El Viaje a Hebat ( Saga SciFi de Droven
& Lyra )
por Rodriac Copen
Capítulo 1. El templo de Nareth Vox
Nareth Vox había
recuperado la tranquilidad.
Eso, en una ciudad que acababa de sobrevivir a una guerra entre
hombres y máquinas dedicadas a purificar las emociones, era una afirmación que
exigía cierto respeto.
La gente volvía a caminar por las calles. Los comerciantes
habían levantado nuevamente sus puestos. Los mendigos retomaban sus lugares
habituales, demostrando que incluso la pobreza poseía una admirable capacidad
de organización. Los soldados apostados vigilaban las esquinas con esa
expresión grave que adoptan los servidores públicos cuando desean ser vistos
con respeto por los demás.
La llamada Guerra de las Marionetas había terminado. Y
ese sería el título que le quedaría a ese turbulento episodio en los libros de
historia.
Los Custodios de las Emociones Purificadas habían sido
contenidos, aunque nadie parecía tener demasiado claro qué significaba
exactamente aquello. En Zyrbassa, contener un problema solía consistir
en lograr que dejara de destruir cosas delante de testigos.
Droven Kal y Lyra
Prime llevaban ya varios días en la posada de Alab-Han.
Alab-Han era un
hombre corpulento, de barba entrecana y una paciencia admirable, probablemente
adquirida a fuerza de tratar con viajeros. Su esposa, Nalina, poseía la
clase de mirada que podía hacer que un ladrón confesara un delito que todavía
no había cometido. Valkalé, la hija de ambos, observaba a Droven
con una mezcla de curiosidad y admiración.
No era para menos. El viajero le había salvado la vida.
Droven, por su
parte, consideraba que aquella familia era peligrosamente normal.
Y la normalidad, para un lobo de vida salvaje, siempre había
sido una de sus mayores fuentes de desconfianza.
Aquella mañana, Lyra y él caminaban por una de las
avenidas antiguas de Nareth Vox cuando Lyra se detuvo.
—“Mira ese templo.”—
Droven siguió
la dirección de su mirada.
Frente a ellos se alzaba un edificio bajo, construido con piedra
oscura, gastada por siglos de viento y peregrinos. No tenía torres, cúpulas
doradas ni esculturas gigantescas de divinidades amenazando con castigar a
quienes no depositaran una moneda.
Era, en términos religiosos, casi decepcionante.
—“¿Qué tiene de especial?” — preguntó Droven.
—“No lo sé. Solo la gente. Mira la cantidad.”—
—“Una excelente razón para entrar.”—
Lyra lo miró.
—“Quiero saber su función.”—
Había gente entrando y saliendo constantemente. Peregrinos,
comerciantes, ancianos, soldados, mujeres con niños y sujetos cuya apariencia
sugería que habían llegado hasta allí después de tomar varias decisiones
equivocadas.
Lyra se
acercó a uno de ellos.
—“Disculpe. ¿Para qué sirve este templo?”—
El hombre, un peregrino de edad indefinida y sandalias
excesivamente gastadas, la observó de arriba abajo.
Con Lyra aquello era bastante habitual.
—“Es el Templo de la Orientación, hermosa dama.”—
—“¿Orientación?”—
—“Así es.”—
—“¿Qué clase de orientación?”—
El hombre sonrió con una bondad casi religiosa.
—“La orientación que uno necesita cuando no sabe qué hacer.”—
Droven soltó
una pequeña risa.
—“Entonces deberían cobrar bastante.”—
El peregrino lo miró sin comprender si aquello era una broma.
Lyra, en
cambio, sonrió.
—“¿Y cómo funciona?”—
—“Dentro están las Vestales. Ellas escuchan a los viajeros, a
los peregrinos y a cualquiera que tenga una duda. Después les indican dónde
deben buscar la respuesta.”—
—“¿Resuelven los problemas?”—
—“No, bella dama.”—
—“¿Entonces qué hacen?”—
—“Orientan. Dicen lo que debes hacer para resolver tus dudas.”—
Droven frunció
el ceño.
—“Eso parece una manera elegante de no resolver nada.”—
—“Quizá.”—respondió
el peregrino sabiamente—“Pero como puedes ver, funciona.”—
Y siguió caminando.
Lyra permaneció
unos segundos mirando la entrada y al gentío.
—“Quiero entrar.”—
Droven levantó
una ceja.
—“Por supuesto.”—
—“¿No vas a preguntarme por qué?”—
—“Ya aprendí que cuando tienes esa expresión, preguntar consigue
que mi vida se vuelva más complicada. Además… estamos de vacaciones. ¿Qué más
dá?”—
—“Es una buena observación.”—
—“Tengo varias más para darte. Y casi ninguna me ha servido para
ganar dinero.”—
Entraron.
El interior del templo resultó ser muy distinto de lo que ambos
esperaban.
No había música, antorchas ni humo de incienso. No había
sacerdotes declamando fórmulas incomprensibles ante imágenes cubiertas de oro.
El lugar era antiguo y silencioso.
Las paredes de piedra desnuda estaban recorridas por
inscripciones gastadas. Algunas habían sido reparadas varias veces; otras
parecían haber sobrevivido por simple terquedad. Había bancos de madera,
pequeñas lámparas y una serie de compartimentos separados por cortinas.
Todo parecía dispuesto para una única finalidad: escuchar.
Droven observó
el lugar.
—“Me gusta.”—
Lyra lo miró
sorprendida.
—“¿El templo?”—
—“No. La tranquilidad, y que nadie esté intentando venderme una
reliquia.”—
Se incorporaron a una fila.
Delante de ellos había una mujer que lloraba discretamente, un
mercader que parecía haber perdido algo mucho más importante que dinero y un
anciano que llevaba veinte minutos mirando el suelo como si esperara que este
le proporcionara una respuesta.
Droven
contempló a los presentes.
—“Es curioso.”—
—“¿Qué?”—
—“Todos vienen aquí buscando respuestas. Y ninguno parece
dispuesto a resignarse al destino que ya tiene.”—
Lyra lo
observó durante unos segundos.
—“Eso también podría aplicarse a ti. Es parte de la naturaleza
humana.”—
Droven sonrió.
—“Pero yo no busco cambiar mi destino.”—
—“Cualquier acto implica tratar de cambiar el destino.”—
—“No. En mi caso busco oportunidades.”—
—“Es una forma más cómoda de llamar a tus problemas.”—
—“Y bastante más rentable.”—
La fila avanzó. Lyra permaneció callada.
Desde la Guerra de las Marionetas llevaba dentro una
inquietud que ni siquiera ella había conseguido clasificar adecuadamente.
Eso era lo que más la molestaba.
Lyra Prime podía
analizar probabilidades, conductas, microexpresiones y patrones emocionales.
Podía calcular rutas de escape en segundos. Podía determinar cuándo un hombre
estaba mintiendo antes de que terminara la primera frase.
Pero había algo que no conseguía analizar, y era algo
relacionado con ella misma.
Y, por extensión, con Droven.
Había preguntas que ningún algoritmo parecía dispuesto a
contestar.
¿Era realmente libre?
¿Sus decisiones eran propias?
¿Había elegido a Droven?
¿O había sido diseñada para elegirlo?
Durante la Guerra de las Marionetas, aquellas preguntas
habían dejado de ser una curiosidad filosófica para convertirse en una
incomodidad.
Y Lyra Prime odiaba las incomodidades sin solución.
Finalmente llegaron ante una mujer que tendría unos cincuenta
años.
Vestía una túnica sencilla, sin adornos. Tenía el cabello gris
recogido detrás de la cabeza y unos ojos oscuros, serenos, extraordinariamente atentos.
—“Mi nombre es Henti.”— dijo ella —“Pasen.”—
Droven y Lyra
ingresaron a un pequeño cuarto. Henti les señaló un par de sillones en
donde sentarse. Se acomodaron.
La sacerdotisa vestal hizo lo mismo en una silla, frente a sus
invitados.
Durante unos segundos nadie habló. Henti los estudió,
primero a Lyra. Después a Droven. Y luego volvió a mirar a Lyra.
—“Tú tienes una pregunta.”—
Lyra no
respondió.
—“Parece que en realidad, son varias.”— se corrigió Henti.
Droven sonrió.
—“Eso es bastante impresionante.”—
Henti lo
miró.
—“Tú tienes muchas más.”—
Droven perdió
la sonrisa.
—“¿También es parte del servicio?”—
Henti inclinó
ligeramente la cabeza.
—“No. Es parte de observar.”—
Droven recordó
entonces algo.
Habían ido a hablar con
los oráculos de Ebon-Rath. Los oráculos eran personas capaces de
interpretar pensamientos, probabilidades y signos mediante técnicas que
mezclaban conocimiento antiguo con disciplinas que nadie comprendía del todo.
—“¿Eres una especie de oráculo?”—
Henti pareció
divertida.
—“No trabajamos como los oráculos de Ebon-Rath.”—
Droven entrecerró
los ojos.
—“Yo no dije Ebon-Rath.”—
—“Lo pensaste.”—
—“Eso empieza a resultarme incómodo.”—
—“La verdad suele tener esa propiedad.”—
Lyra
intervino.
—“Si no son oráculos ¿Entonces qué hacen aquí?”—
Henti juntó
las manos sobre la mesa.
—“No resolvemos las cuestiones.”—
Droven
suspiró.
—“Otra vez eso.”—
—“Indicamos dónde se deben buscar las respuestas.”—
—“¿Y si no existe tal respuesta?”—
—“Entonces indicamos dónde encontrar una pregunta mejor.”—
Droven la
contempló en silencio. Aquello empezaba a sonar sensato.
Henti continuó:
—“Las Vestales estudiamos la tradición, la filosofía, la
conducta humana y ciertas técnicas antiguas de percepción. Algunas proceden de
escuelas que ya no existen. Otras fueron desarrolladas aquí.”—
Lyra inclinó
ligeramente la cabeza.
—“¿Qué clase de técnicas?”—
—“Depende de la persona.”—
—“¿Y qué necesitas de nosotros?”—
Henti sonrió.
—“Nada. Solo debes decirnos que es lo que buscas.”—
—“¿Nada más?”—
—“Y una pequeña donación, si desean hacerla.”—
Droven volvió
a sonreír.
—“Ah. Ahora reconozco la religión.”—
Lyra le
lanzó una mirada. Henti, en cambio, soltó una breve carcajada.
—“No somos una religión. Somos un servicio.”—
—“Eso dicen todos los que cobran por escuchar problemas.”—
—“Nosotros no cobramos por escuchar.”—
—“¿Entonces?”—
—“Cobramos por decirles a ustedes en donde encontrar la solución
a sus problemas.”—
Droven se quedó
callado. Entonces Lyra miró a Henti.
Y por primera vez desde que habían entrado en el templo, pareció
realmente interesada.
—“Quiero preguntarte algo.”—
Henti
asintió.
—“Lo sé.”—
Lyra dudó. Y
algo extraño ocurrió entonces. No fue una visión, o una revelación.
Ni siquiera fue una sensación. Fue simplemente la impresión de
que, por primera vez en mucho tiempo, alguien no estaba intentando decirle qué
debía sentir.
Henti aguardó
paciente, sin prisas. Como si el tiempo, para ella, fuera una moneda demasiado
barata para preocuparse por gastarla.
Lyra
respiró, aunque no necesitaba hacerlo.
—“Quiero saber hacia dónde debo ir.”—
Henti la
observó por un momento, luego miró a Droven. Y sonrió.
—“Eso sí podemos orientarlo.”—
En algún lugar del templo, una campana sonó. Como si hasta el
propio edificio hubiese decidido que ya había hablado bastante.
Y, en Nareth Vox, eso era casi una señal de sabiduría.
El Viaje a Hebat ( Saga SciFi de Droven
& Lyra )
por Rodriac Copen
Capítulo 2. Una consulta inesperada
Henti tardó
unos segundos en hablar.
No porque estuviera pensando qué responder, sino porque parecía
estar esperando que Lyra terminara de pensar lo que todavía no se había
atrevido a decir.
La mayoría de las personas escuchaba para poder contestar. Henti
parecía escuchar para descubrir qué parte de la respuesta todavía no había
sido formulada.
Droven,
sentado a un lado, decidió que aquello era una actividad profundamente
peligrosa.
—“Creo que necesita orientación. Romper algunas barreras.”— dijo Henti.
Droven miró a Lyra.
—“Eso parece evidente.”—
—“Para ello necesita silencio y concentración.”—
Henti miró a Droven.
—“Haz silencio. Déjala concentrarse.”—
Droven sonrió.
—“Entonces me retiro.”—
—“No es necesario.”—
—“Entonces me quedaré en silencio.”—
—“Eso sería una experiencia fructífera.”—
Lyra casi
sonrió. Henti volvió a mirarla.
—“Ahora dime ¿Qué quieres saber?”—
Lyra permaneció
unos instantes en silencio. La pregunta parecía sencilla.
Pero las preguntas sencillas suelen ser las más desagradables.
—“No sé exactamente cómo explicarlo.”—
—“Empieza por aquello que sabes.”—
Lyra bajó la
mirada.
—“Sé que alguna vez fui humana.”—
Droven no
reaccionó. No hizo comentarios, ni siquiera la miró.
Conocía a Lyra lo suficiente para comprender que aquella
frase no había sido pronunciada con facilidad. Henti tampoco mostró
sorpresa.
—“¿Lo recuerdas?”—
—“No.”—
—“Entonces, ¿cómo lo sabes?”—
Lyra levantó
los ojos.
—“Porque me lo dijeron.”—
Henti asintió.
—“Eso es diferente. ¿Quién te lo dijo?”—
Lyra vaciló.
—“Lyra Alpha.”—
Henti permaneció
inmóvil.
—“La conocí en Laphore.”— continuó Lyra —“Era la versión robótica original de la humana
que fui.”—
Droven seguía
callado. Aquello era una de las pocas ocasiones en que su silencio no obedecía
a una falta de ideas.
—“También sé que viví como humana en la Tierra.”— dijo Lyra.
Henti inclinó
ligeramente la cabeza.
—“El planeta mítico. Durante siglos fue considerado un mito.”—
—“Pero ahora sé que existe.”— afirmó Lyra.
—“Muy bien. Los mitos mueren cuando aparece evidencia que los
hace realidad.”—
Droven
intervino.
—“También ocurre lo contrario. Algunos hechos terminan
convertidos en mitos cuando desaparece la evidencia.”—
Henti lo
miró.
—“Es lo más inteligente que has dicho.”—
—“No se lo diga a nadie.”—
Henti sonrió. Lyra
continuó:
—“Lyra Alpha me explicó algo cuando estuvimos en su nave de la
Tierra, en Laphore. Los humanos podían transferir su mente y sus pensamientos a
un cuerpo artificial poco antes de morir.”—
—“Una práctica conocida.”— dijo Henti.
—“Entonces... quiero saber qué soy yo.”—
Henti no
respondió. Lyra continuó hablando.
—“¿Soy una continuación de aquella mujer? ¿Soy ella? ¿O soy otra
persona que heredó sus recuerdos, sus pensamientos y algunas de sus
características?”—
La voz de Lyra era serena. Y Droven conocía esa
serenidad. Era la que utilizaba cuando algo le dolía.
Los humanos lloraban, pero Lyra se volvía impecablemente
educada… y serena.
—“Hay otra cosa.”—
dijo ella.
Henti aguardó.
—“Amo a Droven.”—
El ladrón levantó ligeramente las cejas, aunque aquello no era
exactamente una novedad para él.
Pero escuchar esas palabras en la solemnidad del templo, y
delante de una mujer que parecía capaz de leer pensamientos, le produjo una
incomodidad a la que no estaba acostumbrado.
Lyra
prosiguió:
—“Y eso es lo que menos comprendo.”—
Henti la
observó.
—“¿Por qué?”—
—“Porque soy un androide.”—
La respuesta quedó suspendida en el aire.
—“Tengo sentimientos.”— continuó Lyra —“Tengo miedo. Tengo deseos. Siento celos.
Puedo sentir tristeza. Puedo amar.”—
Droven hizo
una pequeña mueca.
—“Lo de los celos podrías haberlo omitido.”—
Lyra lo miró.
—“Es una característica que posees en abundancia.”—
—“No estaba hablando de mí.”—
—“Yo tampoco.”—
Henti dejó
escapar una leve sonrisa. Lyra volvió a concentrarse.
—“Quiero saber si siento todo esto porque alguna vez fui humana.
O si solo es una programación.”—
Henti no
respondió.
—“Si mis emociones son los restos de aquella mujer. Si mi amor
por Droven pertenece realmente a la mujer que fui y yo simplemente lo heredé. O
si existe algo dentro de mí que es mío y real.”—
Henti apoyó
las manos sobre la mesa.
—“¿Y tú qué crees?”—
Lyra guardó
silencio.
Aquello parecía molestarle.
—“No lo sé.”—
—“¿Y a qué le temes?”—
Lyra miró a Droven.
Por primera vez desde que habían entrado, sus ojos perdieron
aquella serenidad impecable.
—“Que no sea real.”—
Droven se
movió ligeramente en su asiento. Henti no apartó la mirada de Lyra.
—“¿Qué significa para ti ser real?”—
Lyra tardó en
contestar.
—“Elegir.”—
—“¿Y puedes elegir?”—
—“Eso creo.”—
—“¿Por qué lo crees?”—
—“Porque Lyra Alpha me ofreció eliminar los rastros de humanidad
que quedaban en mí.”—
Droven la
miró, porque aquello sí era nuevo para él.
—“¿Y tú rechazaste esa posibilidad?”—
—“Sí.”—
—“¿Por qué?”—
Lyra lo miró
directamente.
—“Porque pensé que si eliminaba aquello que me hacía humana, podía
perder el amor que siento por ti.”—
Droven no dijo
nada. Era probablemente la respuesta más sensata que había recibido en su vida.
Lyra se volvió hacia Henti.
—”¿Estaba equivocada?”—
Henti respiró
lentamente.
—“No lo sé.”—
Droven parpadeó.
—“¿No lo sabes?”—
—“No.”—
—“Es una respuesta bastante decepcionante para una
sacerdotisa.”—
—“No soy una máquina expendedora de certezas.”—
Droven
asintió.
—“Empiezo a respetar este templo.”—
Henti continuó
mirando a Lyra.
—“Has construido una teoría sobre ti misma.”—
—“Así parece.”—
—“Y has utilizado esa teoría para explicar todo lo que eres.”—
Lyra permaneció
callada.
—“Pero hay un problema.”— dijo Henti.
—“¿Cuál?”—
—“No conoces realmente a la mujer que fuiste.”—
Lyra frunció
ligeramente el ceño.
—“Sé que existió.”—
—“Eso no significa que sepas quién era.”—
Henti hizo una
pausa.
—“Sabes lo que otros te han contado. Sabes lo que recuerdas.
Sabes lo que crees recordar. Y quizá algunas de esas cosas sean ciertas.”—
—“¿Y las demás?”—
—“Pueden ser interpretaciones.”—
Lyra permaneció
inmóvil mientras Henti continuaba:
—“También puede ocurrir...”—
—“¿Qué?”—
—“Que sean ciertas.”—
Droven inclinó
la cabeza.
—“Eso no parece ni mejor ni peor.”—
—“Depende de lo que descubras.”—
Aquello consiguió que Droven dejara de sonreír. Henti
volvió a Lyra.
—“Quieres saber por qué eres diferente de otros androides. Por
qué tu existencia está llena de contradicciones. Por qué tienes emociones que
ellos no parecen poseer. Por qué buscas libertad. Por qué amas. Por qué
sufres.”—
Lyra asintió.
—“Sí.”—
—“Entonces quizá estás haciendo la pregunta desde un enfoque
equivocado.”—
—“¿Cuál enfoque debería emplear?”—
Henti la
observó durante largo rato.
—“No preguntes primero por qué eres así.”—
Lyra esperó.
—“Más bien pregunta quién eras antes.”—
El silencio que siguió fue extraño; no incómodo, más bien
profundo.
Como si aquella pequeña habitación acabara de hacerse demasiado
grande para los siglos de respuestas que Lyra llevaba buscando.
—“¿Quieres decir que debo recuperar mi pasado?”— preguntó finalmente.
—“Quiero decir que quizá necesitas conocerlo antes de decidir
qué parte de él te pertenece.”—
Lyra bajó
lentamente la mirada.
—“¿Y si no encuentro nada?”—
—“Entonces habrás descubierto algo importante.”—
—“¿Qué?”—
Henti sonrió.
—“Que al igual que las personas, tu personalidad se forma a
medida que vives, a medida que envejeces.”—
Lyra se puso
de pie, satisfecha. Le dijo a Droven:
—“Todavía no hemos hecho la donación.”—
—“La haré de inmediato.”— Se alejó para depositar las monedas en
una urna.
Henti los
observó mientras se alejaban. Antes de cruzar la puerta, Lyra se detuvo.
—“Henti.”—
La sacerdotisa levantó la mirada.
—“¿Sí?”—
—“¿Dónde puedo encontrar mi pasado?”—
Henti la
observó durante unos instantes.
—“Hay un lugar al que podrías ir.”—
Lyra levantó
la mirada.
—“¿Dónde?”—
—“Luggal.”—
Droven, que ya
había depositado las monedas, se detuvo al lado de Lyra y repitió.
—“¿Luggal?”—
—“Es una ciudad al sur de Nareth Vox.”— dijo la sacerdotisa.
—“Sé dónde está.”— dijo
Droven
Henti sonrió levemente.
—“Luggal fue una ciudad importante hace mucho tiempo. Hoy
conserva poco de aquella grandeza. Como casi todo en Zyrbassa que alguna vez
tuvo dinero.”—
—“¿Y qué hay allí?”— preguntó Lyra.
—“El Templo de Hebat.”—
El nombre pareció producir un pequeño cambio en la expresión de Henti.
No era temor ni reverencia.
Era algo más difícil de definir, como cautela.
—“Hebat es una de las antiguas casas de memoria.”— explicó —“Su tradición es anterior a
muchas de las instituciones que todavía sobreviven en Zyrbassa.”—
—“¿Casas de memoria?”— preguntó Droven.
—“Lugares dedicados al estudio de los recuerdos.”—
Henti volvió
a dirigirse a Lyra.
—“El Templo de Hebat es especialmente conocido por ayudar a
recuperar recuerdos que han sido borrados, bloqueados o simplemente permanecen
dormidos.”—
Lyra quedó
inmóvil.
—“¿Recuerdos borrados?”—
—“Sí.”—
—“¿Incluso cuando han sido eliminados deliberadamente?”—
—“Algunos.”—
—“¿Y los bloqueados?”—
—“También.”—
—“¿Cómo?”—
Henti hizo un
pequeño gesto con una mano.
—“Las sacerdotisas de allí usan técnicas diferentes para
recuperar sueños humanos o androides.”—
Lyra parecía
concentrada en sus propios pensamientos.
—“¿Y si los recuerdos no fueron borrados ni bloqueados?”—
Henti la
miró.
—“Entonces quizá estén dormidos.”—
—“¿Dormidos?”—
—“Hay recuerdos que permanecen fuera del alcance de la
conciencia. Pero no desaparecen. Simplemente dejan de responder cuando se los
llama.”—
Lyra bajó
lentamente la mirada.
—“¿Y pueden despertar?”—
—“A veces.”—
—“¿Siempre?”—
—“No. No siempre.”—
—“¿Podrían recuperar los recuerdos de una persona que fue
convertida en otra cosa?”— preguntó
Lyra.
Henti no
respondió enseguida.
—“Esa es una pregunta que deberás hacerles a ellos.”—
—“¿Crees que podrán ayudarme?”—
—“Creo que podrán descubrir si existe algo que recuperar.”— dijo Henti.
Lyra levantó
los ojos.
—“No es lo mismo.”—
—“Es el máximo nivel de certeza que puedo darte.”— aseguró la sacerdotisa.
Afuera se escuchaba el murmullo de la calle. Carros, vendedores,
peregrinos, alguna discusión comercial.
Lyra
permanecía pensativa.
—“¿Has estado allí?”— le preguntó Droven a la
sacerdotisa.
—“Sí. El Templo de Hebat no es un lugar peligroso, Droven Kal.
Pero puede resultar incómodo para algunas personas.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque allí algunos descubren cosas que algunos preferirían
seguir ocultando. Y otros descubren que sus recuerdos no eran exactamente
recuerdos.”—
Lyra no
apartó la mirada.
—“¿Y qué eran?”—
—“Historias. A veces la mente teje historias que necesita
creer.”—
El silencio quedo por un momento suspendido entre ellos.
Lyra
comprendió entonces que aquella era la verdadera razón por la que Henti les
había hablado de Hebat.
No se trataba simplemente de recuperar información perdida.
Se trataba de descubrir cuánto de la propia identidad estaba
construido sobre aquello que uno recordaba.
Y cuánto sobre aquello que necesitaba recordar para seguir
siendo quien creía ser.
—“¿Cómo llegamos a Luggal?”—preguntó Droven.
Henti señaló
hacia el sur.
—“Por el camino antiguo.”—
Droven
suspiró.
—“Por supuesto.”—
—“¿Algún problema?”—
—“No. Solo esperaba que un templo dedicado a los recuerdos
tuviera también un servicio de transporte.”—
Henti lo
observó con absoluta serenidad.
—“Quizá lo tenga.”—
Droven la miró
esperanzado.
—“¿En serio?”—
—“No.”—
Lyra sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, pero auténtica. Y eso, en ella, empezaba a convertirse
en una forma de riqueza.
Henti se
levantó de buen humor.
—“Id a Luggal.”—
Droven abrió
nuevamente la puerta, y esta vez no hizo ningún comentario. Tal vez porque
había comprendido algo. O porque, por una vez, no tenía nada gracioso que
decir.
En Zyrbassa, eso también podía considerarse una señal.
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& Lyra )
por Rodriac Copen
Capítulo
3. El Templo de Hebat
Zyrbassa tenía una curiosa manera de demostrar que
una civilización estaba en decadencia.
No
derrumbaba todo. Eso habría sido demasiado sencillo.
Prefería
conservar las grandes avenidas, los antiguos monumentos, las máquinas capaces
de hacer cosas extraordinarias y una tecnología que, en algunos aspectos,
habría hecho enrojecer de vergüenza a los ingenieros de épocas anteriores.
Después
dejaba que los caminos se llenaran de polvo, los edificios se agrietaran y los
motores envejecieran destartalados.
Y cuando
todo parecía perdido, alguien instalaba un puesto de frutas debajo de una
estatua monumental. Era una forma bastante elegante de administrar la ruina.
El viaje
desde Nareth Vox hasta Luggal les llevó varios días.
El
camino descendía hacia el sur entre montañas de piedra rojiza y extensas
llanuras donde el viento levantaba pequeñas nubes de polvo que avanzaban junto
a ellos como animales sin dueño.
De tanto
en tanto aparecían otros vehículos aerodeslizables.
Algunos
eran modelos antiguos, reparados tantas veces que probablemente sus piezas
originales constituían ya una minoría. Otros eran máquinas modernas,
silenciosas y rápidas, utilizadas por comerciantes, viajeros y funcionarios que
todavía conservaban suficiente importancia como para no viajar por tierra.
La
diferencia entre aerodeslizadores viejos y nuevos, era que los nuevos podían
subir a una altura considerable, independizándose completamente de las
irregularidades del terreno y podían viajar en línea recta, sin seguir ningún
camino..
Lamentablemente
Droven y Lyra viajaban en un modelo viejo, que solo podía flotar
a una altura de tres a cinco metros del suelo. Y debía subir, bajar y
deslizarse a derecha o izquierda siguiendo las mismas irregularidades que
presentaba el camino de tierra.
De todos
modos, Droven prefería viajar por los caminos.
No
porque fueran más seguros. Todo lo contrario.
Simplemente
porque en los caminos, montados en un deslizador, uno podía ver venir al
enemigo, de tal modo que podía prepararse. Ya sea para defenderse y también
para robarle.
Atravesaron
pequeños pueblos levantados alrededor de antiguos núcleos industriales.
En las
plazas había mercados al aire libre, puestos de cerámica, tejidos,
herramientas, objetos de madera, alimentos y toda clase de artefactos cuya
utilidad era difícil de determinar pero que, para sus propietarios, constituían
sin duda una excelente oportunidad comercial.
Los
ancianos conversaban bajo toldos mientras que los niños corrían entre los
puestos.
Los
trabajadores regresaban de sus talleres con las manos cubiertas de grasa y las
mujeres discutían precios.
Todos
parecían bastante satisfechos con la vida a pesar de ser Zyrbassa un mundo
atrasado.
Pero
tenía una ventaja sobre algunas civilizaciones mucho más avanzadas: la gente
todavía tenía tiempo para conversar.
Droven contempló uno de aquellos pueblos mientras
avanzaban.
—“Curioso.”—
Lyra
lo miró.
—“¿Qué
observas?”—
—“Todo
funciona.”—
—“No
exactamente.”—
—“Ya
lo sé. No me refiero a las cosas. Quiero decir que la gente parece feliz.”—
Lyra observó a una familia que compartía una
comida junto a un pequeño puesto.
—“Quizá
no necesiten que todo funcione.”—
Droven
sonrió.
—“Bonito
pensamiento. Pero es una filosofía peligrosa.”—
—“¿Por
qué?”—
—“Porque
si la gente descubre que puede ser feliz sin tenerlo todo, los comerciantes
perderían una fortuna.”—
Lyra
sonrió
mientras se alejaban del pueblo.
Al
segundo día, cuando las montañas comenzaron a quedar atrás, Droven decidió
formular la pregunta que llevaba horas evitando.
—“¿Qué
esperas encontrar en Hebat?”—
Lyra
permaneció
mirando el paisaje.
—“No
lo sé.”—
—“Una
respuesta poco satisfactoria para una mente analítica como la tuya.”—
—“Es
la verdadera.”—
Ella
hizo una pausa antes de decir:
—“Quizá
busque recuerdos.”—
—“Eso
ya lo sé.”—
—“Entonces
no preguntes.”—
—“No
preguntaba qué buscas. Preguntaba qué esperas encontrar.”—
Lyra reflexionó callada. Droven esperó.
Finalmente ella dijo:
—“Quizá
algo que ni siquiera sé nombrar.”—
—“Eso
sí es prometedor.”—
—“¿Por
qué?”—
—“Porque
normalmente las personas encuentran aquello que buscan. Las cosas que no se
saben nombrar suelen tener la desagradable costumbre de encontrarlas ellas a
uno.”—
Lyra
volvió a
mirar hacia las montañas.
—“¿Tú
tienes miedo?”—
Droven
tardó un
instante.
—“¿De
qué?”—
—“De
lo que pueda descubrir.”—
—“No.”—
Lyra
lo miró.
—“Mientes.”—
—“No
tan así. Quizá un poco.”—
Ella
sonrió.
—“¿Y
de qué tienes miedo?”—
Droven mantuvo los ojos en el camino.
—“De
que encuentres algo que cambie las cosas. No me malinterpretes. Lo que te ha
pasado, de cierto modo es lo que ha hecho de ti la Lyra que conozco. Desde ese
punto de vista, no me inquieta lo que encuentres.”—
Lyra
no
respondió. Y durante un rato solo se escuchó el zumbido del vehículo y el
silbido del viento.
Lyra pensó en lo que Droven acababa de
decir. No era solamente miedo a perderla.
Ella lo
sabía. Sabía que Droven tenía otras dudas. No dudaba de lo que sentían.
Él dudaba de cuánto podía durar porque él era humano. Ella no.
Droven envejecía. Ella no. Él tenía delante una
cantidad limitada de años por delante. Ella tenía, en teoría, demasiados. Y por
lo que sabía, tenía alrededor de 2.100 años. Tal vez más. Droven contaba
con menos de cuarenta. Ningún humano vivía más de 200 años.
Había
ocasiones en que Lyra sospechaba que él la observaba como quien
contempla una hermosa casa sabiendo que nunca podrá vivir en ella.
Y había
algo todavía peor.
Droven creía que quizá ella estaba empezando a
evaluar la posibilidad de abandonarlo. Lyra sabía que no era así. O, al
menos, eso creía.
Pero
mientras el paisaje pasaba lentamente ante sus ojos, una pregunta incómoda
apareció en algún lugar de su conciencia.
¿Y si
una parte de ella sí quería hacerlo? No la parte artificial. No la inteligencia
que había aprendido a calcular probabilidades.
La parte
humana.
La que
quizá todavía existía en algún rincón de aquella mente imposible.
¿Y si
esa mujer que había sido comprendía mejor que ella misma que amar a un hombre
condenado a morir era aceptar una pérdida futura?
¿Y si
recuperar sus recuerdos despertaba precisamente aquello que intentaba evitar? Lyra
no dijo nada. No podía decírselo a Droven.
No
todavía, sobre todo porque él ya tenía suficientes dudas.
Y el
amor, como casi todas las enfermedades incurables, empeoraba cuando uno
intentaba explicarlo.
. . .
Luggal apareció al tercer día.
La
ciudad se extendía alrededor de una colina baja, con construcciones antiguas
mezcladas con edificios modernos y una sucesión de calles estrechas que
parecían diseñadas en épocas diferentes por personas que se detestaban entre
sí.
El Templo
de Hebat estaba en la parte antigua del casco urbano.
No fue
difícil encontrarlo. Le preguntaron a un comerciante.
—“¿El
Templo de Hebat?”—
preguntó el ciudadano.
—“Sí”—respondió Lyra.
—“¿Van
por negocios?”—
Droven
sonrió
al contestarle:
—“Por
memoria.”—
El
hombre asintió comprensivo por un par de segundos.
—“Entonces
van al sitio correcto.”—
Les
mostró el camino por el que debían seguir. Otro comerciante intervino desde un
puesto cercano:
—“Allí
viene gente importante.”—
—“Muy
importante”—
añadió una anciana.
—“Nobles
y ricos.”—dijo el
primero.
Droven miró a Lyra.
—“Ahora
sí me preocupa.”—
El
templo no parecía destinado a la nobleza. Era un edificio sobrio, construido
con piedra clara, columnas bajas y puertas enormes.
Sin
embargo, el interior revelaba inmediatamente que allí había dinero.
No en
formas de oro, sino en mantenimiento.
Las
paredes estaban limpias. Las lámparas funcionaban. El suelo no tenía polvo. Las
puertas cerraban correctamente. Para Zyrbassa, aquello rozaba lo
sobrenatural.
Entraron,
y una mujer salió a recibirlos.
Era
alta, de rostro severo y cabello castaño recogido con cuidado. Vestía la túnica
tradicional transparente de las Vestales de Hebat, aunque llevaba varios
instrumentos metálicos sujetos a un cinturón.
No
parecía una sacerdotisa. Su aspecto parecía más bien al de una profesional.
Y eso,
para Droven, era bastante inquietante.
—“Soy
Agripina.”—les
dijo—“¿Quién necesita recuperar recuerdos?”—
Lyra dio un paso adelante.
—“Yo.”—
Agripina
la
observó, primero el rostro. Después las manos, y finalmente los ojos.
—“¿Eres
humana?”—
—“No.”—
Agripina
asintió.
—“Entonces
el proceso será más sencillo.”—
Droven
frunció
el ceño.
—“¿Más
sencillo?”—
—“Claro.
Los robots han sido un invento humano. Y desde el principio se conoció el
diseño de los circuitos del cerebro. No ha pasado lo mismo con el cerebro
humano. Aún hay muchos circuitos neuronales cuya función se desconoce.”—
—“Entiendo.”—
Droven decidió que Agripina le agradaba.
—“¿Cómo
funciona el proceso?”—
preguntó Lyra.
Agripina
señaló
una sala contigua.
—“No
hacemos magia.”—
Droven pareció decepcionado.
—“Qué
pérdida.”—
—“Esto
es una disciplina. Y una ciencia exacta en lo que a robots se refiere.”—
Agripina
continuó:
—“Las
Vestales de Hebat llevamos generaciones estudiando los mecanismos de la memoria
humana y robótica. Hemos desarrollado procedimientos distintos para humanos y
para entidades artificiales.”—
—“¿Qué
procedimiento utilizarán conmigo?”—
—“Primero
evaluaremos tu estructura cognitiva. Las unidades de memoria de los circuitos
robóticos se guardan según esas estructuras.”—
Agripina
señaló
una pequeña consola.
—“En
los humanos utilizamos una preparación de citicolina para favorecer
determinados procesos relacionados con la memoria. No crea recuerdos ni los
reconstruye.”—
Lyra escuchaba atentamente.
—“¿Y
en los robots?”—
—“Según
los tipos de recuerdos que quieras recuperar, aplicamos pequeños pulsos
eléctricos cuidadosamente controlados en determinados circuitos cerebrales.”—
Droven levantó una mano.
—“¿Pequeños?”—
Agripina
lo miró.
—“Muy
pequeños. Del orden de los milivolts.”
—“¿Y
si son grandes?”—
—“Entonces
tendremos un cadáver. No hay espacio para el error.”—
Droven bajó la mano.
—“Excelente.
Me gustan los profesionales.”—
Agripina continuó como si no hubiera oído nada.
—“El
procedimiento busca estimular aquello que todavía permanece.”—
Lyra
preguntó:
—“¿Y
si el recuerdo fue eliminado?”—
—“Entonces
no podemos recuperarlo. Verás: al eliminar un recuerdo, la zona de memoria es
regrabada, y el recuerdo anterior queda inutilizado.”—
—“¿Y
si fue bloqueado?”—
—“Podemos
intentar acceder a él. Los recuerdos bloqueados permanecen en la memoria, pero
encriptados. Hackeamos el algoritmo de encriptación y recuperamos el
recuerdo.”—
—“¿Y
si simplemente está dormido?”—
—“El
cerebro robótico tiene una tabla de alojamiento de datos que funciona como un
indice. Los indices apuntan a los recuerdos grabados. Un recuerdo dormido es un
recuerdo que ha perdido el indice que permite leerlo. En esos casos, mapeamos
la memoria y comparamos los recuerdos con el indice. Simplemente debemos
agregar al indice los recuerdos que están grabados pero no están presentes en
ese indice.”—
Agripina hizo una pausa.
—“Pero
hay algo que debes comprender.”—
Lyra asintió.
—“No
podemos devolver lo que se ha perdido. La regla general es que solo podemos
ayudarles a encontrar aquello que todavía permanece.”—
La frase
quedó suspendida en la sala.
Droven observó a Lyra. Ella no apartó la
mirada de Agripina.
—“¿Y
existen otras reglas?”—
Agripina respondió inmediatamente.
—“Si.
La primera regla es sencilla: no podemos mostrarte previamente lo que vas a
recordar.”—
—“¿Por
qué?”—
—“El
proceso es ultrarrápido. La memoria de los robots se usa permanentemente. No podemos
hacer ninguna pausa. Leer el recuerdo y mostrártelo para que decidas lleva más
tiempo que la recuperación. Podemos recuperar, pero no mostrarte lo que
recuperarás.”—
—“¿Es
decir que no puedo decidir cuáles recuperar?”—
Agripina negó con la cabeza.
—“No.
Lo siento. Es una limitación del diseño robótico del cerebro.”—
Droven y Lyra asintieron en silencio. Agripina
continuó:
—“La
represión de recuerdos existe también como mecanismo de protección. En los
humanos, ciertos recuerdos pueden quedar bloqueados porque resultan demasiado
dolorosos, traumáticos o incompatibles con el funcionamiento normal de la
persona.”—
Miró a Lyra.
—“En
los sistemas artificiales puede suceder algo equivalente.”—
—“¿Quieres
decir que mi mente puede haber ocultado algo deliberadamente?”—
—“No
necesariamente de manera consciente.”—
—“¿Y
si lo que encuentro no es agradable?”—
Agripina la miró directamente.
—“Eso
forma parte del riesgo.”—
—“¿Puede
ser peligroso?”—
—“Sí.”—
Droven se puso muy serio. Agripina
continuó:
—“Puedes
recuperar algo que no querías recordar. Puedes descubrir que una persona que
creías amar fue distinta de lo que imaginabas. Puedes descubrir que tú misma
eras diferente.”—
Lyra
permaneció
inmóvil.
—“Y
también puedes no encontrar nada.”—
—“¿Y
eso qué significaría?”—
Agripina se encogió de hombros.
—“Que
no había nada disponible.”—
Droven intervino:
—“¿O
que no saben hacerlo?”—
Agripina lo miró.
—“Es
una posibilidad lejana.”—
Droven sonrió.
—“Definitivamente
me agradas.”—
Agripina ignoró el comentario.
—“No
prometemos recuerdos. No prometemos respuestas. No prometemos curación.”—
—“¿Entonces
qué prometen?”—
Agripina
señaló
la sala donde realizarían el procedimiento.
—“Una
oportunidad de traer lo que hay perdido en tu memoria. Si no hay nada perdido,
no traeremos nada.”—
Lyra
miró
hacia aquella puerta. Durante años había querido saber quién había sido.
Ahora
tenía delante la posibilidad real de averiguarlo.
Y, por
primera vez, comprendió que quizá el verdadero peligro no consistía en
descubrir un recuerdo perdido.
Podía
consistir en descubrir que todavía pertenecía a él.
El Viaje a Hebat ( Saga SciFi de Droven
& Lyra )
por Rodriac Copen
Capítulo 4. Las personas y sus secretos
El Templo
de Hebat tenía una característica que lo diferenciaba de la mayoría de los
templos de Zyrbassa.
Allí
nadie fingía ser mejor de lo que era, y eso era una rareza.
Los
sacerdotes solían recibir pecadores arrepentidos, inocentes convencidos de ser
pecadores y personas que habían cometido ambas cosas durante la misma semana.
En Hebat,
en cambio, la gente llegaba con secretos. Y los secretos, a diferencia de los
pecados, tenían la mala costumbre de ser útiles.
Lyra
y Droven
esperaban en una sala amplia, sentados entre otros visitantes.
No había
distinción de clases. O, mejor dicho, la había, pero todos procuraban
ocultarla. Era una cortesía inútil.
Bastaba
mirar las ropas, los acompañantes y la forma de sentarse para saber quién había
llegado allí en un vehículo de lujo y quién había viajado tres días sobre una
mula mecánica.
Entre
los presentes había nobles procedentes de regiones lejanas, comerciantes,
funcionarios, aventureros y personas cuya fortuna podía medirse por la cantidad
de problemas que tenían.
Algunos
buscaban recuerdos personales, otros, información.
Un
nombre, una contraseña, una combinación, una ruta. La ubicación de una
propiedad o un acontecimiento ocurrido muchos años atrás.
Incluso
había quienes habían acudido para recuperar algo que ellos mismos habían
decidido olvidar.
Hebat no era solamente un templo, era una
institución.
Y las
instituciones que saben recordar lo que otros han olvidado suelen adquirir una
importancia política considerable.
Droven observó a los presentes con interés.
—“Mira
eso.”—
Lyra
levantó
la vista.
—“¿Qué?”—
—“Ese
hombre de la esquina.”—
—“¿Qué
tiene de especial?”—
—“Tiene
cara de noble.”—
—“¿Cómo
puedes saberlo?”—
—“No
mira a nadie a los ojos y tiene las manos demasiado limpias.”—
Lyra lo estudió.
—“Tu
método de clasificación social es rudimentario.”—
—“Pero
eficaz.”—
Un
hombre sentado junto a Droven escuchó la conversación y sonrió. Era de
mediana edad, vestía con cierta elegancia y tenía una expresión cansada.
—“Yo
podría decirles cómo saber si alguien es noble.”—
Droven lo miró.
—“Adelante.”—
—“Si
pregunta cuánto cuesta algo antes de comprarlo, no es noble.”—
—“Excelente
punto.”—
—“Pero
si pregunta si algo funciona, es pobre.”—
El
hombre sonrió. Droven le estrechó la mano.
—“Droven
Kal.”—
—“Arven.”—
—“¿Qué
vienes a recordar?”—
Arven
soltó un
suspiro.
—“A los buenos tiempos con mi exesposa.”—
Droven hizo una pausa.
—“Eso
no me lo esperaba.”—
—“Quiero
recordar algunas cosas. Las buenas cosas.”—
—“¿Por
qué?”—
—“Me
quitó una parte considerable de mi fortuna. Me hizo muy infeliz.”—
—“Ah.”
—“Y
para mitigar un poco el dolor quiero recordar los buenos tiempos que pase con
ella”—
Droven sonrió y reflexionó unos segundos.
—“El
amor es complicado.”—
dijo.
Arven soltó una carcajada.
—“No
fue amor. Fue algo pasajero. Aprendí mi lección.”—
Desde el
otro extremo de la sala, un hombre que había estado escuchando intervino.
—“Yo
tengo un problema peor.”—
Todos lo
miraron.
—“Una
noche estaba borracho.”—
Droven asintió.
—“Y
acompañado de una mujer que me dio un mal consejo.”—
—“Naturalmente.”—
El
hombre bajó la voz.
—“Cambié
la combinación de la bóveda de mi negocio.”—
Droven lo miró.
—“¿Por
qué?”—
—“Porque
sospechaba que mi socio me robaba.”—
—“¿Y
qué guardas allí?”—
—“La
mayor parte de mi fortuna.”—
Droven hizo una mueca.
—“Vaya,
eso es incómodo.”—
—“La
combinación anterior ya no funciona. Espero poder recordar la combinación nueva
que puse en la bóveda.”—
Droven miró a Arven y después al otro
hombre. Dijo:
—“Empiezo
a comprender por qué este lugar tiene tanta clientela.”—
El
hombre se encogió de hombros y le preguntó a Arven:
—“¿Crees
que podrán ayudarme?”—
—“Si
no pueden, siempre puedes volver a emborracharte y probar suerte.”—
El
hombre lo miró horrorizado.
—“No
estoy seguro de que sea buena idea.”—añadió Droven.
Cuando
finalmente regresó junto a Lyra, ella lo observó con expresión
divertida.
—“¿Qué
has descubierto?”—
—“Que
algunos nobles pagan fortunas por recordar.”—
Lyra
sonrió.
—“La
memoria tiene un precio.”—
—“Asi
es. Todo tiene un precio.”—
—“¿Incluso
los recuerdos?”—
Droven la miró.
—“Si.
Especialmente los recuerdos.”—
Antes de
que Lyra pudiera responder, una mujer se sentó a su lado. Era joven.
Demasiado
joven para tener aquella expresión de tristeza en el rostro.
Estaba
embarazada y mantenía ambas manos sobre el vientre con una delicadeza casi
protectora.
—“¿También
esperas para recordar?” —le
preguntó Lyra.
—“Sí.”—
La mujer
sonrió con tristeza.
—“¿Qué
intentas recordar?”—
le preguntó Lyra.
La mujer
miró hacia la puerta por donde entraban y salían las Vestales. Señaló su
vientre:
—“Al
hombre que me embarazó. Desapareció hace algunos meses, sin dejar noticias.”—
La mujer
tragó saliva.
—“Quiero
saber si recuerdo algo que pueda ayudarme a encontrarlo.”—
Lyra observó el rostro de la chica, y después, inevitablemente,
su mirada descendió hacia el vientre de la mujer. No dijo nada.
Pensó
que el hombre había hecho lo que muchos hombres hacían cuando una situación
empezaba a exigir responsabilidad.
Había
puesto los pies en polvorosa. Quizá incluso con elegancia.
La mujer
continuó:
—“Tal
vez ocurrió algo. Algo que yo haya olvidado. Una dirección. Un nombre. Una
conversación.”—
Lyra la miró con una mezcla de tristeza y
comprensión.
—“Es
posible.”— le
dijo.
La mujer
apoyó una mano sobre su vientre.
—“Quiero
encontrarlo.”—
Lyra no respondió, había aprendido que algunas
personas no buscaban realmente la verdad. Buscaban una versión de ella que
pudieran soportar.
Y quizá
aquella mujer todavía no estaba preparada para ninguna de las dos.
Una
puerta se abrió, por ella Agripina apareció.
—“Lyra
Prime.”— llamó.
Lyra
se
levantó, seguida de Droven.
—“¿Vienes?”—preguntó
ella.
—“Solo
si así lo quieres.”—
Agripina
negó con
la cabeza.
—“Solo
ella.”—
Droven
levantó
las manos.
—“No
hay problema. Solo espero que todo salga bien.”—
Lyra lo miró.
—“¿Seguro
que no quieres recuperar ningún recuerdo?”—
—“No.”—
—“¿Por
qué?”—
—“Los
únicos buenos recuerdos los he tenido contigo.”—
Ella lo
observó dubitativa durante un instante.
—“¿Y
los malos?”—
Droven sonrió.
—“Esos…
no quiero revivirlos.”—
Lyra
le dio
un beso y entró.
La sala
de intervención era mucho más tecnológica que el resto del templo. Había
instrumentos delicados, pantallas, conexiones y una estructura circular en el
centro.
Agripina
indicó a
Lyra que se sentara.
—“Necesito
examinar tu arquitectura.”—
—“Adelante.”—
Agripina conectó varios instrumentos y un caso con
electrodos. Durante unos segundos permaneció en silencio. Después frunció el
ceño.
Volvió a
revisar los datos.
—“Esto
es extraño.”—
Lyra
la
observó.
—“¿Qué
ocurre?”—
—“Tu
arquitectura no se parece a la de los androides que recibimos habitualmente.”—
Agripina
examinó
otra lectura.
—“De
hecho, se parece muy poco a cualquiera de ellos. ¿Sabes tu serie, tu modelo?”—
—“No.”—
Agripina la miró.
—“¿Sabes
de dónde procedes?”—
Lyra
tardó
unos segundos en responder.
—“Me
han dicho que procedo de CyberSun.”—
Agripina
dejó de
trabajar.
—“¿CyberSun?”—
—“Sí.”—
—“La
empresa que ensambla robots en la Tierra. La más avanzada de la Federación.”—
—“Eso
me han dicho.”—
Agripina volvió a mirar los datos.
—“¿Sabes
cuánto tiempo llevas siendo un robot?”—
Lyra
hizo una
pausa.
—“No
lo sé exactamente.”—
—“Explícame
que significa ese exactamente.”—
—“Originalmente
fui humana.”
Agripina no mostró sorpresa, pero la frase no le
causó tampoco indiferencia.
—“Continúa.”—
—“Después
de perder mi cuerpo, continué viviendo como bioandroide durante algo más de dos
milenios.”—
Agripina
dejó
lentamente el instrumento sobre la mesa.
—“¿Dos
milenios?”—
—Aproximadamente.
Mi cerebro alcanzó ahí el final de su ciclo biológico.”—
Lyra hizo una pausa.
—“Entonces
mi mente fue digitalizada y transferida a un organismo completamente
artificial. Me hicieron cono soy ahora.”—
Agripina
la
observó con atención.
—“¿Cuándo
ocurrió?”—
—“No
lo sé con exactitud. He hecho algunos cálculos.”—
—“¿Cuánto
tiempo calculas?”—
—“Creo
que más de dos mil cien años. Tal vez más.”—
Agripina permaneció inmóvil. Durante unos segundos
pareció haber olvidado incluso su habitual profesionalismo.
—“Entonces
llevas...”—
dejó la frase sin terminar.
—“Mucho
tiempo.”— dijo Lyra
sonriendo ligeramente.
Agripina retomó el examen.
—“¿Recuerdas
quién realizó la transferencia?”—
Lyra negó con la cabeza.
—“No.”—
—“¿Y
quién construyó tu cuerpo actual?”—
—“Recién
te lo dije: CyberSun.”—
—“Es
cierto, lo dijiste. ¿Sabes quién convirtió tu mente en una entidad
completamente artificial?”—
—“Tampoco
lo sé.”—
Agripina la miró, y esta vez no había sorpresa en
sus ojos, sino interés.
Un
interés profesional que, en determinadas personas, podía resultar bastante más
peligroso que la curiosidad.
—“Entonces
quizá”—dijo—“eso
sea precisamente lo que encontremos en tus memorias.”—
Lyra
permaneció
inmóvil.
—“¿A
que te refieres?”—
Agripina señaló la pantalla.
—“A
todas esas cosas que no sabes.”—
Lyra hizo una pausa antes de contestar:
—“Me
conformaría con saber la razón por la que alguien necesitó hacerme como soy
ahora.”—
Antes de
empezar, Lyra sintió algo parecido al miedo. No porque hubiera
descubierto una respuesta a sus preguntas, sino porque, por primera vez,
existía la posibilidad real de encontrar las respuestas que siempre había
buscado.
Y las
respuestas, cuando uno ha esperado dos mil años, suelen llegar con una
considerable falta de delicadeza.
El Viaje a Hebat ( Saga SciFi de Droven
& Lyra )
por Rodriac Copen
Capítulo 5. La recuperación
La
memoria no regresó gradualmente. Lo hizo de repente, sin anunciarse ni pedir
permiso. Simplemente apareció.
Lyra estaba tendida sobre la camilla del Templo
de Hebat, conectada a los dispositivos que Agripina había preparado
con la meticulosidad de un profesional eficiente que lleva muchos años tratando
con aquello que los seres humanos consideran demasiado importante como para
comprenderlo del todo.
Pequeños
sensores rodeaban su cabeza.
Algunos
instrumentos emitían una luz tenue. Otros permanecían completamente inmóviles,
como si incluso las máquinas hubieran aprendido que ciertas cosas debían
contemplarse en silencio.
Agripina
observó
las lecturas y le hacía comentarios a Lyra, para mantenerla al tanto del
procedimiento.
—“Comenzamos.”—
Lyra cerró los ojos. Durante unos segundos no
ocurrió nada. Después apareció una ventana. No sabía dónde estaba ni cuándo.
Solo
había una ventana, y la luz entraba por ella. Era una luz tibia, inclinada,
casi dorada. Después desapareció.
Apareció
una voz masculina, aunque no distinguió las palabras que decía. Solo el tono.
Luego una risa infantil, breve. Y desapareció también.
Lyra
intentó
seguirla, pero no pudo.
Volvió
la ventana seguida de una sensación de frío. El olor de una habitación. La
textura de una tela bajo sus dedos. Recordó una mano masculina rozando la suya.
Todo los
recuerdos, incluso las sensaciones duraban apenas un instante.
Era como
intentar atrapar peces con las manos en un río de aguas rápidas.
—“No
intentes retenerlos”—
le dijo Agripina.
Lyra no sabía si la había escuchado con los
oídos o con alguna otra parte de sí misma.
Entonces
llegó otra imagen. Era una mano pequeña, muy pequeña. Los dedos de un niño
cerrándose alrededor de uno de los suyos.
Lyra
abrió
los ojos.
—“¡Espera!”—
Algo la
impulsó a incorporarse bruscamente. Extendió una mano hacia algo que ya no
estaba allí, porque la imagen se había desvanecido.
—“¿Dónde
está?”—
Agripina no se movió.
—“¿Qué
viste?”—
—“Una
mano.”—
—“¿De
quién?”—
Lyra
respiró.
O hizo algo que, en su caso, se parecía bastante al respirar humano.
—“No
lo sé.”—
Cerró
nuevamente los ojos, y la imagen volvió. Era la mano pequeña. Volvió a ver
los dedos, a sentir el contacto. Esta
vez apareció también una sensación doble: calor, confianza.
Sintió
una extraña responsabilidad que no podía explicar. Y luego nada.
Lyra abrió los ojos.
—“Se
fue.”—
Agripina
sonrió
suavemente.
—“No.
La imagen se fue. Pero el recuerdo no.”—
Lyra
la miró.
—“¿Lo
capturaste?”—
—“Tu
sistema lo hizo. El recuerdo está almacenado.”—
Agripina
comprobó
los registros.
—“No
puedes exigirle a tu memoria que te entregue un recuerdo completo como si fuese
un archivo.”—
—“Sería
más práctico.”—
—“Sí,
si fueras un disco rígido. También sería menos humano. Pero resulta que eres
algo muchísimo más complejo que eso.”—
Lyra guardó silencio. Agripina volvió a
revisar los parámetros.
—“Continuemos.”—
Y los
recuerdos siguieron llegando. Pero no lo hacían como una historia, sino como
restos o pequeños fragmentos. Una habitación, una voz, un olor.
La
sensación de unos brazos alrededor de alguien. Una puerta, una risa. Un rostro
que aparecía y desaparecía antes de que pudiera identificarlo.
Una luz
blanca.
Y
después otra vez aquella mano pequeña, pero esta vez Lyra sintió algo
mucho más intenso: amor.
No la
idea del amor, o su definición o la palabra aprendida. Sintió la sensación
desnuda y absoluta de querer proteger a alguien. La imagen desapareció.
Lyra permaneció inmóvil.
Agripina esperó, dándole algo de tiempo. Desde la
parte técnica no había nada más que hacer. La memoria robótica, después de todo,
tenía sus propios tiempos. Y rara vez coincidían con los de quien la
necesitaba.
Finalmente,
las máquinas de recuperación comenzaron a reducir su actividad gradualmente.
Agripina fue desconectando los sensores uno por
uno.
—“Terminamos,
Lyra.”—
Lyra
Prime abrió
los ojos.
—“¿Eso
es todo?”—
—“Por
ahora.”—
—“Esperaba
más.”—
—“Ha
sido un procedimiento muy bueno. La memoria no suele preocuparse por nuestras
expectativas.”—
Lyra
se
incorporó lentamente.
—“¿Qué
debo hacer ahora?”—
—“Nada.”—
—“Eso
no parece una instrucción.”—
—“Es
una de las instrucciones más difíciles de cumplir.”—
Lyra
la
observó, mientras Agripina continuaba:
—“No
intentes reconstruir racionalmente lo que viste. No armes teorías. No intentes
llenar los espacios vacíos.”—
—“¿Por
qué?”—
—“Porque
tu cerebro seguirá trabajando aunque tú no lo notes. Son procesos en
background. Los recuerdos necesitan reorganizarse. Algunos aparecerán cuando
estés ocupada. Otros mientras duermas. Otros cuando algo aparentemente
insignificante despierte una asociación.”—
—“¿Y
si intento forzarlos?”—
—“Podrías
fabricar una explicación inútil antes de recuperar el recuerdo real. De todos
modos, al llegar el recuerdo real, aplastará cualquier fantasía que hayas
inventado.”—
Lyra comprendió. Una mentira podía ser
inventada y engañaría por un tiempo a su memoria.
Agripina le entregó una pequeña cápsula con los
registros del procedimiento.
—“Aquí
están las imágenes y patrones que tu sistema permitió recuperar.”—
Lyra la tomó.
—“Gracias.”—
—“No
me agradezcas todavía.”—
—“¿Por
qué?”—
Agripina sonrió con optimismo, pero igual le
advirtió:
—“Porque
aún no sabemos qué vas a encontrar.”—
Con Droven,
permanecieron dos días más en Luggal.
No había
ninguna razón especial para hacerlo, pero querían pasar un tiempo juntos.
Y
precisamente por eso lo hicieron.
Luggal era una ciudad agradable, quizá no
espectacular.
En Zyrbassa,
la espectacularidad había sido durante siglos una obligación arquitectónica y,
con el tiempo, se había convertido en una especie de enfermedad.
Luggal, en cambio, parecía haber aceptado que los
edificios podían simplemente permanecer en pie sin necesidad de demostrar nada.
Caminaron
por sus plazas tomados de la mano, recorrieron parques antiguos.
Observaron
fuentes que alguna vez debieron de haber sido monumentales y que ahora tenían
una dignidad algo menguada.
Fueron a
una piscina pública, en donde Droven nadó durante unos minutos y luego
se dedicó a flotar.
Lyra lo observó desde el borde.
—“¿A
eso le dices nadar?”—
—“Es
una forma avanzada de desplazamiento acuático.”—
—“Pero
no te desplazas.”—
—“Entonces
es una forma avanzada de no ahogarse.”—
Lyra
inclinó
ligeramente la cabeza con humor.
—“Eso
sí me parece más exacto.”—
Por la
tarde caminaron sin rumbo, por la noche cenaron en una terraza.
Después
regresaron a la habitación, en donde Droven se durmió rápidamente.
Era una
de las ventajas de los humanos. Podían pasar una tarde preocupándose por su
existencia y luego quedarse dormidos como si el universo hubiese firmado un
acuerdo de confidencialidad.
Lyra
permaneció
despierta.
Miró a Droven
y después cerró los ojos. Los recuerdos recuperados regresaron. Y esta vez
no fueron fragmentos. Al menos, no del todo.
Vio a un
hombre que estaba frente a ella. No podía recordar su nombre, y ni siquiera
estaba segura de haber conocido alguna vez su rostro con claridad.
Y, sin
embargo, supo inmediatamente quién era.
El
hombre que había amado.
No tuvo
que analizarlo, tampoco necesitó reconstruirlo. Simplemente lo supo, porque la
emoción llegó antes que la explicación.
Era
amor. Un amor diferente, del pasado. Ni menor ni mayor al que sentía por Droven.
Simplemente diferente.
Lyra
observó
aquella versión de sí misma junto a él. Era la mujer que había sido. La mujer
que todavía, de algún modo, seguía siendo.
Intentó
escuchar su nombre o tratar de recordar cuál era. Nada.
Lo
intentó otra vez. Nada. Solo permanecía la sensación de que era ella. Y
entonces apareció el niño. Y esta vez la memoria fue más clara.
Lyra
lo
sostenía entre sus brazos. Sintió su peso, el pequeño cuerpo contra el suyo.
El
calor, el olor, una respiración leve la cabeza apoyada contra ella. La
sensación del peso dentro de su vientre.
Lyra
sintió
nuevamente aquella necesidad maternal de protegerlo. Y entonces comprendió. No
fue una deducción, sino un reconocimiento. Era su hijo.
La
imagen se volvió más intensa, y la sensación la ubicó en un hospital atravesado
por luces blancas. Personas moviéndose rápidamente, una alarma.
El
rostro del hombre, del niño.
Otra
luz, una nueva puerta por la que Lyra intentó avanzar. Pero la memoria se
cortó.
Abrió
los ojos. La habitación estaba oscura y Droven seguía durmiendo. Lyra
volvió a cerrar los ojos. Regresó a ese hospital desconocido. Intentó atravesar
aquella última parte, pero no pudo.
Repitió
mentalmente la operación un par de veces. Hasta que apareció algo diferente.
Y se dió
cuenta que no era el hospital. Era una sala, en la que habían instrumentos. Y
una persona frente a ella de la que no pudo distinguir ningún rostro.
Escuchó
una voz masculina ininteligible. Después su propia voz. La conversación estaba
fragmentada. Y algunas palabras eran incomprensibles.
Pero una
frase consiguió atravesar el ruido: «...si lo hago, ya no habrá vuelta
atrás...». Silencio. Después algo que no pudo entender. Y finalmente: «Todavía
puedo elegir.»
Lyra
abrió
los ojos, y esta vez no había confusión. Tuvo una certeza. Una certeza terrible
precisamente porque era sencilla.
Ella
había elegido, no había sido convertida contra su voluntad. No había sido
simplemente reconstruida después de un accidente. Tampoco había sido una
víctima de alguna operación realizada por desconocidos.
Había
estado allí. Había comprendido lo que estaba haciendo. Y había decidido
hacerlo.
Lyra permaneció inmóvil durante varios minutos.
Luego miró sus manos. Las mismas manos que habían sostenido a un niño que era
su hijo. Las mismas manos que habían amado a un hombre.
Las
mismas manos que, miles de años después, seguían perteneciendo a una criatura
que ya no necesitaba dormir.
Por
primera vez desde que había llegado a Luggal, no tuvo miedo de descubrir
algo sobre su pasado. Tuvo miedo de descubrir por qué lo había elegido.
A la
mañana siguiente regresaron al Templo de Hebat. Agripina los
recibió con la misma expresión tranquila.
—“Han
regresado.”—
—“Sí”—dijo Lyra.
—“Eso
significa que algo apareció.”—
—“Algo
importante.”—
Agripina señaló una silla. Lyra se sentó
mientras Droven permaneció de pie.
—“Los
tiempos del cerebro son lentos.”—explicó Agripina —“Incluso
cuando el cerebro ya no es completamente biológico, algunos procesos asociados
a la memoria conservan ritmos que no responden a nuestra impaciencia.”—
Droven levantó una ceja.
—“Qué
alivio. Por un momento pensé que solo los humanos éramos así.”—
Lyra
lo miró
y Agripina sonrió.
—“Los
recuerdos pueden hacerse más nítidos con el tiempo. Algunos aparecen después de
días. Otros después de semanas.”—
—“¿Podemos
continuar con otro procedimiento?”— preguntó Lyra.
Agripina
la
observó.
—“Podemos.
Si así lo quieres.”—
Lyra
bajó la
mirada.
—“No.”—
Droven
la miró.
—“¿No?”—
—“Todavía
no.”
Agripina asintió.
—“Es
una decisión sabia.”—
Lyra
levantó
la vista.
—“¿Crees
que todos los recuerdos volverán?”—
—“Algunos.
Probablemente los más importantes.”—
—“¿Y
el resto?”—
Agripina
negó
lentamente.
—“Eso
nadie puede asegurarlo.”—
—“Entonces
esperaré.”—
—“Hazlo.”—
Agripina guardó silencio un momento.
—“La
memoria puede regresar por etapas. Algunas necesitan tiempo para reorganizarse.
Si intentas arrancarlas antes de tiempo, podrías obtener fragmentos sin
contexto.”—
Lyra
asintió,
no necesitaba más. Se despidieron de Agripina.
Cuando
atravesaron la puerta del templo, Droven esperó unos metros antes de
hablar.
—“Bueno.”— dijo.
Lyra
continuó caminando.
—“¿Bueno
qué?”—
—“Supongo
que ahora viene la parte en la que me dices que descubriste que eras una
princesa perdida.”—
Lyra lo miró.
—“No.”—
—“¿Una
asesina?”—
—“Tampoco.”—
—“¿Acaso
eres una heredera?”—
—“No.”— Lyra no pudo evitar reír.
Droven suspiró.
—“Estoy
empezando a sospechar que tu pasado carece de consideración por mis
necesidades.”—
Lyra sonrió mientras se abrazaba a él. Después
dejó de sonreír.
—“Había
un hombre.”—
Droven
guardó
silencio.
—“Fue
mi esposo cuando era humana.”—
Él no
respondió. Lyra continuó caminando.
—“Lo
amaba.”—
Droven asintió lentamente.
—“Eso
puedo entenderlo.”—
—“Y
tuve un hijo.”—
Droven
se
detuvo. Lyra siguió unos pasos antes de detenerse también.
—“¿Un
hijo?”—
Ella
asintió.
—“Lo
recuerdo.”—
—“¿Qué
recuerdas?”
—“Lo
sostenía. Recuerdo su peso. Su olor. Recuerdo que quería protegerlo. Recuerdo
esta embarazada de él.”—
Droven no hizo ninguna broma.
—“¿Sabes
si está vivo?”—
Lyra negó con la cabeza.
—“No
lo sé. Pero fue hace más de dos mil años.”—
—“¿Y
el hombre? ¿Tu esposo?”—
—“No
sé nada de él. Ni su nombre.”—
Droven permaneció callado. Lyra miró hacia
las calles de Luggal.
—“También
recuerdo un hospital.”—
—“¿Y?”—
Lyra
tardó
unos segundos en responder.
—“Después
hay otra escena.”—
Le contó
lo que había visto. La sala, los instrumentos, la persona frente a ella. La conversación
y la frase incompleta.
Finalmente
le contó las palabras que sí había podido recordar.
—“Si
lo hago, ya no habrá vuelta atrás.”—
Droven frunció el ceño.
—“¿Y
después?”—
—“Algo
que no comprendo.”—
—“¿Qué?”—
Lyra
lo miró.
—“Todavía
puedo elegir.”—
Droven
permaneció
inmóvil. Lyra bajó la mirada hacia sus manos.
—“Eso
es lo que no entiendo.”—
—“¿Qué?”—
—“Yo
elegí convertirme en un robot.”—
Droven tardó unos segundos en responder.
—“¿Estás
segura? ¿No fue una interpretación?”—
—“No.”—
—“¿Lo
recuerdas?”—
—“Lo
suficiente.”—
Lyra
levantó
lentamente las manos frente a sus ojos. No sentía orgullo ni rechazo. Solo
desconcierto.
—“No
sé por qué lo hice.”—
Droven la observó. Por una vez, no encontró una
respuesta ingeniosa. Pero le dijo:
—“Debes
haber tenido una razón poderosa para tomar esa decisión.”—
Lyra pensaba lo mismo. Continuaron caminando.
La
ciudad quedaba atrás poco a poco. Las torres antiguas de Luggal desaparecían
entre los edificios más bajos y los caminos que conducían hacia las afueras.
Durante
un largo rato ninguno habló. Finalmente, Droven preguntó:
—“¿Quieres
seguir buscando?”—
Lyra
no
respondió inmediatamente. Miró el camino, luego sus manos y después a Droven.
—“Sí.”—
—“¿Estas
segura?”—
Lyra pensó unos segundos.
—“Si.
Quiero saber por qué elegí convertirme en un robot.”—
Droven esperó que terminara.
—“Y
quiero saber qué clase de mujer fui para tomar una decisión así.”—
Siguieron
caminando.
Detrás
de ellos quedaba el Templo de Hebat, con sus recuerdos guardados en
máquinas silenciosas.
Delante,
estaba el camino.
Y entre
ambos, una pregunta que había esperado más de dos mil años. Y que ahora por
fin, tenía permiso para ser formulada.
A
veces descubrir quién fuimos es mucho más incómodo que descubrir quiénes somos.
FIN

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