lunes, 28 de septiembre de 2026

La Trastienda de Rodriac: "El talento no salva náufragos"

 


👁️ La Trastienda de Rodriac

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El talento no salva náufragos
por Rodriac Copen


Si algo aprendí de mi padre, es que tener razón no siempre sirve para sobrevivir.

Hay películas que uno termina de ver y al analizarlas, se lleva una historia o un aprendizaje. Otras, por el contrario, te dejan una pregunta incómoda.

Eso me pasó con Margin Call, la película protagonizada por Kevin Spacey  y Jeremy Irons . Porque, más allá del fondo que habla de la codicia financiera, hay algo bastante más interesante: el enfrentamiento entre dos formas de afrontar una crisis.

Kevin Spacey representa al hombre que comprende el desastre, pero carece de la iniciativa necesaria para evitarlo. Jeremy Irons, en cambio, es el que toma la decisión. Sabe que deberá pagar un precio, que perderá prestigio y que probablemente nadie volverá a confiar en él. Sin embargo, actúa. Porque, al fin y al cabo, para eso le pagan.



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¿Quién es el bueno y quién es el malo en medio de una tormenta?

Quizá el problema sea que estamos demasiado acostumbrados a confundir la bondad con la pasividad y la maldad con la capacidad de tomar decisiones desagradables.

Y entonces se me ocurrió que algo parecido está sucediendo en el mundo editorial.

Durante décadas, muchos escritores construyeron sus carreras dentro de un sistema que les proporcionaba editoriales, distribución, librerías y lectores. Un sistema que, con todos sus defectos, funcionaba muy bien. Bastaba, al menos en teoría, con escribir un buen libro y conseguir que alguien lo publicara. Esa fue la época fácil de la literatura.

Pero el mundo cambió.

Y mientras algunos aprendimos a utilizar nuevas herramientas, experimentar con plataformas, estudiar técnicas de promoción, corregir nuestros propios textos y buscar lectores allí donde se encuentran, otros permanecen aferrados a un modelo que ya no garantiza los resultados de antes.

Entonces comenzaron las quejas.

Que si los lectores ya no leen. Que si las editoriales solo buscan vender. Que si las redes sociales han arruinado la literatura. Que si los algoritmos favorecen cualquier cosa menos la verdadera calidad.

Puede que los escritores obsoletos y llorones tengan razón en algunas de esas cosas. El problema es que tener razón no paga las facturas... ni te consigue lectores.

El escritor que se limita a lamentarse sobre la desaparición de su antiguo mundo se parece bastante al personaje de Spacey: comprende que algo terrible está sucediendo, pero espera que alguien más encuentre la solución. Tal vez porque no tenga cojones para cambiar el rumbo de las cosas.

Y mientras espera, el barco sigue haciendo agua.

Los otros, los escritores que nos tecnificamos, probamos, fracasamos, volvemos a probar y aprendemos a movernos en este nuevo océano editorial, nos parecemos un poco más al personaje de Jeremy Irons.

No porque seamos mejores personas. Ni porque nuestras decisiones sean necesariamente más nobles. Sino porque entendimos algo elemental: si queremos que nos lean, tendremos que hacer lo necesario para llegar a los lectores.



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Los Nuevos Escritores

Ser un escritor moderno significa aprender cosas que jamás imaginamos que necesitaríamos cuando empezamos a escribir. Marketing, edición digital, plataformas, herramientas tecnológicas, armado de nuestra web, construcción de audiencias. Y, sobre todo, aceptar que el mundo no tiene ninguna obligación de descubrirnos.

¿Que podemos llegar a millones de lectores? Sí. Algunos lo conseguimos. 

¿Que eso significa vivir de la escritura? No necesariamente. En ese aspecto nos parecemos bastante a los desarrolladores de videojuegos: una cosa es crear un juego y ponerlo a disposición de millones de personas; otra, muy distinta, conseguir que esas personas lo encuentren entre millones de competidores.

Pero al menos estamos jugando la partida.

Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿quién está actuando bien y quién está actuando mal?

No creo que la respuesta dependa de quién escribe mejor, de quién tiene más premios o de quién puede exhibir un currículum literario más respetable.

Depende, en buena medida, de qué hacemos cuando el mundo que conocíamos deja de funcionar.



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El Talento ya no es sinónimo de éxito

Del mismo modo que un título universitario no garantiza conseguir trabajo, ganar dinero ni alcanzar una posición destacada en la sociedad, el talento literario tampoco asegura reconocimiento, lectores ni éxito editorial. 

Podemos pasarnos años perfeccionando nuestra escritura, estudiar a los clásicos, dominar las técnicas narrativas y producir una obra magnífica. Pero el mercado no tiene la obligación de descubrirnos, los lectores no están obligados a encontrarnos y las editoriales no tienen por qué llamar a nuestra puerta. 

El talento es una herramienta extraordinaria, pero no es un contrato con el éxito. Y confundir una cosa con la otra es como creer que, por haber aprobado todas las materias de navegación, uno tiene derecho a que el océano le conceda un barco y lo lleve a buen puerto

Porque el talento puede ser una condición para escribir, pero no constituye una garantía de supervivencia. La nostalgia tampoco es una estrategia comercial. Y la indignación, por muy justificada que esté, no sustituye al aprendizaje.




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En una tormenta debes actuar

Tal vez ya me conoces y me lees. Entonces sabrás que durante años fui profesor tecnológico, de los duros: Programación, Ciberseguridad, Arquitectura de Redes, Hardware de Equipos y Electrónica de Reparación. No te hablo desde la nada misma. He estado toda mi vida en el mundo de la tecnología y te lo digo simple y claro: estamos en una nueva revolución industrial. Y la transformación laboral que la humanidad necesita para transitarla, será larga, complicada y exigirá una reconversión laboral profunda de casi todas las profesiones. Incluso la de escritor.

Quizá el personaje de Jeremy Irons en la película sea un malvado. Quizá sus decisiones sean moralmente indefendibles. Pero hay algo que no puede negársele: entiende que, cuando llega el momento de actuar, alguien tiene que asumir el costo de hacerlo.

Los escritores que queremos seguir publicando tenemos que asumir nuestro propio costo. Aprender, adaptarnos, abandonar algunas comodidades y aceptar que las reglas han cambiado.

No se trata de traicionar la literatura. Se trata de evitar que la literatura que escribimos termine convertida en un hermoso cadáver, admirado por nosotros mismos mientras el resto del mundo pasa de largo. Evita escupir el veneno de la frustración que invade las redes sociales. El veneno de aquellos escritores que no entendieron esto que te explico aquí, y ahora.

Porque, después de todo, el Titanic también tenía una orquesta magnífica.

Y eso no impidió que se hundiera.

Buena Escritura !!! ✍️😊🔥



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