🍀 La SciFi Que Nadie Te contó
⌚ Gilgamesh El Inmortal
por Rodriac Copen
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En la historia de la ciencia ficción argentina, Gilgamesh, el Inmortal ocupa un lugar singular. Unico. Y lo afirmo: es más importante para la historia argentina de la SciFi que "El Eternauta". Y es singular no solo por haber convertido una figura de la antigua Mesopotamia en protagonista de una saga futurista, sino por haber demostrado que la historieta nacional podía abordar cuestiones filosóficas, existenciales y universales sin renunciar a la aventura y al entretenimiento.
Creada por Lucho Olivera a fines de los años sesenta, la obra fue mucho más que una historieta de ciencia ficción: constituyó un experimento narrativo que combinaba mitología, historia, especulación científica y reflexión sobre el destino de la humanidad. En una época en la que la historieta era uno de los grandes vehículos de la cultura popular argentina, Gilgamesh demostró que una publicación comercial podía convertirse también en un espacio para explorar las grandes preguntas de la existencia.
Su legado no reside únicamente en las aventuras de un hombre condenado a vivir para siempre, sino también en la audacia de haber imaginado una ciencia ficción argentina capaz de dialogar con la historia universal y con las preocupaciones más profundas de la condición humana.
Gilgamesh, el Inmortal nació de la imaginación de Lucho Olivera, no de Robin Wood, como suele suponerse.
🎯 Cómo nació Gilgamesh, el Inmortal
Luis «Lucho» Olivera (1942-2005) ya había alcanzado notoriedad con Nippur de Lagash, que creó junto con Robin Wood en 1967. Ambos compartían el interés por la historia y las civilizaciones antiguas, pero para Gilgamesh Olivera decidió emprender un camino propio: escribir y dibujar una historieta de ciencia ficción basada en el legendario rey sumerio.
La primera historia apareció en el anuario de la revista D'Artagnan de Editorial Columba, correspondiente a 1969 —con fecha de tapa de enero de 1970 según algunas investigaciones—, bajo el título «Yo, Gilgamesh, el inmortal». Era un episodio unitario, no todavía una serie regular.
La premisa era audaz: el personaje procedía de la mitología mesopotámica, pero Olivera lo transformaba en protagonista de una historia de ciencia ficción. En esta versión, Gilgamesh obtenía la inmortalidad gracias a un extraterrestre llamado Utnapistim. El antiguo monarca quedaba así condenado —o privilegiado, según cómo se mire— a contemplar el transcurso de los siglos y la transformación de la humanidad.
En una entrevista realizada en 2001 y publicada posteriormente por Comiqueando, Olivera explicó varios aspectos de la creación y evolución de la historieta. Hay tres detalles que merecen atención:
✔ La libertad creativa: afirmó que Editorial Columba no le puso restricciones cuando propuso el personaje.
✔ Sus influencias literarias: mencionó que leía a Asimov, Bradbury, Philip K. Dick y Harlan Ellison, entre otros autores de ciencia ficción.
✔ La ambición filosófica: contó que quería incorporar reflexiones sobre Sócrates, Platón, santo Tomás de Aquino y Kant. También imaginó encuentros de Gilgamesh con Freud y Einstein.
Puedes leer la entrevista completa aquí: «Lucho, por la historieta (parte 2)», en Comiqueando.
¿Y cuál fue la chispa original?
Acá hay que distinguir entre lo documentado y lo que todavía no pude confirmar: no encontré una declaración de Olivera que relate exactamente el instante en que se le ocurrió crear a Gilgamesh, ni una anécdota comprobada del tipo «estaba leyendo tal libro cuando se me ocurrió la idea». (El periodismo de investigación es duro... jajaja 😆)
Lo que sí sabemos es que tomó un personaje de una de las grandes epopeyas de la humanidad y le dio una vuelta de tuerca de ciencia ficción: en lugar de limitarse a buscar el secreto de la vida eterna, Gilgamesh debía experimentar sus consecuencias a lo largo de eras enteras. La genial propuesta tuvo suficiente repercusión como para que Columba le encargara continuarla como serie.
Y eso tiene una ironía aleatoria narrativa formidable: el héroe de una de las historias más antiguas sobre el miedo a la muerte se convirtió en protagonista de una historieta argentina de ciencia ficción sobre el problema de tener demasiado tiempo para vivir.
Porque si algo trasciende a lo largo de toda la saga, es eso: el hastío de la inmortalidad.
🎯 La Inmortalidad como Castigo Eterno
En Gilgamesh el Inmortal, el hastío de la vida no es un simple aburrimiento, sino la maldición central del personaje: una profunda crisis existencial donde la inmortalidad transmuta de bendición a una agobiante carga psicológica.
A diferencia del mito sumerio original —donde el rey busca desesperadamente escapar de la muerte— el Gilgamesh de la Historieta obtiene la eternidad de manos del alienígena Utnapishtim, descubriendo que el verdadero horror no es morir, sino la imposibilidad de hacerlo.
El tedio y la melancolía que atraviesan la obra se manifiestan a través de varios ejes argumentales mantenidos en la saga:
• La repetición cíclica de la autodestrucción humana: Gilgamesh camina a través de los siglos desde la antigua Mesopotamia hasta un futuro probable de ciencia ficción, intentando guiar y salvar a la humanidad. Sin embargo, el hastío florece al ver que las sociedades humanas repiten indefinidamente los mismos errores, guerras y crueldades. Así es que protagonista se convierte a lo largo de los milenios en el "mudo testigo de la locura humana", lo que desgasta su empatía y lo sumerge en el cinismo.
• La paradoja de Utnapishtim: Utnapishtim es un personaje mencionado en la epopeya real, pero en la historieta, Olivera lo reconvierte en un alienígena que tiene un accidente y queda varado en la Tierra. El origen de su don ya anticipa el vacío de la eternidad. El marciano le otorga la inmortalidad a Gilgamesh y confiesa que él mismo renunció a ella precisamente por el hastío crónico que le provocó vivir 150,000 años. Gilgamesh, como buen terrícola que no vive para aprovechar las experiencias ajenas, ignora esta advertencia inicial, para luego experimentar exactamente el mismo destino.
• La soledad y el desapego absoluto: Al no envejecer, Gilgamesh ve morir a todos sus seres queridos como esposas, hijos, amigos y civilizaciones enteras. Este goteo constante de pérdidas lo obliga a aislarse emocionalmente; encariñarse con los mortales se vuelve una fuente de sufrimiento. El aburrimiento nace también de la falta de sorpresas: el héroe lo ha visto, aprendido y vivido todo, perdiendo la capacidad de asombro.
• El clímax del vacío (el holocausto nuclear): El punto álgido de su hastío ocurre cuando la humanidad finalmente se extingue en una guerra nuclear. Gilgamesh queda completamente solo en un planeta desierto, vagando entre ruinas silenciosas. En este escenario, la inmortalidad pierde cualquier propósito, empujándolo a buscar la forma de revertir su condición o encontrar un nuevo sentido en los confines del espacio exterior.
🎯 El Arco de su Desarrollo
A lo largo de sus diferentes etapas en la Editorial Columba, las vivencias de Gilgamesh el Inmortal trazan una parábola trágica que va desde la gloria monárquica hasta la soledad cósmica. Su inmortalidad no es estática, sino una evolución psicológica marcada por el dolor, el vacío y la búsqueda de redención.
1. La Era Antigua y el Regalo de la Eternidad
• El rey guerrero: Gilgamesh comienza como el ambicioso soberano de la ciudad sumeria de Uruk. Es un hombre de acción, fuerte y orgulloso, pero aterrorizado por la vejez y la muerte tras perder a su gran amigo Enkidu.
• El encuentro con Utnapishtim: En lugar de buscar una planta mágica como en el mito, se topa con la tecnología avanzada del alienígena Utnapishtim (el "No-Muerto"). El extraterrestre le otorga la inmortalidad mediante un proceso científico. Gilgamesh cree haber alcanzado la gloria máxima, ignorando el peso real del don.
2. El Peregrinaje Histórico y el Desgaste Emocional
• Testigo de los siglos: Gilgamesh atraviesa toda la historia humana. Camina junto a faraones, combate en las Guerras Mundiales y observa el nacimiento y caída de imperios.
• La tortura de la pérdida: Durante milenios intenta amar y formar familias, pero ver envejecer y morir a decenas de esposas e hijos destruye progresivamente su capacidad afectiva. Empieza a desarrollar una coraza fría para no volverse loco de dolor.
• La desesperanza: Intenta guiar a los hombres como un filósofo o un guerrero pacificador, pero la humanidad siempre regresa a la barbarie. Aquí nace su profundo cinismo y el hastío existencial.
3. El Apocalipsis y la Soledad Absoluta
• El planeta muerto: El mayor temor de Gilgamesh se hace realidad cuando la humanidad se autodestruye por completo en un holocausto nuclear. Él sobrevive, pero queda atrapado en un mundo desierto, convertido en un cementerio radioactivo.
• Los siglos de locura: Durante esta etapa (la más oscura de la obra), el personaje vaga solo por la Tierra muerta durante siglos. Habla con fantasmas y estatuas. La falta de estímulos y la soledad absoluta lo llevan al borde de la demencia total; la inmortalidad ya no es un hastío, es un infierno.
4. La Era Tecnológica y el Renacimiento Cósmico
• El escape al espacio: Gilgamesh logra salir de la Tierra usando la tecnología olvidada de Utnapishtim. En el espacio exterior encuentra nuevas civilizaciones, robots y razas alienígenas. Su propósito se renueva temporalmente al convertirse en un protector del cosmos.
• El regreso de la humanidad: En una de las etapas posteriores, se revela que los humanos sobrevivientes clonados o dispersos por el espacio, regresan. Gilgamesh asume un rol mesiánico, protegiendo a esta nueva estirpe humana en un futuro hipertecnológico y de viajes estelares.
La Finalización de su Historia
El final de Gilgamesh varía según la etapa y el guionista (ya que la historieta tuvo relanzamientos y continuaciones), pero el desenlace más icónico y metafísico está ligado a la conclusión de su ciclo cósmico y existencial.
La disolución en el Absoluto y la paz eterna: Tras eones de existencia, habiendo cumplido su rol como salvador y memoria viviente del universo, Gilgamesh finalmente encuentra la forma de liberarse de su cuerpo físico indestructible. No muere de una forma trágica o violenta; en su lugar, logra trascender la materia. Su conciencia se desprende y se fusiona con la energía del universo, alcanzando un estado de iluminación pura.
Al final, Gilgamesh deja de ser un hombre maldito por el tiempo para convertirse en parte del todo, logrando por fin la recompensa que buscó durante milenios: el descanso y la paz definitiva.
🎯 El Control Creativo
Olivera mantuvo el control creativo de Gilgamesh, el Inmortal en dos sentidos distintos: fue el autor integral de los primeros diez episodios y continuó dibujando la historieta durante prácticamente toda su trayectoria editorial, aunque los guiones pasaron a manos de otros escritores.
La cronología más precisa que pude armar fue esta:
Período Guion Papel de Olivera
1969-1973 aprox. Lucho Olivera, Creador, guionista y
episodios 1 al 10 dibujante.
1970-1975 Sergio Mulko, Deja de escribir
desde episodio 11 regularmente,
pero sigue dibujando.
1980-1985 Robin Wood Olivera continúa como
dibujante; Wood reescribe
la historia desde el
comienzo.
1980-1994 aprox. Ricardo Ferrari, Olivera sigue al frente
desde episodio 67 del apartado gráfico.
1995 en adelante Alfredo Grassi Olivera continúa vinculado
a la serie, cuya última
etapa queda inconclusa.
Olivera dibujó Gilgamesh hasta aproximadamente 1995, aunque la historieta siguió publicándose hasta 1998, con participación de ayudantes. Por lo tanto, conviene distinguir entre el final de su trabajo gráfico personal y el final de la publicación.
Hay, además, una declaración del propio Olivera en una entrevista de 2001. Cuando le preguntaron si la gente creía que Robin Wood había creado a Gilgamesh por haber escrito posteriormente sus aventuras, respondió: «Era un momento, en el que yo no podía escribir y dibujar al mismo tiempo. Era demasiado esfuerzo mental».
La frase ayuda a entender por qué Robin Wood quedó tan asociado al personaje, pese a que la creación original fue de Olivera.
Olivera dejó de ser el guionista principal hacia el episodio 11, pero no cedió el personaje en el sentido de abandonar su realización gráfica. La historieta fue evolucionando mediante distintos guionistas mientras él siguió dándole forma visual durante más de dos décadas.
Sergio Mulko, bajo el seudónimo de Leo Gioser, estuvo a cargo de los guiones de Gilgamesh, el Inmortal desde el episodio 11 hasta el 33, entre 1973 y 1975, aproximadamente.
La secuencia fue la siguiente:
Etapa Responsable
Episodios 1–10 (1969–1973) Lucho Olivera: guion y dibujo
Episodios 11–33 (1973–1975) Sergio Mulko / Leo Gioser: guion
Olivera: dibujo
Desde 1980 Robin Wood reescribe la serie
desde el comienzo
Olivera: dibujo
La primera etapa completa terminó con el episodio 33, publicado en D’Artagnan n.º 365, con fecha de tapa de octubre de 1975.
Lo interesante es que Mulko no se limitó a reemplazar a Olivera como guionista. Sus historias profundizaron en la psicología de Gilgamesh y acentuaron los componentes metafísicos y esotéricos. Esa etapa incluye Arenas Rojas, publicada originalmente a partir de 1974.
Cuando Robin Wood retomó al personaje en 1980, no continuó simplemente desde el episodio 34, sino que reescribió la saga desde el capítulo 1. Por eso existen dos recorridos narrativos distintos de Gilgamesh: el original de Olivera y Mulko, y la versión posterior de Wood.
Quizá esta discontinuidad del guionista, junto a la reescritura de Wood hacia 1980 dejó en toda la serie esa imagen de "emparches" y discontinuidad lógica.
🎯 Conclusiones
La importancia de "Gilgamesh, el Inmortal" no se limita a la calidad de sus historias ni a la originalidad de su protagonista. Su verdadera innovación consistió en tomar un personaje procedente de una de las tradiciones literarias más antiguas de la humanidad y utilizarlo como punto de partida para construir una saga de ciencia ficción que atravesaba la historia, especulaba sobre el futuro y reflexionaba sobre el sentido de la existencia.
A fines de los años sesenta, cuando la ciencia ficción internacional ya había explorado numerosas variantes del viaje espacial, los robots y los futuros distópicos, Lucho Olivera encontró una posibilidad diferente: convertir la inmortalidad, una preocupación que acompañaba al ser humano desde la Antigüedad, en el motor de una narración que podía extenderse durante milenios. El resultado fue una obra en la que la mitología no funcionaba como una simple ambientación exótica, sino como el punto de partida para imaginar el futuro.
Gilgamesh no era un astronauta llegado de una galaxia lejana ni un héroe nacido en una sociedad imaginaria. Era un personaje asociado a los orígenes mismos de la literatura, reconstruido mediante los recursos de la ciencia ficción. Esa combinación permitía establecer un puente entre el pasado remoto y el porvenir, entre las preguntas de las primeras civilizaciones y los dilemas de una humanidad capaz de destruirse a sí misma.
Pero existe otra dimensión de esta historia que merece tanta atención como la propia obra: el ecosistema editorial que hizo posible su existencia.
"Gilgamesh" nació dentro de una industria de historietas que contaba con editoriales, revistas periódicas, guionistas, dibujantes, ayudantes, distribuidores y una masa de lectores acostumbrados a seguir historias por entregas. Aquel sistema ofrecía algo fundamental para la creación narrativa: continuidad. Los autores podían desarrollar personajes durante años, experimentar con argumentos, cambiar de registro y explorar ideas que difícilmente habrían encontrado espacio en una publicación aislada.
La historieta popular no era solamente un producto terminado que llegaba a manos de un lector. Era también una escuela informal de narración, un laboratorio de procedimientos y una puerta de entrada a otros mundos imaginarios. Sus lectores aprendían a reconocer personajes, seguir tramas complejas, interpretar imágenes y palabras, y regresar cada semana o cada mes para descubrir cómo continuaba una historia. Muchos de ellos, además, terminarían acercándose a la literatura, al cine y a otras formas de ficción a través de ese primer contacto con la aventura ilustrada.
La trayectoria de "Gilgamesh" revela, al mismo tiempo, las posibilidades y las limitaciones de aquel modelo. La participación sucesiva de distintos guionistas permitió prolongar la vida editorial del personaje, pero también introdujo cambios de orientación y discontinuidades narrativas. La obra sobrevivió a su concepción original porque existía una estructura industrial capaz de sostenerla, aunque esa misma dinámica no siempre garantizara una continuidad argumental rigurosa.
En este aspecto, la experiencia argentina guarda cierto paralelismo con la del "bolsilibro" español. Durante décadas, aquellas novelas populares de pequeño formato, producidas en grandes cantidades y dedicadas a géneros como la ciencia ficción, el oeste, el misterio o la aventura, contribuyeron a mantener vivo el hábito de la lectura entre públicos amplios. No fueron necesariamente obras maestras ni pretendían serlo todas; su importancia cultural también residió en la frecuencia con que ponían historias al alcance de sus lectores y en la comunidad de autores, editores y aficionados que ayudaron a construir.
La comparación no implica que ambos fenómenos fueran idénticos. La historieta argentina y el bolsilibro español tenían formatos, tradiciones y mecanismos industriales diferentes. Sin embargo, compartían una virtud decisiva: hacían de la ficción una presencia habitual en la vida cotidiana. Antes de que las pantallas ocuparan buena parte del tiempo libre, aquellas publicaciones ofrecían mundos a los que se podía regresar, personajes con los que crecer y relatos que alimentaban la imaginación.
No sería riguroso atribuir a "Gilgamesh", por sí solo, la formación de una tradición lectora argentina. Esa tarea correspondió a un entramado mucho más amplio, en el que participaron las revistas de historietas, los libros populares, las colecciones de ciencia ficción, las editoriales y generaciones de creadores. Pero sí puede considerárselo una de las expresiones más interesantes de aquel ecosistema: una obra que encontró en una publicación comercial el espacio necesario para desarrollar una propuesta ambiciosa y personal.
Quizá esa sea la lección más importante que deja su historia. Para que exista una tradición de ciencia ficción no basta con que aparezcan autores talentosos. También hacen falta publicaciones que les permitan trabajar, editores (como trato de ser yo mismo) dispuestos a asumir riesgos, lectores que acompañen las historias y una industria capaz de sostener la continuidad de ese vínculo.
Lucho Olivera imaginó a un hombre que no podía morir. Sin proponérselo necesariamente, su creación también nos recuerda algo sobre la cultura: las historias pueden sobrevivir a sus autores, transformarse en manos de otros y continuar circulando mucho después de su nacimiento.
Una tradición narrativa no se construye solamente con obras memorables. Se construye, sobre todo, cuando una sociedad encuentra la manera de producirlas, publicarlas, leerlas y transmitirlas a la siguiente generación.
Mencionado en el Artículo:
✔ Columberos: Gilgamesh 1
✔ Columberos: Gilgamesh 2
✔ Columberos: Gilgamesh 3
✔ Columberos: Gilgamesh 4
✔ Columberos: Nippur de Lagash
✔ Columberos: Nippur de Lagash 2000
✔ Editorial Columba
✔ Episodio 1 - Yo, Gilgamesh El Inmortal (PDF)
✔ Gilgamesh, El Inmortal de Lucho Olivera y Sergio Mulko
✔ La Epopeya de Gilgamesh (Original en Español)
✔ Nippur de Lagash
✔ Reportaje a Sergio Mulko
✔ Reportaje a Ricardo Luis Olivera
✔ Reportaje a Ricardo Luis Olivera en Comiqueando
✔ Revista Comiqueando (Sitio Oficial)
✔ Revista Comiqueando (Wikipedia)
✔ Revista D'artagnan
✔ Ricardo Luis Olivera
✔ Robin Wood
✔ Sergio Mulko
✔ Utnapishtim
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