La Clase de Yoga
Capitulo 1: Una Docena de Medialunas
por Rodriac Copen
Tito Mansilla había salido de su departamento con una misión sencilla: comprar una docena de medialunas para acompañar el desayuno. Era una actividad que no exigía demasiada preparación intelectual, aunque Tito consideraba que cualquier salida a la calle constituía una oportunidad potencial para mejorar su vida sentimental. O, por lo menos, para complicársela.
La panadería estaba bastante concurrida. Detrás del mostrador, un empleado despachaba pedidos con la velocidad de un funcionario bancario próximo a jubilarse, mientras una señora discutía acaloradamente sobre la dureza de unas tortitas que, a juzgar por su aspecto, habían sobrevivido a una crisis económica.
Tito aguardaba su turno cuando la vio.
Estaba delante de él, examinando las facturas exhibidas en las bandejas de vidrio. Era una mujer de unos cuarenta años, elegante, de figura generosa y armoniosa, con una presencia cuidadosamente diseñada para distraer a los hombres de sus obligaciones cotidianas.
Tenía el cabello bien arreglado, una blusa que le sentaba particularmente bien y unos pantalones ajustados que hacían innecesario cualquier comentario sobre la generosidad de la naturaleza.
Tito la observó con el interés de un investigador científico que acabara de descubrir una especie desconocida y prometedora.
“Qué barbaridad”, pensó. Y uno acá, perdiendo el tiempo con las medialunas.
La mujer parecía concentrada en elegir sus facturas. Tito aprovechó para estudiarla discretamente, aunque su concepto de discreción tenía algunas deficiencias técnicas. La miró una vez, dos veces y una tercera, con la misma insistencia de quien intenta recordar dónde estacionó el automóvil.
Finalmente, se decidió intervenir jugándose con todo lo que tenía.
Se acomodó la ropa, se pasó una mano por el cabello —un movimiento que llevaba años practicando frente al espejo— y se acercó lo suficiente como para iniciar una conversación sin necesidad de levantar la voz.
—“¿Siempre viene a esta panadería?”— le preguntó con voz sugerente.
La mujer giró ligeramente la cabeza. Lo examinó durante un segundo, con esa expresión de cautela que suelen reservar las mujeres para los hombres, y que dejan clara la lejanía de su territorio para el mundo.
—“Casi todos los días.”— respondió con algo de desdén.
—“Entonces voy a tener que empezar a venir más seguido.”—
Ella lo miró de nuevo. Esta vez con una pequeña sonrisa, seguramente afectada por esa estocada rápida del desconocido.
—“¿Le gustan mucho las facturas?”— preguntó la dama fingiendo poco interés.
Tito comprendió al instante que había encontrado una puerta entreabierta. Y, como un león en pleno ataque, fue consciente del peso de su intervención. Como experto en descifrar señales sentimentales, decidió jugar más fuerte.
—“Depende de cuáles.”— dijo, mientras se acercaba un poco más.
Nidia, que así se llamaba la hermosa desconocida, arqueó apenas una ceja. Pero no protestó por ese acercamiento. Tito sonrió al ver que su insinuación la había afectado.
—“Las de crema pastelera, por supuesto. No vaya a pensar mal.”— dijo mientras le brindaba una sonrisa intrigante.
La mujer soltó una risita discreta y decidió seguirle el juego.
—“Ah, bueno. Por un momento pensé que tenía otras preferencias.”—
—“Señora, soy un hombre de gustos tradicionales. La crema pastelera, el dulce de leche… mujeres elegantes y sensuales. En ese orden, aunque no necesariamente por importancia.”—
—“Tiene una respuesta para todo, ¿no?”—
—“No, para todo no. Todavía no me preguntaron qué hago cuando me enamoro.”—
—“¿Y qué hace?”—
—“Generalmente, alguna estupidez.”—
Nidia volvió a sonreír.
Tito consideró que la conversación avanzaba muy bien. Aún no había conseguido su número de teléfono, pero había logrado algo mucho más importante: que una mujer desconocida se riera de sus ocurrencias antes de saber cómo se llamaba.
En su particular sistema de evaluación, eso equivalía a un examen superado.
Mientras aguardaban ser atendidos, Nidia se acomodó el cabello detrás de una oreja. El movimiento dejó escapar una delicada oleada de perfume que llegó hasta Tito con la precisión de un misil teledirigido.
Él respiró discretamente. Era un perfume agradable, femenino, de esos que no se anuncian: se presentan.
“Esto ya está tomando otro color”, pensó.
—“¿Y usted siempre compra acá?”— preguntó Nidia.
—“Desde hace años.”—
—“¿Y nunca nos habíamos visto?”—
—“Es posible. Aunque debo reconocer que, si la hubiera visto antes, me habría acordado.”—
—“Qué facilidad para decir esas cosas.”—
—“No es facilidad. Es observación. Soy un hombre muy observador. Me gusta todo lo que es bello.”—
—“¿Ah, sí?”— dijo Nidia mientras se ponía ligeramente ruborizada.
—“Muchísimo. Por ejemplo, acabo de descubrir que usted tiene muy buen gusto para elegir panaderías.”—
—“¿Y eso cómo lo descubrió?”—
—“Porque está en la misma que yo.”—
Nidia negó con la cabeza, divertida. En ese momento llegó su turno.
—“¿Qué va a llevar, señorita?”— preguntó el panadero, mientras acomodaba una bandeja de vigilantes.
—“Una docena de medialunas.”—
—“¿De manteca o de grasa?”—
—“De manteca, por favor.”—
Tito aprovechó la oportunidad.
—“Qué casualidad. Yo también estoy buscando algo dulce para empezar el día.”—
Nidia lo miró de reojo. Una sonrisa pícara comenzó a dibujarse en sus labios.
—“¿También va a llevar medialunas?”—
—“Bueno, son mi segunda opción. Ahora estoy evaluando otras posibilidades.”—
La miró descaradamente.
Nidia soltó una carcajada breve, de esas que una mujer intenta contener por educación, pero que terminan escapándose porque el comentario la tomó desprevenida.
—“¡Qué atrevido!”—
—“No, por favor. Atrevido sería preguntarle si viene sola.”—
—“¿Y por qué no me lo pregunta?”—
Tito abrió ligeramente los ojos. Aquello empezaba a ponerse interesante.
—“Porque todavía no desayuné y no quisiera cometer una imprudencia con el estómago vacío.”—
—“¿Siempre es así?”—
—“¿Así cómo?”—
—“Tan... conversador.”—
—“Solamente cuando encuentro una interlocutora... interesante.”—
El panadero dejó la bolsa sobre el mostrador.
—“¿Algo más, señora?”—
—“No, gracias.”—
—“¿Usted, caballero?”—
Tito miró las bandejas, luego a Nidia y finalmente al panadero.
—“Una docena de medialunas de manteca.”—
—“¿Algo más?”—
Tito volvió a mirar a Nidia.
—“Por ahora, no. Aunque veo que la mañana viene bastante bien surtida.”—
—“¿Cómo dice?”— preguntó el panadero.
—“Que me ponga doce. Y que estén calentitas, si puede ser.”—
El empleado lo observó con la indiferencia profesional de quien ya empieza el día cansado, y de los que han escuchado cosas peores antes de las nueve de la mañana.
Nidia pagó su pedido y se apartó del mostrador. Antes de dirigirse a la salida, volvió a mirar a Tito.
—“Bueno, que tenga buen día.”—
—“Ahora sí que lo voy a tener.”—
—“¡Qué exagerado!”—
—“Señora, uno no puede andar por la vida desperdiciando las oportunidades que le ofrece la gastronomía.”—
Nidia volvió a reírse.
—“Hasta luego, señor...”—
—“Mansilla. Tito Mansilla.”—
—“Nidia.”—
—“Encantado, Nidia.”—
—“Igualmente.”—
Ella encaró para la salida con su bolsa de medialunas.
Tito permaneció unos segundos con una sonrisa satisfecha y el aire de un hombre que acababa de cerrar un importante acuerdo comercial.
El panadero lo sacó de su ensimismamiento.
—“¿Algo más, don Tito?”—
—“No, campeón. Con esto estamos.”—
—“Son mil quinientos.”—
Pagó, recogió su bolsa y para su sorpresa, Nidia no se había marchado. Se había quedado junto al mostrador.
Tito lo interpretó como una señal favorable. No necesariamente una invitación, pero sí una de esas pequeñas concesiones que la vida le hacía de vez en cuando, para mantenerlo ocupado antes de volver a golpearlo.
Antes de salir, continuaron conversando dentro del local. Entre bromas y comentarios sobre la panadería, finalmente Nidia le preguntó:
—“¿Vive por acá?”—
—“A unas cuadras. ¿Usted?”—
—“Sí, vivo en el edificio de la esquina de San Martín y Las Heras.”—
—“¡Mire qué casualidad! Estamos a un par de cuadras.”—
—“¿Y usted vive solo?”—
Tito detectó una pregunta interesante.
—“Si. Aunque no descarto incorporar compañía a mi vida.”—
—“¿Ah, sí?”—
—“Depende de las condiciones del contrato.”— bromeó
Nidia sonrió.
—“Bueno, pero le advierto que estoy casada.”—
Tito dejó escapar un suspiro teatral.
—“¡Qué lástima!”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque estaba por invitarla a tomar un café.”—
Nidia lo miró con una expresión divertida.
—“Estoy casada, no enterrada.”—
Tito abrió los brazos, como si acabaran de comunicarle una excelente noticia.
—“¡Ah! Entonces todavía hay esperanzas para la humanidad.”—
—“No se haga demasiadas ilusiones.”—
—“No, por supuesto. Soy un hombre prudente.”—
Nidia lo miró de arriba abajo.
—“Eso no parece.”—
—“Es que la prudencia tiene sus límites. Y usted acaba de ponerlos a prueba.”—
Ella se rio. Tito, que había interpretado aquella respuesta como una autorización diplomática para continuar con su política exterior, decidió avanzar un poco más.
—“Podríamos tomar ese café en mi departamento. Vivo cerca. Tengo una cafetera excelente y, aunque no soy un gran cocinero, llevo una excelentes medialunas.”—
—“¡Qué tentador!”— respondió Nidia —“Pero hoy no va a poder ser.”—
—“¿Tiene algún compromiso?”—
—“Mi marido me está esperando afuera, en el auto.”—
Tito miró hacia la vidriera.
—“¡Qué afortunado! Irse con semejante belleza...”—
—“No ponga esa cara. Parece que le hubieran cancelado una herencia.”—
—“Es que ya me estaba imaginando una mañana muy agradable.”—
—“Otro día, quizás.”—
Decidió tirarse a la pileta. No tenía nada que perder.
—“¿Eso significa que hay otro día para mí?”—
Nidia dudó por un segundo, luego se acercó un poquito, bajando la voz.
—“Podemos intercambiar WhatsApp. Yo le aviso cuándo puede venir a visitarme.”—
—“¿A su casa?”—
—“Sí. Cuando mi marido no esté.”—
Tito sonrió con la satisfacción de un hombre que acababa de encontrar una puerta de emergencia en un edificio sin salidas.
—“Nidia, usted acaba de devolverme la fe en las relaciones humanas.”—
—“No se entusiasme tanto. Primero deme su teléfono.”—
Tito se lo dijo. Nidia sacó su celular, ingresó el número y, cuando llegó el momento de agendar el contacto, escribió cuidadosamente: “Filomena”.
Tito observó la pantalla.
—“¿Soy Filomena?”—
—“Sí.”—
—¿Y eso?
—“Mi marido es celoso… y a veces mira las conversaciones. Cree que yo no sé.”—
—“Entiendo… y no puedo criticarlo.”—
—“Si en los contactos pusiera los nombres verdaderos, ya estaría buscando un abogado.”—
—“Entiendo...”—dijo Tito comprensivo mientras agendaba el número de Nidia.
Salieron juntos de la panadería.
—“Bueno, hasta pronto.”— dijo ella.
—“Espero que muy pronto.”—
—“Ya veremos.”—
—“No me deje con la incertidumbre. Es una enfermedad que afecta mucho a los hombres sensibles.”—
—“¡Usted no tiene nada de sensible!”—
—“Eso es porque todavía no me conoce.”—
Nidia se rio y se alejó hacia un automóvil estacionado a pocos metros.
Tito se quedó mirándola unos segundos antes de emprender el camino de regreso a su departamento.
La mañana había comenzado con una docena de medialunas y terminaba con el teléfono de una mujer casada. No era un mal balance para alguien que había salido de su casa sin mayores expectativas, salvo ingerir manteca y harina.
Nidia abrió la puerta del acompañante y se acomodó en el asiento.
Su marido, Roberto, estaba al volante. Era un hombre de cuarenta y cinco años, atlético, de brazos musculosos y mandíbula firme. Tenía la expresión habitual de quien sospecha que alguien está intentando estafarlo, incluso cuando le ofrecen un descuento en el supermercado.
Había observado a su mujer conversar con Tito.
—“¿Quién es el tipo con el que hablabas?”—
Nidia, acostumbrada a sus celos, acomodó la bolsa de medialunas sobre sus piernas.
—“Un señor que me preguntó por una farmacia.”—
Roberto frunció el ceño.
—“¿Una farmacia?
—“Sí. Quería saber dónde había una cerca.”—
—“¿Y estuvieron tanto tiempo hablando de una farmacia?”—
Nidia lo miró con una expresión de inocencia perfectamente administrada.
—“Había mucha gente en la panadería. Él me preguntó si conocía una farmacia por acá. Solo le expliqué dónde había una.”—
—“¿Y qué tiene que ver eso con que se rían tanto?”—
—“Roberto, por favor. El hombre era simpático ¿Ahora tampoco puedo ser amable con la gente?”—
—“No dije eso.”—
—“Entonces no me interrogues como si fuera sospechosa de un crimen.”—
Roberto arrancó el motor.
—“No me gustó cómo te miraba.”—
—“¿Y cómo querés que me mire? ¿Acaso tengo control sobre la gente?”—
—“No sé. Pero te miraba demasiado.”—
Nidia abrió la bolsa y sacó una medialuna.
—“Bueno, la próxima vez le pido que cierre los ojos para hablarme.”—
Roberto resopló.
Ella mordió la medialuna y miró por la ventanilla, satisfecha. Había conseguido su primera pequeña victoria de la mañana.
Y, lo que era más importante, Roberto no había sospechado absolutamente nada.
Dos días después, Tito estaba en su departamento, tomando café y revisando algunas noticias en el teléfono, cuando recibió un mensaje de WhatsApp.
Nidia le escribió:
—“Hola, Filomena. ¿Cómo estás? ¿Te puedo llamar?”—
Tito miró la pantalla. Parpadeó desorientado y volvió a leer. Luego se acordó y respondió:
—“Hola, Nidia. Si. Podés llamarme ahora si querés.”—
La llamada de Nidia entró casi inmediatamente.
—“Hola, Tito. No sabía si te ibas a acordar que te agendé como Filomena. Roberto a veces me espía el celular.”—
—“Pero ¿Filomena? ¿Qué clase de nombre es ese?”— Tito soltó una risita.
—“Mi marido me cela menos si me comunico con mujeres. Es muy controlador. Ahora estoy sola… y puedo hablar”—
Tito se quedó pensando. Preguntó:
—“¿Y no sospecharía más si encuentra a una Filomena en tu teléfono? No es un nombre muy común hoy en día.”—
—“Vos no sos muy común. Quise ponerte un nombre especial. Además mi marido no sospecha ni cuando le digo que voy a comprar zapatos.”—
—“Me tranquiliza saber que estoy en buenas manos.”—
—“Jajaja. Sos un desastre.”— se rió Nidia.
—“Soy un hombre que valora la seguridad. No quisiera que nuestra amistad terminara en un episodio policial.”—
—“No exageres. Roberto será celoso, pero no un asesino.”—
—“Qué alivio. Ya estaba pensando en contratar un seguro de vida.”—
—“Mmm. Y acordate de no mandarme mensajitos con corazones ni besos. Se verían mal ese tipo de mensajes de Filomena.”—
—“¿Y entonces? ¿Como voy a hacer para conquistarte?”—
—“Hacé lo que hago yo. Preguntame si me podés llamar. Cuando vea que sos Filomena, te contesto sabiendo que sos vos.”—
—“Qué alivio. Ahora si podemos construir algo lindo.”—
—“¡Callate, tonto!”—
—“Bueno y decime, Nidia… ¿Cuándo vas a venir a mi departamento?”—
—“Ahhh… ¡sos muy rápido! Jaja...”—
—“Es una de mis mejores virtudes, hermosa...”—
—“Entiendo, querido. Pero soy una dama… no voy a departamentos de galanes a los que recién conozco.”—
—“Bien por vos, pero entonces ¿como hacemos?”—
—“Ya se me va a ocurrir algo, hermoso. Te prometo que pronto.”—
Se despidieron. Tito dejó el teléfono sobre la mesa y se reclinó en la silla. Filomena.
Volvió a mirar el mensaje.
—“Qué nombre antiguo.”— murmuró sonriendo.
Pero entendió, porque uno nunca sabe cuándo puede necesitar una coartada.
Un par de días después, terminando la tarde, Nidia volvió a llamarlo.
—“¿Hacés gimnasia?”—
Tito estaba merendando. Conversaban mientras untaba una tostada con manteca.
—“Por supuesto.”—
—“¿Qué tipo de gimnasia hacés?”— preguntó Nidia.
Tito se tomó unos segundos para responder. No quería dar una impresión equivocada. La sinceridad era una virtud admirable, pero tenía sus inconvenientes cuando uno pretendía seducir.
—“La que no requiere demasiado esfuerzo.”—
—“Jajaja. Sos un vago.”— se rió ella.
—“No confundas la eficiencia con la pereza.”— dijo Tito con tono falso de ofendido.
—“¿Cuándo fue la última vez que hiciste gimnasia?”—
—“Depende. ¿Cuenta caminar hasta la heladera?”—
—“¡Tito! ¡Sos un desastre! Jaja”—
—“Bueno, hace unos meses… que no hago nada”
—“Te vendría bien moverte un poco.”— dijo Nidia
—“Algo me muevo. El otro día dí vuelta al colchón de la cama.”—
—“Jajajaja. Sos imposible.”— dijo ella.
—“Y sin embargo, acá estamos, conversando.”—
—“¿Te gustaría verme en calzas? Te voy a invitar a un gimnasio.”—
Tito dejó la tostada sobre el plato. Un gimnasio.
La palabra le produjo una sensación parecida a la que experimentaría un vegetariano si lo invitaran a una parrillada con asistencia obligatoria.
—“¿Un gimnasio?”—
—“Sí. Hay uno cerca de la panadería donde nos conocimos. Voy algunas veces con unas amigas.”—
—“¿Y qué se hace exactamente?”— preguntó Tito.
—¿En un gimnasio?”—
—“No, en una biblioteca. Claro que en un gimnasio.”—
—“Jajaja. Se hace ejercicio, Tito.”—
—“Ah. Eso complica un poco las cosas.”— dijo él.
—“No seas dramático. Te va a hacer bien. Además, me vas a ver con ropa ajustadita.”—
—“Bueno esa es una razón de peso. ¿Hay que llevar ropa especial?”—
—“Sí. Ropa deportiva.”—
Tito miró su pantalón de vestir, su camisa y sus zapatos perfectamente lustrados.
No tenía ropa deportiva. Bueno, tenía un pantalón de jogging que utilizaba para dormir y una remera vieja que había sobrevivido a varias mudanzas. Pero no estaba seguro de que aquello calificara como indumentaria apropiada para una actividad física. Tendría que comprar ropa deportiva.
—“¿Y zapatillas… imagino?”—
—“Obviamente.”—
—“Bueno... voy a tener que invertir en esta relación. Pero verte vale la pena.”—
—“Jajajaja. No hace falta que te compres nada caro.”— dijo Nidia.
—“Menos mal. Ya estaba pensando en pedir un préstamo.”—
—“Podemos ir por la mañana. ¿Te parece?”— dijo ella sensualmente.
Tito se quedó mirando el teléfono.
Había algo que no terminaba de comprender. Una mujer atractiva, casada, que le había dado su número de teléfono, que lo invitaba a visitarla cuando su marido no estuviera y que ahora quería llevarlo a un gimnasio.
No era exactamente el escenario que había imaginado cuando salió a comprar medialunas.
Pero tampoco era momento de ponerse exquisito.
—“¿Qué día?”—
—“Mañana dije… ¿estas libre?”—
—“Perfecto.”—
—“Entonces nos encontramos a las nueve en la puerta.”—
—“Allí estaré.”—
—“No me falles… ¿eh?”—
—“Jamás le fallo a una mujer que me invita a hacer gimnasia.”—
Nidia le dio la dirección del gimnasio y se despidió:
—“Buenas noches, Tito. Soñá conmigo.”—
—“Buenas noches de tu amiga Filomena.”— respondió él.
Nidia respondió con una risa cristalina y cortó la llamada.
Tito dejó el teléfono sobre la mesa y se preparó para ir al negocio de un amigo. Tenía que encontrar ropa deportiva, comprar unas zapatillas y, sobre todo, averiguar qué demonios se hacía en aquel gimnasio.
Porque una cosa era conquistar a una mujer mediante el ingenio y otra muy distinta era hacerlo mediante el esfuerzo físico.
Y Tito Mansilla estaba dispuesto a muchas cosas por una mujer atractiva.
Pero no necesariamente a transpirar. Eso todavía estaba por negociarse.
A las nueve en punto del otro día, Tito Mansilla apareció en la puerta del gimnasio con una indumentaria que consideraba deportiva, aunque cualquier entrenador profesional habría tenido dificultades para clasificarla.
Llevaba un pantalón de jogging negro, una remera ajustada que había comprado la tarde anterior y unas zapatillas nuevas que todavía conservaban la rigidez de lo nuevo.
Nidia lo esperaba junto a la recepción.
—“¡Llegaste!”—
—“Por supuesto. Soy un hombre puntual.”—
—“¿Y las zapatillas?”—
—“Nuevas. Todavía no tienen experiencia laboral.”—
Nidia se rio y lo condujo hasta el mostrador.
—“Vengo con un invitado”— le explicó a la recepcionista.
La muchacha le pidió algunos datos a Tito, que completó una ficha con la expresión solemne de quien está firmando un contrato.
—“¿Tiene alguna lesión?”— preguntó la empleada.
Tito miró a Nidia.
—“Todavía no.”—
—“¿Cómo que todavía no?”—
—“Una forma de hablar. Soy optimista.”—
Una vez dentro, Nidia le mostró las instalaciones. Había máquinas de musculación, bicicletas fijas, cintas para correr y una zona donde algunas personas levantaban pesas con expresiones de sufrimiento. Parecían querer sacar un automóvil de alguna zanja.
—“¿Y... qué vamos a hacer?”— preguntó Tito.
—“Primero, un poco de calentamiento.”—
—“¿No podemos empezar directamente enfriando con un par de cervezas?”—
—“¡Tito! ¡Sos incorregible!”— ser rió ella.
—“Bueno, bueno. No quiero interferir con tu metodología.”—
Nidia le explicó algunos ejercicios sencillos. Tito los realizó con una voluntad admirable y una coordinación bastante deficiente. En uno de los ejercicios intentó estirar los brazos hacia arriba y terminó golpeándose con una de las barras de una máquina.
—“¡Ay!”—
—“¿Estás bien?”—
—“Perfectamente. Estoy comprobando la resistencia de la máquina.”—
Nidia se tapó la boca para no reírse.
—“Sos un desastre.”—
—“Pero un desastre con buena predisposición.”— dijo, haciéndole un guiño.
En el gimnasio todo marchaba razonablemente bien. Nidia permanecía cerca de él, le corregía las posturas y aprovechaba cualquier oportunidad para rozarle el brazo o acomodarle la posición de los hombros. Tito, mientras le miraba las pompis a Nidia, había comenzado a sospechar que el gimnasio era una actividad mucho más interesante de lo que había imaginado.
Hasta que aparecieron Griselda y Flavia.
Las dos venían de la sala de spinning conversando animadamente, con sus bolsos deportivos colgados de los hombros. Griselda tenía una presencia imponente y una voz capaz de atravesar una pared de ladrillos. Flavia, más menuda y de contextura atlética, caminaba con la agilidad de quien mostraba que el ejercicio podía ser agradable, siempre que no incluyera trabajar demasiado.
Nidia las vio por el rabillo del ojo… y su expresión cambió de inmediato.
Tito estaba prácticamente pegado a ella, escuchando una explicación sobre la postura correcta para realizar un ejercicio.
—“¿Y ahora qué?”— preguntó él.
Nidia lo empujó bruscamente hacia un costado.
—“¡Corréte!”—
Tito trastabilló y terminó abrazado a una máquina de musculación.
—“¡Eh! ¿Qué te pasa?”—
—“¡Esas dos son amigas de la familia! ¡Y le pueden contar a mi marido! ¡Andá para allá!”— le dijo Nidia por lo bajo.
La Clase de Yoga
Capitulo 2: El Profesor de Yoga
por Rodriac Copen
La transformación de Nidia cuando aparecieron sus amigas en el gimnasio fue espectacular.
En menos de dos segundos, Nidia pasó de ser una amante cariñosa y sonriente a una desconocida que parecía haber descubierto a un vendedor ambulante dentro de su cocina.
Griselda y Flavia se acercaron.
—“¡Nidia!”— saludó Griselda —“¿Cómo andás?”—
—“¡Hola, chicas! ¡Qué sorpresa!”—
—“¿Qué hacés por acá?”—
—“Lo de siempre. Un poco de ejercicio.”—
Flavia miró hacia donde estaba Tito, que todavía intentaba despegarse de la máquina.
—“¿Y ese que hablaba con vos? ¿Quién es?”—
Nidia sintió que el corazón le daba un salto mortal.
—“¿Quién?”
—“Ese hombre... El que estaba con vos.”— lo señaló disimuladamente.
—“Ah... él.”—
Miró a Tito. Tito la miró a ella.
Durante una fracción de segundo, ambos parecieron esperar que el otro resolviera la situación.
—“Es un… este… profesor”— dijo Nidia.
—“¿Profesor de qué?”— preguntó Griselda.
Nidia abrió la boca. La cerró. Y luego volvió a abrirla.
—“De... de... ¡yoga! Eso. Un profesor de yoga.”—
Griselda miró a Tito que simulaba hacer bíceps.
—“¿De yoga?”—
—“Sí”— confirmó Nidia, con un entusiasmo que no habría podido sostener ni una actriz de teatro —“Da clases particulares.”—
Flavia sonrió.
—“Mmm… ¡Está lindo el profe! ¿Sabés dónde da clases?”—
Nidia tragó saliva.
—“En... en...”— la mente le trabajaba a mil.
Tito, que empezaba a comprender que su presencia había sido convertida en un potencial problema marital, seguía haciéndose el desentendido mientras hacía ejercicios en una máquina.
—“¡A domicilio! Eso...”— soltó finalmente Nidia —“Va a dar clases a domicilio.”—
—“¡Qué práctico!”— comentó Flavia.
—“Siii ¿viste?”— agregó Nidia —“Es un servicio personalizado.”—
Tito decidió intervenir desde lejos.
—“Sí. Muy personalizado, chicas.”—
Nidia le lanzó una mirada asesina.
—“Bueno, chicas, después hablamos. Tengo que terminar unos ejercicios.”—
—“Dale, nos vemos en un rato”— dijo Griselda.
Las dos se alejaron hacia los vestuarios.
Nidia esperó a que estuvieran suficientemente lejos y se acercó a hacia donde estaba Tito.
—“¿Qué hacés?”—
—“¿Yo? Estoy tratando de recordar si vine a hacer gimnasia o a declarar en un tribunal.”—
—“¡No tenías que hablar!”—
—“Perdón. La próxima vez uso telepatía.”—
—“¡Y dejá de mirarme las tetas!”—
—“¿Cómo querés que te mire? ¿Con indiferencia? ¡No puedo!”—
Nidia se pasó una mano por la frente.
—“Esto es un desastre.”—
—“No pasó nada. Tus amigas creen que soy profesor de yoga.”—
—“¡Y no tenés la menor idea de yoga!”—
—“Tampoco tengo la menor idea de muchas otras cosas y eso nunca me impidió desenvolverme socialmente. ¿Que tiene, además? Si quieren contratarme les digo que no tengo tiempo.”—
Nidia, a su pesar, soltó una carcajada involuntaria.
—“Sos imposible.”—
—“Y vos acabás de inventarme una profesión. Me parece que ahora tenés que hacerte cargo.”—
La sesión de gimnasio terminó siendo un fracaso. La mujer apenas pudo continuar con sus ejercicios porque tenía que mantener las manos de Tito fuera de su cuerpo. Así y todo, logró robarle un par de besos.
Tito, insistente como gotera de techo, descubrió en el gimnasio múltiples maneras de rozar el cuerpo y las curvas más atractivas de Nidia. Y se les hacía muy difícil fingir que no se conocían.
A su pesar, se despidieron sin demasiadas demostraciones. Pero ahora sabían que ambos tenían algo en común, y era que estaban deseando encontrarse nuevamente.
Esa misma tarde, Tito decidió tomar la iniciativa. Le mandó un mensaje como Filomena para saber si podían hablar por teléfono. Nidia le dijo que sí, que estaba libre. Le llamó.
—“¿Cuándo podemos vernos personalmente y sin interrupciones de amigas del gimnasio?”—
—“Jajaja. Por casualidad, el jueves a las cinco voy a estar sola en casa.”—
—“¿Completamente sola?”—
—“Sí. Completamente.”—
—“¿Sin marido, hijos, suegra o vecinos indiscretos...?”—
—“¡Tito!”— dijo Nidia.
—“Perdón, amor. Estoy organizando la logística.”—
Nidia respondió melosa:
—“Sos un exagerado.”—
—“Más bien soy previsor. La última vez aparecieron dos testigos de la fiscalía sin que nadie las convocara.”—
—“Jaja… Te prometo que el jueves no va a pasar nada de eso. Vamos a estar solitos.”—
—“Perfecto. ¿Llevo algo?”—
—“Traé algo para tomar.”—
—“¿Vino? ¿Fernet? ¿Whisky? ¿Que te gusta?”—
—“No. Mi marido puede llegar temprano. No creo, pero siempre es una posibilidad. No quiero que piense que estamos de fiesta.”—
—“¿Agua mineral entonces?”—
—“Traé gaseosa.”—
—“Entendido. Una cita romántica con hidratación responsable.”—
—“Jajajaja. No seas tonto.”— dijo Nidia.
—“Haré lo posible, hermosa, pero no prometo milagros.”—
—“Te espero el jueves.”— le dio la dirección.
—“Allí estaré.”— dijo Tito, siempre dispuesto.
Dejó el teléfono sobre la mesa y sonrió. Había conseguido una cita en una casa ajena, con una mujer casada y bajo la amenaza potencial de un marido celoso. El panorama no era exactamente tranquilizador, pero Tito tenía una confianza en sí mismo que no guardaba ninguna relación conocida con sus posibilidades reales de supervivencia.
El jueves llegó puntualmente.
Llevaba una botella de gaseosa, una camisa cuidadosamente planchada y el cabello tan prolijo que parecía haber sido peinado con una escuadra.
Nidia abrió la puerta.
Y Tito comprendió que había valido la pena esperar.
Vestía una minifalda extraordinariamente ajustada, una blusa elegante y unos zapatos que parecían haber sido concebidos con el propósito específico de dificultar la concentración masculina.
—“Hola, Tito.”—
—“Hola...”—
La saludó con un beso en la mejilla. Después la miró. Y volvió a mirarla.
—“¿Qué pasa?”—preguntó ella.
—“Estoy tratando de recordar qué venía a hacer.”—
Nidia se rio.
—“Pasá, tonto.”—
Tito entró y le entregó la gaseosa.
—“Traje lo solicitado.”—
—“Muy bien. Veo que sos obediente.”—
—“Depende de quién dé las órdenes.”—
Nidia cerró la puerta.
El departamento estaba impecable. Había un aroma agradable en el ambiente, música suave y una iluminación cálida que hacía pensar que alguien había dedicado cierto esfuerzo a preparar la ocasión.
Se instalaron en el living.
Nidia se sentó en el sillón, recogiendo las piernas y Tito ocupó el lugar junto a ella. Al principio conversaron sobre el gimnasio, las amigas y algunas cuestiones cotidianas. Pero la distancia entre ambos fue reduciéndose gradualmente, hasta que sus rodillas se rozaron.
—“¿Y cómo te fue con tus amigas después de lo del gimnasio?”— preguntó Tito.
—“Uy… no me hables de eso.”—
—“¿Por qué? ¿Todavía creen que soy profesor?”—
—“Griselda me preguntó si podía conseguirle tu teléfono.”—
—“¿En serio?”—
—“Sí.”—
—“Bueno, por lo menos tengo salida laboral.”—
—“¡No te hagas el gracioso!”—
—“Estoy pensando en ampliar el negocio. Yoga a domicilio, masajes, asesoramiento espiritual...”—
—“¡Tito!”—
Él se rio y la miró. Nidia también sonrió.
La conversación fue perdiendo importancia. Tito se inclinó hacia ella y apoyó un brazo sobre el respaldo del sillón. Nidia no se apartó.
—“Sos bastante peligroso, ¿sabés?”— murmuró ella.
—“Solamente cuando me dejan.”—
—“¿Y si no te dejo?”—
—“Me comporto como un caballero.”—
—“¿Siempre?”—
—“Bueno, tampoco exageremos.”—
Nidia soltó una risita y apoyó una mano sobre su pecho. Tito se acercó un poco más.
En algún momento, la camisa del galán terminó desabrochada y finalmente, se la quitó. La dejó sobre el respaldo del sillón.
Nidia lo miró.
—“¿Tenés calor?”—
—“Con vos… muchísimo.”—
—“Pero si está prendido el aire acondicionado.”—
—“Debe ser un problema metabólico. Además, el aire acondicionado no ve lo que yo estoy viendo.”—
Ella se rio, halagada.
Tito se inclinó para besarla. Estaban a escasos centímetros cuando sonó el timbre.
Los dos se quedaron inmóviles. El timbre volvió a sonar. Tito cerró los ojos.
Nidia se incorporó.
—“No. No lo hagas.”— dijo Tito.
—“¿Qué?”— preguntó ella.
—“No abras.”—
—“Tengo que ver quién es.”—
—“Nidia, por favor. Hay momentos en la vida en que uno debe aprender a ignorar los estímulos externos.”—
El timbre volvió a sonar, esta vez acompañado por unos golpes en la puerta.
—“¡Nidia! ¡Somos nosotras!”—
Ella palideció.
—“Pero… ¡La puta madre!”— estaba desconcertada.
—“¿Qué pasó?”—
Nidia se levantó y fue hasta la puerta.
Miró por la mirilla. Volvió a mirar. Después se llevó una mano a la frente.
—“¡Griselda y Flavia!”—
Tito la miró sin comprender.
—“¿Quiénes?
—“¡Mis amigas! ¡Las del gimnasio!”—
Tito se quedó unos segundos en silencio.
—“¿Y cuál es el problema? ¡No les abras!”—
—“¡Griselda tiene llave!”—
—“¿Y?”—
—“¿Cómo que «y»? ¿Y si abre y nos encuentra? ¡Sería muy evidente!”—
Tito miró su camisa, luego a Nidia.
—”¿Y entonces?”—
—“¡Que no tienen que encontrarte acá! Se va a deschavar todo...”—
—“Bueno, deciles que soy el plomero.”—
Nidia lo miró como si acabara de proponerle incendiar el edificio.
—“Ya les dije que sos profe de yoga ¿Cómo les digo ahora que sos plomero?”—
—“Bueno… tenés razón.”— dijo el tartamudeando.
—“¡Además estás en cueros! ¡Y yo toda despeinada y con la blusa media abierta!”—
—“Bueno, decí que soy tu profe de confianza...”—
El timbre volvió a sonar.
—“¡Nidia! ¡Abrínos!”—
Mientras, Nidia se sacó la ropa y quedó en bombacha y corpiño, Tito empezó a ponerse la camisa y quedó asombrado porque no entendía lo que pasaba.
—“¡Ya les abro, chicas… un segundo…!”— gritó ella hacia la puerta.
Nidia lo agarró del brazo y lo empujó hacia el pasillo mientras llevaba sus ropas y los zapatos en un bulto.
—“¡Vení conmigo!”—
—“¿Adónde?”—
—“¡Al dormitorio!”—
—“¿Ahora? ¿Y qué vamos a hacer ahí?”—
—“¡Ahora no me hagas preguntas!”—
Entraron en la habitación a toda velocidad.
Nidia abrió el placard y comenzó a revolver la ropa de Roberto.
Sacó un pantalón, una remera, una toalla y finalmente encontró unas calzas deportivas que su marido utilizaba para entrenar.
Se las arrojó a Tito.
—“¡Ponete esto! ¡Vamos a decir que me vas a dar una clase!”— dijo a toda velocidad.
Tito cazó las prendas en el aire y se vistió a mil por hora. Nidia se calzó a toda velocidad su calza favorita, una remera y un par de zapatillas.
El bribón se vistió a mil por hora. Miró las calzas.
—“¿Y esto?”—
—“Las calzas de mi marido. No son del mismo tamaño.”—
—“¡Ya sé que es una calza! ¡Pregunto por qué!”—
—“¡Porque vas a ser el profesor de yoga, pelotudo!”—
Tito contempló la prenda con una mezcla de espanto y desconfianza.
—“Nidia, yo tengo una reputación.”—
—“¡No tenés un joraca! ¡Ponétela!”—
—“¡Esto es ropa de un hombre que levanta pesas!”—
—“¡Y vos vas a hacer yoga!”—
—“¡Pero yo no levanto ni las bolsas del supermercado!”—
—“¡Tito, por favor! ¡Nos van a descubrir!”—
Él intentó ponerse las calzas. Primero introdujo una pierna. Después la otra. A continuación descubrió que la prenda tenía una elasticidad considerable, pero no infinita.
Las calzas pertenecían a Roberto, un hombre de tamaño diferente. La prenda se ajustó de tal manera que cada movimiento suyo parecía una negociación entre el tejido y las leyes de la física.
—“¡Como ajusta! ¡Casi no puedo respirar!”—
—“¡Respirá por la nariz!”—
—“¡Casi no puedo mover las piernas!”—
Nidia le ayudó a ponerse una remera deportiva de Roberto.
—“¡Ponete esto también!”—
Tito consiguió introducir los brazos, aunque la prenda le quedó bastante ajustada en los hombros. Se miró en el espejo. Hubo un silencio.
—“Nidia...”—
—“¿Ahora qué?”— dijo ella histérica.
—“Pareciera que me embutieron en un matambre.”—
—“¡Dejá de quejarte, huevón. Que me voy a comer un divorcio!”—
—“¿Y cómo querés que salga así? ¡Camino como un pingüino con problemas de circulación!”—
—“¡Vas a salir, vas a saludar y vas a decir que sos profesor de yoga!”—
—“¿Y si me preguntan algo?”—
—“¡Contestás!”—
—“¿Qué?”—
—“¡Qué se yo! ¡Cualquier cosa!”— dijo Nidia mientras se recogía el pelo.
—“Magnífico. Siempre quise ejercer una profesión sin tener conocimientos previos.”—
Nidia lo empujó hacia el pasillo para ir al living.
—“¡Vamos!”—
Tito dio varios pasos titubeando. Las calzas tironeaban. La tela protestó silenciosamente.
—“Esto va a terminar mal”— murmuró.
—“¡Sonreí! ¡Hacete el simpático!”—
—“¿Con esta ropa? Lo único que puedo hacer es pedir disculpas.”—
Nidia respiró hondo, recompuso la expresión y fue a abrir la puerta. Tito, que caminaba con dificultad, se retrasó un poco.
Griselda y Flavia entraron como si fueran propietarias del inmueble y estuvieran haciendo una inspección de rutina.
—“¡Por fin!”— exclamó Griselda —“¡Pensábamos que te había pasado algo!”—
—“No, chicas. Estaba... haciendo una pose de yoga. Por eso me demoré...”—
—“¿Y ese perfume?”— preguntó Flavia.
—“¿Qué perfume?”—
—“Tenés un perfume distinto.”—
—“¿Te gusta? Ayer lo compré y me lo puse esta mañana.”—
—“Ah… si está rico.”—
Griselda dejó su bolso sobre una silla.
—“¿Estás sola?”—
Nidia tragó saliva.
—“Bueno... no exactamente.”—
En ese momento apareció Tito por el pasillo.
Caminaba con pasos cortos, las rodillas ligeramente flexionadas y los brazos separados del cuerpo, como un astronauta que acabara de descubrir que su traje espacial había sido fabricado para otra persona.
Las tres mujeres lo miraron. Hubo un silencio considerable.
Tito sonrió. Había recuperado su aplomo habitual. Lucía una sonrisa impecable, aunque su postura general era algo inusual. La ropa de Roberto le ajustaba por todos lados.
—“Buenos días, señoritas.”—
Nidia se apresuró a intervenir.
—“Les presento al profesor de yoga del que les hablé. Es el que da clases a domicilio. Me estaba dando una clase.”—
Griselda lo observó con atención.
—“¡Pará! A vos te conozco.”—
Tito sintió que algo se le contraía en el estómago.
—“¿Ah, sí?”—
—“¡Claro! Te vi en el gimnasio. Estabas con Nidia.”—
—“Ah... sí. Efectivamente.”— el falso profe se sintió aliviado.
—“¿Y ahora estaban en clase?”—
—“Así es”—respondió Tito, adoptando una expresión profesional—“Estabamos en relajación con Nidia.”—
Flavia, impresionada por su ropa ajustada, lo escaneó de arriba abajo.
—“¿Y... qué tipo de yoga enseñás?”—
Tito se acomodó la remera.
—“Yoga... integral.”—
Nidia cerró los ojos durante un instante, como implorando al cielo.
Griselda asintió, impresionada.
—“Ah, mirá vos… ¿que interesante!”—
Flavia, mientras tanto, había comenzado a observar a Tito con una atención que no parecía tener demasiado que ver con la disciplina oriental.
Su mirada descendió involuntariamente hacia las calzas y la zona de la ingle. Se detuvo un momento para contemplar… volvió a subir. Después volvió a bajar.
Tito lo advirtió. Y la miró directamente mientras sonreía pícaro. Flavia levantó la cabeza de golpe y se puso colorada hasta las orejas.
—“¿Qué...?”— preguntó, desconcertada.
—“No dije nada.”—respondió Tito.
—“No estaba mirando nada.”— dijo Flavia.
—“A mi no me importa… ¡Mirar es gratis!”— dijo Tito mientras le guiñaba un ojo.
Griselda giró la cabeza hacia su amiga.
—“¿Qué les pasa a ustedes dos?”—
—“¡Nada!”—contestaron al mismo tiempo con la mejor cara de inocencia que pudieron inventar.
Tito carraspeó. Nidia, nerviosa como estaba, no advirtió lo de su amiga. Se apresuró a decir.
—“Bueno, chicas, el profesor vino a darme una clase de prueba. Así vemos si me gusta el método.”—
—“¡Qué interesante!”— dijo Griselda —“¿Podemos mirar?”—
Tito sintió que el universo acababa de abrir una nueva sucursal de su desgracia.
Pero todavía no había terminado de cobrarle.
Griselda seguía observando a Tito con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Había algo en aquel hombre que no terminaba de convencerla. No era su aspecto, que resultaba bastante presentable, ni su indumentaria deportiva, que parecía haber sido confeccionada por un sastre con tendencias sadomasoquistas. Era, más bien, cierta expresión de improvisación permanente que Griselda había aprendido a reconocer en los hombres que hablaban demasiado.
—“¿Y hace cuánto que te dedicás al yoga?”— preguntó.
Tito adoptó una postura profesional. Se irguió todo lo que las calzas le permitieron y respondió con absoluta naturalidad:
—“Desde... hace bastante.”—
—“¿Y dónde estudiaste?”—
—“En... Oriente.”—
—“¿En India?”—
—“No. Más al este.”—
Flavia intervino:
—“¿China?”—
—“¡Claro! Más o menos.”—
Griselda insistió:
—“¿Japón?”—
Tito la miró con una sonrisa paciente.
—“¡Bueno, tampoco vamos a dar una clase de geografía! Fue en Taiwán ¿Conforme?”—
Flavia soltó una carcajada.
—“¡Me encanta! ¡Es muy simpático el profesor!”—
—“Sí, tiene mucho carácter”— agregó Griselda.
Nidia, que empezaba a comprender que la situación podía volverse insostenible si sus amigas seguían haciendo preguntas, decidió tomar el control.
—“Bueno, chicas, ya que están acá, ¿por qué no se quedan a la clase? Así aprovechan y prueban el método.”—
Tito giró lentamente la cabeza hacia ella.
—“¿Todas?”—
—“¡Claro!”— respondió Nidia, con una sonrisa forzada.
—“Qué generosa...”— murmuró él.
—“¿Dijiste algo?”— preguntó Nidia.
—“Que la generosidad es una virtud oriental.”—
Griselda y Flavia se entusiasmaron inmediatamente.
—“¡Buenísimo!”— exclamó Flavia —“Hace rato que quiero probar yoga.”—
—“A mí me vendría bárbaro para la espalda.”— dijo Griselda —“Estoy bastante contracturada.”—
Tito asintió con gravedad.
—“El yoga es excelente para eso. También para el estrés, la ansiedad y los problemas de convivencia.”—
Nidia lo fulminó con la mirada.
—“¿Qué?”—
—“Nada. Es una observación general.”—
Flavia se acomodó cerca de él.
—“¿Y vos vas a mostrarnos todas las posturas?”—
—“Por supuesto. Todas las que quieras.”—
—“¡Qué suerte!”—
Tito le sonrió. Nidia observó el intercambio con una expresión que mezclaba celos, irritación y el deseo creciente de utilizar las calzas de Roberto como instrumento de tortura.
Griselda, entretanto, había encontrado las colchonetas de gimnasia de su amiga Nidia y las extendió sobre el suelo.
—“Bueno, profesor. Cuando quieras.”—
Tito miró la colchoneta. Después miró a Nidia…. y volvió a mirar la colchoneta.
No tenía la menor idea de cómo había llegado a aquella situación, pero comenzaba a sospechar que su vida sentimental estaba siendo administrada por una organización clandestina especializada en humillaciones.
Las tres mujeres se acomodaron en el living.
Tito intentó adoptar una posición de meditación, cruzando las piernas. Las calzas protestaron inmediatamente. Tuvo que modificar la postura porque le apretaban los gobelins y terminó sentado con las piernas abiertas, como un hombre que acababa de perder una discusión con un mueble.
—“¿Todo bien?”— preguntó Flavia, solícita.
—“Perfectamente. Estoy conectando con la energía del suelo.”—
—“¿Y se siente?”—
—“Ufff. Muchísimo.”—
Nidia se sentó detrás de él.
—“¿Empezamos?”—
—“Sí, por supuesto.”—
Tito cerró los ojos.
—“Primero debemos encontrar la armonía interior.”—
—“¿Y cómo se hace?”— preguntó Griselda.
—“Dejando de lado las preocupaciones cotidianas.”—
—“¿Incluso las deudas?”— preguntó Flavia.
—“Especialmente las deudas, querida. Son una de las principales causas de desarmonía espiritual.”—
Las mujeres rieron. Tito se sintió momentáneamente reivindicado. La clase improvisada de yoga marchaba razonablemente bien.
Un galán rodeado de tres mujeres hermosas y atractivas, parecía un premio demasiado bueno para el jugador compulsivo de la vida que era Tito Mansilla.
Y entonces, en el departamento en el que vivía Nidia y su marido, se escuchó el ruido de una llave en la cerradura.
La puerta se abrió, y apareció Roberto, el marido de Nidia, que miró la escena intrigado.
—“¡Hola, chicas! ¿Qué está pasando acá?”—
Nidia se quedó petrificada mientras el rostro se le transformó en una máscara de espanto maquillada.
—“¡Roberto! ¿Qué hacés acá?”—
Su marido dejó las llaves sobre una mesita.
—“Vivo acá, querida… por si no lo sabías. Me falló un cliente y vine a casa. ¿Necesito pedir turno?”—
Tito sintió que el corazón le daba un pequeño salto. No era de alegría precisamente. Era más bien el preanuncio de un colapso.
Roberto observó a las tres mujeres sentadas sobre las colchonetas y después dirigió la mirada hacia el hombre vestido con las calzas deportivas.
—“¿Qué hacen?”—
Griselda se apresuró a responder:
—“Estamos haciendo yoga, Rober.”—
—“¿Yoga?”—
—“Sí.”— intervino Flavia —“El profesor vino a dar una clase.”—
Roberto miró a Tito.
Algo en aquel rostro le resultaba vagamente familiar, pero no conseguía ubicarlo. Lo examinó unos segundos, como quien intenta recordar dónde vio por última vez a un individuo que le debe dinero.
—“¿Yo no te conozco de algún lado?”—
Tito sonrió.
—“Es posible. Tengo una cara bastante común.”—
—“No sé...”—
—“Hay muchos rostros parecidos en Oriente...”— agregó Tito haciéndose el filósofo.
Nidia cerró los ojos. “Por favor, que se calle”, pensó.
Flavia intervino rápidamente:
—“El profe nos invitó a participar de la clase de Nidia.”—
—“Ah, mirá vos.”— dijo Roberto.
Griselda intervino mientras se estiraba.
—“Al profe lo concemos del gimnasio al que vamos las tres.”—
Tito la miró. “Esta mujer es un peligro para la seguridad nacional”, pensó.
Roberto volvió a observarlo.
—“¿Usted vino a dar una clase de yoga?”—
—“Si, así es. La primer clase… es gratis.”—
—“¿Y vos por qué no me dijiste nada?”— Roberto le preguntó a Nidia.
Nidia sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—“Eh... todo fue tan rápido que no tuve tiempo...”—
Roberto la miró.
—“¿Tan rápido?”—
—“Sí. El profesor llegó, empezamos a conversar de precios, me ofreció la clase gratis. Luego vinieron las chicas... y bueno… asi fue.”—
Roberto la observó por un momento.
—“¿Y yo?”—
—“¿Vos qué?”
—“¿Puedo participar? Sabés que me gusta el deporte...”—
Tito tragó saliva.
—“Por supuesto. Participe.”—
—“Me vendría bien estirar un poco. Paso muchas horas sentado en el auto.”—
Nidia intentó sonar tranquila.
—“¡Qué bueno, querido!”— dijo sonriendo forzada.
Por dentro, estaba considerando seriamente mudarse de país.
Roberto, que era más pequeño que Tito pero mucho más musculoso, se acomodó en el suelo y estiró las piernas. Sus muslos parecían ocupar más espacio del estrictamente necesario para un ser humano.
Tito lo miró.
Era evidente que aquel hombre podía levantarlo del suelo con una sola mano y utilizarlo para limpiar las telarañas del techo.
—“Bueno, profesor.”— dijo Roberto —“Cuando quiera.”—
Tito respiró hondo. Había llegado el momento de ejercer una profesión que desconocía por completo.
—“Bien.”— comenzó Tito —“Lo primero que tenemos que aprender es a respirar.”—
Roberto lo miró y le preguntó.
—“¿Y cómo debemos respirar?”—
—“Inspiramos profundamente... y después exhalamos a ritmo lento.”—
Roberto esperó.
—“¿Y eso es todo?”—
—“No. Es mejor hacerlo varias veces para evitar desmayarse.”—
Griselda comenzó a reírse del chiste. Flavia miraba a Tito con una sonrisa encantada.
—“¡Qué ocurrente, profe!”—
Nidia, que venía observado el entusiasmo de su amiga con creciente y celosa irritación, intervino:
—“Sí... ¡qué interesante!”— por dentro estaba furiosa.
Tito le hizo un guiño a Flavia.
—“Es una técnica milenaria.”—
Nidia, situada detrás de él, murmuró enojada entre dientes:
—“¡Es respirar nada más, pelotudo!”—
Tito fingió no haberla escuchado.
—“Ahora vamos a concentrarnos en el flujo de energía.”—
Roberto inspiró profundamente.
—“¿Y por dónde sale?”—
—“Por la cabeza o por la boca.”—
—“¿Y si no sale?”—
—“Entonces hay un bloqueo energético del polo.”—
—“¿Y cómo se desbloquea?”—
—“Con paciencia y relajación.”—
Roberto asintió, aunque su expresión indicaba que prefería resolver el asunto con una llave inglesa. Por alguna razón desconocida para él, el profesor le resultaba familiar.
La Clase de Yoga
Capitulo 3: La Postura del Guerrero
por Rodriac Copen
Mientras tanto, Tito comenzó a sentir cierta incomodidad en la zona de las calzas. Intentó acomodarse discretamente la tela, primero de un lado y después del otro.
Roberto lo observó.
—“¿Tiene algún problema, profesor?”—
—“No, no. Estoy buscando mi centro de gravedad.”—
Roberto le miró el paquete.
—“Me parece que lo tiene bastante desplazado.”—
Flavia se tapó la boca para no reírse. Nidia clavó la mirada en el techo.
Tito decidió cambiar de ejercicio antes de que alguien comenzara a hacer preguntas sobre su anatomía.
—“Vamos a pasar a las posturas.”—
Se levantó con cierta dificultad.
—“Ahora vamos a hacer la postura del árbol.”—
Las tres mujeres lo miraron atentamente.
—“Hay que levantar una pierna, apoyar el pie sobre el muslo contrario y mantener el equilibrio.”—
Tito levantó una pierna y apoyó el pie contra el muslo. La postura resultó razonablemente convincente, aunque su rostro reflejaba el esfuerzo de un hombre que intentaba sostener una antena parabólica durante un terremoto.
Griselda lo imitó.
Levantó una pierna, perdió el equilibrio y empezó a agitar los brazos.
—“¡Ay! ¡Me voy a caer!”—
Tito extendió una mano para ayudarla.
—“¡No se preocupe! El árbol tiene raíces.”—
Griselda terminó apoyándose contra el respaldo del sillón.
—“¡Pues este árbol está en un terreno bastante inestable!”—
Flavia se rio. Roberto intentó hacer la misma pose. Levantó una pierna, pero sus músculos no parecían dispuestos a colaborar.
—“¿Y si no tengo equilibrio?”—
—“Entonces usted es un árbol joven”— respondió Tito.
—“¿Y cuándo me hago viejo?”—
—“Cuando consiga mantenerse parado sin ayuda.”—
Roberto soltó una carcajada, divertido.
Por primera vez desde que había entrado, Tito pensó que quizá podría salir de aquella situación sin terminar en una guardia médica.
Una esperanza prematura, como casi todas las suyas.
—“Muy bien”— continuó Tito —“Ahora vamos a hacer el perro boca abajo.”—
Flavia levantó la mano.
—“¿Y cómo es?”—
Tito se colocó en posición, apoyando las manos y los pies sobre la colchoneta, con las caderas elevadas.
—“Así.”—
Los demás lo imitaron.
En pocos segundos, el living se había convertido en una exposición de animales domésticos mal ensamblados.
Griselda tenía las piernas demasiado flexionadas. Flavia intentaba mantener la espalda recta. Nidia hacía esfuerzos por no perder la compostura y Roberto parecía estar preparándose para inspeccionar una instalación sanitaria.
—“¡Esto parece una inspección veterinaria!”— comentó Roberto.
—“La idea es estirar la columna”— explicó Tito.
—“Pues a mí me parece que estoy revisando si hay pérdidas en el baño.”—
—“También ayuda a desarrollar la humildad.”—
—“¿La humildad?”—
—“Sí. Uno aprende a reconocer sus limitaciones.”—
Roberto soltó una risita.
Mientras los demás intentaban mantener la posición, Tito se acercó a Flavia.
—“No, no. Así no. Tenés que levantar un poquito más la cadera.”—
Flavia intentó corregir la postura.
—“¿Así?”—
—“Un poquito más.”—
Tito apoyó las manos sobre sus caderas y la ayudó a acomodarse.
—“Eso. Perfecto.”—
Flavia soltó una risita nerviosa.
—“¡Ay, profe! ¡Desde afuera parece más fácil!”—
—“Tranquila. Estoy acá para ayudarte.”— dijo Tito mientra le daba una palmadita en la cola.
Nidia giró la cabeza, y la escena no le gustó absolutamente nada.
—“¿Y a las otras… no nos ayuda, profe?”—preguntó con una sonrisa que parecía haber sido fabricada con alambre de púas.
—“Ahora voy con vos.”— respondió Tito.
—“Me parece que ahora no hace falta. Estoy perfectamente.”— dijo medio ofendida.
—“Es importante corregir las posturas.”—
—“¡Mi postura está bárbara!”—
Flavia volvió a reírse y Tito le dirigió una sonrisa cómplice.
Roberto, que había levantado la cabeza para observar la escena, preguntó:
—“¿Y esto cómo se llama? ¿El perro boca abajo?”—
—“Exactamente.”—
—“A mí me parece que estoy haciendo una reverencia.”—
—“Eso también ayuda a la humildad.”—
—“¿Y qué pasa si me quedo así?”—
—“La idea del yoga es alcanzar un estado superior de conciencia.”—
Roberto levantó la cabeza.
—“¿Y cuánto tarda?”—
Tito lo miró.
—“Depende de cada persona.”—
—“Bueno, porque tengo que ir a buscar el auto al taller.”—
—“En ese caso, no se esfuerce demasiado.”—
Nidia se incorporó y miró a Tito con una expresión asesina mientras corregía a Flavia. Él comprendió que estaba llegando al límite de sus celos. Cualquier cosa podía pasar.
Lo que no comprendía todavía era que Roberto empezaba a observarlo con una atención cada vez mayor, muy pensativo.
Y que, por alguna razón que aún no conseguía identificar, aquel profesor de yoga le resultaba cada vez más conocido.
La clase apenas había comenzado, y Tito ya estaba descubriendo que el yoga tenía una ventaja sobre otras actividades físicas: permitía pasar largos períodos tocando a las alumnas mientras corregía las posturas por absurdas que fueran.
Era una disciplina que, después de todo, tenía bastante futuro.
De todos modos, el “profesor” comenzaba a experimentar una sensación desagradable porque la clase estaba durando demasiado para sus conocimientos sobre yoga, que se habían agotado aproximadamente siete minutos después de comenzar.
Había conseguido salir airoso de la respiración, el árbol y el perro boca abajo, pero sospechaba que no podría seguir inventando nombres de animales durante mucho tiempo sin que alguien terminara preguntándole si también enseñaba zoología.
Decidió cambiar de estrategia.
—“Muy bien, ahora vamos a hacer la postura del guerrero. Piernas separadas, brazos extendidos, mirada al frente.”—
Roberto levantó la cabeza.
—“¡Esta sí me sale!”—
Se puso de pie con entusiasmo, separó las piernas, extendió los brazos y adoptó una expresión feroz.
—“¡Parezco un samurái!”— dijo triunfal.
Tito lo observó con aprobación.
—“Perfecto. Ahora mantenga la postura.”—
—“¿Durante cuánto tiempo?”—
—“Hasta que se asuste el enemigo.”—
Roberto soltó una carcajada.
—“¡Me gusta este ejercicio!”—
—“Es muy efectivo.”—aseguró Tito—“Desarrolla la concentración, la resistencia y la capacidad de intimidar al adversario.”—
Nidia lo miró de reojo.
—“¿De dónde sacaste eso?”—
—“De mis aprendizajes en Oriente.”—
—“¡Claro!”— murmuró ella —“De Oriente...”—
Griselda y Flavia se echaron a reír, mientras Roberto permaneció unos segundos en posición de combate, disfrutando de su nuevo papel de guerrero oriental.
—“¡Ahora sí!”—exclamó—“¡Esto es gimnasia!”—
—“Bueno, tampoco te entusiasmes tanto, querido...”—advirtió Nidia—“que no nos estamos preparando una guerra.”—
—“En realidad, con esta postura podría defenderse de cualquiera… especialmente de maridos celosos.”— dijo Tito haciéndose el gracioso.
Nidia, cuando escuchó a Tito, casi se atraganta con su propia saliva. Empezó a toser mientras su cara se puso completamente roja.
—“¿Estás bien, Nidia?”— le preguntó Flavia a la esposa de Roberto mientras le daba golpecitos en la espalda.
Tito decidió seguir improvisando:
—“Bueno, ahora vamos a hacer algunas posturas de flexibilidad.”—
Roberto se inclinó hacia adelante y estiró los brazos.
—“¿Y cómo se llama esa postura?”—
—“La cobra.”—
—“¿Y esta que hacemos ahora?”—
Tito observó a Griselda, que intentaba doblarse hacia un costado mientras emitía unos sonidos que recordaban a una puerta oxidada.
—“El gato.”—
—“¿Y esta otra?”—
Tito ya no tenía la menor idea de qué inventar. Miró a Nidia con un dejo a desesperación, después a Roberto y finalmente respondió:
—“La suegra.”—
Griselda levantó la cabeza.
—“¿La suegra?”—
—“Sí. Es una postura muy difícil. Hay que mantener distancia y no hacer movimientos bruscos.”—
Flavia estalló en una carcajada.
—“¡Que gracioso! ¡No puede ser!”—
Roberto también se rio.
—“¡Esa la conozco! Mi suegra la practica desde hace treinta años.”—
Nidia lo miró.
—“¡Roberto!”—
—“¿Qué? Si es verdad.”—
Tito aprovechó el momento para recuperar el control de la clase.
—“Como pueden ver, el yoga tiene aplicaciones para todos los aspectos de la vida cotidiana.”—
—“¿Incluso para las suegras?”— preguntó Griselda.
—“Especialmente para las suegras. Es una disciplina que exige mucha paciencia.”—
Flavia estaba intentando realizar una postura de estiramiento cuando levantó la mirada hacia Tito.
—“¿Así está bien, profe?”— preguntó… algo insinuante.
Él se acercó.
—“No, no. Tenés que separar un poquito más.”—
Le acomodó una pierna deslizando la mano por el muslo.
—“¿Así?”— dijo Flavia con una expresión rara.
—“Mejor un poquito más.”—
Tito volvió a tocarle suavemente la pierna para corregir la posición. El contacto duró un segundo más de lo apropiado. Flavia, que ya estaba bastante colorada, sonrió satisfecha.
—“¿Así?”— volvió a preguntar.
—“Perfecto.”—
Griselda observó la escena.
—“¡A mí también me tenés que corregir!”—
Tito se volvió hacia ella.
—“Claro que si. Vamos a ver.”—
Se acercó y examinó su postura con aire profesional.
—“Vos también estás bastante bien... digo... la postura.”—
Nidia giró la cabeza y con los ojos ardiendo preguntó:
—“¿Y eso?”—
Tito carraspeó titubeando.
—“Ejem... Que tiene una flexibilidad natural.”—
—“Ah, mirá vos.”— dijo Roberto sin darse cuenta de lo que pasaba.
Griselda sonrió, encantada mientras Tito se tomaba su tiempo al corregirla.
—“¡Gracias, profesor!”—
Roberto, que no quería quedar fuera de la atención del instructor, levantó la mano.
—“¡A mí también corregime!”—
Tito lo miró de arriba abajo.
Observó sus brazos musculosos, sus piernas robustas y pensó que el hombre podría levantar una heladera sin demasiado esfuerzo.
Se acercó, lo corrigió con un par de toquecitos y le dio un golpecito de aprobación en la espalda.
—“Vos andás muy bien, campeón.”—
Roberto, ajeno a todo el drama que había alrededor de Nidia, su temor a ser descubierta y sus amigas, que querían robarle al amante, sonrió satisfecho.
Tito dijo:
—“Excelente, Roberto. Tenés una estructura física muy apropiada.”—
—“¿Para el yoga?”
—“Para cualquier cosa que requiera fuerza.”—
Roberto sonrió y dijo:
—“¡Viste, querida! ¡Yo sabía que tenía condiciones!”—
Nidia le dedicó una sonrisa que no llegó a convencer ni a los muebles.
Mientras tanto, Tito estaba desesperado por terminar.
La clase había comenzado a convertirse en una especie de espectáculo ambulante, y cada minuto adicional aumentaba las posibilidades de que alguien descubriera que su instructor había aprendido yoga en algún lugar indeterminado entre una panadería y una conversación de WhatsApp.
Decidió pasar directamente a la relajación final.
—“Bueno, ahora vamos a hacer la relajación.”—
Todos lo miraron.
—“Todos acostaditos, ojos cerrados y respiración pausada.”—
Roberto se dejó caer sobre la colchoneta.
—“¡Esto es lo que más me gusta!”—
Tito sonrió.
—“Hay que liberar la mente de malos pensamientos.”—
Mientras decía aquello, miró insinuantemente a Flavia, que le devolvió una sonrisa y se sonrojó.
Nidia advirtió el intercambio y apretó los labios mientras parecía jurar por lo bajo.
Roberto entretanto, habitaba otro mundo, y había cerrado los ojos.
—“Yo estoy pensando en una cerveza.”—
—“Eso es un pensamiento negativo.”— intervino Tito.
Roberto abrió un ojo.
—“¿Por qué?”—
—“Porque todavía no tenemos ninguna abierta.”—
Todos estallaron en carcajadas.
—“¡Este profesor es un fenómeno!”—exclamó Griselda.
—“¡Me encanta!”— agregó Flavia.
Nidia miró a Tito. “Fenómeno va a ser lo que te va a pasar si seguís mirando a mis amigas”, pensó.
La relajación no duró demasiado.
Tito se había acercado nuevamente a Flavia para corregirle la posición de las piernas. Ella estaba acostada boca arriba, con los brazos extendidos y una expresión de satisfacción bastante alejada de la serenidad espiritual que supuestamente debía caracterizar al ejercicio.
Roberto abrió los ojos. Y observó la escena con curiosidad. Esperó unos segundos y finalmente habló:
—“Che, profesor...”—
—“¿Sí?”—
—“¿Es necesario tocar tanto?”—
Tito, que prácticamente estaba amasando el cuerpo de Flavia, retiró las manos con naturalidad.
—“Por supuesto. Es una disciplina que requiere contacto físico.”—
Flavia intervino rápidamente para defenderlo:
—“Si lo hago mal, tiene que corregirme.”—
Roberto la miró.
—“¿Ah, sí?”—
—“Y... sí.”—
Tito asintió.
—“Hay que canalizar bien la energía.”—
Roberto se incorporó ligeramente y miró al profesor.
—“¿Y por qué no sentís mi energía?”—
Tito tragó saliva.
—“Porque tu energía es mucha y... muy masculina.”—
Roberto frunció el ceño.
—“¿Y eso qué tiene que ver?”—
Nidia, que se moría de celos pero aterrada de que Roberto se enterara de los cuernos que llevaba de trofeo, decidió intervenir antes de que todo complicara.
—“¡Roberto, dejá de molestar al profesor!”—
—“¡Yo no molesto! ¡Estoy aprendiendo!”—
—“Bueno, aprendé sin interrogarlo.”—
—“¡Pero quiero saber!”—
Tito aprovechó la discusión para alejarse discretamente.
—“Muy bien. Vamos a cambiar de ejercicio.”—
Roberto volvió a acostarse.
—“¡Eso! ¡Otro ejercicio!”—
Nidia miró a Tito y movió los labios sin emitir sonido:
—“Te voy a matar.”—
Tito le respondió con una sonrisa profesional. Era evidente que la relación entre ambos estaba entrando en una fase de una armonía casi matrimonial.
El problema era que Roberto empezaba a observarlo con demasiada atención.
Tito lo notó y decidió recuperar su autoridad mediante una demostración espectacular.
—“Ahora vamos a hacer una postura avanzada.”—
Flavia se incorporó inmediatamente.
—“¡Qué maravilla!”—
—“Esta postura requiere concentración, equilibrio y mucha flexibilidad.”—
Griselda se sentó.
—“¿Es difícil?”—
—“Muchísimo. No cualquiera puede hacerla.”—
Roberto cruzó los brazos.
—“¿Y cómo se llama?”—
Tito hizo una pausa dramática.
—“El loto invertido.”—
Roberto frunció el ceño.
—“¡Nunca escuché hablar de eso!”—
—“Es una técnica ancestral.”—
—“¿De dónde?”—
—“Del Tíbet.”—
Nidia, completamente desesperada, miró al cielo y se llevó una mano a la cara. Tito se acomodó en el centro de la colchoneta.
Intentó cruzar una pierna por detrás de la otra, doblar el torso y apoyar las manos en el suelo. Durante unos segundos pareció que podía conseguirlo.
Entonces una de sus piernas se enganchó detrás de la otra.
Perdió el equilibrio, intentó corregir la postura. El intento provocó un movimiento todavía más desafortunado.
Terminó sentado de costado, con una pierna doblada bajo el cuerpo y la otra extendida hacia arriba, en una posición que parecía el resultado de una discusión entre un pulpo y una silla plegable.
—“¡Ay, la puta madre!”—
—“¡Tito!”— exclamó Nidia.
—“¡Perdón gente! ¡Es parte de la técnica!”—
Roberto lo miró con curiosidad.
—“¿Y cómo se sale?”—
Tito intentó mover una pierna, pero no pudo. Intentó mover la otra… y tampoco
—“Con paciencia.”— respondió finalmente.
Roberto sonrió.
—“¿Y cuánto tardas en desenredarte?”— preguntó burlón.
—“Depende de la flexibilidad.”—
Flavia se acercó preocupada.
—“¿Te duele algo?”—
Tito la miró desde su posición de calamidad anatómica.
—“La dignidad, querida, la dignidad.”—
Flavia soltó una carcajada y le ofreció una mano para desenredarse. Con su ayuda, Tito consiguió liberar una pierna y finalmente se incorporó.
Se puso de pie lentamente, intentando conservar algo de compostura.
Fue entonces cuando Roberto lo observó con mayor detenimiento.
Algo acababa de encajar en su memoria. La cara, la sonrisa. El cabello prolijo. Ese tipo de gestos que había visto en alguna parte.
Roberto entrecerró los ojos. Pensó en lo “rara” que estaba Nidia y sus actitudes durante la clase. Unió todos puntos y...
—“Un momento...”—
Tito se quedó quieto.
—“¿Qué?”—
—“Vos...”—
—“¿Yo?”—
—“¿Vos no eras el tipo que estaba con mi mujer en la panadería el otro día?”—
Se produjo un silencio tan absoluto que hasta la música ambiental pareció bajar el volumen por respeto al desastre.
Nidia se quedó inmóvil.
—“¡Roberto! ¿Que insinuás?”— dijo, haciéndose la “ofendida”.
Tito parpadeó.
—“¿Panadería? ¿Cuál panadería?”—
Roberto dio un paso hacia él.
—“¡La de la esquina!”—
Tito sonrió.
—“¡Ah! Sí. Ahí compro medialunas.”—
—“¿Y qué tiene que ver eso con el yoga?”—
Tito se acomodó la remera.
—“La alimentación es fundamental. Además, ¿qué tiene? ¿Los profesores de yoga no comemos medialunas?”—
Roberto lo miró fijamente.
—“¿Qué hacías hablando tanto con mi mujer?”—
—“Le estaba explicando las propiedades nutricionales de las facturas.”—
Roberto se giró a Nidia y dijo furioso:
—“¿No era que te había preguntado sobre una farmacia?”—
Nidia, coloradísima, cerró los ojos y no supo que contestar. Su mente estaba en blanco.
Mientras tanto Griselda miraba a Flavia… y Flavia giró para mirar a Griselda.
Roberto giró lentamente hacia ellas.
—“Esperá... ¿Ustedes no vinieron para la clase de yoga, verdad?”—
Griselda abrió la boca. Miró a Nidia y luego a Roberto.
Y cuando se dio cuenta de todo, decidió que la honestidad era una alternativa bastante más segura que participar en una conspiración con semejante cantidad de testigos.
—“No, no. Flavia y yo llegamos y Nidia ya estaba con el profe Tito.”—
Roberto se volvió hacia su mujer.
—“¿Cómo que... ya estabas con él?”—
Nidia, que respiraba hiperventilando, intentó intervenir.
—“Roberto, no empieces...”—
—“¿Vos lo conocías de antes?”—
—“¡Lo conocí en la panadería!”—
—“¡Eso ya lo sé!”—
—“Entonces, ¿para qué preguntás?”—
—“¡Porque quiero saber qué hacían acá... completamente a solas!”—
Tito levantó una mano.
—“Bueno, señores, si me permiten...”—
Roberto giró hacia él y le apuntó amenazadoramente con el dedo.
—“¡Vos no te metas!”—
Tito bajó lentamente la mano.
—“Perfecto. Me mantengo al margen.”—
—“¿Por qué mi mujer te invitó a casa?”—
—“Por el yoga.”— dijo Tito, levantando los hombros como si fuera obvio.
—“Pero… pero… ¡Si no sabés nada de yoga!”—
Tito adoptó una expresión ofendida.
—“Eso es una apreciación personal. Yo soy un profesional.”—
—“¡Te acabo de ver hacer una postura que parecía un accidente de tránsito!”—
—“Es una técnica avanzada.”—
—“¡Es una técnica de mierda!”—
Nidia intentó calmarlo.
—“¡Roberto, basta! No pasó nada.”—
—“Si no pasó nada ¿Por qué estás tan nerviosa?”—
—“¡Porque estás haciendo un escándalo delante de mis amigas!”—
—“¡Me estabas poniendo lo cachos! ¡¿Qué querés que haga?! ¡¿Que me ponga a meditar?!”—
Griselda decidió intervenir.
—“Roberto, tranquilizate. No creo que sea para tanto.”—
—“¡Vos no te metas, Griselda!”—
—“Bueno, che. Yo solamente vine a visitar a mi amiga.”—
—“¡Y terminaste haciendo yoga con un tipo que ni siquiera sabe ponerse las calzas!”—
Tito miró sus piernas.
—“Son prendas bastante complicadas.”—
Roberto volvió a mirarlo… y entonces comprendió algo más.
—“¡Pará! ¡Esas calzas son mías!”—
Tito bajó la vista. Hubo una pausa.
—“Bueno... ahora también son parte de mi indumentaria profesional.”—
Roberto abrió los ojos.
—“¡¿QUÉ?!”—
Mientras Nidia y Roberto discutían, Flavia se acercó discretamente a Tito.
—“¿Estás bien?”— preguntó comprensiva.
Él se acomodó la remera.
—“He tenido días mejores, reina.”—
—“Sos un tipo muy interesante.”— dijo, algo mimosa.
Tito la miró.
La expresión de desastre desapareció de su rostro con una velocidad sorprendente. En su lugar volvió a aparecer aquella sonrisa de vendedor de autos usados que había conseguido colocarle un vehículo sin motor a un cliente entusiasta.
—“¿Por el yoga?”—
Flavia sonrió, bajando un poco la voz.
—“No. Por otras cosas.”— mientras rozaba su mano con la de Tito.
El hombre recuperó inmediatamente su seguridad habitual.
—“Ah. Bueno. Eso ya es más interesante.”—
Flavia se rio.
—“Y sos muy gracioso.”—
—“Es una de mis especialidades. La otra todavía no te la puedo revelar.”—
—“¿Ah, no?”—
—“No. Necesito una segunda entrevista.”—
Flavia se acercó un poco más.
—“¿Y cómo sería esa entrevista?”—
—“Podríamos empezar con una clase particular.”—
—“¿De yoga?”—
—“Podemos empezar por ahí, si querés… o no...”—
Flavia sacó el teléfono.
—“Sí, dale. Dame tu número.”—
Tito se lo dictó.
—“¿Cómo te agendo?”— preguntó ella.
—“Tito Mansilla.”—
—“Tito Mansilla”— dijo mientras lo agendaba.
Él sonrió.
—“Poneme en tus contactos favoritos.”—
La mujer sonrió mientras guardaba el número. El “profesor” sacó su teléfono y agendó el número de Flavia.
Tito Mansilla estaba recuperando la confianza en la humanidad. Al parecer, no todo estaba perdido. Había conseguido sobrevivir a una clase improvisada, a un marido musculoso y a una indumentaria que amenazaba con dejarlo incapacitado para el resto de la semana.
Y ahora, además, tenía el teléfono de otra mujer. La vida volvía a sonreírle.
Lamentablemente, lo hacía desde el lugar equivocado, porque Roberto se dio vuelta y descubrió la maniobra.
—“¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!”—
Tito se sobresaltó.
—“¡Intercambo números con Flavia! ¿Que te metes? ¿Sos marido de Flavia también?”—
—“¡¿QUÉ CARAJOS?!”—
Flavia guardó rápidamente el teléfono y dijo algo irritada:
—“¡Que controlador, Roberto! ¡Con razón te meten tanto los cuernos!”—
—“¡¿CÓMO?!”—
Roberto agarró una esterilla enrollada que estaba junto a la colchoneta. Tito retrocedió prudentemente mientras decía:
—“Bueno, muchachas, creo que por hoy hemos terminado.”—
—“¡LA PUTA MADRE! ¡TE VOY A ENSEÑAR YO LA POSTURA DEL GUERRERO!”—
Roberto avanzó.
Tito miró a Nidia. Nidia miró a Tito. Y por un instante, ambos compartieron la misma certeza: aquello iba a terminar muy mal.
Tito le dio un beso rápido a Flavia en los labios.
—“Mejor me rajo.”—
Y salió disparado hacia la puerta.
Las calzas, que ya habían demostrado una notable resistencia a las actividades físicas, dificultaban considerablemente la carrera. Tito avanzaba con pasos cortos, los brazos agitados y una expresión de terror que contrastaba dramáticamente con su habitual arrogancia.
Roberto salió detrás de él, blandiendo la esterilla como si fuera una espada samurái.
—“¡VOLVÉ ACÁ, SINVERGÜENZA!”—
—“¡NO PUEDO! ¡ESTOY EN PLENO EJERCICIO!”—
—“¡TE VOY A ROMPER LA CABEZA!”—
—“¡ESO NO ES MUY ORIENTAL, ROBERTO!”—
La puerta del departamento quedó abierta. Nidia salió rápida al pasillo.
—“¡UFA, ROBERTO! ¡TITO! ¡DESPUES LLAMAME!”—
Griselda y Flavia permanecieron en el living, mirando la escena.
Flavia le preguntó a Griselda.
—“¿Vos decís que Tito me va a escribir?”— preguntó.
Griselda la miró.
—“Apuesto que si. ¡Qué envidia te tengo!”— dijo Griselda suspirando.
Flavia sonrió.
—“Me parece simpático.”—
Desde el pasillo llegó un estruendo, seguido por un golpe y una exclamación.
—“¡AY, LA PUTA MADRE!”—
Después se escucharon pasos apresurados bajando las escaleras. Y finalmente, la voz de Tito, cada vez más lejana:
—“¡NIDIA! ¡DECILE QUE NO ME PEGUE! ¡NO PUDE NI TOMARME LA GASEOSA!”—
FIN
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