✨ La Biblioteca de Rodriac
📚 Todo lo que nos hizo escritores
por Rodriac Copen
Hay un ejercicio al que siempre vuelvo cuando quiero comprender mejor cómo se construyen las historias: leer publicaciones de otras épocas.
No me refiero solamente a los libros. Hablo de revistas, periódicos, colecciones populares, publicaciones de entretenimiento, suplementos y toda esa variedad de materiales impresos que, mirados con los ojos del presente, parecen pequeñas ventanas abiertas a mundos que ya no existen. O que, al menos, han dejado de existir de la manera en las que los vimos.
Con los años he llegado a una conclusión: para entender cómo se hace un escritor, conviene mirar bastante más allá de sus libros favoritos, de sus citas y de lo que escribe. Se hace necesario investigar todo aquello que alimentó su imaginación antes de que descubriera que podía convertirla en un oficio.
Y en mi caso, la historia comienza mucho antes de que yo pensara en ser escritor.
⭐ Una infancia entre revistas y mundos posibles
Tuve una infancia maravillosa rodeado de publicaciones de toda clase. En mi familia se leía mucho, aunque no necesariamente lo que hoy consideraríamos lecturas formativas para un futuro escritor.
A mi padre le gustaban las historietas como El Tony y Dartagnan. Recuerdo las fascinantes lecturas de "El Príncipe Valiente", Johnny Hazzard, Modesty Blaise, Pepe Sánchez, Helena, Cuentos de Almejas y tantos otros que han ido relegando espacio en mi memoria para todo lo que vino después.
Mi madre leía una revista llamada "Radiolandia", como tantas personas de aquella época. También le gustaban las revistas de modas. Entre sus múltiples profesiones estaba la de costurera, y disfrutaba confeccionando sus propios vestidos. Aquellas revistas no eran solamente una colección de fotografías: contenían modelos, tendencias, formas de vestir y maneras de entender un mundo que llegaba hasta nosotros a través del papel. Y allí estaba yo: leyendo todos esos temas como si fuera un adulto. Me acuerdo de la revista Burda que compraba mi madre. De las historias de estrellas del espectáculo. De las comidillas y cotilleos inocentes de los creadores del periodismo del espectáculo. Una forma cuidadosa y delicada de comunicar que contrasta con el bizarro y muchas veces malintencionado periodismo de espectáculo actual.
En una época en la que ir al cine no era tan frecuente —resultaba caro y no sobraban precisamente los recursos—, publicaciones como "Radiolandia" nos acercaban a las grandes estrellas del cine argentino y estadounidense. Podíamos conocer sus rostros, sus películas, sus historias y hasta algunos detalles de sus vidas. La revista nos permitía asomarnos a un universo que, de otro modo, habría permanecido bastante más lejos.
Mi abuelo paterno leía "Selecciones del Reader's Digest". Cada fin de semana, cuando iba a comer a su casa, yo aprovechaba para leer los chistes. Recuerdo especialmente la sección de humor militar. No sé cuánto podía comprender entonces de sus mecanismos cómicos, pero sí recuerdo el placer de encontrar algo que me hiciera reír.
Mi abuelo materno, ya te lo he contado, me dejaba leer las historias de Marcial Lafuente Estefanía. Y mi madre me permitía disfrutar de las novelas de Corín Tellado.
Visto desde cierta perspectiva, aquello era una biblioteca bastante peculiar. Había humor, aventuras del Oeste, romances, moda, cine y entretenimiento popular. No existía un programa de lecturas ni un adulto empeñado en convertirme en escritor. Simplemente, los materiales estaban allí, al alcance de mi curiosidad.
Y yo leía.
Leía porque me gustaba. Porque aquellas páginas me permitían salir de los límites de mi propia experiencia y entrar en vidas, lugares y situaciones que no habría conocido de otra manera.
Con el tiempo comprendí que, sin proponérselo, mi familia me había proporcionado algo mucho más importante que una colección de lecturas: me había abierto una puerta a la diversidad de la imaginación humana.
⭐ El escritor que todavía no sabía que estaba escribiendo
Cuando uno analiza cómo se forma un escritor, descubre que existe una enorme cantidad de trabajo previo que casi nunca aparece en las biografías literarias.
Nos gusta imaginar que un autor descubre una idea extraordinaria, se sienta ante una máquina de escribir y produce una historia. Es una imagen muy atractiva. También es bastante incompleta.
Antes de esa primera página hubo años de lecturas, conversaciones, experiencias, observaciones, errores, curiosidades y costumbres. Hubo historias que nos emocionaron, personajes que recordamos sin saber muy bien por qué, finales que nos decepcionaron y soluciones narrativas que, de alguna manera, se quedaron dando vueltas en nuestra cabeza.
También hubo lecturas que aparentemente no tenían ninguna relación con lo que terminaríamos escribiendo.
¿De qué le sirve a un escritor de ciencia ficción haber leído una revista de modas de hace sesenta años? ¿Qué puede aportar a una novela de misterio una colección de chistes militares? ¿Qué relación existe entre una vieja novela del Oeste y una historia ambientada en otro planeta?
A primera vista, ninguna.
Pero esa primera impresión suele ser una pésima consejera cuando se trata de la imaginación.
Una revista antigua nos muestra cómo se vestía, qué se consideraba elegante, qué preocupaba a la gente, de qué se reía, qué admiraba y qué daba por sentado. Una novela popular nos enseña, incluso sin proponérselo, qué conflictos emocionaban a sus lectores, qué personajes resultaban reconocibles y qué mecanismos narrativos permitían mantener el interés capítulo tras capítulo.
Cada publicación es una pequeña cápsula cultural. Y cada cápsula contiene algo más que información: contiene una manera de mirar el mundo.
El escritor que se acerca a esos materiales no encuentra necesariamente ideas para copiar. Encuentra algo mucho más interesante: posibilidades que su propia época quizá haya dejado de considerar.
⭐ Leer el pasado para comprender el presente
Las publicaciones antiguas tienen una virtud que a menudo pasa inadvertida. Nos permiten observar el mundo antes de que se convirtiera en lo que hoy conocemos.
Podemos descubrir qué cosas han cambiado, cuáles permanecen y cuáles nos parecen extrañas únicamente porque hemos nacido en otro momento histórico.
También podemos reconocer que muchas de nuestras supuestas novedades tienen antepasados bastante antiguos. Cambian los formatos, los lenguajes y las tecnologías, pero ciertas preocupaciones humanas sobreviven a las décadas con una tenacidad admirable. El amor, el miedo, la ambición, la soledad, el deseo de pertenecer, la necesidad de reconocimiento y la eterna dificultad de comprender a los demás siguen encontrando formas de expresarse.
Para quien escribe ficción, todo eso constituye un material extraordinario.
Estudiar publicaciones de otras épocas permite, además, escapar de una trampa muy común: creer que las personas del pasado eran versiones menos desarrolladas de nosotros mismos. Pues te lo digo: no lo eran. Vivían con otras herramientas, otros conocimientos y otras limitaciones, pero también tenían imaginación, humor, contradicciones y una vida interior que no cabe en una caricatura histórica.
Y hay otra ventaja: el pasado no está obligado a pensar como nosotros.
Sus prejuicios, sus ingenuidades, sus certezas y sus errores pueden resultarnos incómodos. Precisamente por eso conviene leerlo. No para idealizarlo ni para condenarlo desde una cómoda superioridad retrospectiva, sino para comprender cómo se construyen las mentalidades y cómo las personas interpretan la realidad desde el lugar que les ha tocado ocupar.
Un escritor que solo conoce su propio tiempo corre el riesgo de confundir las costumbres de su generación con las leyes universales de la humanidad.
Y después se pregunta por qué sus personajes parecen personas contemporáneas disfrazadas con ropa de otra época.
⭐ Roy Batty y las cosas que no queremos perder
Hay una escena de "Blade Runner" a la que regreso mentalmente con cierta frecuencia: el monólogo final de Roy Batty.
En él hay una tristeza que va mucho más allá de la muerte de un personaje. Está la conciencia de que una experiencia puede ser inmensa para quien la vive y desaparecer después sin dejar una huella proporcional a su importancia.
He pensado muchas veces en cuántas cosas de nuestro pasado se han perdido. Revistas que nadie conservó, relatos que dejaron de reeditarse, autores que fueron populares durante unos años y después desaparecieron de la memoria colectiva. Historias que hicieron reír, soñar o emocionarse a miles de personas y que hoy quizá sobrevivan apenas en el recuerdo de unos pocos.
Me produce cierta melancolía pensar en ello.
Pero no puedo permitirme ser completamente pesimista. El optimismo ha sido una de las constantes de mi vida, y no por desconocer las dificultades. Más bien por haberlas conocido. He atravesado momentos en los que mantener la convicción de que todavía podía suceder algo bueno no era un lujo filosófico, sino una forma de seguir adelante.
Por eso, cuando pienso en todo lo que se ha perdido, también pienso en lo que todavía podemos recuperar.
Hoy tenemos archivos digitales que nos permiten recorrer publicaciones que antes solo estaban al alcance de quienes conservaban sus ejemplares originales o podían visitar una hemeroteca. Podemos consultar colecciones digitalizadas, comparar décadas, rastrear autores olvidados y asomarnos a la vida cotidiana de generaciones que nos precedieron.
De vez en cuando regreso a esos archivos. La Hemeroteca del Museo Mariano Moreno. El Archivo Histórico de Revistas Argentinas y repositorios como Internet Archive son algunas de las puertas por las que vuelvo a entrar en ese universo.
No siempre busco algo concreto. A veces basta con recorrer las páginas, detenerme en un anuncio, leer una noticia antigua o descubrir una ilustración que parece haber esperado durante décadas a que alguien vuelva a mirarla.
Y entonces ocurre algo maravilloso: el pasado deja de ser una fecha y vuelve a convertirse en experiencia.
Una revista recuperada no devuelve la vida a quienes la leyeron. Pero permite que una parte de su mundo vuelva a circular. Alguien puede descubrir hoy lo que otro leyó hace cincuenta, sesenta o setenta años. Una historia puede despertar una nueva curiosidad. Una imagen puede inspirar una escena. Un detalle olvidado puede encontrar un lugar en una ficción futura.
Quizá no podamos impedir que todo desaparezca. Pero podemos evitar que desaparezca pronto.
⭐ No somos una página en blanco
A veces se habla de la originalidad como si un escritor debiera crear desde la nada. Como si las influencias fueran una sospecha y las lecturas anteriores, una especie de contaminación que hubiera que eliminar para alcanzar una voz propia.
Nunca he creído demasiado en esa idea que hay entre los jóvenes.
Cada escritor es el resultado de una combinación irrepetible de factores: sus lecturas, su entorno, sus experiencias, sus conocimientos, sus obsesiones, sus errores, sus afectos y hasta sus distracciones. También de aquellas cosas que leyó sin prestarles demasiada atención y que, muchos años después, reaparecen transformadas en un personaje, una situación o una manera de resolver una historia.
No podemos identificar siempre el origen de nuestras ideas. Ni falta que hace. La mente no funciona como un archivador en el que cada ocurrencia lleva una etiqueta con el nombre de su procedencia.
Absorbemos, relacionamos, olvidamos, recuperamos y transformamos. A veces conscientemente; muchas otras, sin advertirlo.
De ese proceso emerge nuestra voz.
Por eso dos escritores pueden leer los mismos libros y terminar escribiendo obras completamente diferentes. No basta con recibir influencias: importa qué hacemos con ellas, cómo las interpretamos y con qué otras experiencias las combinamos.
La originalidad no exige carecer de antecedentes. Exige transformar lo recibido en algo que lleve nuestra marca.
Y esa transformación comienza mucho antes de que decidamos dedicarnos a escribir.
En mi caso, una parte de Rodriac Copen nació entre las revistas de mi madre, los chistes de "Selecciones" que leía en casa de mis abuelos, las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, las historias de Corín Tellado y las revistas de historieta que leía mi padre. No porque todas esas publicaciones me enseñaran directamente a escribir, sino porque ampliaron el territorio de lo que podía imaginar.
Fueron parte de la materia prima. Después llegaron otras lecturas, otros intereses, otros conocimientos y muchas horas de trabajo. Pero la historia había comenzado mucho antes de que yo pudiera reconocerla.
⭐ Nadie se hace escritor a solas
Hay algo que me parece importante recordar, especialmente en una época que tiende a presentar al individuo como una unidad autosuficiente.
Nadie se salva solo. Y nadie se hace escritor completamente solo.
Detrás de cada autor hay una multitud de personas, obras, circunstancias y descubrimientos que han contribuido a su formación. Algunos fueron importantes y otros parecían insignificantes. Algunos llegaron por elección y otros por simple casualidad. Algunos nos enseñaron qué hacer y otros, quizá más valiosos, nos mostraron qué preferíamos no hacer.
Somos el resultado de una conversación interminable con el mundo, incluso cuando escribimos encerrados en una habitación y creemos que estamos solos frente a la página.
Por eso me interesa tanto volver a las publicaciones de otras épocas. No solamente porque me permiten descubrir historias, costumbres o formas de narrar, sino porque me recuerdan de dónde venimos. Me ayudan a reconocer que la literatura no es una sucesión de genios que aparecen espontáneamente, sino una enorme cadena de experiencias humanas que se transmiten, se modifican y vuelven a empezar.
Cada generación recibe algo de las anteriores, lo mezcla con sus propias circunstancias y entrega una versión distinta a quienes vienen después.
En ese proceso, cada escritor es al mismo tiempo heredero y transformador.
No podemos saber qué detalle de una vieja revista terminará convirtiéndose en la chispa de una historia. Tampoco qué lectura aparentemente olvidada reaparecerá cuando más la necesitemos. Lo único que podemos hacer es mantener abierta la puerta de la curiosidad.
Leer mucho. Leer cosas diferentes. Leer sin despreciar de antemano lo que no pertenece a nuestro tiempo, a nuestro género favorito o a nuestra idea de lo que merece llamarse literatura.
Y recordar que, antes de ser escritores, fuimos lectores. Antes de construir mundos, alguien nos mostró que existían otros. Antes de inventar personajes, conocimos innumerables formas de ser humano.
⭐ Lo que todavía puede suceder
Cuando vuelvo a aquellas publicaciones, no siento que esté mirando un mundo muerto. Siento que estoy recuperando piezas de una historia mucho más grande que la mía.
Quizá por eso nunca termino de perder el optimismo. Siempre queda algo por descubrir, alguna página por leer, alguna relación que todavía no hemos establecido entre dos ideas que parecían no tener nada en común.
Roy Batty lamentaba la desaparición de experiencias que no podrían repetirse. Nosotros, por fortuna, disponemos de herramientas que permiten conservar y compartir una parte de lo vivido. No es una victoria definitiva sobre el olvido, pero tampoco es poca cosa lo que hemos logrado.
Y, mientras haya alguien dispuesto a abrir una revista antigua, leer un relato olvidado o preguntarse qué clase de mundo había detrás de una fotografía, una pequeña parte de aquel pasado seguirá teniendo futuro.
Al fin y al cabo, eso hacemos los escritores: recogemos fragmentos de lo que hemos vivido, leído, aprendido e imaginado; los mezclamos con nuestras propias contradicciones y tratamos de construir algo que antes no existía exactamente de esa manera.
No partimos de la nada, hombre. Nunca lo hicimos.
Somos la culminación provisional de innumerables factores que nos han convertido en individuos únicos, particulares e irreemplazables. Y lo que escribimos lleva, aunque no siempre podamos reconocerlo, las huellas de todas esas vidas que de alguna manera pasaron por la nuestra.
Quizá la mejor manera de honrar ese legado no sea intentar ser originales a toda costa, sino continuar la conversación.
Leer lo que otros escribieron. Comprender de dónde venimos. Aprender de quienes nos precedieron. Y después, con todas esas voces resonando en algún rincón de nuestra cabeza, sentarnos a escribir nuestra propia historia.
Porque todavía quedan mundos por imaginar.
Y, por suerte, todavía quedan muchas páginas por leer y por escribir.
Buena Escritura !!! ✍️😊🔥
Mencionado en el Artículo:
✔ Archivo Histórico de Revistas Argentinas
✔ Columberos: Historietas de la Editorial Columba
✔ Corin Tellado
✔ Cuentos de Almejas
✔ Dartagnan
✔ El Principe Valiente
✔ El Tony
✔ Helena
✔ Hemeroteca Digital de la Biblioteca Mariano Moreno
✔ Johnny Hazard
✔ Lágrimas en la lluvia (Monólogo Final de Ray Batty)
✔ Links de Interés para Escritores
✔ Marcial Lafuente Estefanía
✔ Modesty Blaise
✔ Pelicula "Blade Runner" (1982)
✔ Pepe Sánchez
✔ Radiolandia
✔ Readers's Digest
✔ Revista Burda
✔ Revista Radiolandia
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