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lunes, 2 de noviembre de 2026

Diario de Rodriac: "Pedacitos de Vida"

 


🔥 Diario de Rodriac

👁️ Pedacitos de Vida
por Rodriac Copen


Tengo 62 años. Una edad bastante respetable para haber aprendido algunas cosas, aunque no necesariamente las que uno hubiera querido.

Si tuviera que hacer un balance de mi vida, probablemente recurriría a una frase de Borges: no he sido feliz, ni lo soy ahora. Apenas podría decir que he atravesado algunos períodos satisfactorios. Y no es poca cosa, si uno considera que la felicidad parece ser un regalo anunciado en el folleto de la existencia, pero que después nadie sabe muy bien cómo reclamar.

No me considero un desgraciado. Tampoco un hombre particularmente afortunado. Simplemente he vivido. A veces bien, otras bastante mal y, en numerosas ocasiones, con esa desconcertante sensación de estar improvisando sobre la marcha, como un pianista que desconoce la partitura y sospecha que el público también.

He llegado a pensar que la vida tiene cierta organización meteorológica. Se compone de períodos de tormenta y períodos de calma. El problema es que las tormentas suelen ser más memorables, más ruidosas y, sobre todo, bastante más persistentes que los días soleados.

Y la vida moderna parece haberse especializado en producir tormentas.

La tecnología nos obliga a aprender constantemente cosas que ayer no necesitábamos y que mañana estarán obsoletas. Nos hace dependientes para dificultarnos la vida. El trabajo exige cada vez más, la vida cotidiana se ha convertido en una sucesión de trámites, contraseñas, vencimientos y pequeños inconvenientes que parecen reproducirse por esporas. Las relaciones humanas tampoco contribuyen demasiado a la tranquilidad general.

Todo cuesta. Todo requiere atención, esfuerzo, adaptación y una paciencia que, a determinada edad, empieza a parecer un recurso natural no renovable.

Hasta descansar se ha vuelto complicado. Hay que organizarlo, planificarlo, reservarlo y, si es posible, compartir fotografías en las redes sociales para demostrar que uno está descansando correctamente.

No sé ustedes, pero yo recuerdo haber imaginado la vida adulta de una manera bastante diferente.



💥
Los otros siempre tienen la culpa

Hay algo que me llama particularmente la atención: la cantidad de personas que se quejan de sus relaciones sentimentales.

No me refiero a quienes atraviesan situaciones de violencia, abuso o manipulación. Esas son circunstancias diferentes y no admiten bromas ni simplificaciones. Hablo de esa interminable colección de reproches cotidianos entre personas que, en algún momento, se eligieron mutuamente.

Uno escucha relatos en los que cada integrante de la pareja parece ser una víctima inocente de las circunstancias, mientras el otro encarna una suerte de villano doméstico especializado en arruinarle la existencia.

Y me pregunto: ¿en qué momento dejamos de considerar nuestra propia responsabilidad?

Porque, salvo excepciones, nadie nos puso una pistola en la cabeza para elegir a determinada persona. La elegimos nosotros. Por amor, por necesidad, por entusiasmo, por soledad, por calentura, por miedo a quedarnos solos o por alguna combinación de todas las anteriores.

A veces elegimos mal. O elegimos por las razones equivocadas. O vemos lo que queremos ver y dejamos convenientemente fuera de cuadro aquello que no nos gusta.

Después pasan los años, aparecen las diferencias, las incompatibilidades, los desencuentros y las decepciones. Y entonces descubrimos que aquella persona maravillosa que habíamos elegido tenía algunos defectos. Curiosamente, los mismos que ya estaban presentes cuando la elegimos.

Por supuesto, también nosotros cambiamos. Y no siempre para mejor.

En algún momento hay que aceptar que uno participó de la construcción de su propia desgracia. Que no siempre hubo un victimario y una víctima. A veces hubo dos personas que tomaron decisiones, cometieron errores y siguieron adelante hasta descubrir que habían construido algo bastante diferente de lo que imaginaban.

En mi caso, tampoco estoy en condiciones de arrojar la primera piedra. He cometido mis propias estupideces. Algunas de ellas, con una convicción admirable.

Pero hacerse responsable de las propias elecciones no significa resignarse a ellas. Significa dejar de contar la historia como si uno hubiera sido un espectador inocente de su propia vida.

Y eso, aunque duela un poco, puede ser bastante liberador.



💥
Los sueños también tienen fecha de vencimiento

Hay otra cuestión que aparece con el paso del tiempo.

Cuando somos jóvenes, el futuro parece una extensión ilimitada de nuestras posibilidades. Tenemos proyectos, fantasías, ambiciones y una colección de vidas alternativas que algún día, suponemos, tendremos tiempo de vivir.

Vamos postergando algunas cosas por muchas razones. Porque no tenemos dinero. Otras porque tenemos responsabilidades. Y algunas, simplemente, porque creemos que siempre habrá algo de tiempo para cumplirlas. Bueno... no es así.

Porque un día descubrimos que el tiempo no es precisamente una institución conocida por su generosidad. Y menos si lo compartes con una persona carente de empatía, confianza o simplemente amor.

A los veinte años, uno puede imaginarse siendo cualquier cosa. A los treinta, todavía cree que tiene margen para corregir el rumbo. A los cuarenta empieza a hacer algunas cuentas. A los cincuenta descubre que ciertas oportunidades ya no están disponibles. Y los sesenta te sorprenden. Y lo hacen mientras miras tus viejos sueños con nostalgia. No sabes exactamente cuándo se rompieron, pero sospechas que ya no tienes tiempo de concretarlos.

Así es. No todos los sueños se cumplen. A veces ninguno. Algunos sueños se transforman, otros pierden sentido y otros quedan sencillamente abandonados en algún rincón de la memoria.

Y eso también forma parte de envejecer.

No necesariamente porque nos falten fuerzas, sino porque empezamos a comprender que no podremos ser todas las personas que alguna vez imaginamos.

Hay una pequeña tragedia en eso. Pero también hay una forma de madurez: dejar de exigirle a la vida que nos devuelva todas las posibilidades que nosotros mismos fuimos descartando.



💥
All Good Things

Mientras escribo estas líneas estoy escuchando "All Good Things (Come To An End)" , de Nelly Furtado.

Hay canciones que llegan en el momento adecuado, aunque uno no las haya buscado particularmente. Esta tiene algo de despedida, de incertidumbre y de esa pregunta que aparece cuando miramos hacia atrás: ¿cómo entender, cómo aceptar que lo bueno siempre tiene un final?

La escucho y pienso que quizás allí está una de las claves de esa sensación que me acompaña desde hace tiempo.

Lo bueno viene por pedacitos.

Aparece un período de tranquilidad, una buena noticia, un proyecto que funciona, una conversación agradable, una tarde sin preocupaciones, un encuentro que nos devuelve por un rato la sensación de que las cosas están en su sitio.

Y después, inevitablemente, algo sucede.

Una enfermedad, una pérdida, un problema económico, una discusión, una decepción, una preocupación que no nos deja dormir. La vida vuelve a reclamar su cuota de atención y aquellos pequeños momentos de bienestar quedan sepultados bajo una montaña de asuntos pendientes.

No sé si es que las experiencias desagradables son más numerosas o si simplemente tienen una capacidad extraordinaria para ocupar nuestra memoria. Lo cierto es que, muchas veces, una semana complicada parece pesar más que varios meses tranquilos.

Quizás sea una injusticia de nuestra propia percepción. O quizás sea una característica bastante desagradable de la condición humana.

Lo bueno pasa casi en silencio. Lo malo suele llegar haciendo sonar la alarma de incendios.

Y, sin embargo, cuando pienso en mi vida, también encuentro esos pedacitos.

Personas que estuvieron, momentos que disfruté, historias que pude escribir, cosas que aprendí, proyectos que llegaron a buen puerto y pequeñas satisfacciones que, en su momento, quizás no valoré demasiado. Palabras que evité pronunciar y sentimientos que guardé en el interior de mi corazón.

Nada fue suficiente para construir esa felicidad permanente que alguna vez imaginé. Pero los buenos momentos existieron.

Y no quiero cometer la torpeza de ignorarlos solamente porque no duraron para siempre.



💥
Una tregua, aunque sea breve

Tal vez el error esté en nuestra expectativa.

Nos han vendido la idea de que la felicidad es una especie de estado permanente al que deberíamos llegar después de superar una cantidad determinada de obstáculos. Como si la vida fuera un videojuego y, una vez derrotado el último monstruo, apareciera una pantalla anunciando que hemos desbloqueado el nivel de la felicidad.

Pero la vida no funciona así.

La vida no se estabiliza definitivamente. No llega un momento en que desaparecen los problemas, las incertidumbres, las preocupaciones y las contradicciones. Siempre hay algo que resolver, algo que aceptar, algo que reparar o alguna estupidez nueva que aprender a tolerar.

Y la verdad es que estoy cansado de la vida.

Quizás la felicidad no sea una condición permanente para el ser humano. Quizás sea una sucesión de momentos satisfactorios que, vistos en conjunto, nos permiten decir que no todo estuvo tan mal.

No es una idea demasiado romántica, lo admito. Tampoco sirve para vender muchos libros de autoayuda.

Pero tiene una ventaja: no exige que mintamos.

A los 62 años ya no espero demasiado de la vida ni de nadie. No porque haya renunciado a vivir, sino porque he aprendido a desconfiar de las grandes promesas. Prefiero una buena noticia pequeña a una revolución existencial. Una tarde tranquila a un futuro glorioso. Un proyecto terminado a diez proyectos maravillosos que nunca empezaré. Una sorisa a una promesa.

Y, sobre todo, intento no desperdiciar los períodos de calma que me quedan preocupándome por la próxima tormenta.

Porque llegará. Eso lo tengo bastante claro.

Pero también pasará. Como la vida.

Quizás no seamos los protagonistas de una gran historia de felicidad. Quizás nuestra existencia se parezca más a una colección desordenada de episodios, algunos buenos, otros malos y muchos francamente prescindibles.

No obstante, mientras haya algo que nos interese, una historia que contar, una canción que escuchar, una persona con quien compartir un café o una pequeña curiosidad que nos impulse a seguir mirando el mundo, todavía queda algo por hacer.

No voy a decir que la vida es maravillosa. Para mi, no lo fue. Sería exagerar y, a estas alturas, tampoco tengo ganas de exagerar.

Pero tampoco pienso concederle a las tormentas el privilegio de definir toda mi existencia.

Si lo bueno viene por pedacitos, habrá que aprender a disfrutarlos mientras duran.

Y cuando llegue la próxima calma, por favor, que nadie me venga a explicar cómo debería aprovecharla. Probablemente estaré ocupado disfrutando de no tener ningún problema.

Que ya es bastante.



Mencionado en el Artículo:

✔ All Good Things (Come To An End) - Nelly Furtado
✔ Nelly Furtado







 

 

 

 

 

 

 

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