miércoles, 30 de septiembre de 2026

La Biblioteca de Rodriac: "Mi abuelo y Marcial Lafuente Estefanía"


 💥 La Biblioteca de Rodriac

👁️ Mi abuelo y Marcial Lafuente Estefanía
por Rodriac Copen


Mi gusto por los libros no apareció una mañana por inspiración espontánea, como una espiga verde después de la lluvia. Nadie se levanta a los ocho años y decide, de pronto, que quiere convertirse en lector. Al menos yo no.

Detrás hubo una familia maravillosa que, sin proponérselo —y probablemente sin comprender del todo lo que estaba haciendo— fue ampliando los límites de mi cabeza, de mis pensamientos y también de mis emociones.

Me dieron algo bastante más importante que una biblioteca: me dieron permiso para pensar, para elegir. Y para ser.

Y eso, si no te lo da tu familia, puede ser peligroso. 

Porque cuando a un niño le permiten imaginar sin ponerle demasiadas fronteras, la mente empieza a sospechar que el mundo no termina exactamente donde termina el patio de la casa. Después vienen los libros, las preguntas, las ideas y esa costumbre incómoda de querer saber el por qué de las cosas.

Mi abuelo materno fue uno de los grandes personajes de mi infancia. Un hombre sencillo, pero de esos que parecían haber venido con instrucciones propias y que jamás se molestaron demasiado en leer las instrucciones de los demás.

Había estado involucrado durante toda su vida en la política. Pero no en esa política moderna donde algunos descubren la vocación pública después de descubrir el valor de los billetes y los negociados.

Mi abuelo pertenecía a otra especie.

Era de aquellos políticos de barrio que todavía creían que la política consistía en hacer algo por la gente que vivía alrededor. No hizo dinero. Ni siquiera hizo una pequeña fortuna, que ya habría sido una cortesía del destino.

Fue presidente de la unión vecinal y dedicó buena parte de su tiempo a gestionar servicios para el barrio. Cloacas. Alumbrado público. Recolección de basura. Obras. Reclamos. Todo aquello que hoy parece una lista administrativa y que, en aquella época, podía convertirse en una batalla de varios meses contra la burocracia, el municipio y eventualmente contra alguna criatura mitológica que custodiaba el expediente.

También intervenía con la policía cuando hacía falta.

Era una época en la que uno todavía podía pensar que la policía estaba allí para servir a la comunidad. Sí, ya sé que parece una frase de novela histórica. Pero hubo un tiempo en que ciertas instituciones todavía conservaban esa curiosa costumbre de intentar cumplir la función para la que habían sido creadas.

Mi abuelo era, además, un hombre profundamente involucrado con la comunidad. De esos dirigentes sociales de la vieja escuela que no necesitaban discursos grandilocuentes ni una bandera ideológica ondeando detrás para justificar lo que hacían.

Simplemente hacían cosas por el bien común. 

Y probablemente esa sea una de las formas más discretas de la grandeza humana.

Pero para mí no era el presidente de la unión vecinal, ni el dirigente social, ni el hombre que conseguía que instalaran un servicio público.

Era mi abuelo. Y eso era bastante más importante en mi limitado mundo.

Con él aprendí cosas que mi padre, por supuesto, jamás me habría enseñado de la misma manera. No porque uno fuera mejor que el otro. Cada uno tenía su territorio. Otro día te hablaré de mi padre. Hoy no.

Con mi abuelo aprendí a injertar plantas. A cuidar la huerta que tenía en casa. Una huerta modesta, pero que en mi memoria infantil adquirió dimensiones ciclópeas.

Todavía sueño alguna que otra noche con ella. Son sueños de felicidad.

Con él aprendí el oficio de albañil. A trabajar con las manos, a medir, construir, reparar y descubrir que una pared perfectamente recta es una aspiración mucho más difícil de conseguir de lo que parece cuando uno la contempla terminada. Aprendí a valorar los oficios atravesados por el sudor y la incomodidad.

Y aprendí a construir pequeños juguetes de madera.

Recuerdo especialmente un fuerte.

Era un fuerte de madera para jugar a cowboys e indios, como los que aparecían en aquellas películas del Oeste que uno veía con la absoluta convicción de que todos los problemas del mundo podían resolverse escondiéndose detrás de una empalizada y disparando a alguien que venía a caballo.

A mí me parecía magnífico.

Probablemente hoy un psicólogo infantil tendría algo que decir al respecto. No me importa. No creo en los sicólogos. Si hoy estoy vivo, te lo aseguro, no es gracias a ellos.

Pero yo tenía un fuerte, y eso era suficiente.

Durante varios años mi vida transcurrió en una casa hermosa y querida que estaba detrás de la casa de mi abuelo. Una casa que ya no existe.

Pero hay algo curioso con las casas. Y es que uno puede demolerlas, venderlas, construir otra cosa encima de ellas y hasta poner un edificio donde antes estaba el patio. Sin embargo, hay lugares que sobreviven perfectamente sin necesidad de ladrillos.

Quedan en la memoria.

Mi abuelo también había sido mago itinerante durante muchos años. Llevaba su espectáculo a pequeños auditorios y recorría lugares donde, imagino, la gente todavía estaba dispuesta a dejarse engañar durante una hora sin necesidad de pagar una suscripción mensual.

Algunos de sus libros de magia quedaron en mi poder. Todavía los conservo.

Forman parte de esas colecciones aparentemente inútiles que los adultos acumulamos con absoluta seriedad, convencidos de que algún día necesitaremos explicar por qué guardamos un viejo libro de trucos de magia que probablemente nadie volverá a utilizar.

Pero yo sé por qué los guardo. Porque eran de él.

Y porque, de alguna manera, mis arrugas dicen que ahora me pertenecen.

A mi abuelo le fascinaban los bolsilibros del Oeste.

Coleccionaba las historias de Marcial Lafuente Estefanía.

Y ahí comenzó, sin que nadie lo supiera, una parte fundamental de mi relación con los libros.

Mi infancia transcurrió leyendo aquella literatura.

No fueron Dostoyevski, Borges, Cortázar ni García Márquez quienes despertaron mi pasión por la lectura.

Mi puerta de entrada a la literatura fue mucho menos glamorosa.

Fue un Oeste de cartón, pólvora, caballos, villanos, mujeres hermosas, hombres malhumorados y balas que tenían la curiosa capacidad de encontrar siempre a los malos.

Aquellas historias eran como mi propio abuelo. Simples y directas. No pretendían explicarme el sentido de la vida ni filosofar.

Contaban historias.

En donde había acción, había violencia. También justicia, venganza, traición, amistad y, de vez en cuando, romance.

Como en la vida.

Solo que en la vida uno rara vez puede resolver una discusión sentimental desenfundando un revólver. Y quizá sea mejor así, porque la convivencia social se volvería algo complicada.

Aquellos libros me enseñaron algo que tardaría muchos años en comprender: una historia no necesita ser solemne para ser importante.

Puede ser sencilla. Puede ser rápida. Y puede entretener.

Y aun así puede quedarse dentro de uno.

Los bolsilibros de Estefanía no pretendían formar a un escritor. Mucho menos a un intelectual. Ni siquiera pretendían cambiar la vida de nadie.

Simplemente estaban allí. Te hacían compañía en tu soledad. Y yo los leía.

Y mientras los leía, mi imaginación hacía el resto.

Así transcurrieron aquellos primeros años de mi vida. Los años felices.

No porque fueran perfectos. Ninguna infancia lo es. Sino porque todavía no sabía que la vida tenía esa extraña habilidad de crecer alrededor de uno, hacerse adulta y empezar a cobrar peaje.


Después llegaría la vida.

Con sus facturas, sus pérdidas, sus decepciones y esa sorprendente capacidad que tiene para triturar algunas esperanzas mientras nos convence de que eso también forma parte del aprendizaje.

Pero para entonces ya había ocurrido algo.

Mi abuelo me había dado libros. Y, sin saberlo, me había abierto una puerta.

Yo todavía no sabía adónde me llevaría. Pero ya había aprendido a abrirla.

 






 

 

 

 

 

 

 

🔹 Ir a la Sección "Diario de Rodriac (La Biblioteca)” 

🔹 Ir a la Portada de la Web

🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio” 

🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web” 

 






🏷️ Tags:

#DiarioDeRodriac
#LaBibliotecaDeRodriac
#MemoriasDeUnLector
#MarcialLafuenteEstefanía
#Bolsilibros
#LiteraturaPopular
#Lectura
#Libros
#Infancia
#Recuerdos
#Memoria
#Escritura
#Lectores
#Literatura
#Familia
#HistoriasDeVida
#RodriacCopen 


No hay comentarios:

Publicar un comentario