martes, 13 de octubre de 2026

Portada de la Web del Escritor Rodriac Copen

 




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lunes, 12 de octubre de 2026

La Trastienda de Rodriac: "El problema de la vida en 'El Pasajero Olvidado'"

 


✨ La Trastienda de Rodriac

🔥 El problema de la vida en "El Pasajero Olvidado"
por Rodriac Copen


Con los "Ecos" intenté analizar lo que entendemos por vida. Y por qué los humanos damos por sentado que conocemos todas sus formas posibles.

El problema de encontrarse con formas diferentes y desconocidas a la vida que conocemos, quizá no sea justamente determinar si esas formas están vivas. O, en la novela, si los Ecos están vivos.

Cuando nos encontramos ante una aparición como podría ser un fantasma, tendemos a formular una pregunta inmediata: ¿es real o no es real?

Pero esa pregunta puede estar mal planteada.

En el cuento, si una figura aparece en un corredor, se mueve, reproduce gestos humanos y parece conservar alguna relación con acontecimientos pasados, podemos estar tentados a clasificarla en alguna categoría conocida: una ilusión, una grabación, un fantasma o una manifestación sobrenatural.

Es decir, intentamos comprenderla mediante las categorías mentales que ya tenemos disponibles.

Pero ¿qué sucede si ninguna de esas categorías que conocemos resulta suficiente para entender a esa entidad?

Los ecos de "El Pasajero Olvidado" permiten plantear precisamente esa posibilidad. No son personas vivas en el sentido biológico habitual que la raza humana conoce. Pero tampoco son necesariamente simples grabaciones, si su existencia presenta características que van más allá de una reproducción mecánica de imágenes y sonidos.

Entonces aparece una pregunta que me parece fundamental para la raza humana:

¿Y si la vida no fuera una categoría que separa tajantemente lo vivo de lo muerto, sino un fenómeno que puede manifestarse de maneras que todavía no sabemos reconocer? No estoy hablando de "planos" de existencia o de otras dimensiones. Estoy hablando literalmente de formas desconocidas de existencia.

No estoy afirmando que eso sea así en el mundo real. Estoy señalando la posibilidad filosófica que esta ficción permite explorar.

La dificultad reside en que, para identificar una forma de vida desconocida, necesitamos criterios. Pero si nuestros criterios fueron construidos a partir de las formas de vida que conocemos en la Tierra, ¿cómo podemos estar seguros de que sirven para reconocer otras radicalmente diferentes ante una eventual contacto?

Podríamos encontrarnos ante algo que existe, interactúa con su entorno y mantiene cierta continuidad, pero descartarlo pensando que es algo inerte porque no respira, no se reproduce o no posee un organismo convencional como los que acostumbramos a ver en la Tierra.

Y tal vez estaríamos cometiendo un error de clasificación.

O tal vez no. Porque lo interesante para un escritor es que no disponemos de una respuesta automática para resolver ese problema.



🌞
¿Y si la vida humana fuera un modelo entre muchos posibles?

Esta es una de las preguntas más fértiles que abre un camino en esta historia.

Nosotros conocemos la vida a través de organismos que comparten determinadas características: organización biológica, metabolismo, reproducción, evolución y otras propiedades que estudiamos en biología.

Pero tendemos a dar un paso adicional, mucho más discutible: convertimos esas características en la imagen mental de lo que la vida debe ser.

La ciencia, por supuesto, no está obligada a cometer ese error. De hecho, la astrobiología intenta precisamente pensar cómo reconocer una vida que podría no parecerse a la terrestre.

Sin embargo, en nuestra imaginación cotidiana, la vida suele tener una forma bastante definida: nace, crece, se alimenta, se reproduce y muere.

¿Y si esa descripción no abarcara todas las posibilidades?

Pensemos en los ecos de "El Pasajero Olvidado".

Si existen de una manera estable, conservan patrones de comportamiento y mantienen alguna relación con su entorno, ¿debemos considerarlos necesariamente objetos inertes? ¿O podría existir una categoría diferente, una forma de persistencia que no encaje del todo en nuestra distinción entre vida y muerte?

La cuestión no consiste en declarar que los ecos están vivos. Consiste en preguntarnos qué necesitaríamos saber para decidirlo.

Y eso es mucho más interesante que definirlos a través de una etiqueta.

Porque, si los ecos constituyen una forma de existencia diferente, entonces el protagonista no estaría simplemente rodeado por los restos de una tripulación desaparecida. Estaría compartiendo un espacio con entidades cuya naturaleza no comprende.

Y la nave dejaría de ser únicamente un cementerio tecnológico.

Porque podría ser un ecosistema de otra clase.

No necesariamente un ecosistema biológico, ni uno que funcione como los que conocemos, sino un entorno donde persisten entidades que obligan a reconsiderar los límites de nuestras categorías.




🌞
Los fantasmas: ¿son una superstición, ilusión o una posibilidad que no sabemos formular?

Aquí entramos en el aspecto más delicado y, a mi juicio, más sugerente de este planteamiento.

Cuando uno analiza un fantasma, se pregunta si los fantasmas o las apariciones podrían ser formas alternativas de vida, llevando la cuestión fuera de la nave hacia nuestra propia interpretación del mundo.


La hipótesis es provocadora porque invierte el orden habitual del razonamiento.

Normalmente, partimos de lo que creemos saber sobre la vida y utilizamos ese conocimiento para explicar las apariciones: como no encajan en la biología, las descartamos y decimos que pueden ser fenómenos imaginarios, errores perceptivos o relatos culturales.

Pero la pregunta propone otra posibilidad: ¿y si, antes de descartarlas, debiéramos preguntarnos si estamos utilizando un concepto demasiado estrecho de existencia?

Hay que establecer una distinción importante. No disponemos de evidencia científica sólida que demuestre que los fantasmas sean organismos, conciencias independientes o formas de vida alternativas. Que una experiencia resulte inexplicable para quien la vive no demuestra que su interpretación sea correcta.

Pero esa cautela no elimina la pregunta filosófica.

Podemos rechazar una explicación sobrenatural concreta sin afirmar que ya comprendemos todos los fenómenos posibles del universo. También podemos mantener abierta una pregunta sin concederle por ello el estatus de una hipótesis científicamente respaldada.

En ese sentido, la ciencia ficción cumple una función extraordinaria: no necesita presentar una posibilidad como un hecho para explorar qué consecuencias tendría si resultara cierta.

Y los "ecos" de mi historia permiten imaginar un caso intermedio.

Supongamos que alguien observa una aparición y descubre que no es una persona viva, pero tampoco una ilusión subjetiva. Supongamos que existe un fenómeno objetivo, persistente, que puede ser observado bajo ciertas condiciones.

Todavía quedaría por resolver qué es.

Acaso es ¿Una conciencia? ¿Un patrón de información? ¿Un proceso desconocido? ¿Una forma de existencia que no hemos aprendido a clasificar?

Ninguna de esas respuestas se desprende automáticamente de la observación de la entidad o fenómeno. Pero la pregunta ya habría cambiado el enfoque: no estaríamos discutiendo solamente si existen fantasmas, sino qué clase de fenómeno podría estar detrás de aquello que llamamos fantasma.



🌞
La distinción decisiva: existir, estar vivo y ser consciente

Creo que aquí está el corazón conceptual de lo que plantea nuestra historia. Son tres cuestiones distintas que solemos confundir.

✔ Existir: Que algo sea real de algún modo. Una roca existe, una onda electromagnética existe y un registro almacenado existe. Pero la existencia, por sí sola, no implica vida.

✔ Estar vivo: Que algo reúna las propiedades que justifican considerarlo como una forma de vida. En biología hay criterios útiles, aunque definir la vida en sus límites sigue planteando dificultades, especialmente cuando pensamos en posibilidades radicalmente distintas de la terrestre.

✔ Ser consciente: Esto exige que exista experiencia subjetiva. Es decir, que haya, en algún sentido, algo que sea ser esa entidad. La conciencia no es equivalente a la vida biológica, y tampoco puede deducirse simplemente de un comportamiento convincente. Pero... este es el concepto terrestre de conciencia.

Ahora volvamos a la historia.

Un eco puede existir sin estar vivo. Puede estar vivo, según una definición hipotética, sin ser consciente. O podría presentar alguna forma de conciencia que no se manifieste de la manera que esperamos los terrestres.


También podría no cumplir ninguna de esas condiciones: quizá sea solamente una reconstrucción automática de acontecimientos pasados.

Lo notable es que estas alternativas producen interpretaciones muy diferentes de la misma escena.

Si un eco repite mecánicamente los últimos movimientos de una persona, estamos ante un registro.

Si responde de manera flexible a circunstancias nuevas, tendríamos razones para investigar si existe algún proceso más complejo.


Si, además, posee experiencia subjetiva, aparecería una cuestión ética: ¿estamos contemplando una entidad que experimenta su existencia o solamente una representación que nosotros interpretamos como alguien?

Y si no podemos determinarlo, la incertidumbre deja de ser una mera dificultad científica. Se convierte en un problema filosófico.

La apariencia de una persona no demuestra que haya alguien allí. Pero tampoco podemos resolver la naturaleza de una entidad desconocida limitándonos a señalar que no se parece a nosotros.

Esa tensión encaja perfectamente con el universo de El Pasajero Olvidado.



🌞
El espejo entre el protagonista y los ecos

Hay algo que, a la luz de lo que acabamos de señalar, adquiere una importancia todavía mayor.

El protagonista empieza observando a los ecos como algo ajeno. Para él son figuras extrañas, atrapadas en una repetición incomprensible. Él es quien observa; ellos son aquello que intenta comprender.

Pero, cuando descubre la naturaleza de su propia existencia, esa separación se vuelve mucho menos segura.

Porque el protagonista de la historia también podría ser una forma de persistencia posterior a la muerte biológica. También podría depender de registros, procesos tecnológicos o patrones conservados. También podría ser una entidad cuya relación con la persona original no puede establecerse de manera definitiva.

Entonces surge una inversión extraordinaria: El protagonista empieza preguntándose qué son los ecos y termina enfrentándose a la posibilidad de que él mismo pertenezca a una categoría de existencia que no comprende.

Ya no puede observarlos desde una posición privilegiada, como si él representara la vida auténtica y ellos fueran solamente sus imitaciones.

Quizá la diferencia entre ellos sea profunda. Quizá el protagonista posea capacidades que los ecos no tienen. Quizá los ecos sean simples reconstrucciones y él una conciencia preservada.

Pero el protagonista no puede dar por sentado que su propia condición sea la medida con la que deba juzgar todas las demás.

Y el lector tampoco puede hacerlo.

Esto amplía el conflicto de identidad que comentaba antes. Ya no se trata únicamente de si el protagonista es el original o una copia. Se trata de si la categoría de «copia» resulta suficiente para describir aquello en lo que se ha convertido.

Tal vez la pregunta no sea solo si ha sobrevivido.

Tal vez sea si ha aparecido una forma de existencia que no estaba contemplada en su antigua concepción del mundo.



🌞
Lo que esta historia podría estar diciendo sobre nuestra relación con lo desconocido

Hay una interpretación más amplia que me parece especialmente valiosa.

Los seres humanos tendemos a construir categorías a partir de nuestra experiencia. Eso es inevitable y, en la mayoría de las circunstancias, útil. Necesitamos clasificar, comparar y establecer diferencias.


El problema comienza cuando confundimos nuestras categorías con los límites de la realidad. Y nos guste o no, nuestro mundo es limitante. Y aún no sabemos a ciencia cierta si es representativo del universo. Tal vez no lo sea. Incluso, diría que aún no sabemos si la vida en la Tierra es una excepción a las reglas del universo.

Que algo no encaje en nuestros modelos puede significar que estamos ante una interpretación equivocada de la realidad, una observación defectuosa o un fenómeno que todavía no comprendemos. No significa automáticamente que hayamos descubierto algo extraordinario. Pero tampoco permite concluir, sin más, que nada queda por investigar.

En esta ficción, los ecos ponen en crisis la frontera entre presencia y ausencia, entre pasado y presente, entre una persona y su representación.

El protagonista pone en crisis otra frontera: la que separa a los vivos de los muertos. O a los conscientes de los que no lo son.

Y ambos problemas podrían ser manifestaciones de una cuestión más general: ¿Cuántas veces confundimos las limitaciones de nuestras definiciones con las limitaciones del mundo real?

Y eso, incluso a escala doméstica puede ser un problema. ¿Como sabemos a ciencia cierta que en la Tierra los humanos somos los únicos seres conscientes? 

Esta pregunta que planteo en este artículo y en la ficción no exige que creas en fantasmas ni aceptar explicaciones paranormales. Pero sí exige reconocer que nuestros conocimientos son provisionales y que una buena investigación empieza por distinguir lo que sabemos de lo que suponemos.

La imaginación, en este caso, no reemplaza al conocimiento científico. Le plantea preguntas posibles, construye escenarios y permite explorar sus consecuencias humanas.

Eso es lo que la ciencia ficción puede hacer especialmente bien.



🌞
La lectura de "El Pasajero Olvidado"

El propósito de esta mininovela no es únicamente una exploración de la identidad y de la supervivencia después de la muerte.

La historia plantea que quizá hemos confundido durante demasiado tiempo una forma particular de existencia —la vida tal como la conocemos— con la definición completa de lo que puede existir.

Los ecos son el instrumento narrativo que permite poner esa certeza en duda. El protagonista es quien descubre que tampoco puede situarse cómodamente fuera del problema. Y la nave es el espacio donde esas categorías dejan de funcionar con la seguridad que tenían antes.

No afirmo que los ecos estén vivos. Esta novela no necesita resolverlo. De hecho, su fuerza puede residir precisamente en que el lector no tenga una respuesta definitiva para determinar qué son los Ecos.

Si son grabaciones, representan la persistencia de la información.

Si son conciencias, plantean el problema de una existencia que sobrevive de una manera desconocida.

Si son algo distinto de ambas cosas, obligan a considerar que nuestras categorías quizá no basten para describir todas las formas posibles de realidad.

Y si el protagonista comparte con ellos alguna característica esencial, la frontera entre el observador y lo observado se desmorona.

Para mí, ese es el aspecto más ambicioso del planteamiento argumental: no consiste en afirmar que los fantasmas existen, ni en proponer que toda información almacenada está viva. Consiste en cuestionar si nuestras ideas de vida, muerte y existencia son suficientes para reconocer algo radicalmente diferente de nosotros.

La pregunta que queda flotando al terminar la historia no es solamente qué ocurrió con la tripulación.

Es otra, mucho más amplia: Si algún día encontráramos algo que no estuviera vivo como nosotros, que no pensara como nosotros y que no existiera como nosotros, ¿seríamos capaces de reconocerlo como una forma de existencia por derecho propio?

Y hay una última vuelta de tuerca: quizá el problema no sea que el universo esté lleno de fantasmas.

Quizá el problema sea que, cuando algo no se parece a nosotros, todavía no sabemos muy bien qué preguntas hacerle.


Mencionado en El Artículo:





 

 

 

 

 

 

 

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domingo, 11 de octubre de 2026

Cuento: "El Pasajero Olvidado ( SciFi - Misterio )"

 

🍀 SciFi - Misterio

🌹 El Pasajero Olvidado
por Rodriac Copen


📌 Sinopsis:

Despierta solo, en una nave interestelar que no reconoce. 

No recuerda su nombre, su misión ni cuánto tiempo ha permanecido dormido. 

A su alrededor, todo parece funcionar con normalidad: las luces siguen encendidas, los sistemas continúan operativos y los pasillos conservan las huellas de una tripulación que, inexplicablemente, ha desaparecido.

Pero pronto descubre que no está completamente solo.

Figuras humanas recorren los corredores, hablan, trabajan y repiten una y otra vez los mismos movimientos... sin verlo, sin escucharlo, sin saber que está allí.

Mientras intenta comprender qué ocurrió, una mujer aparece ante él.

Ella puede verlo.

Y conoce las reglas de ese extraño lugar.

Lo que comienza como un misterio sobre una nave abandonada terminará convirtiéndose en una inquietante pregunta sobre la memoria, la identidad y aquello que queda de nosotros cuando el cuerpo deja de existir.

Porque algunas misiones no terminan cuando muere la tripulación.

Simplemente continúan sin ella.

✔ 10.932 palabras aproximadamente ( 8 capítulos )
✔ 55 minutos de lectura aproximada
✔ Lee el análisis del autor en "La Trastienda"
  

 

 

  

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sábado, 10 de octubre de 2026

Diario de Rodriac: "Historias tontas que nadie pidió"

 


🍀 Diario de Rodriac - Humor

🌹 Historias tontas que nadie pidió
por Rodriac Copen


Estuve de viaje unos días. Nada extraordinario, por cierto. No descubrí una civilización perdida, no regresé con un manuscrito de los templarios ni tuve revelaciones místicas en la cima de una montaña. Simplemente me ausenté.

Y, como suele ocurrir cuando uno abandona temporalmente la noble tarea de mirar una pantalla, durante esos días se produjo un fenómeno extraordinario: el mundo siguió girando sin consultarme.

Las redes sociales continuaron su incesante actividad, la humanidad persistió en sus errores y Facebook, ese inmenso manicomio sin paredes ni enfermeros de guardia, siguió ofreciendo al público sus habituales dosis de sabiduría instantánea, indignación prefabricada y confesiones que nadie ha solicitado.

Mi ausencia también tuvo otra ventaja: el silencio.

Uno se despega un poco de las redes, deja de recibir las opiniones de personas que jamás habría invitado a su casa y recupera, aunque sea provisionalmente, la agradable sensación de que no todo lo que ocurre en la cabeza ajena merece convertirse en información pública.

Yo uso los viajes para reflexionar. Sobre mi vida, lo que va mal y lo que tengo que decidir. Nunca decido en caliente.

Pero después del paréntesis que un viaje significa para mi vida, viene el regreso.

Y ahí está el problema.

Porque basta una recorrida por las publicaciones acumuladas para comprender que, mientras uno se dedicaba a mirar otras cosas como tetas y culos en vacaciones, el universo digital no solo sigue funcionando, sino que continúa produciendo material.

Mucho material.

Material que nadie pidió, que nadie necesita y que, sin embargo, sus autores consideran indispensable compartir con la humanidad.

De ahí este pequeño inventario de historias tontas que nadie pidió (como la que estás leyendo).



Las empoderadas y el departamento de reclamaciones masculinas

Comencemos por las feministas empoderadas que utilizan las redes sociales para explicarnos, con admirable perseverancia, lo despreciables que somos los hombres.

No todos, naturalmente. Aunque, por el tono de algunas publicaciones, uno sospecha que la excepción masculina debe de estar escondida en alguna reserva natural, bajo protección internacional.

El repertorio es conocido: los hombres no saben amar, no saben escuchar, no saben comprometerse, no saben comunicarse, no saben elegir una camisa y, llegado el caso, tampoco saben respirar de la manera correcta.

Uno lee esas cosas y termina preguntándose cómo ha logrado sobrevivir la civilización con semejante catástrofe biológica caminando sobre dos piernas.

Pero lo verdaderamente interesante aparece cuando uno presta atención a los antecedentes sentimentales que suelen acompañar estas proclamas.

Una relación desastrosa. Dos, o tres a veces. Un individuo que resultó ser un perfecto imbécil. Otro que confundía la convivencia con un servicio de hotel. Y, finalmente, la conclusión científica: los hombres son todos iguales.

La muestra estadística es impecable. Tres experiencias personales, ninguna metodología y una generalización con pretensiones de tratado sociológico. En realidad, mi empoderada y lela feminista triste, todo viene de tu nula capacidad para elegir bien. El problema que no puede resolver tu cerebro es simple: los buenos hombres siempre estamos relacionados y no andamos buscando chicas ni por medios digitales ni en bares por la lógica borrasca alcohólica que niebla el buen juicio.

Por supuesto, existen hombres miserables, abusadores, egoístas y emocionalmente incapacitados para distinguir entre una pareja y una empleada doméstica sin sueldo. Pero también hay muchas mujeres asi, solo que algunos tenemos la caballerosidad de no decirlo. Negar la negatividad y toxicidad de algunos especímenes humanos masculinos y féminos sería tan absurdo como negar que existen personas capaces de convertir una discusión por la compra del supermercado en una cumbre extraordinaria de las Naciones Unidas.

El problema no es denunciar las conductas desagradables. El problema es transformar una mala experiencia en una teoría universal y después utilizar esa teoría para justificar todas las malas experiencias futuras. Algo así como la teoría de la tierra plana pero a nivel sociológico.

Si uno elige repetidamente a la misma clase de imbécil, quizá convenga revisar el catálogo de selección o el algoritmo de selección ¿No te parece? Pero hacerlo es un ejercicio mental de salud, no para asumir la culpa de lo que otro hace, sino para preguntarse por qué determinadas señales de alarma parecen ejercer el mismo atractivo que una liquidación de zapatos.

Naturalmente, esta sugerencia no siempre será bien recibida. Hay personas unineuronales que prefieren cambiar de pareja antes que cambiar de criterio, una operación considerablemente más sencilla y que, además, permite publicar una reflexión inspiradora al finalizar cada temporada.

Y así llegamos al empoderamiento.

Empoderarse, según parece, consiste en descubrir que uno puede tomar decisiones, poner límites y marcharse de donde lo tratan mal. Una noticia revolucionaria, sin duda. Nuestros antepasados llevan milenios intentando hacer exactamente eso, aunque sin necesidad de anunciarlo mediante una fotografía en blanco y negro en tetas y una frase en letras doradas.

El verdadero empoderamiento quizá consista en dejar de necesitar que el mundo entero confirme que uno tiene razón y hacer lo que uno cree está bien sin necesidad de ser revisado por terceros.

Pero eso tiene menos repercusión. Y, sobre todo, deja menos material para publicar.



La depresión en horario central

Pasemos ahora a los que han convertido sus padecimientos emocionales en una sección permanente de sus perfiles.

Aquí conviene hacer una aclaración antes de que alguien prepare una antorcha y me acuse de insensibilidad: el sufrimiento psicológico existe, es serio y no necesita la aprobación de ningún filósofo de sobremesa. Hablar de él puede ser importante. Pedir ayuda es legítimo. Buscar compañía cuando uno atraviesa una situación difícil no tiene nada de vergonzoso.

No me refiero a eso.

Me refiero a esa costumbre de transformar cualquier estado de ánimo en una declaración pública, cualquier decepción en una tragedia griega y cualquier martes ligeramente desagradable en una crisis existencial digna de una temporada completa de Netflix.

Hay publicaciones que parecen redactadas por alguien que acaba de descubrir que la vida no incluye servicio de habitaciones.

«Estoy cansado de darlo todo y no recibir nada».
«Nadie sabe lo que estoy pasando».
«A veces sonrío para que nadie descubra el infierno que llevo dentro».


Y mi favorita, por su extraordinaria capacidad para convertir una generalización en filosofía: «Al final, estás solo».

Uno podría preguntarles si han probado a llamar a un amigo, conversar con alguien de confianza o, en determinados casos, acudir a un profesional. Pero sospecho que la pregunta arruinaría el clima poético de la publicación.

Porque hay una diferencia entre expresar un dolor y convertirlo en una identidad. Una cosa es atravesar una mala etapa y otra instalarse en ella, amueblarla con frases melancólicas y abrir una cuenta para documentar las reformas.

Las redes sociales, además, tienen una peculiaridad: recompensan la exhibición emocional con pequeñas dosis de atención. Un corazón, un comentario, un «fuerza, amiga» o un «te abrazo fuerte» pueden producir esa sensación de acompañamiento que tanto necesitamos los seres humanos.

No hay nada malo en ello, mientras no confundamos el aplauso digital con una solución.

Porque Facebook puede ofrecerte doscientos comentarios de solidaridad, pero ninguno de ellos va a resolver mágicamente tus problemas de pareja, tus dificultades económicas o esa vieja costumbre de esperar que los demás adivinen lo que necesitas sin que tengas que decirlo.

La red puede ser una ventana para pedir ayuda. También puede convertirse en un escenario donde el dolor necesita ser representado una y otra vez para no perder público.

Y, cuando el sufrimiento se transforma en espectáculo, aparece una pregunta incómoda: ¿estamos buscando una salida o simplemente necesitamos que alguien confirme, todos los días, que seguimos atrapados?

No siempre es fácil distinguirlo. Ni corresponde juzgar desde afuera la situación de una persona. Pero quizá convendría recordar que no todo lo que sentimos necesita convertirse en una publicación, del mismo modo que no toda conversación privada mejora cuando se transmite por altavoces en la plaza pública.

Hay dolores que necesitan comprensión, otros que requieren ayuda profesional y algunos que agradecerían, sencillamente, un poco de silencio.

Internet, sin embargo, parece empeñado en convencernos de que el silencio es una oportunidad publicitaria desaprovechada.



Yo lo logré, y ahora te toca aplaudir

Llegamos finalmente a una especie particularmente interesante: los supervivientes oficiales de la vida.

Son esos individuos que publican relatos de superación personal con una frecuencia que haría sospechar que, si dejaran de narrar sus hazañas durante cuarenta y ocho horas, perderían la condición legal de seres humanos.

«Me caí siete veces y me levanté ocho».
«Nadie creyó en mí, pero aquí estoy».
«Atravesé el infierno y salí más fuerte».
«Nunca dejes que nadie apague tu luz».


A estas alturas, uno espera que la siguiente publicación incluya una fotografía del autor descendiendo del monte Sinaí con las tablas de la ley bajo el brazo.

No niego que algunas personas hayan atravesado circunstancias extraordinariamente difíciles y hayan conseguido reconstruir sus vidas. Hay quienes han superado pérdidas devastadoras, enfermedades, violencia, pobreza y obstáculos que no le desearíamos ni a nuestro peor enemigo. Sus logros merecen respeto, y contarlos puede servir de inspiración a otros.

Pero entre reconocer una experiencia genuina de superación y convertir cada dificultad cotidiana en una epopeya personal existe una distancia considerable.

Parece que ahora no basta con resolver un problema: hay que regresar de él transformado, iluminado y dispuesto a impartir una conferencia sobre resiliencia.

Se te rompe el coche: oportunidad de crecimiento.
Te despiden del trabajo: una puerta se cierra para que se abra otra.
Tu pareja te abandona: el universo te está preparando para algo mejor.
Te quedas sin dinero para pagar las facturas: una lección de abundancia interior.

A este ritmo, si se nos cae una maceta en la cabeza, deberíamos agradecerle al destino la oportunidad de desarrollar la fortaleza craneal.

La resiliencia es una capacidad valiosa. Nos ayuda a afrontar las dificultades, adaptarnos a circunstancias adversas y, en ocasiones, reconstruir aquello que creíamos perdido. Pero no es un superpoder, ni una obligación moral, ni un examen que todos debamos aprobar con matrícula de honor.

Y aquí aparece la parte menos agradable de esta cultura de la superación permanente: si triunfar después de una desgracia se convierte en una obligación, ¿qué ocurre con quienes no consiguen hacerlo?

¿Con quienes quedan devastados por una pérdida? ¿Con quienes desarrollan una depresión? ¿Con quienes necesitan años de tratamiento, ayuda de otras personas o simplemente no vuelven a ser los mismos?

¿Son menos dignos porque no pudieron convertir su tragedia en una historia inspiradora?

Por supuesto que no.

Sin embargo, cierta literatura motivacional parece insinuar que todo depende de la actitud. Que basta con levantarse temprano, pensar en positivo y repetir tres afirmaciones frente al espejo para que la realidad, avergonzada por su propia negatividad, se retire discretamente de la habitación.

Ojalá fuera tan sencillo. Nos ahorraríamos buena parte de la medicina, la psicología y los servicios sociales. Bastaría con imprimir unos cuantos aforismos en papel satinado y distribuirlos en las salas de espera.

La realidad es bastante menos cinematográfica. Hay personas que consiguen salir adelante gracias a su esfuerzo, y otras que necesitan apoyo durante mucho tiempo. Hay quienes encuentran nuevas oportunidades y quienes deben aprender a convivir con pérdidas irreparables. La voluntad importa, pero también importan las circunstancias, los recursos disponibles, la salud, los vínculos y ese pequeño detalle que los gurús suelen omitir: la suerte.

Porque la vida no reparte las dificultades de acuerdo con un sistema de méritos. Tampoco garantiza que quienes más se esfuerzan sean quienes mejores resultados obtengan.

Te tengo un secreto: la providencia no existe. Ese fue un invento del status quo para apagar tu cerebro y dejarte guiar como un cordero al matadero. Porque si la providencia existiera, la gente buena no sufriría. Y si: sufre. Ergo no existe la "justicia divina". Y tengo muchos ejemplos ¿eh?

De modo que celebro a quien logró levantarse después de una caída. Lo que me resulta menos convincente es la necesidad de convertir cada levantada en una conferencia de prensa. Viejo, si es por eso merezco un monumento. Más vida de mierda que la mía no conozco. Más matrimonio solitario y amargo no concibo. Más tipo deprimido que yo (que estoy vivo de milagro) no conozco. Bueno... si, si conozco... pero ya no están entre los vivos.

A veces lo mejor para cuando uno supera una adversidad, es sacudirse el polvo y continuar caminando. Sin fotografías. Sin música épica. Sin una publicación titulada «Mi viaje hacia la mejor versión de mí mismo».

Y sin exigir que el resto del planeta se detenga a aplaudir.



La humanidad necesita un botón de silencio

Lo curioso de estas publicaciones es que todas parecen diferentes, pero comparten una misma necesidad.

Unas necesitan que confirmemos que todos los hombres son unos miserables. Otras, que reconozcamos la profundidad de su sufrimiento. Las últimas, que admiremos su extraordinaria capacidad para convertir las desgracias en oportunidades de crecimiento.

En el fondo, todas parecen formular una petición semejante: "mírenme y díganme que mi interpretación de la realidad es la correcta".

No es una necesidad exclusivamente moderna. El ser humano siempre ha buscado reconocimiento, compañía y aprobación. La diferencia es que antes debía reunir a los vecinos, conseguir que lo invitaran a la radio o escribir una carta al director. Ahora dispone de una audiencia potencial de miles de personas y puede publicar su manifiesto mientras espera que se caliente el agua para el mate. Y si tenés tetas, mejor: éxito asegurado.

La tecnología ha democratizado la expresión. También ha democratizado la solemnidad, que es una desgracia bastante más difícil de gestionar.

Hoy cualquiera puede convertirse en filósofo, terapeuta, víctima ejemplar, juez de la conducta ajena o superviviente de una catástrofe cuyo principal testigo fue el propio teléfono móvil.

Y todos parecen convencidos de que su experiencia particular contiene una enseñanza que la humanidad necesita escuchar urgentemente.

Quizá la solución sea recuperar una vieja costumbre: pensar antes de hablar. O, en su versión digital, pensar antes de publicar.

Preguntarse si aquello que estamos a punto de compartir aporta algo, ayuda a alguien o simplemente satisface la necesidad momentánea de descargar nuestro mal humor sobre una audiencia cautiva.

Y, si la respuesta es la tercera, quizá podamos concedernos el lujo de no hacerlo.

No todo pensamiento merece convertirse en contenido. No toda experiencia necesita un público. No toda adversidad nos convierte en héroes y no todo desengaño amoroso justifica una reforma constitucional del género humano.

A veces simplemente estamos equivocados. A veces exageramos. A veces nos comportamos como idiotas. Y, en ocasiones, la explicación más razonable de nuestros problemas no es una conspiración del universo, la maldad de todos los hombres o la envidia de quienes nos rodean.

A veces, sencillamente, tenemos que revisar algunas decisiones.

Una conclusión poco espectacular, lo admito. Pero bastante más útil que una fotografía mirando el horizonte con una frase de Paulo Coelho.



El silencio también es una forma de higiene

Después de unos días fuera, uno vuelve a las redes y descubre que no se ha perdido absolutamente nada indispensable.

Los resentimientos siguen resentidos. Los gurús continúan iluminando a quienes no se lo han pedido. Los supervivientes profesionales siguen resucitando de sus desgracias con una frecuencia que haría palidecer a cualquier religión organizada. Y la humanidad permanece convencida de que sus pensamientos más espontáneos merecen difusión internacional.

No ha cambiado el mundo. Apenas ha cambiado nuestra distancia respecto de él.

Y eso es lo interesante de desconectarse: por un momento, uno recuerda que existe una vida fuera de la pantalla. Una vida donde las personas pueden conversar sin convertir cada frase en una declaración ideológica, donde los problemas no necesitan una audiencia y donde las experiencias personales conservan su valor incluso cuando nadie les pone un «Me gusta».

Así que, si estuviste unos días sin publicar, no te preocupes. Probablemente nadie haya notado tu ausencia. Y si alguien la notó, seguramente estaba demasiado ocupado preparando una reflexión sobre la importancia de aprender a soltar.

Yo, por mi parte, he regresado.

He abierto Facebook. He leído algunas publicaciones. He recuperado la fe en la capacidad humana para producir contenido innecesario.

Y he decidido escribir este artículo para denunciarlo.

Lo cual, si lo pensamos un poco, me convierte en otro individuo que acaba de utilizar las redes para compartir algo que nadie pidió.


La diferencia es que yo, al menos, tengo la decencia de reconocerlo.


Aunque, ahora que lo pienso, esa también podría ser una excelente publicación para Facebook.

Con una fotografía en blanco y negro, naturalmente. Pero sin tetas... porque no tengo.





 

 

 

 

 

 

 

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