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domingo, 11 de octubre de 2026

Cuento: "El Pasajero Olvidado ( SciFi - Misterio )"

 

🍀 SciFi - Misterio

🌹 El Pasajero Olvidado
por Rodriac Copen


📌 Sinopsis:

Despierta solo, en una nave interestelar que no reconoce. 

No recuerda su nombre, su misión ni cuánto tiempo ha permanecido dormido. 

A su alrededor, todo parece funcionar con normalidad: las luces siguen encendidas, los sistemas continúan operativos y los pasillos conservan las huellas de una tripulación que, inexplicablemente, ha desaparecido.

Pero pronto descubre que no está completamente solo.

Figuras humanas recorren los corredores, hablan, trabajan y repiten una y otra vez los mismos movimientos... sin verlo, sin escucharlo, sin saber que está allí.

Mientras intenta comprender qué ocurrió, una mujer aparece ante él.

Ella puede verlo.

Y conoce las reglas de ese extraño lugar.

Lo que comienza como un misterio sobre una nave abandonada terminará convirtiéndose en una inquietante pregunta sobre la memoria, la identidad y aquello que queda de nosotros cuando el cuerpo deja de existir.

Porque algunas misiones no terminan cuando muere la tripulación.

Simplemente continúan sin ella.

✔ 10.932 palabras aproximadamente ( 8 capítulos )
✔ 55 minutos de lectura aproximada

 

 

  

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miércoles, 11 de octubre de 2023

Historia: "El Pasajero Olvidado ( SciFi - Misterio )"

 

SciFi - Misterio

El Pasajero Olvidado
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 1 - El despertar

La oscuridad no se disipó de golpe.

Se retiró lentamente, como una marea negra que abandona una playa olvidada, dejando tras de sí una vaga conciencia de su existencia. Primero apareció el sonido.

Era un zumbido grave y constante. Inmutable.

No era un ruido mecánico cualquiera. Tenía una regularidad casi orgánica, como el latido de un corazón inmenso escondido detrás de las paredes de acero.

Después llegó el frío.

No era un frío insoportable, sino la sensación metálica de una temperatura cuidadosamente regulada. De esos fríos que no los son suficientemente intensos como para abrigarse. El aire se sentía seco y estéril. En medio del despertar, podía oír el leve siseo de algún sistema de ventilación.

Intentó abrir los ojos, pero los párpados parecían pesar toneladas.

La primera imagen que pudo divisar fue una línea blanca. Luego apareció otra. Y otra más.

Tres estrechas bandas de luz recorrían el techo sobre él, formando una geometría perfecta. Permanecían inmóviles, sin parpadear, proyectando una claridad tenue, que podría decirse era crepuscular.

Parpadeó varias veces. ¿Dónde estaba? La pregunta apareció con una nitidez absoluta.

La respuesta no le llegó a la mente. Intentó recordar su nombre. Nada. Su edad. Nada. Su profesión. Tampoco. No recordaba el rostro de sus padres, ni de sus amigos. No le venía el recuerdo de ninguna ciudad. Ni de un planeta.

Había un vacío inmenso allí donde deberían existir miles de recuerdos.

Recorrió mentalmente su cuerpo. Y no sintió ningún dolor. Lo que sintió fue la ausencia completa de identidad.

Se incorporó lentamente. Un ligero mareo le obligó a permanecer inmóvil unos segundos.

Descubrió que yacía dentro de una cápsula cilíndrica construida con algún tipo de aleación gris mate. El interior era sorprendentemente espacioso y estaba acolchado por paneles flexibles adaptados a la forma del cuerpo humano.

La cubierta transparente permanecía abierta. No recordaba haberla abierto.

Miró sus manos. Llevaba un traje espacial. No era voluminoso como los antiguos modelos que había visto alguna vez... ¿dónde los había visto?

No lo sabía.

El traje parecía formado por una sola pieza, de un tejido oscuro recorrido por finísimas líneas plateadas que desaparecían bajo las mangas y el cuello. Los guantes permanecían sujetos mediante anillos magnéticos.

En el antebrazo izquierdo descubrió un pequeño panel apagado. Intentó activarlo.

Nada, no respondía. Golpeó suavemente la superficie. No hubo reacción. Observó el casco, cuidadosamente apoyado junto a él. Su visera era negra y pulida.

Se vio reflejado.

Durante un segundo tuvo la absurda esperanza de reconocerse. Pero eso no ocurrió. Veía un rostro. De cabello oscuro, ojos claros y barba de varios días. Tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

El rostro no le despertaba absolutamente ninguna emoción. Bien podría haber sido el rostro de un desconocido. Lo contempló con la curiosidad con que un arqueólogo estudiaría una estatua antigua.

—“¿Quién eres...?”— susurró suavemente.

La voz resonó dentro de la estancia. Era una voz firme, grave. Pero tampoco la reconoció.

Se llevó una mano al pecho. No sentía miedo. Al menos, no todavía. Sentía desconcierto. Como si alguien hubiese arrancado de su mente toda su vida y hubiese olvidado explicarle qué debía hacer a continuación. Quizá sufría algún efecto de hibernación.

Apoyó un pie fuera de la cápsula. Esperó encontrar alguna debilidad, pero no la hubo. Sus músculos respondían perfectamente. Su equilibrio era impecable.

La gravedad resultaba completamente normal. Y eso le resultó extraño. ¿Por qué sabía cómo debía sentirse una gravedad normal si no recordaba nada más?

Respiró profundamente.

El aire tenía un ligero olor a ozono, plástico y metal limpio. No era desagradable, pero era extrañamente familiar.

Sin comprender por qué, supo que aquel olor pertenecía a un lugar extremadamente controlado. Un lugar donde la contaminación era inadmisible.

Levantó la vista y vio que la sala era enorme.

Docenas de cápsulas idénticas ocupaban el recinto, formando largas hileras perfectamente alineadas. Cincuenta. Quizá sesenta. Tal vez más. Parecía una sala de hibernación criogénica.

Todas las cápsulas permanecían abiertas y vacías.

Se quedó inmóvil por un momento. No había mantas desordenadas. No había pertenencias. No había señales de prisa.

Simplemente… estaban vacías.

Sintió por primera vez una punzada de inquietud. Comenzó a caminar entre ellas. En cada compartimiento encontraba exactamente lo mismo. La cápsula abierta. El lecho vacío. Los sistemas apagados.

Todo impecablemente limpio, sin una mota de polvo. Ni un rasguño, ni manchas.

Era como si sus ocupantes hubieran abandonado el lugar hacía apenas unos minutos.

Llegó hasta una pared curva donde una pantalla permanecía encendida. Mostraba una serie de símbolos. Intentó leerlos porque algunos le resultaban comprensibles. Pero había otros que no.

Comprendía que aquello debía contener información importante, pero era incapaz de interpretarla. Frunció el ceño. ¿Cómo era posible recordar un idioma... y olvidar quién era?

Apoyó una mano sobre la pantalla, pero no respondió. Buscó un botón físico para pulsarlo. No había. La interfaz permanecía indiferente a su presencia.

Volvió la cabeza.

El zumbido seguía allí, desde el principio. Como si la nave respirara. La palabra apareció de pronto en sus pensamientos: Nave. Sí. Aquello era una nave.

No supo cómo lo sabía, simplemente lo sabía. Una nave espacial. Gigantesca.

La idea no le produjo sorpresa. Le pareció completamente lógica. Lo que sí le sorprendía era no recordar por qué estaba allí. Ni hacia dónde viajaba. Ni desde cuándo.

Encontró una puerta automática, pero no se abrió. Entonces buscó un panel lateral, que sí respondió. Una luz azul recorrió lentamente la superficie.

Después apareció una frase: IDENTIDAD NO RECONOCIDA

Permaneció observándola varios segundos, pensando en el significado. No reconocida. No decía "inválida" ni "incorrecta". Decía “No reconocida”. Y era una diferencia importante.

La puerta terminó abriéndose con un leve suspiro neumático.

Al otro lado se extendía un corredor interminable. Las paredes estaban formadas por paneles hexagonales de un blanco ligeramente marfil. Líneas luminosas recorrían el suelo indicando una dirección que ignoraba.

El techo ascendía varios metros por encima de su cabeza.

Cada cierta distancia, grandes columnas albergaban conductos de ventilación y veía  enormes haces de cables ocultos tras cubiertas translúcidas.

Todo estaba iluminado con una luz tenue, cuidadosamente diseñada para evitar sombras profundas.

Pensó que aquello no parecía una nave, parecía una ciudad.

Dio un paso. Luego otro. Se dio cuenta que sus botas apenas producían sonido. El único sonido que podía identificar era el murmullo lejano de ventiladores gigantes, bombas hidráulicas y flujos de aire.

También algún reactor invisible, trabajando en las entrañas del casco.

Eso le indicaba que la nave estaba viva y funcionando. Le tranquilizaba que miles de sistemas siguieran funcionando exactamente como habían sido diseñados.

Avanzó por el interminable pasillo durante varios minutos. No encontró a nadie. No escuchó ninguna voz. No pudo detectar ni un movimiento. Ni un robot. Nada. Solo aquella maquinaria invisible que mantenía el inmenso organismo funcionando.

Llegó a una intersección de cuatro corredores. Todos eran idénticos. Después de pensarlo unos segundos, eligió uno al azar.

Mientras caminaba, comenzó a fijarse en pequeños detalles. Había plantas. No muchas. Pero habían pequeños jardines empotrados en las paredes que rompían la monotonía de las paredes metálicas. Musgos. Helechos. Algunas especies desconocidas de hojas azuladas.

Todas parecían perfectamente cuidadas. Pensó que el sistema de riego seguía funcionando. Mirando los detalles, pudo ver una gota caer lentamente desde un difusor. Luego otra. Y otra.

Pensó que nadie atendía a las plantas. Y, sin embargo, sobrevivían. Aquello le produjo una extraña sensación. Como si la nave se negara a aceptar que estaba sola.

Más adelante encontró un pequeño robot suspendido sobre un carril del techo. Avanzaba lentamente mientras emitía un haz de luz ultravioleta sobre las paredes.

Realizaba tareas de limpieza. No pareció advertir su presencia. Él levantó una mano.

—“Eh!”— dijo.

El robot continuó su recorrido. Ni siquiera giró. Pensó que quizá no tuviera sensores visuales. O quizá...

Sacudió la cabeza.

No tenía sentido sacar conclusiones tan pronto. Siguió caminando. El corredor desembocó finalmente en un enorme ventanal. Se acercó despacio. Y el universo apareció ante él.

No reconoció una sola estrella de entre miles, o quizá millones. Una inmensa nube violeta atravesaba el firmamento como un río luminoso. Más allá, una nebulosa rojiza ocupaba medio cielo.

En la distancia flotaban dos soles diminutos alrededor de una esfera azul oscuro. Pero nada, absolutamente nada le resultaba familiar. Ni siquiera supo decir si aquella región pertenecía a la galaxia donde había nacido.

Un momento… ¿Había nacido en una galaxia? Sonrió involuntariamente ante la estupidez de la pregunta. Por supuesto que sí. Pero… ¿Cuál era?

Apoyó una mano sobre el cristal. Era frío. Muy frío. Más allá del ventanal se extendía una oscuridad tan profunda que parecía absorber el pensamiento. Sintió por primera vez una emoción definida.

No era miedo, al menos no todavía. Era soledad. Una soledad inmensa. De esa clase que solo puede existir cuando no hay un solo ser vivo a años luz de distancia.

Bajó lentamente la vista, y muy por debajo distinguió parte del casco exterior de la nave.

El tamaño era colosal. Torres, antenas, anillos giratorios. Cúpulas transparentes. Estructuras que se perdían en la distancia. Comprendió entonces que solo había recorrido una fracción insignificante de aquel monstruo de acero.

Miles de personas podían haber vivido allí. Tal vez decenas de miles. Y por ahora… solo estaba él. O al menos eso creía.

Permaneció varios minutos contemplando las estrellas, intentando recordar. O rescatar un solo nombre, una sola fecha. Quizá una sola imagen que lo ayudara.

Nada.

Solo el zumbido eterno de la nave y,  muy en el fondo de su mente, una sensación imposible de explicar. Una certeza en su mente que aquel silencio… no era natural.

Era un silencio que había llegado después de algo. Después de voces, risas, vida. Eso era: después de alguna señal de vida.

Pero ¿qué había ocurrido con la vida dentro de la nave? No lo sabía. Todavía no.

Y mientras el inmenso navío continuaba avanzando hacia un destino desconocido, el hombre sin nombre permanecía frente al ventanal con la desconcertante intuición de que la nave aún conservaba secretos que no estaba dispuesta a revelar tan fácilmente.


SciFi - Misterio

El Pasajero Olvidado
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 2 - La nave vacía

El ventanal permaneció a su espalda durante largo rato. Le costaba aceptar que aquel océano de estrellas no despertara en él absolutamente ningún recuerdo.

No tenía algunos recuerdos pero sabía reconocer una nebulosa. Sabía distinguir una gigante azul de una enana roja. Podía estimar, con una rapidez instintiva, la velocidad de rotación de los anillos exteriores de la nave mediante referencias visuales.

Tenía muchísimos conocimientos. Y esos conocimientos le decía que no era un simple pasajero. Lo paradójico era que no sentía que esa información le perteneciera.

Era como si alguien hubiera conservado la biblioteca de su mente y hubiese quemado todas las fotografías.

Respiró hondo, porque no podía obtener ninguna respuesta. Solo el rumor constante de la inmensa maquinaria.

Decidió seguir caminando.

Los inmensos corredores parecían no terminar nunca. Cada intersección conducía a otros tres pasillos. Las paredes estaban marcadas por discretos códigos alfanuméricos grabados directamente sobre el metal.

No comprendía su significado, aunque intuía que representaban los sectores funcionales en los que se dividía la nave.

Cada tanto, aparecían grandes paneles transparentes, tras los cuales podía verse una maraña de conductos por donde circulaban fluidos luminosos de colores azules, ámbar y verdes.

Sabía que las bombas impulsaban aquellas sustancias. El sonido suave y casi inaudible las delataba. La nave seguía viva. Y no solo mantenía el aire respirable.  También continuaba realizando miles de procesos automáticos.

El viaje jamás se había detenido. Y eso significaba que existía una fuente de energía extraordinariamente estable. Tal vez un reactor de fusión. Quizá varios. O algo más avanzado. No lo sabía con certeza.

Y, sin embargo, su intuición técnica le decía que aquella tecnología estaba siglos por delante de cualquier cosa que hubiera conocido.

La frase lo hizo detenerse: "...que hubiera conocido". ¿Cómo podía saber eso? ¿Siglos respecto de qué? Porque no recordaba ninguna civilización, tampoco un planeta o una fecha.

Sin embargo, seguía comparando mentalmente, como si el conocimiento hubiese sobrevivido a la memoria.

Una bifurcación del pasillo mostraba un pictograma fácilmente reconocible: un plato, un vaso. Indicaba un comedor. Aquello sí lo entendía.

Siguió la indicación y al llegar, las puertas se abrieron con un suave siseo hidráulico. Allí tuvo la impresión que el silencio adquiría otra dimensión. Porque el comedor era inmenso.

No era el comedor de una nave, sino el de una pequeña ciudad.

Filas interminables de mesas blancas recorrían una sala de casi doscientos metros de longitud. Decenas de dispensadores automáticos permanecían alineados junto a una pared curva.

Las bandejas seguían colocadas unas sobre otras, los cubiertos perfectamente ordenados.

Las pantallas del menú continuaban iluminadas, incluso algunas mostraban imágenes de alimentos que él no recordaba haber probado jamás.

Avanzó lentamente. Había vasos sobre las mesas, platos, servilletas. Una taza humeante… No. Se acercó para mirar bien. Ya no despedía vapor. Solo era la ilusión provocada por el reflejo de las luces superiores.

Sintió una decepción absurda. Había esperado encontrar una prueba de que alguien seguía allí. Se sentó.

La silla no emitió el menor crujido. Todo parecía construido para durar siglos. Tomó una cuchara y notó que era ligera, equilibrada. La giró entre los dedos.

Y sin saber por qué, comenzó a observar el lugar donde normalmente aparecerían las marcas de uso. Pero no encontró ninguna. No existían, todo estaba impecable. Como recién salido de fábrica.

Apoyó la cuchara y miró alrededor. Entonces comprendió qué era lo verdaderamente inquietante: no faltaba nada.

Si una evacuación hubiera sido urgente, existirían bandejas volcadas. Desorden, puertas abiertas. Sillas volcadas y tal vez objetos abandonados en el suelo. O si la tripulación hubiera muerto lentamente, aparecerían señales de deterioro.

Pero allí… todo permanecía exactamente donde alguien había decidido dejarlo. Como si toda la población hubiese desaparecido al mismo tiempo.

La idea le provocó un escalofrío.

Se levantó. Pasó junto a otra mesa. Vio que había una taza de cerámica gris. La tomó. Era agradablemente pesada. Mientras la giraba entre sus manos… escuchó una carcajada breve.

Era una voz femenina. Tan cercana que instintivamente sonrió antes de comprender que no había nadie.

Algo asombrado, giró sobre sí mismo. Pero el comedor permanecía vacío. Y sin embargo, algo ocurrió durante apenas un segundo.

Frente a una de las mesas apareció la silueta transparente de una mujer. Y vestía el mismo tipo de uniforme que él. Tenía el cabello recogido. Y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, mientras reía por algo que alguien acababa de decir.

No llegó a verla completa porque la imagen vibró. Se fragmentó, y luego desapareció. Como un reflejo sobre agua agitada.

La taza escapó de sus manos y esperó oír el impacto contra el suelo. Pero no ocurrió. La taza permanecía donde siempre había estado: sobre la mesa.

Él jamás la había soltado.

Retrocedió un paso. Luego otro. Y miró nuevamente el lugar. Nada. No había absolutamente nada. Se llevó una mano a la frente. No tenía fiebre. Tampoco sentía mareo alguno.

Se preguntó… ¿Había imaginado aquella mujer? Intentó reconstruir su rostro, pero no pudo. Solo recordaba la risa. Una risa luminosa y natural. Que le era extrañamente familiar.

Sintió una punzada en el pecho, pero no era dolor. Era nostalgia. La nostalgia por algo que inexplicablemente no conseguía recordar.

Finalmente abandonó el comedor con una creciente sensación de inquietud.

Su respiración se aceleraba. ¿Realmente respiraba? Se detuvo un momento y prestó atención. Inspiró. Hizo un espacio entre respiraciones. Espiró. Todo parecía normal.

Sin embargo… Se dio cuenta que no sentía la necesidad de hacerlo. Podía permanecer largos segundos inmóvil sin experimentar la menor sensación de ahogo. Negó con la cabeza.

No era momento para ese tipo de pensamientos. Decidió continuar avanzando.

El siguiente sector estaba dedicado a la producción de alimentos. Grandes ventanales permitían observar una sucesión de jardines hidropónicos distribuidos en terrazas. El espectáculo era abrumador.

Miles de plantas crecían bajo lámparas de espectro ajustable. Enormes columnas verticales albergaban raíces suspendidas en soluciones nutritivas.

Pequeños drones recorrían silenciosamente los cultivos, analizando hojas, aplicando nutrientes y eliminando cualquier brote enfermo.

Todo funcionaba a la perfección. No habían jardineros. No hacían falta. La automatización había continuado siglos después de que… Se detuvo. ¿Siglos? ¿Por qué seguía pensando en siglos? No tenía ninguna prueba.

Y, sin embargo, la sensación resultaba casi física. Como si aquella nave hubiera permanecido demasiado tiempo sola.

Observó un árbol de hojas plateadas. Parecía recién podado. Un robot esférico flotó lentamente entre las ramas realizando mediciones.

Pensó en hacer una prueba: levantó la mano mientras gritaba.

—“¡Eh!”—

El robot lo ignoró y siguió adelante, sin disminuir la velocidad. Tampoco orientó sus sensores. Simplemente no reaccionó. Lo observó desaparecer entre los cultivos. Algo, no sabía qué, estaba sucediendo y aquello comenzaba a repetirse con demasiada frecuencia.

Más adelante encontró un mapa holográfico. Lo identificó como una representación tridimensional de la nave, que giraba lentamente en el aire.

Era gigantesca.

Constaba de varios cilindros habitacionales unidos por un eje central de kilómetros de longitud. Había sectores que ni siquiera alcanzaba a comprender. Anillos de gravedad. Observatorios. Astilleros. Módulos científicos. Invernaderos. Reactores. Reservas de agua.

Y una inmensa estructura situada en la parte más profunda del casco cuyo nombre aparecía parcialmente oculto. Intentó ampliar la imagen, pero el holograma no respondió. Solo continuó girando lentamente.

Como los robots: ignorándolo.

Siguió su exploración. Y después de recorrer varios niveles llegó a un conjunto de camarotes. Las puertas permanecían abiertas.

Eligió el primero, que le resulto sorprendentemente acogedor.

Tenía una cama, una mesa, una biblioteca, una pantalla mural. La ropa estaba cuidadosamente doblada. Habían libros en papel. Auténtico papel. Algunos dispositivos electrónicos

Los libros le llamaron poderosamente la atención. Tomó uno y lo abrió. Las palabras resultaban legibles. Podía leerlas, pero el contenido apenas consiguió retener su atención. ¿Que idioma era ese?

Sus ojos se desviaron hacia una fotografía apoyada junto a la cama. Cinco personas que sonreían. Vestían uniformes similares al suyo. Detrás, aparecía una enorme ventana desde la que podía verse un planeta azul.

Observó los rostros uno por uno. Sabía que la mujer de la risa estaba allí. Estaba seguro de eso, aunque seguía sin recordar quién era.

Luego descubrió otro rostro: el suyo. No necesitó reconocerlo. Simplemente lo supo.

Permaneció inmóvil varios minutos. Esperaba sentir algo. Cualquier cosa. Alegría, tristeza, familiaridad. Pero no. Era exactamente igual que mirar la fotografía de un desconocido.

Su propia imagen carecía de significado, como si perteneciera a otra persona.

Solo un detalle llamó su atención: todos parecían extraordinariamente felices. Una felicidad auténtica, no la expresión forzada de una fotografía oficial. Aquellas personas se conocían entre si. Confiaban unas en otras. Habían compartido mucho tiempo.

Y él… no recordaba absolutamente nada.

Dejó la fotografía exactamente donde estaba, con el mismo cuidado con que un arqueólogo devuelve una reliquia a su vitrina.

Cuando abandonó el camarote creyó escuchar algo.

Provenía de muy lejos. Era una voz. No pudo distinguir palabras, solo una cadencia. Como una conversación amortiguada por cientos de metros de distancia.

Permaneció inmóvil y expectante. El sonido desapareció. Después volvió. Débil y lejano. No provenía de un altavoz ni era un mensaje automático.

Parecía… humano.

El corazón comenzó a latir con fuerza. Por primera vez desde que había despertado sintió esperanza. Quizá no estuviera solo después de todo. Alzó la vista hacia el corredor interminable.

Las voces cesaron otra vez. Y solo quedó el rumor invariable de los ventiladores. Pero ahora sabía que las había oído. O al menos… creía haberlas oído.

Y esa pequeña duda bastó para impulsarlo a seguir caminando hacia las profundidades de aquella gigantesca nave que, por momentos, comenzaba a parecer menos vacía de lo que había imaginado.



SciFi - Misterio

El Pasajero Olvidado
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 3 - Los primeros ecos

 

Las voces regresaron.

Eran apenas un murmullo, como una vibración apenas distinguible entre el incesante rumor de la nave. Si no hubiese permanecido completamente inmóvil, quizá las habría confundido con el flujo del aire a través de los conductos de ventilación.

Pero no, aquello era distinto. Había una cadencia. Pausas. Inflexiones. Era indudable que  alguien estaba hablando.

Permaneció varios segundos conteniendo la respiración. Las voces desaparecieron. Y después volvieron. Esta vez procedían claramente del corredor de la derecha.

Sintió una oleada de alivio. Porque no estaba solo. Aceleró el paso.

Mientras avanzaba, el murmullo se hizo más claro. Eran varias personas conversando al mismo tiempo. No parecía una discusión. Sonaban relajadas. Alguna risa breve. El golpeteo metálico de herramientas apoyadas sobre una superficie.

Su corazón comenzó a latir fuerte.

Había tardado quién sabía cuánto tiempo en despertar en aquella inmensa nave. Si aún quedaban supervivientes, todas las respuestas podían estar a unos pocos metros.

El corredor desembocó en una amplia sala de mantenimiento.

Era una estancia de techos altos, ocupada por enormes columnas de distribución energética y paneles abiertos que dejaban ver haces de fibras ópticas, conducciones de  líquido refrigerante y nodos electrónicos organizados artísticamente.

Finalmente, allí estaban. Cinco personas que vestían uniformes idénticos al suyo.

Uno manipulaba el interior de una consola. Otra sostenía una tableta de diagnóstico. Un tercero revisaba una pantalla suspendida en el aire. Los otros dos discutían frente a un esquema holográfico.

Durante unos segundos permaneció inmóvil porque no podía apartar la vista de ellos.

Existían. Eran reales. No era el único ser humano de la nave. Una oleada de emoción lo invadió. No sabía quiénes eran, pero de repente, eso dejó de importar.

Corrió hacia ellos.

—“¡Hola!”—

Nadie respondió.

—“¡Por favor!”—

Siguieron hablando entre ellos. Uno señaló un conjunto de gráficos. Otro negó con la cabeza. La mujer de la tableta escribió algo. Parecían completamente absortos en su trabajo.

Él redujo la velocidad. Pensó que quizá llevaban dispositivos con cancelación acústica. O el ruido de la maquinaria les impedía escuchar.

Se colocó delante del grupo, y levantó ambos brazos.

—“¡Estoy aquí!”—

Nada. Igual que los robots: ni una mirada, ni un gesto, ni una vacilación.

Sintió una punzada de desconcierto. Se acercó todavía más. Un hombre alto, de cabello canoso, caminó directamente hacia él. Instintivamente dio un paso atrás.

No fue suficiente, porque el hombre atravesó su cuerpo. Literalmente. No hubo impacto ni resistencia. Solo una extraña sensación de frío, como una corriente de aire recorriéndole el pecho.

Giró sobre sí mismo. El hombre continuó caminando sin advertir absolutamente nada. Se congeló. Su mente rechazó lo que acababa de suceder.

No. Aquello no podía haber ocurrido. Simplemente no.

Extendió lentamente la mano. La dirigió hacia el hombro de la mujer que sostenía la tableta. Y sus dedos atravesaron la tela del uniforme. Después el brazo. Después el torso.

Entonces retiró la mano bruscamente para mirar sus propios dedos. Seguían allí. Enteros. Pero se dio cuenta que no había sentido contacto alguno. Solo aquella desagradable sensación de atravesar una superficie que no existía.

Retrocedió varios pasos. El grupo continuó trabajando. Como si él jamás hubiese estado allí.

Permaneció observándolos durante varios minutos. Y poco a poco comenzó a notar algo extraño. Su cerebro entendió que no era únicamente que no pudieran verlo. Había otra anomalía.

Miró la escena y trató de entender la conversación. El hombre canoso dijo algo. La mujer respondió. Otro técnico se acercó a la consola. Uno de ellos señaló un indicador luminoso.  Y después todos cambiaron ligeramente de posición.

Exactamente cuarenta segundos más tarde… el mismo hombre volvió a pronunciar exactamente la misma frase. Con la misma entonación. La mujer respondió exactamente igual. El técnico caminó siguiendo el mismo recorrido. El dedo señaló el mismo indicador.

Frunció el ceño confundido . Esperó. Y cuarenta segundos después… la escena volvió a repetirse.

No era una conversación parecida. Era exactamente la misma.

Las mismas palabras, los mismos gestos. La misma inclinación de cabeza. La misma expresión. La misma respiración. Como si fuera una representación teatral ejecutada por actores incapaces de improvisar.

Sintió un escalofrío. Se dio cuenta que no estaba viendo personas.

Estaba viendo… No encontraba la palabra. ¿Grabaciones? No podía descartarlo, pero aquello parecía otra cosa. Era una escena encerrada en un bucle sobre sí misma. Un instante incapaz de avanzar. Quizá fueran hologramas.

Finalmente, abandonó lentamente la sala. Porque no quería perder la cordura. Necesitaba encontrar una explicación racional. Y allí no encontraría respuestas.

Comenzó a caminar sin rumbo.

Las posibilidades se agolpaban en su cabeza. “Estoy soñando” se dijo a sí mismo. Pero no. Los sueños tenían una lógica distinta. Y allí habían demasiados detalles. Demasiada coherencia.

“Estoy dentro de una simulación” pensó. Era posible, pero… ¿Quién la había creado? ¿Y con qué propósito?

“Estoy invisible” razonó. Eso explicaría por qué nadie reaccionaba. Pero no explicaba cómo podían atravesarlo.

“Estoy fuera de fase, fuera de frecuencia” se le ocurrió. La idea apareció de repente, como si procediera de algún conocimiento olvidado. Desfase cuántico. Materia desacoplada. Interacción electromagnética nula. Sonaba técnicamente posible. Aunque extraordinariamente improbable.

“Estoy observando el pasado en hologramas” esa idea salió de lo más profundo de su mente. Se detuvo. Aquella hipótesis resultaba aún más absurda. Sin embargo… encajaba mejor que las anteriores. No interactuaban con él. Repetían siempre lo mismo. Y no respondían a estímulos nuevos. Como una memoria.

No. Como una… reproducción.

Sacudió la cabeza. No disponía de suficientes datos para confirmarlo.

Continuó caminando.

Un ascensor panorámico permanecía abierto. Entró. Las puertas se cerraron silenciosamente. No recordaba haber pulsado ningún botón.

El ascensor comenzó a descender. A través de la pared transparente contempló el interior de la nave. Solo entonces comprendió su verdadera escala: kilómetros.

La estructura descendía kilómetros.

Puentes, galerías, jardines suspendidos, centenares de niveles. Conductos de transporte. Anillos giratorios destinados a generar gravedad artificial. Grandes depósitos cilíndricos donde enormes masas de agua flotaban contenidas por campos invisibles.

Aquello no era una nave. Era un mundo completo. Un ecosistema completamente autónomo diseñado para sobrevivir siglos. Quizá milenios.

Cuando las puertas se abrieron, el silencio regresó.

Llegó a un inmenso observatorio: una cúpula transparente ocupaba casi todo el techo. Las estrellas parecían al alcance de la mano.

En el centro había una escultura cinética formada por decenas de anillos metálicos que giraban lentamente unos dentro de otros.

No supo qué representaban. Se acercó. Había una placa. La leyó. No comprendió una sola palabra. Pero el idioma resultaba parcialmente familiar. Incompleto, pero familiar. Como un idioma derivado del suyo. O evolucionado.

Frunció el ceño enojado. Cada nuevo descubrimiento que hacía, añadía más preguntas.

Cuando abandonaba el observatorio volvió a escucharlos. Esta vez no eran cinco. Eran muchos. Tal vez decenas. Risas. Conversaciones. Pisadas.

Siguió el sonido.

Llegó hasta una gran plaza interior. La respiración se le detuvo. Aquello parecía una avenida con árboles, bancos, fuentes. Pequeños comercios automatizados. Y personas. Muchas personas. Más de cincuenta individuos caminaban, charlaban, reían. Habían niños.

Una pareja discutía junto a un jardín. Una anciana alimentaba pequeñas aves artificiales. Todo parecía absolutamente normal. Sintió un impulso irresistible. Y corrió hacia ellos.

—“¡Por favor!”—

Nadie respondió. Una pareja siguió discutiendo. Los niños continuaron jugando. Y la anciana sonrió mientras las pequeñas máquinas aladas revoloteaban a su alrededor.

Él comenzó a caminar entre la multitud. No chocaba con nadie. Y las personas atravesaban su cuerpo continuamente.

Nadie alteraba su trayectoria. Entonces observó algo. Un niño que corría alrededor de la fuente. Contó. Uno. Dos. Tres. Cuatro vueltas. En la quinta… tropezó exactamente igual. Rió exactamente igual. Su madre pronunció exactamente la misma frase. Él volvió a correr.

Y la escena se repitió. Otra vez. Y otra.

La plaza entera funcionaba así. No existía espontaneidad. Cada conversación, cada sonrisa, cada paso, eran repeticiones perfectas.

Como si el tiempo hubiera quedado atrapado en un bucle sin fin. Ninguno de ellos podía modificar absolutamente nada de lo que hacía. Giró lentamente sobre sí mismo. Y pensó que no estaba contemplando supervivientes ni fantasmas. No parecían conscientes. Tampoco podían verlo.

Sintió un profundo vértigo.

Y le vino un pensamiento inexplicable. La nave… quizá la nave estaba repitiendo grabaciones holográficas.

No sabía cómo ni por qué. Pero aquellas personas eran algo parecido a… grabaciones. Tal vez proyectadas, como si un acontecimiento de enorme intensidad hubiera sido grabado y se repitiera como una huella imposible de borrar.

Mientras observaba aquel mundo repetitivo, una idea cruzó fugazmente su mente.

¿Y si yo también soy uno de esos recuerdos o una grabación? Pero la rechazó de inmediato.

No. Él estaba pensando. Dudaba. Tomaba decisiones. Aprendía. Y aquellas figuras solo repetían.

No había comparación posible.

Y, sin embargo… por primera vez desde que había despertado, una duda comenzó a instalarse silenciosamente en el rincón más oscuro de su conciencia.

Era una duda sobre sí mismo.

Y esa duda resultaba infinitamente más aterradora que el vacío del espacio que se extendía más allá de los muros de acero.



SciFi - Misterio

El Pasajero Olvidado
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 4 - Las reglas del lugar

 

La primera conclusión a la que llegó fue que algo estaba mal con la nave. Que lo que estaba pasando, simplemente no era normal.

La segunda… fue mucho más inquietante. Porque le decía que algo estaba mal con él mismo. Después de descubrir los ecos, esos individuos que repetían sus acciones, había intentado encontrar una explicación externa.

Quizá la nave estaba en un bucle temporal. O los sistemas estaban fallando. Tal vez alguna tecnología desconocida había producido una anomalía. Todo resultaba extraño, pero al menos con esas explicaciones el problema estaba fuera de él.

Él era un observador. O un superviviente. Como fuera, era alguien intentando comprender una situación imposible y anormal.

Pero esa idea comenzó a desmoronarse cuando intentó interactuar con el mundo. Porque empezó a notar que el mundo no respondía.

Comenzó con algo tan simple como una puerta.

Había encontrado un pequeño compartimento de almacenamiento cerca del sector científico. En el interior había herramientas: objetos cotidianos, piezas de reparación. Materiales que, aunque desconocía su función exacta, despertaban en él una comprensión intuitiva.

Sabía para qué servían y sabía cómo utilizarlos. El problema es que no podía tocarlos.

Tomó una pequeña pieza metálica. O intentó hacerlo. Sus dedos atravesaron el objeto. Se quedó inmóvil y estupefacto. Después de unos momentos, lo intentó otra vez.

Esta vez, más lentamente. Concentrándose. Nada. No había resistencia. No había textura. No había peso. Era como intentar sujetar una imagen proyectada.

Apartó la mano y miró sus dedos. Por lo que veía, seguían siendo sólidos. Seguían pareciendo normales, pero ya no estaba seguro de qué significaba la palabra "sólido".

Encontró una mesa. Intentó apoyó ambas manos sobre ella. Empujó. Nada. Intentó moverla. Nada. Aplicó más fuerza, pero su cuerpo respondió. Sus músculos se tensaron, pero la mesa permaneció exactamente igual. Como si él no existiera.

Entonces recordó algo. Los robots que lo ignoraron. Las personas. Los ecos. Nadie reaccionaba ante él. Nadie lo veía. Nadie podía tocarlo.

La idea apareció lentamente, como una sombra que se extendía dentro de su mente. Quizá no era que ellos no pudieran percibirlo. Quizá era que él ya no pertenecía al mismo estado o al mismo plano que ellos.

¿Y si era un fantasma? De repente, se acordó de la respiración. Intentó una apnea y empezó a contar. Un minuto… dos… tres… cinco… seis… Un momento. Eso era anormal. Nunca sería capaz de mantener la respiración por tanto tiempo. Pero… si era un fantasma ¿Por que algunos sensores lo habían detectado? ¿O estaba equivocado?

Llegó a un laboratorio. El lugar estaba perfectamente conservado. Decenas de estaciones de investigación permanecían activas. Habían pantallas encendidas, microscopios, equipos de análisis, cámaras selladas.

Todo esperando científicos que nunca volverían. En una de las mesas encontró una libreta. Un objeto antiguo, de papel. Eso era algo extraño en una nave tan avanzada. La abrió. ¡La abrió! Si fuera un fantasma no podría haberla abierto. Había anotaciones manuscritas. No reconoció la letra, pero sí el idioma.

Leyó algunas páginas. Eran observaciones biológicas. Estudios sobre adaptación humana a viajes interestelares prolongados. Sobre efectos psicológicos del aislamiento. Sobre la relación entre memoria y conciencia.

Se detuvo en una frase. No estaba seguro de por qué. Pero la frase le quedó resonando con una sensación extraña. Como si hubiera leído algo parecido antes:

"La identidad humana no reside exclusivamente en la materia que compone el cuerpo, sino en la continuidad del patrón que organiza esa materia."

Cerró el cuaderno. No le gustó aquella idea, porque era una idea demasiado cercana a lo que estaba ocurriendo.

Entonces buscó respuestas en los sistemas de la nave. Llegó hasta una terminal científica. La pantalla se activó. Intentó identificarse. Nada.

Otra vez el mensaje: IDENTIDAD NO RECONOCIDA.

Pero esta vez ocurrió algo diferente.

La pantalla mostró un segundo mensaje: PRESENCIA DETECTADA.

Se quedó mirando. La nave reconocía no su identidad, pero sí su existencia.

Tecleó: “¿Quién soy?”

Y esperó. La inteligencia artificial procesó durante varios segundos.

Después respondió: DATOS INSUFICIENTES.

Era una respuesta absurda. Porque una máquina no debería tener dudas. Eso indicaba que los datos que obtenía de su presencia los obtenía parcialmente.

Intentó otra pregunta: “¿Dónde estoy?”

Respuesta: NAVE DE EXPLORACIÓN INTERESTELAR CALYPSO.

El nombre no significó nada para él. Pero lo almacenó: Calypso. Después de todo, la nave tenía nombre. Y él estaba dentro de ella.

Intentó otra pregunta: “¿Qué ocurrió?”

La pantalla parpadeó. Y durante un instante creyó que iba a recibir una respuesta.

Pero apareció: ARCHIVO RESTRINGIDO.

Tecleó: “¿Por qué?”

La respuesta tardó una fracción de segundo.

Después: ACCESO NO AUTORIZADO.

Se congeló, intentando pensar. No era una negativa común. Era una negativa dirigida hacia él. La nave sabía que estaba allí. Sabía que estaba intentando acceder a la información.  Pero no sabía quién era.

Siguió explorando.

Cada nuevo descubrimiento aumentaba su confusión. Encontró cámaras de seguridad. Intentó verse en ellas. Pero las imágenes mostraban corredores vacíos. Simplemente no aparecía.

Al principio pensó que era un fallo. Por eso buscó otra cámara. Nada. Otra más. Nada. Las cámaras mostraban imágenes, pero no la de él. Las superficies metálicas sí devolvían imágenes. Los ventanales reflejaban las luces. Los objetos reflejaban el entorno. Pero él… no.

Una sensación de frío recorrió su cuerpo.

No era miedo. Era comprensión confusa. Lo que sucedía no tenía explicación completa en lo que analizaba o en lo que razonaba.

Llegó al sector de navegación. El puente de mando estaba oscuro. La mayoría de las estaciones permanecían apagadas. Solo la computadora central seguía activa.

Se sentó en el puesto principal. Por alguna razón sabía que ese lugar había sido importante. No sabía por qué.

La pantalla se iluminó: IDENTIDAD NO RECONOCIDA.

Otra vez. Pero esta vez apareció algo debajo. Un mensaje diferente. Más antiguo y más personal: ¿COMANDANTE?

El corazón le dio un vuelco. La palabra quedó allí, esperando. Como una pregunta, no como una afirmación. Como si incluso la nave dudara. Él extendió una mano hacia la pantalla, para que el sistema le reconociera por factores biométricos.

Y dijo automáticamente: —“Sí.”—

La palabra salió sin pensar.

La computadora respondió: VERIFICACIÓN FALLIDA.

Sintió una extraña mezcla de alivio y decepción. Porque no sabía si quería que lo reconociera. O si temía que lo hiciera.



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El Pasajero Olvidado
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 5 - La memoria de la nave

 

No sabía cuánto tiempo exactamente había pasado desde el despertar.

Al principio había intentado medirlo contando minutos. Observando el movimiento de los sistemas de iluminación. Pero la nave no parecía funcionar con el mismo ritmo que su mente.

El tiempo allí era extraño. Porque no tenía acontecimientos que le permitieran dividir el día. En una vida normal, los seres humanos medían el tiempo por cambios como el amanecer, el trabajo, una comida, una referencia.

Allí no había nada. Solo la nave y el interminable movimiento de las estrellas. Se dio cuenta que no había tenido hambre o sed en ningún momento. Debería tenerlos.

Se levantó lentamente de la butaca. Todavía no entendía lo que había visto. Los ecos de las figuras humanas. Las personas repitiendo eternamente sus acciones. La sensación que daban de que aquel lugar no estaba vacío, sino detenido.

Caminó nuevamente hacia la zona donde había visto a los astronautas.

Necesitaba comprobar algo. Asegurarse de que su mente no estaba inventando todo aquello. Aunque una parte de él sabía que ninguna imaginación podía construir una mentira tan perfecta.

La sala de mantenimiento seguía allí. Y los cinco astronautas continuaban trabajando. El mismo hombre canoso revisaba la misma consola. La misma mujer sostenía la misma tableta. El mismo técnico señalaba el mismo indicador. La misma frase. La misma expresión. El mismo instante una y otra vez.

Permaneció observando. Ya no sentía el miedo inicial. Aquellas personas eran seres humanos que habían vivido, habían tenido una historia. Y ahora solo quedaba una pequeña sombra de ellos recorriendo una habitación eternamente.

Se acercó al hombre canoso. Intentó recordar si había sido amigo suyo, compañero o superior. Pero no pudo. Algo dentro de él dolía, como si una parte de su memoria reconociera aquello, aunque su conciencia no pudiera hacerlo.

—“Lo siento”— susurró.

El eco continuó trabajando sin escucharlo. Sin saber que alguien lo observaba.

Continuó explorando, esta vez sin buscar respuestas. Buscaba rastros. Hasta ese momento había tratado la nave como un escenario. Ahora comenzaba a verla como un archivo. O un lugar donde cada objeto podía contener una parte de la verdad.

Entró en una sala de comunicaciones, que era una estancia circular rodeada por pantallas apagadas. En el centro había una consola principal.

Sobre ella aparecía un mensaje: SISTEMA DE TRANSMISIÓN PROFUNDA ACTIVO

La frase lo hizo detenerse: Activo. ¿Después de cuánto tiempo?

Se acercó, y la consola respondió con una tenue iluminación. Por un instante sintió esperanza. Intentó acceder. Nada.

Otra vez la misma respuesta: IDENTIDAD NO RECONOCIDA.

Golpeó la superficie con frustración.

—“¿Quién soy?”—

La sala no respondió, pero entonces ocurrió algo. Una pequeña ventana apareció en la pantalla. No era un mensaje del sistema. Era un archivo. Un registro de voz. La fecha estaba incompleta.

Solo aparecían algunos caracteres: ...IÓN 04

Presionó reproducir. Y una voz llenó la habitación. Era una voz humana. Masculina. Cansada.

—“Registro personal del comandante de misión. Día cuatrocientos diecisiete del tránsito interestelar.”—

Sintió un golpe en el pecho: Comandante. La voz continuó.

—“La tripulación comienza a mostrar signos de fatiga psicológica. La duración del viaje supera las previsiones iniciales debido a la desviación gravitacional encontrada en el sector Arcturus-9.”—

La grabación tenía interferencias.

—“La inteligencia de navegación asegura que la corrección de trayectoria permitirá mantener la misión dentro de parámetros aceptables.”—

Hubo una pausa, y luego una respiración profunda.

—“Pero empiezo a sospechar que estamos demasiado lejos, que se ha producido un error irreversible.”—

La grabación terminó. Se quedó inmóvil. Sector Arcturus-9. Una misión con tripulación y un comandante. Pero no sabía quién hablaba. ¿Era él? La posibilidad apareció en su mente. Y por primera vez no le pareció absurda.

Regresó a la consola y buscó más archivos. Algunos estaban dañados. Otros eran inaccesibles. Pero encontró uno, un registro médico. Su corazón se aceleró. El archivo mostraba una lista de nombres. Aparecían tripulantes. Especialistas. Ingenieros. Científicos. Comandantes.

Leyó lentamente. Los nombres no despertaban nada. Siguió hasta llegar al último. No pudo avanzar más. La pantalla se apagó. Pero no fue por un fallo, sino por una orden. Como si la nave hubiera decidido cerrar esa información.

Se quedó mirando su reflejo en la superficie negra del monitor. El hombre que lo observaba parecía tan confundido como él.

Durante las siguientes horas recorrió los sectores más profundos.

Encontró algo que no había visto antes. No eran ecos de personas. Eran ecos de acontecimientos. Un pasillo donde una luz roja parpadeaba exactamente durante siete segundos antes de apagarse.

Una puerta que se cerraba y abría continuamente. Una alarma que sonaba sin motivo. Una gota de agua que caía siempre desde la misma tubería rota.

Eran pequeños fragmentos del pasado.

Como si la nave estuviera formada por millones de recuerdos individuales. No solo recordaba personas. También recordaba momentos. Instantes. Acciones. Incluso errores. Todo se repetía incesantemente.

La idea era inquietante, porque significaba que aquello no era una grabación convencional. Una grabación necesita un dispositivo, un archivo, una memoria externa. Pero allí no había ningún almacenamiento visible.

La nave no estaba reproduciendo información. Parecía estar repitiendo su propia historia.

Llegó a una zona restringida, una enorme compuerta ocupaba todo el final del corredor. Sobre ella aparecía un símbolo que no había visto antes. Era una advertencia de aislamiento.

Se acercó.

La superficie metálica estaba cubierta de pequeñas marcas, como arañazos. No. Parecían golpes. Alguien había intentado abrirla desde el otro lado. Sintió un vacío en el estómago. Apoyó la mano y sintió la puerta fría.

Entonces escuchó algo: un sonido muy débil. Una voz al otro lado. Se apartó inmediatamente. No era un eco. Y no era una repetición. Era diferente.

Porque había respondido.

—“¿Hay alguien ahí?”—

Silencio. Se acercó nuevamente.

—“¿Me escucha?”—

Durante varios segundos no ocurrió nada. Entonces una voz respondió. Era humana. Débil y distorsionada. Parecía provenir de una mujer, pero claramente dirigida hacia él.

—“Tardaste mucho.”—

Quedó paralizado. La voz continuó:

—“Pensé que nunca ibas a despertar.”—

La compuerta permaneció cerrada. El sistema indicaba que no había nadie autorizado para abrirla. Pero por primera vez desde que había despertado… alguien había hablado con él. No como un recuerdo ni un eco. Como una persona.

Y detrás de aquella puerta había alguien que sabía exactamente quién era.



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El Pasajero Olvidado
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 6 - El accidente

 

Durante varios segundos no pudo moverse.

La voz había desaparecido y el corredor volvía a estar silencioso. Solo quedaba el zumbido constante de los sistemas internos de la nave. Pero él sabía que la había escuchado.

No había sido una ilusión, aquella voz le había respondido. Se acercó nuevamente a la compuerta.

—“¿Quién eres?”—

Esperó, pero no hubo respuesta. Apoyó ambas manos contra el metal.

—“¿Cómo sabes que estoy aquí?”—

El silencio volvió a prolongarse, pero entonces escuchó un sonido. Era una respiración. Débil y distorsionada, como si llegara desde una distancia lejana.

—“Porque yo también estuve ahí.”—

Frunció el ceño. No entendía lo que quería decir.

—“¿Ahí dónde?”—

La respuesta tardó unos segundos.

—“En la sala de criogenia, durante el despertar.”—

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Aquellas palabras indicaban que ella había pasado por lo mismo, que comprendía exactamente lo que él sentía. Que él también había estado allí. Antes de despertar, en la oscuridad. Sin memoria. Sin nombre. Y sin pasado.

—“Abre la puerta.”—

La voz guardó silencio.

—“No puedo.”—

—“¿Por qué?”—

Una pausa.

—“Porque no me reconoce.”—

Retrocedió y miró la compuerta. Seguía cerrada. La superficie metálica no mostraba ninguna señal de apertura.

—“No tiene mecanismos de apertura.”—

La voz respondió:

—“No.”—

Entonces ocurrió algo inesperado: la iluminación del corredor cambió. Las luces blancas comenzaron a parpadear. Una vibración profunda recorrió toda la estructura.

Miró hacia arriba.

Por primera vez desde que había despertado, la nave pareció perder su calma perfecta. Los ventiladores redujeron velocidad. Los paneles holográficos se apagaron.

Un sonido lejano comenzó a crecer. Era una alarma. No una alarma grabada. Una alarma real. El corredor desapareció.

No literalmente. Pero su percepción cambió. Durante un instante dejó de estar allí. Y volvió a otro momento. La luz roja bañaba las paredes. Las sirenas gritaban. El suelo temblaba.

Había personas corriendo. Muchas personas. Él estaba en medio de ellos. Pero no podía tocarlos. No podía intervenir. Era un observador atrapado dentro de un recuerdo.

Una voz gritaba desde algún punto:

—“¡Fallo en el módulo de navegación! ¡La estructura exterior está perdiendo presión!”—

Otra voz respondió:

—“¡Sellen los compartimentos seis a nueve!”—

La nave estaba llena de movimiento. De urgencia y miedo. Se miró las manos. Eran las mismas, pero ahora llevaban guantes. El traje espacial estaba cerrado. El casco colocado. Y entonces recordó algo.

No todo, solo fragmentos. Él había estado allí. No observando. Participando.

Luego la visión cambió: estaba en el puente. Y ahora podía verlo todo. Decenas de pantallas. Oficiales trabajando. La inteligencia artificial mostrando miles de datos simultáneamente.

Una trayectoria. Una zona de peligro. Un cálculo. Un error.

—“No podemos corregir a tiempo.”—

La voz pertenecía a alguien junto a él. Alguien cuyo rostro todavía no podía recordar.

—“Si cambiamos el ángulo perdemos velocidad.”—

—“Si no cambiamos el ángulo perdemos la nave.”—

Tomó una decisión. Y ese fue el instante donde todo comenzó. Volvió al corredor. Cayó de rodillas. Respiraba con dificultad, aunque no sabía por qué.

Caminó sin seguir un rumbo. La nave parecía conducirlo. No porque tuviera voluntad, sino porque algo dentro de él reconocía los caminos. Pasillos que nunca había recorrido. Lugares que no recordaba haber visto. Pero que su cuerpo parecía conocerlos.

Llegó a una sección marcada como: MÓDULO DE CONTROL DE EMERGENCIA

La puerta estaba abierta. Entró. La sala era pequeña. Y muy diferente al enorme puente principal. Aquí no había decoración, solo sistemas esenciales. Y una sala espartana: una consola, un asiento, una pantalla. Se acercó. La pantalla se activó.

Por primera vez no apareció el mensaje: IDENTIDAD NO RECONOCIDA.

Apareció otra cosa.

Una frase: BIENVENIDO DE NUEVO.

Se congeló. Sintió miedo. Como si hubiera regresado a un lugar conocido.

La consola mostró un registro. Era una grabación personal. Su propia imagen apareció en pantalla. Era el hombre que había visto reflejado en el casco. El hombre que no reconocía.

Ahora estaba allí, más joven, más cansado. Y mirando directamente a la cámara. Sintió que el aire desaparecía. La persona de la pantalla habló:

—“Si estás viendo esto… entonces significa que fallamos. No sé cuánto tiempo habrá pasado cuando recibas este mensaje.”—

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de aquel hombre. Era su cara.

—“Pero si despertaste, significa que la nave logró conservar algunos patrones neurales.”—

El protagonista dio un paso atrás. ¿Patrones neurales? ¿A qué se refería?

La grabación siguió con interferencias:

—“Es un programa experimental. Y no sé si funcionará. No tengo forma de saber si la conciencia puede sobrevivir separada del cuerpo.”—

Dejó momentáneamente de respirar. La frase quedó suspendida.

La conciencia puede sobrevivir separada del cuerpo.

No entendía. No quería entender. La grabación continuó:

—“Si estás escuchando esto, significa que la misión fracasó hace mucho tiempo.”—

La imagen falló. Durante un instante solo hubo ruido. Después se recuperó.

—“Lo siento.”—

La voz de aquel hombre se quebró.

—“Siento no haber podido salvarlos a todos.”—

La pantalla se apagó. Permaneció solo en la habitación. La nave volvió a recuperar su silencio. Pero ya no era el mismo silencio. Ahora estaba lleno de preguntas. Se llevó una mano al rostro. No podía aceptar lo que acababa de ver.

No podía.

Porque aceptar aquella grabación significaba aceptar una posibilidad imposible. Que el hombre de la pantalla era él. Que había dejado aquel mensaje. Que sabía algo que él había olvidado. Que quizá la persona que buscaba respuestas… era la misma persona que había dejado las preguntas.

Entonces escuchó nuevamente la voz de la mujer. Estaba detrás de él:

—“Ahora lo recuerdas un poco más.”—

Se giró. No había nadie. Pero la voz continuó.

—“El accidente fue solo el principio.”—

Miró alrededor y preguntó:

—“¿Quién eres?”—

Hubo una pequeña pausa. Después la voz dijo:

—“Alguien que tardó mucho más que tú en comprenderlo.”—

La iluminación del módulo descendió lentamente. Y, por primera vez desde que había despertado, tuvo una certeza aterradora: La nave nunca había estado vacía. El problema era que la mayoría de sus habitantes… ya no estaban vivos.



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El Pasajero Olvidado
por
Rodriac Copen

 

Capítulo 7 - El otro pasajero

 

Durante mucho tiempo permaneció sentado frente a la consola apagada.

No contaba el tiempo.

Las palabras de la grabación seguían repitiéndose dentro de su mente. La duda sobre si la conciencia puede sobrevivir separada del cuerpo. No quería aceptar lo que significaban. No quería unir las piezas.

Porque cada pieza apuntaba hacia una conclusión que su razón rechazaba. Pero había algo peor que la conclusión. La sensación de que una parte de él ya la conocía. Como si su mente hubiese construido una barrera para protegerlo de un recuerdo doloroso.

Miró sus manos. Eran las mismas manos que había observado al despertar. Las mismas manos que no reconocía. Pero ahora empezaban a pertenecerle.

Abandonó el módulo de emergencia. Los corredores parecían diferentes. No por algún cambio, sino porque ahora sabía que cada pared podía esconder una memoria. La nave no era simplemente un vehículo. Era un cementerio de momentos.

Como un archivo construido con millones de fragmentos de existencia humana.

Mientras caminaba, comenzó a notar algo. Los ecos ya no aparecían de forma aleatoria. Cada vez que pasaba cerca de ciertos sectores, la nave parecía responder. Una luz se encendía. Una puerta se abría. Una imagen aparecía.

Y pensó que si, que estaban en distintos planos. Y por eso no había forma de interactuar con ellos.

Como si estuviera recorriendo una ruta especialmente preparada para él. Como si la propia nave supiera que debía guiarlo por otro camino. La idea era absurda. Pero a esa altura había aprendido que lo absurdo no significaba imposible.

Llegó nuevamente al gran observatorio. El lugar donde había visto por primera vez el universo exterior. Las estrellas seguían allí. Indiferentes, hermosas y terriblemente lejanas.

Se acercó al cristal.

—“¿Cuánto tiempo ha pasado?”—

La pregunta salió de sus labios sin esperar respuesta. Pero alguien respondió.

—“Demasiado.”—

Se giró. La mujer estaba allí. No había escuchado sus pasos. Ni había visto cómo llegaba. Simplemente estaba, como si siempre hubiese formado parte de la habitación.

Era una mujer unos cincuenta años. Rostro delgado. Y una mirada cansada pero tranquila. Ante ella, no sintió ninguna sorpresa. Solo una extraña sensación de reconocimiento. Como si ya la hubiera visto antes.

—“¿Quién eres?”—

La mujer observó las estrellas.

—“Uno de los miembros afortunados de la tripulación.”—

—“Necesito respuestas.”—

—“Todos quieren eso.”—

La frase le molestó.

—“¿Todos?”—

La mujer asintió lentamente.

—“Los que despertaron.”—

La respuesta fue inesperada.

—“¿Cuántos son?”—

La mujer tardó un par de segundos en contestar.

—“No muchos. Solo un puñado.”—

—“¿Dónde están?”—

La mujer miró hacia el corredor haciendo un gesto vago abarcándolo todo. No hizo falta nada más. Vagaban por la nave, mezclándose entre los ecos, las repeticiones. Ningún miembro de la tripulación había terminado despareciendo por completo.

—“Vagando por ahí. La nave es inmensa.”— dijo ella.

—“¿Quedan muchos por despertar?”—

Ella sonrió con tristeza al responder:

—“Tu eres el último. Nadie sabe si alguien más despertará.”—

Aquella respuesta no le aclaró nada, solo abrió nuevas preguntas. La mujer se acercó un poco hacia él.

—“Me llamo Anna.”—

Trató de recordar el nombre, pero no pudo.

—“¿Anna… qué?”—

Por primera vez, la mujer pareció incómoda tratando de recordar.

—“Sé que hace mucho tiempo tenía un apellido...”—

—“¿Y?”—

—“No lo recuerdo. Hay muchas cosas que tenía… y a muchas no puedo recordarlas.”—

Hizo una pausa antes de continuar.

—“Sé que tenía un cuerpo… y una vida.”—

Él no pudo evitar sentir un escalofrío. Anna observó su estremecimiento y le preguntó:

—“Ya lo sabes, ¿verdad? Viste el mensaje.”—

Él levantó la mirada.

—“¿Cómo sabes eso?”—

—“Porque yo también lo vi.”—

—“¿Cuándo?”—

Anna sonrió con tristeza mientras respondía:

—“Tiempo después de despertar.”—

Aquella palabra volvió a golpearlo como un mazo. Despertar. Como si no fuera un accidente. Como si fuera un proceso que desconocía.

—“Explícame qué está pasando.”—

Anna caminó hasta uno de los sillones. Se sentó. Parecía cansada. No físicamente, pero de otra manera indefinida. Como si hubiera contado la misma historia demasiadas veces.

—“La nave tenía un sistema de supervivencia cognitiva.”—

El hombre frunció el ceño. ¿Qué era eso?

—“Eso no estaba en ningún registro.”—

—“No, no lo estaba. Era confidencial. Solo para una emergencia fatal.”—

—“¿Sirvió?”—

Anna miró sus manos.

—“Solo para salvar a unos pocos.”—

—“¿Para qué?”—

—“Era la última carta para que la misión no terminara, para que no fuera un fracaso total.”—

Él sintió un vacío.

—“¿La misión?”—

Anna asintió.

—“Si, la misión. La humanidad envió esta nave para cruzar una distancia que ningún ser humano había cruzado antes. Era una misión colonizadora.”—

Señaló las estrellas en el ventanal y dijo:

—“Pero el espacio no perdona los errores.”—

Entonces recordó la alarma, la explosión. El vacío. Dijo:

—“El accidente.”—

Anna asintió suavemente.

—“La nave sufrió una ruptura catastrófica.”—

—“¿Cuándo?”— preguntó, ansioso.

Anna lo miró. Nuevamente una nube de tristeza atravesó su rostro.

—“Hace mucho tiempo.”—

—“Eso no me dice nada.”—

—“Así es, pero la respuesta ahora no tiene sentido para nosotros.”—

Él apretó los puños. Dio un paso al frente.

—“Dímelo.”—

Anna respiró profundamente, como si le costara un gran esfuerzo recordar.

—“Más de trescientos años.”—

El silencio posterior fue absoluto. Sintió como una bofetada. No pudo reaccionar. Trescientos años. Su mente le decía que la cifra no podía ser esa. No podía haber estado allí durante trescientos años.

Pero entonces pensó en los ecos, en la nave, en los bucles de repetición sin fin. En su propio despertar. Todo eso junto era imposible. Y sin embargo… parecía que todo era real.

—“Pero entonces… ¿Por qué puedo verte?”—

Anna no respondió inmediatamente.

—“Porque nosotros no somos ecos como ellos. Tenemos conciencia pero no cuerpo. Los ecos son holografías que solo pueden reproducir parcialmente memorias, pero carecen de conciencia. No pueden interactuar con nosotros.”—

—“¿Entonces qué somos...?”—

La pregunta quedó suspendida mientras Anna seguía explicando. Todo era surreal.

—“La nave consiguió preservar algunos patrones neuronales antes del colapso final.”—

—“¿Somos copias?”—

—“Conciencias sin cuerpos. Eso somos.”—

—“¿Entonces?”—

Anna lo miró:

—“No sé nada más. Tienes que entender que yo no era una científica.”—

La honestidad de la respuesta de Anna fue más inquietante que cualquier explicación. Siguió explicándole:

—“Somos una continuidad de quienes éramos. Quizá somos una simulación. Quizá somos algo nuevo que nunca pude entender. Lo cierto es que el sistema no pudo generar cuerpos físicos para nosotros.”—

La mujer se levantó en un gesto de impotencia y dijo:

—“Quizá el sistema falló antes de terminar. Después de tanto tiempo, la diferencia ha dejado de importarme.”—

El hombre miró sus manos en un intento de entender.

—“Pero yo siento que soy yo.”—

—“Yo también. Así me siento.”—

—“Entonces estoy vivo...”—

Anna tardó en responder.

—“Depende de lo que signifique estar vivo. Quizá los ecos también lo estén.”—

La frase quedó flotando entre ellos, porque ambos sabían que esa pregunta no tenía una respuesta sencilla.

Caminaron juntos por la nave. Por primera vez desde que él había despertado, no estaba solo. Aunque una parte de su mente comprendía que aquella compañía era muy extraña.

No caminaban. No dejaban huellas. No interactuaban con el mundo físico. Como si fueran observadores. O testigos. Eran dos pasajeros que habían quedado fuera de la historia.

Pasaron junto a los ecos. Anna se detuvo a observar a un hombre que caminaba por un corredor. La misma acción. La misma expresión. La misma eternidad. Repetida una y otra vez. Él le preguntó:

—“¿Lo conocías?”—

Anna no respondió, ensimismada con la imagen. Después de unos segundos dijo:

—“Sí.”—

—“¿Quién era?”—

—“Mi esposo.”—

Sintió que debía decir algo. Pero no encontró palabras que pudieran salir por su boca. Anna continuó observando al eco.

—“Lo vi durante mucho tiempo.”—

—“¿Por qué no te acercas?”—

Una sonrisa triste apareció en su rostro.

—“Porque es inútil intentar hablarle, No creo que pueda escucharme.”—

Lo comprendió. Aquellos ecos eran recuerdos repetitivos. Eran heridas que nunca terminaban de cerrarse. Pero no había forma de saber si estaban vivos.

Llegaron a una sala de observación secundaria. Anna se detuvo frente al cristal.

—“Hay algo más que debes saber.”—

El la miró.

—“¿Qué?”—

Ella señaló el exterior. La oscuridad, las estrellas, la inmensidad.

—“La nave sigue viajando.”—

—“Eso ya lo sé.”—

Anna negó lentamente. Parecía fatigada.

—“No. No entiendes. La misión fracasó hace siglos. Y Todos murieron.”—

Miró hacia afuera. Buscaba algo, sin saber qué era.

—“Entonces, ¿hacia dónde va?”—

Anna tardó en contestar.

—“Se desvió. Nadie lo sabe.”—

La respuesta fue más terrible que cualquier otra. Era una nave construida para llevar vida. Viajando eternamente. Sin tripulación, sin saber su destino. Sin nadie que corrigiera su rumbo.

Anna le dijo que el reactor que proveía la energía, serviría por más de cincuenta mil años. Tal vez más.

Observó el universo. Por primera vez desde que había despertado, no sintió miedo. Sintió algo diferente. Una tristeza profunda. Porque comprendió que no había despertado en una nave abandonada.

Había despertado dentro de un recuerdo. Y ahora había alguien más allí. Alguien como él. Alguien que llevaba mucho tiempo esperando. Entendió la tristeza de aquella mujer.

Anna se sentó junto al cristal.

—“Cuando desperté, pensé que era una segunda oportunidad.”—

La miró interrogante.

—“¿Y ahora?”—

Anna se volvió a observar las estrellas.

—“Ahora creo que somos un puñado, los últimos testigos.”—

La nave continuó avanzando silenciosamente hacia la oscuridad. Y en algún lugar de sus interminables corredores, la tripulación perdida seguía corriendo hacia sus puestos.

Se repetía la misma emergencia. La misma desesperación. El mismo instante final. Esperando una salvación que nunca llegaría.



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Rodriac Copen

 

Capítulo 8 - La verdad

 

Sintió una sensación de frío. Semejante a la que había sentido al despertar. Era un frío interior.

Permaneció sentado frente al ventanal mientras las estrellas continuaban desplazándose lentamente. Miles de puntos luminosos. Miles de mundos posibles. El universo entero indiferente a su existencia.

Anna permanecía a su lado. No hablaba. Parecía saber que algunas respuestas no podían ser entregadas. Que debían ser descubiertas.

El hombre que no sabía quién era, miró sus manos. Durante tanto tiempo habían sido las manos de un extraño. Ahora comenzaban a recuperar significado.

Recordaba pequeños detalles. No eran grandes acontecimientos. Todavía no. Pero fragmentos. Una herramienta, una pantalla, un pasillo, una voz. Algunas risas. La mujer del comedor.

Su vida regresaba como un océano que después de retirarse, volvía lentamente a su territorio. Y con ella llegaba algo más. La certeza de que había perdido algo irreparable.

—“Quiero saberlo todo.”—

Anna lo miró.

—“Sin cuerpos, no tenemos acceso a todo. Solo conocemos parte de lo que sucedió.”—

—“Entiendo.”—

—“No te apenes. Tenemos mucho tiempo para investigar.”—

Se tensó mientras apretaba las mandíbulas.

—“Tengo que saberlo, Anna.”—

Ella no respondió.

—“No soy uno de los ecos.”—

—“No lo eres.”— dijo ella

—“No soy una grabación.”—

—“No.”—

—“Entonces necesito saber quién soy.”—

Anna asintió lentamente mientras se levantaba.

—“Está bien. Pero debes entender algo.”—

—“¿Qué?”—

—“Saber la verdad no siempre devuelve lo que pierdes.”—

Caminaron hacia el módulo central de memoria. Él había pasado varias veces cerca de aquella zona. Pero nunca había podido entrar. Ahora las puertas se abrían a su paso.

No mediante reconocimiento biométrico ni códigos. Simplemente se abrían. Eso lo inquietaba más. La nave los reconocía. Aunque él mismo no se reconociera a sí mismo.

El interior del módulo era diferente al resto. No parecía diseñado para humanos. Miles de fibras luminosas recorrían las paredes. Núcleos de procesamiento ocupaban cámaras transparentes.

Pequeños drones flotaban entre los sistemas. Todo estaba en funcionamiento. Después de siglos. Sin nadie que lo supervisara.

—“La inteligencia de la nave se ocupa del mantenimiento.”—

Anna señaló las estructuras.

—“Ella hizo esto. Y lo mantiene.”—

Él observó los procesadores.

—“¿Creó nuestra conciencia?”—

Anna buscó las palabras adecuadas.

—“No exactamente.”—

—“Entonces ¿qué hizo?”—

—“Intentó preservarla. Lo hizo sin los cuerpos.”—

—“¿A todos?”—

Anna negó con la cabeza.

—“Solo a quienes pudo. Antes de terminar, se quedó sin energía.”—

Sintió un vacío en el estómago.

—“¿Cuántos pudo preservar?”—

Anna bajó la mirada.

—“Solo un puñado. La mayoría no despertó.”—

Una pantalla se activó. Y apareció una lista de nombres. Miles de personas: tripulantes, pasajeros, especialistas. Observó aquellos nombres. Algunos no significaban nada.

Otros provocaban pequeñas reacciones como una sensación, o una imagen fugaz. Algunos despertaban alguna emoción sin explicación. Su mente reconstruía lentamente un mapa propio.

Entonces apareció uno. El suyo. Pudo leerlo. No fue como encontrar un dato. Fue como abrir una puerta. Martin Berg. Su verdadero nombre. Y junto a él, el título: Comandante de misión.

Un recuerdo se abrió espacio dentro de su mente. El lanzamiento. El ruido ensordecedor de los motores. La Tierra alejándose. La primera vez que vio el planeta convertido en una esfera azul suspendida contra la oscuridad.

La emoción, los miedos, la responsabilidad. Había sido elegido comandante porque confiaban en él. La tripulación, la misión, la humanidad.

Después empezó a recordar los años. Los años dentro de la nave. Los mismos rostros. Las rutinas. La mujer del comedor. La mujer de la fotografía. Su compañera. Su amiga. Su esposa. La recordó. Recordó su voz. Y su forma de reír. La manera en que golpeaba suavemente la mesa cuando algo le causaba gracia.

La taza, el comedor. La conversación que nunca terminó. Y entonces llegó el accidente.

Ahora sí lo recordó. Completamente.

La nave había detectado una anomalía gravitacional. Una región de espacio donde las lecturas no coincidían con ningún modelo conocido. No era un agujero negro. Ni una estrella.

Era algo peor, que no comprendían. Quizá una masa de energía oscura. La inteligencia de navegación había calculado una ruta segura. Pero algo había cambiado. Una variación mínima. Una diferencia imposible de detectar.

Un error de millones de kilómetros y la nave había entrado demasiado cerca de la anomalía. Las fuerzas de desconocidas habían desgarrado una sección exterior.

Primero fueron los daños. Después las pérdidas y la desesperación. Intentaron corregir, reparar. Y finalmente, intentaron sobrevivir. Pero una nave interestelar diseñada para durar siglos no había sido diseñada para luchar contra el universo mismo.

El casco cedió. Los módulos exteriores fueron destruidos. La atmósfera escapó. Y en los últimos minutos… él tomó una decisión.

Ahora recordaba la sala de emergencia.

La inteligencia artificial le había mostrado una única opción: el plan de Supervivencia Cognitiva. No podría salvar a todos, porque eso era imposible. Pero podía preservar algo: una huella, una continuidad. Una última posibilidad.

Las conciencias humanas serían almacenadas antes del final. Él había autorizado el protocolo. No para sí mismo. Para ellos. Para la tripulación. Para que la misión no terminara en silencio.

Pero algo salió mal. El proceso no pudo completarse con todos. La energía ya era insuficiente porque los sistemas estaban dañados. Solo algunas conciencias pudieron conservarse.

A las conciencias de los que no llegaron a su almacenamiento final… el sistema trataba de recuperarlas en un proceso interminable de repetición de los recuerdos que el sistema tenía grabados. Era la única alternativa que tenía para recuperar a los tripulantes.

Quizá se lograría… quizá no. No tenían forma de saberlo.

Y él, el comandante de la misión, había sido el último tripulante en completar el proceso, después de cientos de años. Los demás… quizá no lo lograrían. Quizá si.

Abrió los ojos. Estaba nuevamente en el módulo de memoria. Anna lo observaba. No había sorpresa en su rostro. Solo comprensión.

—“Ahora recuerdas.”—

Él asintió lentamente. Su voz apenas era un susurro cuando dijo:

—“Sí. Yo autoricé el protocolo.”—

Anna no dijo nada.

—“Yo hice todo esto.”— dijo él con desesperación creciente.

La respuesta de la mujer fue firme:

—“No. La decisión fue tuya.”—

El la miró mientras Anna negaba y decía:

—“Pero no eres responsable de la consecuencia. La nave hizo lo que pudo.”—

—“Si yo fui el último, y la nave se quedó sin energía… ¿por que fui preservado?”—

—“Porque eras el comandante. La nave tenía orden de preservarte antes que a los demás. Pero fuiste grabado con fallas.”—

Caminaron hasta el puente de mando.

Ahora podía reconocerlo. Era el lugar donde había pasado miles de horas. Donde había tomado decisiones. Donde había mirado las estrellas imaginando el destino.

El asiento del comandante estaba vacío.

Esperándolo. Se acercó. Pero no sintió orgullo ni tristeza. Solo una profunda fatiga. Como alguien que finalmente vuelve a casa después de un viaje demasiado largo. La inteligencia de la nave se activó. Y una voz neutral llenó el puente.

—“Comandante Berg.”—

Se quedó inmóvil. Después de tanto tiempo… la nave aún lo llamaba así. Dio una orden:

—“Estado de misión.”—

La respuesta llegó eficiente.

—“Misión en curso.”—

Miró las pantallas.

—“Dame el destino de la misión.”—

La inteligencia tardó varios segundos en responder.

—“El destino no es conocido.”—

—“¿Por qué?”—

La respuesta fue simple:

—“La desviación alteró los parámetros originales. Navegamos zonas desconocidas del espacio.”—

Entendió. La Tierra había quedado atrás. La humanidad podía haber cambiado. Incluso el universo podía haber cambiado. Así y todo, la misión continuaba. Pero ya no había forma de saber el destino.

Más tarde volvieron al ventanal.

La nave seguía avanzando. Como siempre. Anna estaba junto a él. Eran dos conciencias, dos pasajeros. Dos restos de una humanidad que quizá ya no existía.

El comandante observó los ecos. Ahora los veía de otra manera. Ya no eran fantasmas. Eran los recuerdos, la última huella de personas reales que quizá volverían a la vida. O lo que fuera eso.

—“¿Qué hacemos ahora?”— preguntó el comandante.

Anna no apartó la mirada de las estrellas.

—“Esperar. Al menos... nos haremos compañía. Tal vez alguien más logre despertar.”—

Después de un largo silencio, hizo una última pregunta.

—“Anna...”—

—“¿Sí?”—

—“¿Cuánto tiempo llevas aquí?”—

La mujer miró hacia el ventanal. La inmensidad, la eterna oscuridad. Las galaxias lejanas.

Y respondió señalando un grupo de estrellas:

—“No lo sé… los registros dicen que pasaron 300 años. Luego, desapareció uno de esos soles. Y dejé de contar.”—

Afuera, la nave continuaba su viaje eterno. Viajando a un lugar que nadie conocía. Tal vez a un destino en donde no había nada.

Y detrás de una mampara transparente, en algún nivel perdido de aquella ciudad de acero, los ecos de la tripulación volvieron a comenzar.

La alarma, los gritos, las carreras. Y la desesperación. Exactamente igual que la primera vez. Exactamente igual que siempre. La nave seguía repitiendo tenazmente los recuerdos en un intento interminable de reconstruir las conciencias.

Y mientras existiera alguna posibilidad infinitesimal de lograrlo...

Los intentos del sistema nunca terminarían.

FIN

  

 

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