sábado, 14 de octubre de 2023

Historia: "El Primer Amor (SciFi - Romance )"

 


🍀 SciFi - Romance

🌹 El Primer Amor

por Rodriac Copen

 

La humanidad había conseguido viajar entre las estrellas, prolongar la vida, fabricar inteligencias artificiales capaces de discutir sobre metafísica y construir naves que atravesaban el vacío con eficiencia y elegancia. Sin embargo, todavía no había conseguido ponerse de acuerdo sobre una cuestión tan básica y fundamental como el amor.

La expedición científica a Vharzéon pretendía aportar algunas respuestas. O, en su defecto, regresar con suficientes preguntas nuevas como para justificar el presupuesto.

La doctora Helena Marwick, neuropsicóloga, revisaba por tercera vez los informes preliminares mientras su marido, el doctor Gabriel Ferrant, biólogo evolutivo, contemplaba una taza de café con la expresión de quien sospechaba que la bebida había cometido una infracción científica.

Frente a ellos, el doctor Adrian Belnard, psicólogo, estudiaba la proyección holográfica de Vharzéon.

—“Un planeta habitado por humanos que solo pueden enamorarse profundamente una vez en la vida.”— dijo Adrian —“Admito que tiene cierto atractivo.”—

—“También lo tiene una silla eléctrica, si uno se dedica a coleccionar muebles.”—respondió Gabriel —“La cuestión es qué ocurre cuando alguien se enamora de la persona equivocada.”—

Helena levantó la vista.

—“No sabemos si existe una persona equivocada. Estamos hablando de una limitación neurobiológica, no de una sentencia moral.”—

—“Peor todavía, si tienes en cuenta que las sentencias morales pueden recurrirse.”—

La inteligencia artificial de la nave intervino con su habitual serenidad, esa cualidad que le permitía anunciar una catástrofe con el mismo tono empleado para comunicar que se había agotado el café en la máquina.

—“Si lo desean, puedo ofrecerles un resumen del fenómeno neuroafectivo de Vharzéon.”—

—“Adelante.”— dijo Helena.

—“La colonia humana de Vharzéon, establecida en las proximidades de Zyrbassa, en una región cercana al centro galáctico de la Vía Láctea, presenta una variante genética heredable asociada con una reorganización estable de los mecanismos cerebrales implicados en la consolidación de vínculos afectivos profundos.”—

Gabriel dejó la taza.

—“¿Y en la Tierra sabemos cómo apareció?”—

—“No de manera concluyente. Los estudios disponibles indican que la variante surgió en las primeras generaciones de colonos y se transmitió posteriormente a través de la población. Se desconoce si su aparición respondió a una mutación espontánea, a un proceso de selección o a una combinación de factores.”—

—“La evolución.”— murmuró Gabriel —“Esa señora que jamás presenta pruebas de nada.”—

Adrian amplió la proyección holográfica del destino.

Vharzéon giró lentamente ante ellos. Era una esfera de colores azulados y ocres, envuelta en nubes que parecían haber sido colocadas allí por un decorador con debilidad por los paisajes dramáticos.

—“Lo que me interesa”— dijo —“es el mecanismo. ¿Estamos hablando de una especie de impronta afectiva?”—

—“Con una diferencia fundamental.”— contestó Helena —“En los humanos terrestres, el apego involucra varios sistemas: oxitocina, vasopresina, dopamina, memoria y circuitos de recompensa, entre otros. No existe un botón del amor que alguien pueda pulsar a voluntad.”—

—“Una lástima.”— bromeó Gabriel —“Habría sido útil durante el noviazgo.”—

—“En los colonos de Vharzéon,”— continuó Helena —“la variante genética parece modificar la plasticidad de esos circuitos durante la formación del primer vínculo afectivo que alcanza determinada profundidad. Cuando se supera cierto umbral, se produce una reorganización estable del sistema nervioso. Y, a partir de ese momento, la persona pierde la capacidad de establecer otro vínculo equivalente.”—

Adrian frunció el ceño.

—“¿El primer amor?”—

—“No necesariamente el primero en orden cronológico. Un adolescente puede experimentar atracción, enamoramiento, obsesión o una pasión de esas que convierten una canción mediocre en una obra maestra durante tres semanas. Nada de eso implica que el vínculo haya alcanzado el umbral.”—

—“Tres semanas es mucho tiempo para una canción mediocre.”— observó Gabriel.

—“Lo extraordinario,”— prosiguió Helena, ignorándolo con la práctica adquirida durante su matrimonio —“es que los colonos parecen reconocer el proceso mientras ocurre. No identifican a una persona predestinada. Identifican el estado neurológico al que están entrando.”—

Adrian se inclinó hacia la proyección.

—“¿Son conscientes de que el vínculo se está volviendo irreversible?”—

—“Eso indican los testimonios. Perciben cambios emocionales, cognitivos y fisiológicos. Una especie de certeza progresiva, aunque no necesariamente agradable. Saben que están aproximándose a un punto después del cual ya no podrán experimentar otro vínculo de esa naturaleza.”—

Gabriel se frotó la barbilla.

—“Es decir, pueden reconocer que están a punto de enamorarse de manera irreversible, pero no saben si la persona en cuestión es compatible con ellos.”—

—“Exactamente.”—

—“Tampoco si es honesta, sensata, amable, competente o responsable.”—

—“Exactamente.”—

—“¿Y tampoco pueden saber si dentro de unos años roncará como un motor de combustión interna?”—

Helena lo miró fríamente.

—“Gabriel, llevamos diecisiete años casados.”—

—“Por eso conozco la importancia de la investigación preventiva.”—

Adrian soltó una carcajada breve. Helena sonrió a pesar suyo.

La inteligencia artificial aguardó dos segundos, probablemente porque sus diseñadores habían considerado que las pausas mejoraban la naturalidad de las conversaciones humanas. Era una concesión generosa, aunque también inútil.

—“Debo precisar que la irreversibilidad del vínculo no implica una relación necesariamente satisfactoria.”—

—“Siguen siendo humanos.”—dijo Adrian —“Esa adaptación tan particular tampoco garantiza la felicidad. Solo asegura que no habrá una segunda experiencia equivalente.”—

—“Ni convivencia.”— añadió Helena —“Ni fidelidad. Ni siquiera afecto cotidiano. Dos personas pueden separarse, desarrollar resentimiento, dejar de hablarse o pasar el resto de sus vidas deseando no haberse conocido. La impronta persiste.”—

—“¿Incluso si la pareja muere?”— preguntó Adrian.

—“Incluso entonces. La muerte no parece restaurar la capacidad de establecer otro vínculo profundo.”—

Durante unos instantes, ninguno habló.

Afuera, las estrellas pasaban lentamente por las pantallas de observación. La nave avanzaba hacia una colonia situada a miles de años luz de los lugares donde la humanidad había aprendido a convertir sus emociones en canciones, poemas, tratados filosóficos y decisiones financieras desastrosas.

—“Entonces,”— dijo Gabriel al fin —“no es una sociedad en la que las personas se prometen amor eterno. Es una sociedad en la que su cerebro les impide volver a empezar.”—

—“No exactamente.”— corrigió Helena —“Pueden empezar de nuevo una relación. Pueden convivir con otra persona, sentir ternura, admiración, deseo o afecto. Lo que no pueden es reproducir el vínculo que ya se ha consolidado.”—

—“Una distinción interesante.”—

—“Yo diría que es una distinción fundamental.”—

—“En especial para los abogados matrimoniales.”—

Adrian volvió a examinar los datos.

—“¿Y esto es una obligación social? ¿Una especie de mandato cultural? ¿La idea de que uno debe permanecer con su primer amor porque así lo dicta la tradición?”—

—“No.”— respondió Helena —“Es precisamente lo contrario. La cultura puede haber desarrollado costumbres alrededor del fenómeno, pero el mecanismo no depende de ellas. Un colono puede abandonar a su pareja, detestarla, divorciarse o marcharse a vivir al otro extremo del planeta. No hay una autoridad que lo obligue a quedarse. Simplemente, su sistema nervioso no volverá a formar otro vínculo de esa misma clase.”—

—“De modo que la libertad existe,”— dijo Adrian —“pero tiene un límite biológico.”—

—“Como casi todo lo que los seres humanos consideran una conquista definitiva.”—

Gabriel alzó su taza vacía.

—“La libertad humana es extraordinaria. Podemos elegir entre miles de opciones, siempre que no tengamos hambre, miedo, prejuicios, falta de dinero o un cerebro que haya tomado decisiones por nosotros antes de que nos enteremos.”—

—“¿Quieres que te prepare un informe sobre el pesimismo evolutivo?”— preguntó Helena.

—“No. Ya estoy casado con una especialista.”—

La inteligencia artificial proyectó una nueva serie de gráficos.

—“Los registros indican que la capacidad para reconocer la aproximación al umbral de consolidación aparece con la madurez neuroafectiva. No se trata de una identificación instantánea. Los individuos describen un proceso gradual, durante el cual advierten que su relación con otra persona está adquiriendo una profundidad cualitativamente diferente.”—

—“¿Y pueden detenerlo?”—preguntó Adrian.

—“Los datos disponibles no permiten establecerlo con certeza. Algunos testimonios describen intentos de interrumpir la relación al reconocer los primeros indicios. Otros indican que la consolidación parece continuar a pesar de la voluntad consciente. No existe evidencia suficiente para determinar si el proceso puede detenerse antes de alcanzar el umbral.”—

—“Magnífico.”—dijo Gabriel—“Un sistema de alarma que te avisa de que la casa está ardiendo, pero no te garantiza que puedas salir.”—

—“La analogía es inexacta.”— objetó la IA.

—“Las analogías suelen serlo. Por eso funcionan tan bien en las reuniones familiares.”—

Helena amplió uno de los registros individuales.

—“Hay algo que me intriga más. Si el fenómeno es tan evidente para quienes lo experimentan, ¿cómo describen ese reconocimiento? No pueden medir su propia actividad cerebral en condiciones cotidianas. Debe de existir una percepción subjetiva muy consistente.”—

—“Los testimonios hablan de una alteración progresiva en la importancia emocional de la otra persona, una reorganización de las expectativas y una sensación de que el vínculo está dejando de ser intercambiable. No identifican a alguien como su pareja destinada. Reconocen que están entrando en un estado del que no podrán regresar.”—

Adrian permaneció pensativo.

—“En la Tierra, la gente suele interpretar esas sensaciones como una señal de que ha encontrado a la persona adecuada.”—

—“Y a veces confunde una reacción química con una recomendación del universo.”— dijo Gabriel —“El universo, por fortuna, no suele hacerse responsable de sus sugerencias.”—

—“Pero aquí saben que la transformación es real.”— insistió Adrian —“Que no es una metáfora, ni una promesa, ni una convención social.”—

—“Saben que su cerebro está cambiando.”— dijo Helena —“Eso no significa que comprendan qué hacer con ello.”—

Gabriel miró de nuevo la imagen de Vharzéon.

—“Tal vez ese sea el aspecto más interesante. Nosotros pasamos la vida preguntándonos si una relación durará. Ellos pueden saber que el vínculo será permanente y, aun así, ignorar si la relación sobrevivirá al martes siguiente.”—

—“¿Qué tiene de especial el martes?”— preguntó Adrian.

—“Nada. Precisamente por eso es peligroso.”—

La inteligencia artificial interrumpió el intercambio.

—“Tiempo estimado hasta la entrada en el sistema de Vharzéon: treinta y ocho horas. ¿Desean que prepare una simulación de los posibles escenarios de convivencia para los individuos afectados por la impronta neuroafectiva?”—

Helena negó con la cabeza.

—“Todavía no. Primero quiero entender cómo reconocen el umbral. Después podremos estudiar las consecuencias sociales.”—

—“Puedo elaborar un modelo predictivo.”—

—“No quiero un modelo predictivo. Quiero saber qué sienten.”—

Se produjo una pausa.

—“La experiencia subjetiva no puede inferirse por completo a partir de los datos fisiológicos disponibles.”— respondió la IA.

—“Lo sé.”—

Gabriel sonrió.

—“Por fin una máquina que admite que hay cosas que no entiende. Deberíamos registrarlo como acontecimiento histórico.”—

—“Puedo registrar el comentario.”—ofreció la IA.

—“No te molestes. La posteridad tiene suficientes problemas.”—

Adrian seguía contemplando los informes. Había estudiado durante años las contradicciones del comportamiento humano, sus mecanismos de apego, sus estrategias de defensa y aquella prodigiosa capacidad para confundir lo que se desea con lo que se necesita. Sin embargo, la biología de Vharzéon planteaba una dificultad diferente.

En la Tierra, las personas podían enamorarse, desenamorarse y volver a enamorarse. Podían interpretar cada experiencia como la definitiva, declarar que jamás volverían a amar y, unos años después, descubrir que la memoria humana es una excelente escritora de ficción. El dolor no desaparecía, pero la posibilidad de otro vínculo permanecía.

En Vharzéon, al parecer, esa puerta podía cerrarse para siempre.

—“¿Saben qué es lo que más me desconcierta?”— preguntó.

—“Que hayas tardado tanto en decirlo.”— contestó Gabriel.

—“Que ellos no necesitan creer en el amor eterno. Para ellos, la irreversibilidad es una condición biológica. No una esperanza.”—

Helena observó los datos proyectados.

—“Eso no significa que crean en el amor eterno. Solo significa que no pueden volver a experimentar uno equivalente.”—

—“Es peor.”— dijo Adrian —“Nosotros podemos equivocarnos muchas veces al buscar el amor de nuestra vida. Ellos pueden equivocarse una sola vez.”—

Gabriel recogió la taza y comprobó, con decepción, que seguía vacía.

—“No. Ellos pueden equivocarse tantas veces como nosotros. La diferencia es que, en algún momento, una de esas equivocaciones podría convertirse en definitiva.”—

Nadie encontró una respuesta inmediata.

La nave continuó su viaje hacia Vharzéon, transportando tres especialistas, una inteligencia artificial y una pregunta que probablemente no figuraba en ningún presupuesto de investigación.

Porque una cosa era descubrir que el amor podía dejar una huella irreversible en el cerebro.

Y otra, bastante más incómoda, era averiguar qué ocurría cuando el cerebro tenía razón y la persona se equivocaba.

 

.  .  .

 

En Vharzéon, el amor no era eterno por una cuestión de principios. Lo era por una cuestión de neurología. La diferencia parecía insignificante hasta que uno comprendía que, en aquel planeta, un error sentimental podía durar más que una civilización y que no existía tribunal competente para tramitar el reclamo.

El doctor Adrian Belnard llegó a la colonia humana junto con sus colegas terrestres, la doctora Helena Marwick y su marido, el doctor Gabriel Ferrant. Los tres habían sido enviados por un consorcio científico para estudiar durante un año las particularidades neuroafectivas de aquella población. Las autoridades de Vharzéon los recibieron con la cordialidad protocolar que exhiben las instituciones cuando los visitantes provienen del planeta más poderoso de la Federación.

La Universidad de Zorben aceptó incorporarlos a sus equipos de investigación. Les proporcionó despachos, laboratorios, acceso a los archivos clínicos y a una gran cantidad de estudios sociológicos y sicológicos previos.

Adrian se instaló en el departamento de Psicología Comparada. Helena trabajó con los especialistas en neuropsicología y Gabriel se incorporó al equipo de biología evolutiva. Allí conocieron a la doctora Eirena Vashir, neurobióloga local, una mujer de inteligencia aguda, mirada serena y escasa paciencia cuando las conclusiones eran prematuras. En otras palabras, una científica competente. La universidad parecía haber reunido varias, aunque Adrian sospechaba que aquella era una anomalía estadística.

Eirena participaba en las investigaciones sobre la impronta neuroafectiva, y pronto encontró en el psicólogo terrestre un interlocutor estimulante. Discutían sobre los mecanismos del apego, la plasticidad cerebral, la memoria emocional y las diferencias entre la experiencia subjetiva y su descripción científica. A veces, las conversaciones se prolongaban hasta que los sistemas de iluminación del campus reducían automáticamente su intensidad, un procedimiento destinado a recordarles a los investigadores que el universo podía esperar mientras el campus descansaba.

Adrian disfrutaba de aquellas charlas. Eirena era inteligente, irónica cuando se lo proponía y capaz de desmontar un argumento sin necesidad de levantar la voz. No era poco. En la Tierra, algunas personas necesitaban elevar el volumen para compensar las deficiencias del razonamiento.

Con el paso de los meses, la colaboración adquirió una intimidad que ninguno de los dos había previsto.

Al principio fueron detalles insignificantes: Eirena recordaba sus preferencias, anticipaba sus objeciones y encontraba motivos para prolongar encuentros que ya habían agotado su utilidad académica. Adrian comenzó a buscarla sin una razón concreta. Descubrió que las jornadas parecían menos interesantes cuando ella no estaba y que ciertos asuntos, incluso los científicos, perdían parte de su atractivo si no podía discutirlos con ella.

La situación, hasta allí, no ofrecía nada extraordinario. En la lejana y poderosa Tierra, millones de personas habían descubierto esos síntomas antes de inventarse la escritura. La humanidad era una especie extraordinariamente creativa para reproducir errores con ligeras variaciones.

Una tarde, mientras revisaban los resultados de un estudio, Adrian dejó de hablar a mitad de una explicación.

—“¿Qué ocurre?” — preguntó Eirena.

El joven pareció despertar de pronto.

—“Disculpa. No lo sé.”—

—“Una respuesta poco tranquilizadora viniendo de un psicólogo.”— bromeó Eirena.

—“Tengo la impresión de que últimamente pienso demasiado en ti.”—

Ella bajó la mirada hacia la pantalla. No sonrió, pero algo cambió en su expresión. Adrian pensó que podía haber dicho algo incorrecto.

—“¿Te molesta?”—

—“No. Ese es el problema.”—

Eirena guardó silencio durante unos segundos.

—“Adrian, necesito decirte algo.”—

Él se recostó en la silla.

—“Siempre he desconfiado de las frases que empiezan así.”—

—“Lo sé. Por eso prefiero no adornarla.”—

Ella le explicó sin dramatismo lo que le estaba ocurriendo. Habló como una científica que comunica un resultado y comprende al mismo tiempo, que la variable observada es ella misma.

El vínculo entre ellos había alcanzado el umbral de consolidación.

Adrian conocía la teoría. Había estudiado los informes, examinado las imágenes cerebrales y escuchado cientos de testimonios de otros colonos. Sabía que aquella reorganización neurológica era irreversible. Sabía que Eirena no había elegido enamorarse de él como quien escoge un proyecto de investigación. Y sabía que el fenómeno no dependía de que él sintiera lo mismo.

Una cosa era conocer un mecanismo. Y otra, bastante menos agradable, era descubrir que uno acababa de convertirse en su objeto experimental.

—“¿Estás segura?”— preguntó.

Eirena sostuvo su mirada mientras sonreía dulcemente.

—“Tan segura como puedo estarlo de cualquier proceso que conozca por dentro.”—

—“¿Y qué significa eso para nosotros?”—

—“Para mí, significa que lo que siento por ti ha adquirido una dimensión que no volverá a repetirse con otra persona.”—

Adrian buscó una respuesta adecuada. Encontró varias frases profesionales, pero todas eran perfectamente inútiles.

—“Yo también siento algo por ti.”—

—“Lo sé.”—

—“Pero no sé todavía qué es.”—

—“También lo sé.”—

La sencillez de aquella respuesta lo desarmó más que cualquier reproche.

—“¿No te parece injusto?”— dijo Adrian

—“¿Qué cosa?”—

—“Que tú sepas lo que significa esto para ti y yo no pueda saberlo todavía.”—

Eirena inclinó ligeramente la cabeza.

—“Es una diferencia entre nosotros, Adrian. Pero no necesariamente una injusticia. No te he pedido que experimentes lo mismo que yo. Te estoy pidiendo que comprendas que lo que me sucede es real, aunque para ti, como terrestre todavía sea una posibilidad entre otras.”—

Él permaneció callado.

—“No espero que me prometas eternidad.”—añadió ella—“Ni siquiera te pediría que me prometieras que siempre vas a quererme. Sé que no puedes ofrecerme algo que no conoces. Solo quiero que no confundas tu incertidumbre con la inexistencia de mi experiencia.”—

Adrian comprendió entonces que había estado buscando una salida lógica a una situación que no admitía una solución simétrica. Él podía esperar, observar sus emociones, dejar que el tiempo les diera forma. Eirena, en cambio, ya había cruzado una frontera que no tenía regreso.

Y, sin embargo, no le estaba exigiendo nada. Para él, aquello era mucho más difícil de soportar que una exigencia.

Los meses siguientes transcurrieron con una normalidad engañosa. Trabajaban juntos, discutían, compartían comidas y recorrían las calles de Vharzéon después de las jornadas de investigación. A veces, Adrian despertaba con la certeza de que la amaba. Otras veces se preguntaba si aquella certeza era auténtica o si estaba siendo fabricada por el miedo a perderla.

No era una duda que pudiera resolver mediante un cuestionario.

—“¿Cómo distingues el amor de la necesidad de que algo funcione?”— le preguntó una noche a Helena.

La neuropsicóloga dejó a un lado los resultados que estaba revisando.

—“¿Estamos hablando de una cuestión teórica?””—

—“Por supuesto.”— mintió.

—“Entonces, ¿por qué tienes esa cara?”—

—“¿Qué cara?”—

—“La de un hombre culpable, Adrian.”—

Gabriel, sentado junto a ella, levantó la vista.

—“Esa cara es bastante frecuente entre los maridos. Suéltalo ya, hombre.”—

Adrian suspiró.

—“Eirena se ha vinculado conmigo de manera irreversible. Yo creo que la amo, pero no sé si puedo decir que estoy seguro.”—

Helena lo observó con atención.

—“¿Y qué te preocupa exactamente?”—

—“Soy terrestre. Para mí esto puede ser una experiencia entre otras más. Tal vez cuando regrese a la Tierra, conozca a alguien más. Y que lo que ahora parece amor, no lo sea.”—

—“Todo eso es posible.”— dijo ella.

—“Gracias. Tu capacidad para tranquilizar a la gente sigue siendo extraordinaria.”—

—“No he terminado. También es posible que lo que sientes por Eirena sea profundo y verdadero, aunque no puedas garantizar que será eterno. La incertidumbre no invalida automáticamente una emoción.”—

Gabriel asintió.

—“Si solo pudiéramos considerar auténticos los sentimientos que duran para siempre, tendríamos que revisar buena parte de la historia sentimental de la humanidad. Y algunos archivos serían particularmente embarazosos.”—

—“No quiero hacerle daño.”— dijo Adrian.

—“Eso es comprensible. Eres una buena persona.”— respondió Helena —“Pero hay una diferencia entre querer evitar el daño y pretender que puedes controlar todas sus causas.”—

—“Ella ha arriesgado mucho más que yo.”—

—“Ninguno de ustedes dos ha arriesgado exactamente lo mismo.”— dijo Helena —“Y no puedes compensar esa diferencia fingiendo que la amas si no lo sabes con certeza.”—

Adrian bajó la mirada.

Lo que comenzaba a comprender era que la reciprocidad no consistía necesariamente en sentir lo mismo, en la misma medida y durante el mismo tiempo. Consistía también en reconocer la realidad de la experiencia del otro sin apropiársela, reducirla o convertirla en una obligación.

Eirena no podía exigirle que su cerebro funcionara como el de un colono de Vharzéon. Él no podía pedirle a ella que viviera su vínculo como una relación terrestre, abierta a la posibilidad de otros amores profundos.

Ambos eran inteligentes. Ambos comprendían el mecanismo. Y ninguno podía trasladar al otro, intacta, su propia experiencia.

La ciencia había conseguido describir aquella diferencia con notable precisión. Resolverla era otro asunto. Para eso todavía no existía laboratorio.

Cuando faltaban pocos días para el regreso de la expedición a la Tierra, Adrian descubrió que su incertidumbre ya no era una cuestión abstracta.

Eirena había reorganizado su vida emocional alrededor de él. No en el sentido romántico, como si una persona se convirtiera en el sol y la otra aceptara voluntariamente el papel de planeta. La transformación era más profunda y menos decorativa. Su sistema nervioso había consolidado una estructura afectiva irreversible. Él ocupaba un lugar que ninguna otra persona podría ocupar de la misma manera.

Adrian podía marcharse, ella podía dejarlo marchar. Lo que Eirena no podía hacer era volver a empezar desde el mismo punto con alguien más.

La idea le produjo una culpa que al principio confundió con amor. Después comprendió que eran cosas distintas, aunque pudieran aparecer juntas y disfrazarse mutuamente con una eficacia digna de mejores causas.

No la había engañado. Nunca le había prometido eternidad ni había fingido sentir una certeza que no poseía. Pero la honestidad no borraba las consecuencias. A veces uno actúa correctamente y, aun así, descubre que el resultado tiene el encanto de una catástrofe.

La encontró en el laboratorio, terminando un informe.

—“He tomado una decisión.”— dijo Adrian.

Eirena dejó de escribir.

—“Suena muy solemne a pocos días de un viaje.”—

—“Voy a quedarme.”—

Ella no respondió inmediatamente.

—“¿En Vharzéon?”—

—“Sí.”—

—“Tienes una vida en la Tierra ¿Qué pasará con ella?”—

—“Podré continuar mis investigaciones aquí. La universidad me ha ofrecido posibilidades. No sería un sacrificio profesional.”—

—“No te he preguntado eso.”—

Adrian se acercó a la mesa.

—“No quiero dejarte.”—

Eirena cerró el informe.

—“¿Porque me amas?”—

Él tardó un segundo de más en responder.

—“Creo que sí. Y porque no puedo ignorar lo que esto significa para ti. No quiero volver a la Tierra sabiendo que para mí existe la posibilidad de otra vida, mientras tú...”—

—“No pueda volver a enamorarme de la misma manera.”— completó ella.

—“Sí.”—

Eirena se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí se veía una parte del campus y, más allá, las luces de la ciudad. Durante unos instantes pareció concentrarse en algo que estaba muy lejos de aquella habitación.

Cuando volvió a mirarlo, su expresión era serena.

—“No quiero que te quedes.”—

Adrian sintió que la respuesta le golpeaba con más fuerza de la que había previsto.

—“¿Por qué?”—

—“Porque no estás seguro de amarme y pretendes resolverlo quedándote aquí.”—

—“Puedo aprender a...”—

—“No. Escúchame, por favor.”—

No había dureza en su voz. Eso lo hizo callar.

—“Comprendo por qué quieres hacerlo. No eres una persona cruel, Adrian. Pero no me has engañado. Tampoco has jugado con mis sentimientos ni me has prometido algo que no pudieras cumplir. Pero ahora sabes lo que me sucede y quieres compensarlo.”—

—“No es solo eso.”—

—“Quizá no. Pero no puedes distinguir todavía cuánto hay de amor y cuánto de culpa. Y yo no quiero que tomes una decisión irreversible por una razón que mañana podría parecerte insuficiente.”—

—“Pero tu vínculo es irreversible.”—

—“Precisamente.”—

Eirena se acercó a él.

—“Si te quedas porque me amas, quiero que sea porque me amas. No porque te asuste la idea de que yo no pueda volver a sentir esto por otra persona. No porque creas que me debes algo. No porque pienses que marcharte te convierte en un hombre culpable y quedarte te hará uno decente.”—

Adrian apretó los labios.

—“¿Y si nunca llego a estar seguro?”—

—“Entonces tendrás que vivir con esa incertidumbre. Como yo vivo con la mía.”—

—“¿Cuál es tu incertidumbre?”—

Eirena sonrió, pero no había alegría en el gesto.

—“No sé cómo habría sido mi vida si no te hubiera conocido. No sé si estaremos juntos dentro de diez años, ni si seremos felices, ni si algún día lamentaré lo que siento. Mi cerebro puede haber consolidado el vínculo. Pero no me ha entregado un manual de instrucciones.”—

Adrian la miró en silencio.

—“Lo único que sé”— continuó ella —“es que te amo. No necesito que me devuelvas exactamente lo mismo para reconocerlo. Pero tampoco quiero pasar el resto de mi vida junto a un hombre que sienta que me debe algo. El amor no es una moneda de pago, Adrian. Y yo no quiero convertirme en una deuda que debas saldar.”—

Él había imaginado muchas veces aquella conversación. En algunas versiones, Eirena le pedía que se quedara. En otras, lo acusaba de egoísmo. En las peores, él encontraba las palabras adecuadas y conseguía que ambos salieran de la habitación con la dignidad intacta.

La realidad, como de costumbre, no había consultado sus borradores.

—“¿Y si me quedo de todos modos?”— preguntó.

—“Entonces tendré que preguntarme cada día si estás aquí porque me amas o porque no soportas la idea de haberme hecho daño. Y tú tendrás que preguntarte lo mismo. Con el tiempo, quizá ninguno sepa distinguir una respuesta de la otra.”—

—“Podríamos ser felices.”—

—“Sí. Podríamos.”—

—“Entonces, ¿por qué no intentarlo?”—

Eirena lo miró con una tristeza tranquila.

—“Porque también podríamos pasar años intentando demostrar que tu sacrificio ha valido la pena. Y cada discusión, cada desencuentro, cada día difícil llevaría una pregunta escondida: si yo no tuviera esta limitación, ¿seguirías aquí?”—

Adrian no encontró respuesta.

—“No quiero que me elijas porque no tengo otra oportunidad.”— dijo ella —“Quiero que, si me eliges, sea porque deseas compartir tu vida conmigo. No porque creas que debes reparar algo que nunca hiciste deliberadamente.”—

El silencio que siguió no tenía nada de científico.

Adrian comprendió, finalmente, que Eirena no le estaba ofreciendo una lección de generosidad ni exhibiendo una superioridad moral. No pretendía liberarlo para demostrar que su amor era más noble que el suyo. Estaba defendiendo la posibilidad de que una relación existiera sin una deuda en su origen.

Ella había aceptado una realidad biológica que él apenas comenzaba a comprender. No podía exigirle que sintiera como ella. Tampoco estaba dispuesta a permitir que él convirtiera esa diferencia en una condena.

—“No sé qué decirte.”— murmuró Adrian.

—“Por una vez, eso no es un problema.”—

Él sonrió débilmente.

—“Voy a echarte de menos.”—

—“Yo también.”—

—“No parece justo.”—

—“La vida a veces no es justa.”—

Eirena le tomó la mano.

—“Pero no todo lo que es injusto necesita convertirse en una obligación.”—

Permanecieron así durante un rato, sin buscar una conclusión que ninguno podía garantizar. Después se despidieron con un beso breve, sin promesas y sin dramatismos. Había afecto suficiente para que doliera, y lucidez suficiente para no fingir que el dolor resolvía nada.

Antes de despedirse, Eirena abrió un archivo en su terminal.

—“Hay algo que debes llevarte.”—

—“¿Una lista de recomendaciones para sobrevivir a la Tierra?”—

—“Eso requeriría varios volúmenes.”—

Le entregó el documento que ambos habían estado preparando durante los últimos meses. En la primera página figuraba el título provisional de su investigación:

 

Irreversibilidad neuroafectiva y especificidad del vínculo: una hipótesis sobre la persistencia del apego.

 

Adrian hojeó las primeras secciones.

—“¿Has terminado la revisión de los datos?”—

—“Anoche.”—

—“Creía que todavía querías comprobar la correlación entre la actividad de los circuitos de recompensa y los indicadores subjetivos de consolidación.”—

—“La comprobé.”—

—“¿Y?”—

—“La correlación se mantiene. La causalidad sigue siendo más difícil de establecer. Ya sabes cómo se comportan los datos cuando uno les pide que confirmen una hipótesis: de pronto descubren una vocación por la independencia.”—

Adrian sonrió.

El documento sostenía una idea que ambos habían discutido durante semanas: la irreversibilidad del vínculo no demostraba que la persona amada fuera la pareja ideal. Tampoco certificaba la compatibilidad, la felicidad futura ni la conveniencia de permanecer juntos.

La hipótesis era más precisa y, al mismo tiempo, menos romántica.

Una vez superado cierto umbral, el sistema nervioso de los colonos adquiría una configuración afectiva estable que ya no podía reproducirse con otra persona. La persistencia del vínculo no implicaba que la relación fuera necesariamente satisfactoria. Significaba que aquella forma particular de apego no podía volver a establecerse.

—“La gente va a interpretar esto como una demostración de que el amor verdadero existe.”— dijo Adrian.

—“La gente interpreta muchas cosas. Es uno de los recursos naturales más abundantes del universo.”—

—“Tendremos que ser muy cuidadosos con las conclusiones.”—

—“Por eso he insistido en que distingamos entre la permanencia del vínculo y la calidad de la relación.”—

Adrian volvió a leer un párrafo.

—“Aquí dices que la irreversibilidad no debe interpretarse como evidencia de una pareja predestinada.”—

—“Porque no tenemos ninguna evidencia de eso.”—

—“Aunque para quien lo experimenta pueda parecerlo.”—

—“Una experiencia puede ser absoluta para quien la vive sin que su interpretación del universo sea correcta.”—

Él levantó la vista.

—“¿También se aplica a nosotros?”—

Eirena tardó un instante en responder.

—“Especialmente a nosotros.”—

Adrian cerró el documento.

Comprendió entonces que el trabajo científico que habían realizado juntos contenía una descripción de su propia relación, aunque ninguno de los dos hubiera pretendido convertirla en un caso de estudio. Eirena lo amaba. La permanencia de ese amor no estaba en discusión. Pero nada de aquello demostraba que ambos fueran compatibles, que estuvieran destinados a compartir una vida o que su relación tuviera que funcionar.

Ella conocía esas limitaciones mejor que nadie.

Y aun así lo amaba.

No había contradicción. Solo una diferencia entre la certeza de un sentimiento y la certeza de sus consecuencias. La ciencia podía investigar la primera; la segunda seguía siendo un asunto bastante menos dócil.

—“Publicaremos el trabajo juntos.”— dijo Adrian.

—“Por supuesto.”—

—“Aunque me marche.”—

—“La investigación no exige que compartamos domicilio.”—

—“Ni siquiera un sistema planetario, por lo visto.”—

—“Eso complicaría bastante las reuniones de revisión.”—

Se miraron durante unos segundos.

Habían empezado como dos científicos interesados en un fenómeno extraordinario. Habían terminado descubriendo que el fenómeno no podía explicarles qué hacer con sus propias vidas.

La ciencia había cumplido con su parte.

La desgracia era que la vida no estaba obligada a cumplir con la suya.

 

. . .

 

Adrian regresó a la Tierra unos días después. La despedida ocurrió sin grandes declaraciones.

Helena Marwick abrazó a Eirena con afecto y le deseó éxito en sus investigaciones. Gabriel Ferrant, que desconfiaba de las despedidas solemnes tanto como de las hipótesis sin controles experimentales, se limitó a estrecharle la mano.

—“Cuida de ti.”—le dijo a Eirena.

—“Lo intentaré.”—

Adrian esperó a estar a solas con Eirena.

No tenían mucho que decirse. Ya habían hablado de lo importante, que es una manera elegante de reconocer que las palabras restantes suelen ser las más difíciles.

—“No puedo prometer volver.”— dijo él.

—“Lo sé.”—

—“No quiero mentirte.”—

—“Entonces no lo hagas.”—

—“Y no quiero que pienses que no te he amado.”—

Eirena lo miró largamente.

—“No necesito decidir ahora qué nombre merece lo que has sentido por mí. Tampoco necesito que lo decidas para poder reconocer lo que yo he sentido por ti.”—

Él quiso besarla. Ella aceptó el beso.

No hubo promesa de reencuentro, ni una fecha escrita en un calendario, ni el acuerdo tácito de esperar veinte años hasta que el universo se dignara a resolverles la vida. No intercambiaron cartas destinadas a ser descubiertas en el momento oportuno. Ninguno pidió al otro que conservara intacto el recuerdo.

Se despidieron. Adrian subió a la nave.

Durante el viaje, Helena evitó preguntarle si estaba seguro de su decisión. Gabriel, que tenía una relación bastante más relajada con los silencios ajenos, se limitó a ofrecerle café y a comentar que las decisiones sentimentales parecían producir peores efectos secundarios que los experimentos biológicos.

Adrian no respondió.

Pensaba en Eirena, en la diferencia entre lo que ambos habían sentido y en aquella extraña forma de amor que no podía exigir reciprocidad, pero tampoco aceptaba ser pagada con culpa.

No sabía si volvería a enamorarse. No sabía si lo que había vivido con ella sería el gran amor de su vida o una experiencia que el tiempo transformaría en otra cosa. Tampoco sabía si había cometido un error al marcharse.

Pero había comprendido algo que ningún estudio le habría enseñado por sí solo: reconocer la profundidad de un sentimiento ajeno no obligaba a fingir que uno podía corresponderlo de la misma manera.

Eirena no le había pedido eternidad.

Le había pedido algo mucho más difícil: que no confundiera quedarse con amar.

Y Adrian descubrió que, a veces, la forma más honesta de no convertir el amor en una deuda era aceptar que uno no tenía derecho a pagarla.

 

. . .

 

Vharzéon siguió girando alrededor de su estrella, completamente indiferente a que cuatro científicos hubieran descubierto algo importante sobre el amor y no hubieran conseguido utilizarlo para evitar una despedida.

Años después, Adrian publicó los resultados de la investigación.

El trabajo provocó un debate considerable entre neurocientíficos, psicólogos y filósofos. Algunos especialistas cuestionaron la interpretación de los datos; otros discutieron si una configuración neuronal irreversible podía considerarse una forma de libertad o, por el contrario, una limitación biológica con consecuencias sociales profundas.

Hubo artículos, congresos y mesas redondas. También hubo quienes afirmaron que el descubrimiento demostraba la superioridad de una forma de amar sobre las demás. Siempre hay alguien dispuesto a convertir un resultado científico en una doctrina.

Adrian y Eirena respondieron a las críticas con nuevos estudios, aclaraciones y revisiones. El trabajo conjunto modificó la comprensión terrestre del apego y abrió líneas de investigación que ninguno de los dos había previsto al comenzar.

Pero el descubrimiento que más había cambiado a Adrian no aparecía en las conclusiones del artículo.

Durante mucho tiempo había creído que el amor era una experiencia compartida: dos personas avanzando hacia un mismo lugar, con mayor o menor entusiasmo y una desigual distribución de los tropiezos. Podían discutir sobre el camino, perderse, cambiar de dirección o descubrir que el destino no era lo que habían imaginado. Pero, en el fondo, suponía que ambos participaban de una experiencia esencialmente equivalente.

En Vharzéon había descubierto que no necesariamente era así.

Eirena había vivido algo irrepetible. Él había vivido algo que podía volver a experimentar. Ella sabía que su vínculo no se repetiría; él ignoraba si aquello que sentía perduraría o se transformaría con el tiempo.

Ninguno estaba equivocado. Tampoco estaban en igualdad de condiciones. Durante años, Adrian se preguntó si había tomado la decisión correcta.

Por un tiempo, el intercambio de información científica continuó con la distancia y las formalidades propias de dos profesionales que tenían mucho que decirse sobre sus investigaciones y poco que pudieran resolver mediante una conversación.

Después, las comunicaciones se hicieron menos frecuentes. No hubo una despedida definitiva ni una última carta que pusiera orden en los recuerdos. Simplemente, las noticias comenzaron a espaciarse, como ocurre con tantas cosas que alguna vez parecieron destinadas a ocupar un lugar permanente en nuestras vidas.

Mucho después, durante un viaje interestelar, Adrian volvió a contemplar la imagen de Vharzéon en una pantalla de navegación.

El planeta apareció como una esfera azulada entre las estrellas. La representación era más nítida que la que recordaba de su primera visita. Habían mejorado los sistemas de observación, los mapas orbitales y los procedimientos de navegación.

No consultó la distancia al planeta. Tampoco pidió información sobre la Universidad de Zorben ni sobre el estado de las investigaciones de Eirena. Al menos, no lo hizo de inmediato.

Abrió un archivo antiguo. En la primera página figuraban dos nombres, el suyo y el de ella, junto al título de un trabajo científico que había terminado influyendo en buena parte de sus investigaciones posteriores.

Leyó el encabezamiento. Después cerró el documento.

Por un instante, tuvo la impresión de que había algo más que recordar. No un dato, ni una conversación, ni siquiera una promesa. Algo más sencillo y, por esa misma razón, bastante más difícil de clasificar.

La imagen de Vharzéon seguía allí.

Adrian pensó en la posibilidad de que, al regresar, nada fuera como lo había imaginado. Eirena podía haber cambiado. Él también. Quizá no quedara entre ambos más que el recuerdo de una experiencia que había significado cosas diferentes para cada uno. Quizá descubrieran que todavía podían hablar durante horas, como antes, y que esa familiaridad no era más que una forma elegante de la nostalgia.

O quizá no. No todas las posibilidades merecían convertirse en pronósticos. Algunas bastaba con dejarlas abiertas.

Adrian apagó la pantalla. Un momento después, volvió a encenderla. El planeta continuaba allí, indiferente a sus dudas.

Había pasado buena parte de su vida estudiando los mecanismos que permitían a las personas vincularse, separarse y volver a intentarlo. En Vharzéon había aprendido que reconocer la libertad del otro significaba aceptar también la posibilidad de que esa libertad lo alejara de nosotros. Y que amar a alguien no otorgaba derechos sobre su futuro.

Pero tampoco obligaba a renunciar al propio. No todas las cosas importantes de la vida necesitan convertirse en posesiones para haber ocurrido.

Algunas solo necesitan haber sido reales.

Y otras, quizá, no han terminado todavía.

FIN

  

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