martes, 29 de septiembre de 2026

Diario de Rodriac: "El Precio de la Indiferencia"

 


👀 Diario de Rodriac

🔥
El precio de la indiferencia
por Rodriac Copen



⚠️ La balsa de la Medusa, es un cuadro de Théodore Géricault. Representa a sobrevivientes de un desastre abandonados a su suerte. Hay desesperación, muerte, esperanza mínima y, sobre todo, la sensación de que alguien falló y otros pagaron las consecuencias. ⚠️


Argentina, como tantas otras sociedades democráticas actuales, atraviesa una decadencia que no creo que sea casual.

Nos gusta pensar que somos un pueblo solidario. Y probablemente lo seamos, si hablamos de personas concretas. Hay argentinos extraordinariamente generosos, capaces de ayudar al desconocido, de compartir lo poco que tienen y de tender una mano cuando alguien cae.

Pero una sociedad no se define solamente por las virtudes de algunos de sus individuos. También se define por aquello que tolera, por lo que permite que se vuelva habitual y, sobre todo, por aquello que deja de importarle.

Y allí es donde nuestra historia se vuelve bastante menos amable.

Durante décadas hemos permitido que el individualismo, el afán de acumulación, el consumo convertido en medida del éxito y la búsqueda del beneficio propio ocuparan espacios que alguna vez pertenecieron a la responsabilidad colectiva. Hemos discutido apasionadamente quién tenía razón, pero mucho menos qué sociedad queríamos construir.

Hemos votado. Hemos protestado. Hemos cambiado gobiernos. Hemos defendido partidos, dirigentes e ideologías como si fueran equipos de fútbol.

Pero quizá demasiadas veces olvidamos algo elemental: detrás de las estadísticas hay personas.

✔ Personas mayores que necesitan una jubilación digna.
✔  Personas que nacieron en comunidades olvidadas.
✔  Personas que quedaron fuera del sistema.
✔  Personas que simplemente tuvieron la desgracia de ser pobres, vulnerables o estar en el lugar equivocado de una sociedad que aprendió a mirar hacia otro lado.

Y mientras discutíamos sobre grandes nombres, grandes relatos y grandes promesas, muchos de ellos fueron quedando al margen.

No ocurrió de un día para otro. Tampoco puede atribuirse exclusivamente a un gobierno, a un partido o a una época. Nuestra decadencia tiene demasiados años y demasiados responsables. Gobiernos de distintos signos, dirigentes de distintas procedencias y, también, ciudadanos que aceptamos determinadas cosas cuando nos convenían y las condenamos cuando comenzaron a perjudicarnos.

Tal vez esa sea la parte más incómoda.

Una democracia no está formada únicamente por los gobernantes que elegimos. También está formada por la sociedad que los elige, los sostiene, los tolera, los reemplaza o vuelve a elegir.

Por eso no me sorprende que hoy muchos se lamenten.

Lo que sí me pregunto es por qué algunos comenzaron a lamentarse solamente cuando el deterioro llegó hasta su propia puerta.

Quizá exista algo parecido a una justicia poética en todo esto. No porque el sufrimiento sea justo —jamás lo es— sino porque las consecuencias de una sociedad indiferente terminan alcanzando incluso a quienes creyeron estar a salvo de ellas.

El deterioro no pregunta a quién votaste. La inflación no pregunta por tus convicciones. La inseguridad no pregunta por tu ideología. La pobreza no distingue entre banderas.

Cuando una sociedad se deteriora profundamente, termina afectando a todos. Aunque no de la misma manera, ni al mismo tiempo.

Y quizá esa sea la lección más amarga.

Yo ya estoy cerca del final de mi propia vida. No me queda demasiado tiempo para comprobar qué hará este país durante las próximas décadas, y a estas alturas me interesa mucho menos mi futuro personal que la posibilidad de que las generaciones que vienen comprendan algo que nosotros, como sociedad, hemos olvidado demasiadas veces.

Una nación no se salva únicamente con crecimiento económico, con leyes, con discursos ni con nuevos dirigentes.

Tampoco se salva destruyendo al adversario.

Una sociedad comienza a salvarse cuando vuelve a importarle el otro.

✔ Cuando el jubilado deja de ser un número.
✔ Cuando un enfermo recibe asistencia.
✔ Cuando el pobre deja de ser un problema estadístico.
✔ Cuando el que nació en una comunidad olvidada deja de ser invisible.
✔ Cuando el vulnerable deja de ser alguien que debe arreglárselas solo.

Quizá la única salida verdaderamente duradera sea recuperar algo mucho más antiguo y mucho menos sofisticado: el amor humano.

Y no hablo de sentimentalismo. Hablo de comprender que una sociedad existe precisamente porque sus miembros se necesitan unos a otros.

El progreso que deja atrás a los más débiles no es progreso para todos.

Y una democracia que solamente funciona para quienes tienen fuerza, dinero, influencia o capacidad de hacerse escuchar termina convirtiéndose en una maquinaria bastante sofisticada para administrar la indiferencia.

Quizá todavía estemos a tiempo de despertar.

✔ No para volver al pasado.
✔ No para rivalizar eternamente a unos contra otros.
✔ Tampoco para encontrar al próximo salvador, que no existe.

Sino para comprender que ningún país puede construirse sobre el desamor.

Porque, al final, las sociedades también cosechan aquello que siembran.

Y cuando durante demasiado tiempo se siembra indiferencia, tarde o temprano la cosecha termina alcanzándonos a todos.
 






 

 

 

 

 

 

 

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