Fue mi esposo cuando era humana.”—

Él no respondió. Lyra continuó caminando.

—“Lo amaba.”—

Droven asintió lentamente.

—“Eso puedo entenderlo.”—

—“Y tuve un hijo.”—

Droven se detuvo. Lyra siguió unos pasos antes de detenerse también.

—“¿Un hijo?”—

Ella asintió.

—“Lo recuerdo.”—

—“¿Qué recuerdas?”

—“Lo sostenía. Recuerdo su peso. Su olor. Recuerdo que quería protegerlo. Recuerdo esta embarazada de él.”—

Droven no hizo ninguna broma.

—“¿Sabes si está vivo?”—

Lyra negó con la cabeza.

—“No lo sé. Pero fue hace más de dos mil años.”—

—“¿Y el hombre? ¿Tu esposo?”—

—“No sé nada de él. Ni su nombre.”—

Droven permaneció callado. Lyra miró hacia las calles de Luggal.

—“También recuerdo un hospital.”—

—“¿Y?”—

Lyra tardó unos segundos en responder.

—“Después hay otra escena.”—

Le contó lo que había visto. La sala, los instrumentos, la persona frente a ella. La conversación y la frase incompleta.

Finalmente le contó las palabras que sí había podido recordar.

—“Si lo hago, ya no habrá vuelta atrás.”—

Droven frunció el ceño.

—“¿Y después?”—

—“Algo que no comprendo.”—

—“¿Qué?”—

Lyra lo miró.

—“Todavía puedo elegir.”—

Droven permaneció inmóvil. Lyra bajó la mirada hacia sus manos.

—“Eso es lo que no entiendo.”—

—“¿Qué?”—

—“Yo elegí convertirme en un robot.”—

Droven tardó unos segundos en responder.

—“¿Estás segura? ¿No fue una interpretación?”—

—“No.”—

—“¿Lo recuerdas?”—

—“Lo suficiente.”—

Lyra levantó lentamente las manos frente a sus ojos. No sentía orgullo ni rechazo. Solo desconcierto.

—“No sé por qué lo hice.”—

Droven la observó. Por una vez, no encontró una respuesta ingeniosa. Pero le dijo:

—“Debes haber tenido una razón poderosa para tomar esa decisión.”—

Lyra pensaba lo mismo. Continuaron caminando.

La ciudad quedaba atrás poco a poco. Las torres antiguas de Luggal desaparecían entre los edificios más bajos y los caminos que conducían hacia las afueras.

Durante un largo rato ninguno habló. Finalmente, Droven preguntó:

—“¿Quieres seguir buscando?”—

Lyra no respondió inmediatamente. Miró el camino, luego sus manos y después a Droven.

—“Sí.”—

—“¿Estas segura?”—

Lyra pensó unos segundos.

—“Si. Quiero saber por qué elegí convertirme en un robot.”—

Droven esperó que terminara.

—“Y quiero saber qué clase de mujer fui para tomar una decisión así.”—

Siguieron caminando.

Detrás de ellos quedaba el Templo de Hebat, con sus recuerdos guardados en máquinas silenciosas.

Delante, estaba el camino.

Y entre ambos, una pregunta que había esperado más de dos mil años. Y que ahora por fin, tenía permiso para ser formulada.

A veces descubrir quién fuimos es mucho más incómodo que descubrir quiénes somos.

FIN

 

 

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