martes, 26 de septiembre de 2023

Historia: El Cuarto Detrás del Espejo (Saga de Espionaje de Alexia Stevens)

 


El Cuarto Detrás del Espejo

por Rodriac Copen

 

Escena 1 — El último whisky

Los funcionarios públicos también solían cansarse, y esa era una de las pocas cosas que los igualaba con el resto de la humanidad.

Benjamin Harrington llevaba once horas hablando sobre inversiones extranjeras, incentivos fiscales, transferencia tecnológica y otras formas elegantes de decirle a un empresario que su gobierno estaría encantado de recibir su dinero siempre que no preguntara demasiado por los impuestos.

La ciudad siempre viva de París había soportado la jornada con una dignidad admirable, pero Benjamin, no tanto.

A eso de las diez y media de la noche bajó al bar del hotel porque necesitaba un whisky. No quería cualquier bebida. Buscaba un whisky. Había diferencias.

El bar estaba casi vacío. Un hombre sentado en una mesa alejada, solo frente a un ordenador fingía trabajar mientras una pareja discutía en voz baja, con esa intensidad característica de quienes todavía se aman lo suficiente como para odiarse con entusiasmo.

Benjamin ocupó una mesa junto a la barra.

—“Single malt”—dijo al camarero—“El que tenga menos posibilidades de decepcionarme.”—

El camarero sonrió con profesionalidad. Era francés, y había escuchado cosas peores. Benjamin se aflojó la corbata y miró el reloj.

Había terminado una reunión con empresarios franceses, una cena con representantes del Ministerio de Economía y después de una tarde demoledora, había terminado en otra reunión improvisada con un grupo de inversores.

El whisky llegó, y Benjamin lo contempló unos segundos.

—“Por fin.”—murmuró.

—“¿Un día difícil?”— la voz llegó desde la mesa contigua.

Benjamin levantó la vista. La mujer tenía alrededor de treinta años, de cabello negro, liso, perfectamente cuidado. Vestía con elegancia, pero sin la ostentación que anuncia dinero más que personalidad.

Sus rasgos parecían coreanos y una expresión tranquila.

—“¿Es muy evidente?”— preguntó él.

—“Un poco.”—  la chica brindó desde la distancia.

—“Entonces necesito otro whisky.”—

Ella sonrió.

—“O una mejor compañía.”—

Benjamin soltó una risa breve.

—“Eso también.”—

La mujer golpeó con la palma de su mano el asiento vacío a su lado, invitándolo a acercarse. Dijo su nombre:

—“Soo-kyung.”—

—“Benjamin.”— dijo el hombre mientras se sentaba a su lado.

—“Lo sé.”—

Él arqueó una ceja.

—“Eso es inquietante.”—

—“Su acreditación.”— respondió ella, señalando discretamente el pequeño distintivo que Benjamin todavía llevaba prendido en la solapa —“Parece que olvidaste quitártelo.”—

—“Qué alivio.”—

—“Además, te reconocí.”—

Aquello consiguió su atención.

—“¿De dónde?”—

—“No me recuerdas. De Londres. La conferencia de cooperación industrial entre el Reino Unido y Corea del Sur. Yo era parte de la delegación.”—

Benjamin la observó durante un instante.

—“Lamento no recordarte.”—

—“No importa. Era una más entre docenas delegados secundarios.”—

—“Es usted una persona inquietante.”—

—“Trabajo en derecho corporativo. No estamos acostumbrados a estar en la primer línea de las negociaciones.”—

Benjamin sonrió, porque aquella respuesta le gustó. Soo-kyung levantó su copa para invitar al funcionario a brindar.

—“¿Brindamos?”—

Benjamin aceptó halagado.

—“Claro.”—

Chocaron las copas. La conversación fluyó natural entre ellos. Hablaron un poco de política, de inversiones. Algo del marco regulatorio europeo.

La chica habló del eterno problema de convencer a dos gobiernos de que una buena idea era, efectivamente, una buena idea.

Harrington pensó para sí que Soo-kyung sabía de qué hablaba.

No solamente conocía el vocabulario. Entendía los mecanismos detrás de las palabras. Sabía qué sectores estaban creciendo, qué fondos estaban entrando en Europa, qué empresas coreanas buscaban expandirse y cuáles de ellas tenían dificultades para hacerlo.

Benjamin empezó a relajarse, sin ser consciente que eso era peligroso. Cualquier desconocido resulta fascinante durante los primeros veinte minutos. Y si eres delegado gubernamental, debes tener doble cuidado.

—“No pareces una abogada común.”— dijo.

—“Mmm… ¿Eso es un cumplido?”— dijo ella sonriendo.

—“Todavía no lo he decidido.”— bromeó él.

—“Entonces esperaré.”—

Benjamin bebió otro poco de whisky.

—“¿Qué haces en París?”—

—“Asuntos profesionales.”—

—“Ouch. Respuesta diplomática.”—

—“Tú trabajas para el gobierno británico. Deberías apreciarla.”—

Benjamin soltó una carcajada.

—“Touché.”—

Soo-kyung sonrió. No parecía estar seduciéndolo, y eso era probablemente lo que hacía que funcionara.

No usaba gestos exagerados ni risas innecesarias. No tenía esa mirada que algunas personas utilizaban cuando querían conseguir algo. Simplemente parecía interesada en pasar bien el rato.

Y Benjamin llevaba demasiadas horas rodeado de personas que querían conseguir algo de él, así es que aquello era agradable, incluso refrescante.

Hablaron por casi una hora.

Soo-kyung hizo preguntas inteligentes y Benjamin respondió más elocuente de lo que habría respondido en una reunión oficial. No reveló secretos, por supuesto. Podía estar relajado, pero no era estúpido.

Pero habló de su trabajo, de las dificultades ante determinadas negociaciones. De los problemas bélicos que afectaban las negociaciones. Y de políticos que confundían anuncios con resultados.

También habló un poco de sí mismo. Pero no de datos personales o políticos, sino de esos pequeños detalles que permiten ver nuestras vulnerabilidades. Nunca somos más generosos con nuestra intimidad que cuando creemos que estamos siendo interesantes.

Hacia la medianoche, Benjamin miró el reloj.

—“Debería irme a dormir.”—

—“¿Tan pronto?”—

La pregunta fue suave, y sonó sincera. Benjamin la miró algo incrédulo, mientras Soo-kyung bebía un sorbo de vino.

Ella no insistió, y justamente eso terminó de convencerlo. No estaba seguro, así es que le preguntó:

—“¿Tienes alguna recomendación para París a estas horas?”—

—“Depende.”—

—“¿De qué?”—

—“De lo que estés buscando.”— una de las manos de Soo-kyung se acercó lo suficiente para rozar la suya.

Benjamin sonrió.

—“Creo que esta noche ya he encontrado suficiente.”—

Soo-kyung sostuvo su mirada, y durante un segundo nadie dijo nada. Después, con un movimiento fino y delicado, ella dejó la copa sobre la mesa.

—“Entonces tal vez deberíamos continuar la conversación arriba.”—

Benjamin pagó la cuenta mientras la ciudad seguía allí afuera, indiferente.

Las grandes ciudades tienen esa virtud, preservan el anonimato de las catástrofes personales y continúan iluminadas como si nada les afectara.

La habitación de Soo-kyung estaba en el sexto piso. Entraron hablando, luego ella dejó el bolso sobre una mesa. Benjamin cerró la puerta.

A partir de ahí, cada movimiento ocurrió con la naturalidad de dos adultos que habían tomado una decisión perfectamente consciente. O, cuando menos, uno de ellos.

Soo-kyung lo besó, y Benjamin respondió. Suave y mansamente, la mujer le quitó la corbata, que terminó sobre una silla. Siguió con la chaqueta y la camisa.

La noche continuó indiferente, y en algún lugar de la habitación, un pequeño dispositivo grababa implacable y despiadado.

Había sido colocado allí antes, mucho antes que Benjamin bajara al bar. Y Soo-kyung lo sabía. Pero no así el funcionario. Para él, aquella noche extraordinaria había conocido a una mujer interesante en el bar del hotel.

Habían bebido, se habían gustado y habían terminado juntos en una habitación.

Una historia perfectamente banal, de las que nadie cuenta en una reunión familiar. Pero que, en determinadas circunstancias, pueden costar una carrera.

Para las dos y diecisiete de la madrugada, Benjamin Harrington dormía profundamente mientras Soo-kyung permanecía despierta. Ella lo observó unos segundos. Después miró hacia el pequeño dispositivo oculto.

El whisky se había terminado, así como la noche. Pero el negocio, en cambio, acababa de empezar.



El Cuarto Detrás del Espejo

por Rodriac Copen

 

Escena 2 — El suicidio

Harrington había muerto solo, en su apartamento de París, y las primeras conclusiones de las autoridades eran tan contundentes que parecían escritas para un manual: suicidio.

No habían señales evidentes de lucha. Ningún vecino había oído nada extraño. La puerta estaba cerrada. Y el arma había sido encontrada junto al cuerpo.

Según los investigadores era un hombre desesperado, además de un funcionario comprometido. Con un final bastante poco original.

Pero el MI6, sin embargo, tenía la desagradable costumbre de desconfiar de las historias demasiado simples o sencillas.

Los días previos a su muerte, Benjamin Harrington había recibido varios mensajes anónimos. Al principio parecían simples amenazas, pero después llegaron acompañados de fotografías. Y previo al final, un vídeo.

No hacía falta ser especialista en inteligencia para comprender el mensaje. Las imágenes mostraban a Harrington en una situación sexual comprometida con una mujer. Era el tipo de material que puede arruinar una carrera política rápidamente.

Marcus Davenport observó las fotografías sobre la pantalla del ordenador, mientras Alexia permanecía a su lado, de pie mientras veía esa misma pantalla.

—“¿Suicidio?”— preguntó.

—“Eso dicen los franceses.”—

—“¿Y nosotros? No pareces muy seguro.”—

Marcus levantó ligeramente una ceja.

—“Nosotros trabajamos precisamente para no conformarnos con lo que dicen los franceses.”—

Alexia tomó una de las fotografías.

La imagen mostraba a Harrington y a una mujer en una habitación de hotel. La iluminación era mala, pero suficientemente explícita. El rostro de ella podía reconocerse con claridad.

—“¿La conocemos?”—

—“Te presento a Soo-kyung, según nuestro sistema.”—

Alexia levantó la vista.

—“¿La consultora legal surcoreana?”—

—“La misma.”

—“Eso complica las cosas.”—

—“Sí, eso es lo que temo.”—

Marcus hizo una pausa.

—“Especialmente porque Soo-kyung estaba en Corea del Sur.”—

Alexia volvió a mirar la fotografía.

—“¿Cuándo?”—

—“Durante todo el período que nos interesa.”—

—“¿Está confirmado?”—

—“Si. Pasaporte, registros de entrada y salida, hotel, tarjetas, cámaras y testigos. No hay dudas de su estadía en Corea del Sur.”—

Hizo una pausa, luego dijo:

—“Y tenemos algo más.”—

Marcus deslizó otras fotografía hacia ella. Mostraban a una mujer igual a Soo-kyung en el bar y el lobby del hotel en el que se hospedaba Benjamin Harrington. 

Alexia la observó, y la mujer era exactamente la misma. Mismo rostro y expresión.

La misma mujer que, según todos los registros disponibles, estaba a miles de kilómetros de París.

—“Entonces es un doble.”—

—“Eso parece.”—

Alexia volvió a estudiar la fotografía buscando mejores detalles. No había nada que se detectara como falso, o una deformación evidente. Tampoco parecía una manipulación digital barata.

La imagen parecía completamente real, y eso era precisamente el problema.

—“¿Han analizado las fotografías?”—

—“Sí.”—

—“¿Resultado?”—

—“Hasta donde sabemos, auténticas.”—

Alexia dejó la fotografía sobre la mesa.

—“Eso no significa que la mujer sea Soo-kyung.”—

Marcus la miró.

—“Exactamente.”—

Durante unos segundos ninguno habló. Era uno de esos silencios que, en el MI6, solían significar que alguien acababa de descubrir que sería una investigación complicada.

Alexia tomó el vídeo y lo reprodujo. La escena era inequívoca, se veía a Harrington que aparecía junto a la mujer identificada como Soo-kyung. El material no parecía haber sido manipulado.

Alexia detuvo la reproducción.

—“¿Harrington sabía quién era?”—

—“Según lo que investigaron los franceses, sí.”—

—“¿La conocía personalmente?”—

—“Eso estamos intentando averiguar.”—

Alexia volvió a mirar la fotografía.

—“Entonces tenemos una mujer que parece ser Soo-kyung, pero no es Soo-kyung.”—

—“Correcto.”—

—“Y alguien quería que Harrington creyera que lo era.”—

Marcus asintió.

—“O necesitaba que Harrington pensara eso.”—

Alexia se cruzó de brazos.

—“¿Por qué?”—

Marcus no respondió, pero la pregunta de Alexia era retórica. No esperaba que lo hiciera.

La fotografía seguía sobre la mesa. Una impostora, un hombre muerto y un chantaje. Alguien había dedicado bastante trabajo a construir una mentira perfectamente creíble.

Alexia miró a Marcus.

—“Si querían simplemente extorsionarlo, no necesitaban a Soo-kyung.”—

—“No.”—

—“Podían haber utilizado a cualquiera.”—

—“Así es.”—

Alexia volvió a mirar la pantalla congelada, en donde la mujer sonreía junto a Harrington, que también estaba feliz. Parecían dos personas que no tenían ninguna idea de lo que iba a ocurrir después.

Como suele suceder en este tipo de casos.

—“Entonces,”— dijo Alexia —“la pregunta no es quién es la mujer.”—

Marcus esperó.

—“Es por qué necesitaban que Harrington creyera que era Soo-kyung.”—

Y esa pregunta acababa de convertir un suicidio bastante conveniente en algo mucho menos conveniente, pero definitivamente más interesante.

Y, seguramente, bastante más peligroso.



El Cuarto Detrás del Espejo

por Rodriac Copen

 

Escena 3 — El segundo nombre

Las conspiraciones rara vez empiezan con una escándalo, normalmente empiezan con algo más sutil que va escalando gradualmente.

Alexia pasó buena parte de la mañana revisando el historial profesional de Benjamin Harrington. No buscaba enemigos, al menos no todavía, sino algo bastante más sencillo.

Por ejemplo, qué podía saber que fuera importante o estratégico. Y, sobre todo, qué se considerara lo suficientemente valioso como para fotografiarlo desnudo, obligarlo a hacer algo que no quisiera hacer y desatar un escándalo.

La investigación, seguramente no resultaría elegante, probablemente ingresaría en algún sendero bizarro, pero seguramente más útil.

Según su historial, Harrington había intervenido en varias negociaciones comerciales e industriales durante los últimos años. Contratos, licencias, importaciones, inversiones, acuerdos de suministro. Nada extraordinario según su función, o que por lo menos justificara un cadáver.

Alexia siguió una de las líneas de trabajo hasta una empresa británica dedicada a componentes industriales. Era una compañía perfectamente normal, tanto que resultaba sospechosa solo por aburrimiento.

Tenía directivos occidentales, abogados occidentales, accionistas perfectamente identificables y cuentas bancarias que parecían haber sido auditadas cuidadosamente y por lo tanto, en buen estado de salud fiscal.

La empresa mantenía, sin embargo, relaciones comerciales con proveedores de Corea del Sur, lo que la convirtió en una pista significativa y potencial. Alexia revisó los contratos y los movimientos financieros con mayor detalle.

Después revisó los nombres, sin encontrar nada. Volvió atrás para revisar nuevamente. Había algo, aunque todavía no sabía exactamente qué.

Marcus apareció en la puerta.

—“¿Encontraste algo?”—

—“Hasta ahora, una empresa aburrida.”—

—“¿Algo ilegal o de importancia estratégica?”—

—“No.”—

—“Entonces no es aburrida. Es británica.”— bromeó.

Alexia lo miró y señaló la pantalla:

—“Esta compañía compraba determinados insumos en Corea del Sur. Harrington supervisaba parte de la operación.”—

—“¿Y?”—

—“Y nada. Solo dos puntos conectados: Corea del Sur y  Soo-kyung”—

—“Habrá que buscar más detalles.”—

—“Si estamos buscando delitos, seguro.”—

Alexia abrió otro documento.

—“Estoy pensando en Soo-kyung.”—

Marcus dejó de sonreír.

—“¿La falsa Soo-kyung?”—

—“La mujer que aparece en las fotografías.”—

—“Correcto.”—

—“Si alguien quería chantajear a Harrington, podía utilizar cualquier mujer. Pero utilizaron la identidad de una consultora legal surcoreana.”—

Marcus se acercó.

—“¿Crees que necesitaban que él confiara en ella?”—

—“Es una posibilidad. O que ella supiera algo que el también.”—

Alexia señaló los contratos.

—“Si Harrington estaba tratando asuntos confidenciales relacionados con Corea del Sur y creía que aquella mujer era Soo-kyung, podría haber hablado con más libertad.”—

Marcus observó la pantalla.

—“Porque supuestamente ella ya conocía el asunto.”—

—“Exacto.”—

—“Y eso convierte el encuentro sexual en algo más que una trampa.”—

Alexia asintió.

—“Podría ser una forma de conseguir que hablara.”—

Marcus la miró unos segundos.

—“Estás suponiendo que el sexo era el medio para obtener el objetivo real.”—

—“No.”—

Alexia volvió a la pantalla.

—“Estoy suponiendo que quizá Harrigton nunca fue el objetivo. Solo una fuente de… ¿información tal vez?”—

Aquello cambió el aire de la habitación. Marcus quedó pensativo y Alexia siguió buscando.

Y entonces apareció otro nombre, de un funcionario extranjero que había participado en una operación comercial de características similares.

Alexia abrió su expediente, y luego otro archivo. Finalmente dejó de mover el ratón.

—“Marcus.”—

Él se acercó.

—“¿Qué?”—

—“Tenemos otro funcionario chantajeado.”—

Alexia giró el monitor hacia él, y Marcus leyó.

—“¿Qué relación tiene con Harrington?”—

—“Comercial. El mismo tipo de operación, con proveedores surcoreanos.”—

Marcus siguió leyendo.

—“¿Y encontraste...?”—

Alexia abrió una carpeta con fotografías. Marcus reconoció inmediatamente el patrón: era un hombre, con una mujer en una habitación privada y en situación comprometida.

Y después, los mensajes de chantaje.

—“No puede ser”— murmuró.

—“Sí puede.”—

Alexia pasó a la siguiente imagen, en donde la mujer parecía completamente diferente. Con otro rostro e identidad, pero en la que había algo familiar. Y era que la mujer tampoco era quien decía ser.

Marcus permaneció en silencio.

—“¿El mismo método?” —preguntó.

—“Y además, el mismo resultado.”—

—“¿Y que hay con las fotografías?”—

—“Auténticas. No parecen ser trucadas.”—

—“¿Entonces el encuentro ocurrió?”—

—“Parece que sí.”—

Marcus volvió a mirar la imagen.

—“Entonces tenemos dos casos con funcionarios, dos mujeres y dos identidades falsas.”—

Alexia negó lentamente con la cabeza.

—“Tenemos dos funcionarios que creyeron estar con mujeres que no eran quienes ellos pensaban.”—

Marcus la miró, mientras Alexia cerraba los archivos y apoyaba las manos sobre el escritorio. Hasta ese momento había pensado que Harrington podía ser un hombre chantajeado por algún secreto particular.

Creían que había sido una víctima en un asunto aislado. Pero a la vista de lo que veían, ya no era el caso. Porque había otro funcionario, otra operación comercial.

Con un encuentro sexual y otro chantaje, con otra mujer de identidad conveniente.

Alexia tomó un papel y escribió dos nombres para después observarlos.

—“¿Qué tienen en común?”— era un pregunta para sí misma.

Marcus no respondió de inmediato.

—“Todavía no lo sabemos.”—

Alexia sopló resignada y luego levantó la vista.

—“Entonces habrá que averiguarlo.”—

Dos coincidencias podían ser casualidad, pero si encontraban tres, debían pensar en un modus operandi. Y las operaciones, en inteligencia, rara vez son inocentes.



El Cuarto Detrás del Espejo

por Rodriac Copen

 

Escena 4 — Coincidencias

Las coincidencias son muy útiles, porque permiten que los incompetentes duerman tranquilos y que los investigadores trabajen horas extras elaborando hipótesis.

Alexia extendió sobre la mesa los dos expedientes, incluyendo al de Harrington el del segundo funcionario. Eran dos operaciones comerciales, con dos mujeres de identidad falsa, con dos chantajes.

Marcus los observó sin decir nada, pero con algo de curiosidad.

—“¿Y qué quieres que haga con esto?”—

—“Trata de encontrar más.”—

Marcus levantó los ojos interrogante, Alexia le aclaró:

—“Más funcionarios extorsionados.”—

Diligente, Marcus tomó los expedientes.

—“Voy a hablar con los franceses, los italianos y los alemanes.”—

—“¿Y nosotros?”—

—“Ya tenemos este problema, y por ahora parece el único.”—

Unas horas después, comenzaron a llegar informes.

Llegaron como documentos separados, con sellos, fechas, nombres y suficiente burocracia como para que cualquier conspiración pareciera una reunión de contadores.

Francia aportó el caso de un funcionario que había presentado su dimisión después de recibir varias fotografías comprometedoras.

Italia tenía otro de un político que había cambiado inexplicablemente su posición respecto a un contrato comercial. Primero se había opuesto. Dos semanas después defendía la operación con el entusiasmo de un hombre que acababa de descubrir una nueva vocación.

Alemania aportó un tercer expediente similar. Allí un empresario había pagado una cantidad considerable para impedir que determinadas fotografías fueran publicadas.

Curiosamente, en el Reino Unido habían otros dos casos. Una empresa había conseguido un contrato que nadie esperaba que ganara, y una consultora había desaparecido poco después de abandonar Europa.

Marcus fue colocando los documentos sobre la mesa mientras Alexia los examinaba uno por uno.

—“¿Pruebas de una operación de inteligencia?”— preguntó.

—“No todavía.”—

—“¿De chantaje?”—

—“En algunos casos.”—

—“¿De espionaje?”—

Marcus negó con la cabeza.

—“Dependerá de nosotros. Por ahora, nada concluyente.”—

Alexia observó los papeles.

—“Perfecto.”—

Marcus la miró.

—“¿Por qué?”—

—“Si fueran concluyentes, sería porque alguien cometió algún error grosero.”—

Marcus dejó otro expediente sobre la mesa.

—“Hay algo más. Intrigante. Coincidente.”—

Alexia levantó la vista.

—“¿Qué?”—

—“Todos los casos tienen alguna relación con operaciones comerciales internacionales.”—

Ella volvió a mirar los documentos, uno por uno. No parecían iguales y justamente ese parecía el problema. Eran demasiado diferentes para formar una operación convencional, pero demasiado parecidos para ignorarlos.

Marcus tomó el teléfono para llamar un refuerzo.

—“Theo.”—

La voz de Theo Crowe llegó desde el otro lado.

—“Si esto es una invitación a almorzar, estoy ocupado.”— bromeó.

—“No es una invitación.”—

—“Entonces sí estoy disponible, jefe.”—

—“Ven. Las cosas se complican desde aquí.”—

—“¿Problemas en el paraíso?”—

Marcus miró a Alexia.

—“Probablemente.”—

—“Excelente, jefe. Los problemas son mi especialidad.”—

Unos minutos después, Theo apareció en la puerta con un café en una mano y la expresión de alguien que acababa de ser arrastrado a una actividad mucho más interesante.

—“¿Qué tenemos?”—

Marcus señaló a Alexia.

—“Ella comanda la investigación.”—

Theo miró a Alexia.

—“Por mi está bien. ¿Y yo?”—

—“Tú ayudas.”—

—“Qué manera tan elegante de decirlo. ¿Sirvo café o qué?”—

Alexia le pasó un expediente.

—“Lee y cállate.”—

Theo se sonrió al abrirlo.

—“¿Y qué buscamos?”—

—“Conexiones.”—

Theo hojeó las páginas.

—“¿Entre todos estos casos?”—

—“Sí.”—

—“¿Y qué pasa si no hay ninguna?”—

Alexia lo miró.

—“Siempre admiré tu optimismo.”—

Cuando Marcus se marchó, Theo cerró la puerta.

—“¿Qué no me estás contando?”—

Alexia levantó una ceja.

—“Te acabo de contar todo.”—

—“No. Me contaste los hechos.”—

—“Eso suele ser lo que se cuenta en una investigación.”—

—“Oh, vamos. Dime lo que piensa esa cabecita...”—

Theo se sentó frente a ella. Resignada, Alexia deslizó una fotografía hacia él.

—“Sabemos que el sexo y la extorsión no parecen el objetivo.”—

Theo observó la imagen.

—“Eso es bastante concluyente en nuestro juego de espías.”—

—“No seas idiota.”

—“Lo intento, pero tengo una reputación que mantener.”—

Alexia señaló los expedientes.

—“Mira el patrón. Las fotografías aparecen después de determinadas reuniones. Los chantajes coinciden con decisiones comerciales. Y las víctimas deben tener algo en común.”—

Theo dejó de bromear.

—“¿Qué es lo que tienen en común?”—

—“Todos participaron en decisiones relacionadas con contratos. No sabemos si hay otra cosa más en común.”—

Theo volvió a mirar los documentos.

—“Entonces utilizan el sexo como herramienta.”—

—“Eso creo.”—

—“¿Para conseguir... qué?”— Theo se concentró en leer.

Alexia se quedó callada un momento. Su compañero había hecho una pregunta sencilla. Y precisamente por eso no le gustaba, porque había algo más detrás de las fotografías. El sexo parecía ser solo la llave, el chantaje, la puerta.

Pero alguien estaba intentando entrar en algún sitio.

Theo pasó una página.

—“¿Quién necesita esos contratos?”—

Alexia lo miró. Eso era lo bueno de trabajar en equipo. Los distintos enfoques y modos de pensar agilizaban el proceso.

Por primera vez desde que había comenzado la investigación, la pregunta de Theo parecía apuntar en una dirección distinta. No hacia Harrington o las mujeres, sino hacia quienes estaban esperando al otro lado de los contratos.

Alexia recogió los documentos y los volvió a ordenar.

—“Eso es lo que vamos a averiguar.”—

Theo asintió, y por una vez no hizo ningún comentario. Habían preguntas que dejaban de ser divertidas cuando empezaban a tener demasiadas respuestas posibles.

La nueva pregunta era sencilla. ¿Quién necesitaba esos contratos?



El Cuarto Detrás del Espejo

por Rodriac Copen

 

Escena 5 — Conexión a Roma

Las empresas internacionales tienen una característica encantadora para los investigadores. Cuando uno mira sus balances, todas parecen perfectamente legales, pero cuando uno mira debajo, algunas empiezan a parecerse a una muñeca rusa.

Alexia y Theo llevaban dos días siguiendo nombres y movimientos de empresas. No solo eso, verificaban en donde compraban, como se financiaban, la logística del transporte. El despacho jurídico que redactaba los contratos.

Y prestaban mucha atención a los consultores, porque muchas veces un fondo de inversión aparecía como fachada para ocultar a otros socios por detrás

Pero no podían encontrar nada particularmente interesante.

—“¿Sabes qué me gusta de esto?”— preguntó Theo.

Alexia no levantó la vista.

—“No.”—

—“Que cada vez que encontramos una empresa nueva, descubrimos que su dueño es otra empresa.”—

—“Eso se llama estructura corporativa.”—

—“Se parece mucho a esconder la ropa sucia debajo de otra alfombra.”—

Alexia abrió otro archivo siguiendo cuidadosamente todos los hilos administrativos y financieros.

Todos eran perfectamente legítimos. Y, sin embargo, algunos terminaban conectando con entidades sometidas a sanciones internacionales.

Alexia se detuvo abruptamente, Theo lo percibió y dejó de sonreír.

—“¿Qué encontraste?”—

—“Una conexión.”—

—“¿Directa?”—

—“No. Es una conexión con abogado.”—

Theo se inclinó sobre la pantalla. El rastro, después de varias capas de empresas y sociedades interpuestas, terminaba demasiado cerca de Corea del Norte.

Tan cerca como para no ignorarlo, pero a la vez demasiado lejos como para acusar a nadie.

—“Pyongyang.”— dijo Theo.

Alexia asintió.

—“Posiblemente. Pero no tenemos nada que demuestre que el gobierno norcoreano esté detrás de esto.”—

—“Pero tampoco podemos descartarlo.”—

—“Exacto.”—

Theo se recostó en la silla.

—“Qué bonito es el espionaje. Uno trabaja durante horas para terminar diciendo posiblemente"—

—“Bueno… acostúmbrate. Es una profesión muy humilde.”—

Al día siguiente, Alexia almorzó con Marcus, pero no era de ninguna manera una reunión oficial. Eso era evidente por la ausencia de carpetas, y por la comida.

Marcus tenía la costumbre de invitarla cada tanto a comer o a tomar algo con la excusa de hablar sobre algún caso. Alexia conocía perfectamente el mecanismo.

Había reuniones que necesitaban una mesa, dos teléfonos y tres carpetas. Aquellas necesitaban apenas dos personas y una botella de vino. Marcus solía preguntar por la investigación, por los avances, por algún detalle que perfectamente podría haber consultado en la oficina.

Ella respondía y él escuchaba. Y ambos fingían que aquello era una conversación de trabajo. Alexia no se engañaba.

Sabía que Marcus buscaba cualquier motivo razonable para verla fuera del despacho. Y, aunque jamás lo habría admitido en voz alta, aquello la halagaba.

Mucho. Tal vez demasiado como para ser recomendable.

Después de todo, Marcus Davenport era un hombre excesivamente correcto. De esos que parecían haber sido educados personalmente por el reglamento interno del MI6.

Alexia sospechaba que, si alguna vez decidía saltarse una norma, primero pediría autorización por escrito. Y, contra toda razón, esperaba que algún día lo hiciera para llegar hasta ella.

Después de años de galanteo, de vestirse bonito para coquetearle, esperaba que en algún momento dejara de comportarse como jefe.

Que dejara de fingir que aquellas comidas eran solamente comidas. Y que, por una vez, se arriesgara a ser algo más que el hombre correcto que invitaba a cenar a su agente favorita.

Ella no necesitaba que se lo dijera, solo necesitaba que se atreviera.

—“Con Theo hemos encontrado una conexión con Corea del Norte.”—

Marcus dejó el tenedor.

—“¿Una conexión directa?”—

—“No.”—

—“Entonces, ¿qué tenemos?”—

Alexia le explicó el entramado mientras Marcus escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, permaneció unos segundos en silencio.

—“No quiero que vayas allí.”—

Alexia lo miró haciendo un mohín.

—“No he dicho que vaya a hacerlo… por ahora.”—.

—“Lo estabas pensando.”—

—“Tal vez.”—

—“Alexia...”—

Ella dejó el vaso sobre la mesa.

—“¿Qué? ¿Acaso es una orden?”—

—“No le diría orden, sino más bien preocupación.”—

—“No son lo mismo.”—

Marcus sostuvo su mirada.

—“En este caso podrían serlo.”—

Alexia comprendió entonces algo que ya sospechaba, Marcus no estaba hablando como jefe, sino como hombre. Y eso hacía las cosas algo complicadas.

Porque ella llevaba tiempo esperando que tomara la iniciativa. No una declaración romántica, ya no era una adolescente. Tampoco esperaba una escena absurda en el aeropuerto.

Solo esperaba por una decisión.

Una señal inequívoca de que aquello que existía entre ambos no era únicamente una fantasía profesional construida a base de silencios demasiado largos. Pero los años pasaban, y esa decisión nunca llegaba.

Y además, estaba el tema de Theo. Su relación con él era reciente, sencilla y sin promesas.

Alexia podría terminarla si Marcus finalmente decidía cruzar la línea. Pero Marcus no la cruzó.

—“Es demasiado arriesgado profesionalmente.”— dijo.

Profesionalmente. Alexia asintió.

—“Claro.”—

—“No quiero perderte por una operación sencilla.”—

Ella sonrió sin gracia.

—“Eso también es profesional.”—

Marcus la observó, y durante un instante pareció que iba a decir algo más. Pero no lo hizo, y la oportunidad pasó entre ambos con la discreción de un espía entrenado.

Alexia terminó el almuerzo hablando de trivialidades. No dijo nada, pero salió del restaurante sintiéndose extrañamente vacía.

Theo llamó esa tarde.

—“Hola ¿Estás viva aún?”—

—“Por ahora.”— respondió con una sonrisa.

De alguna manera el encanto juvenil de Theo lograba alegrarle los días.

—“Excelente. Eso simplifica mi agenda.”—

Alexia sonrió, sin saber exactamente por qué. Quizá porque Theo tenía esa habilidad irritante para conseguir que el mundo pareciera menos complicado durante cinco minutos.

Hablaron del caso, y después de cualquier otra cosa.

Theo no preguntó por Marcus, porque no sabía nada del juego del gato y el ratón entre ellos. Y Alexia no tenía intención de explicárselo.

Esa noche se encontraron y hablaron un rato sobre la investigación. Después Theo, muy perceptivo de su estado de malhumor, puso música.

—“Necesitas dejar de pensar.”—

—“¿Eso es una orden?”—

—“No. Es una recomendación médica.”—

—“Pero tú no eres médico.”—

—“Y por eso no te cobro.”—

Alexia soltó una pequeña risa, y se dejó caer entre los almohadones del piso. La música llenó el silencio. Y hablaron de un montón de cosas que no tenían ninguna importancia.

Fue probablemente lo más importante que habían hecho durante todo el día. Y más tarde esa noche, terminaron juntos en la cama. Sin promesas ni preguntas. Sin necesidad de explicar nada.

Por unas horas, Alexia consiguió no pensar en Marcus.

La investigación continuó, y entonces apareció otro patrón. Varias de las personas extorsionadas habían mantenido contacto con mujeres utilizadas en operaciones de seducción.

No necesariamente con la misma mujer, pero sí con mujeres relacionadas con una misma red. Una de ellas aparecía repetidamente mencionada. Era un alias: Luz Roja.

En Roma.

Alexia investigó el nombre sin encontrar nada. Theo tampoco. Nadie parecía saber quién era Luz Roja, ni tan siquiera si era alguien. Porque podía ser una mujer, un nombre operativo o una intermediaria. Theo dijo que podía ser una etiqueta utilizada para designar algo que todavía no comprendían.

—“¿Tenemos una fotografía?”— preguntó Alexia.

—“No.”—

—“¿Una dirección o algo...?”—

—“Menos.”—

Alexia lo miró.

—“Es una investigación bastante pobre.”—

Theo levantó su taza.

—“Brindo por la abundancia.”—

Roma los recibió con lujo, porque se alojaron en un hotel caro. Según Theo, si MI6 no autorizaba su magnífico gusto, lo pagaría de su propio bolsillo.

En la ciudad los restaurantes resultaron más discretos de lo que esperaban.

Alexia y Theo empezaron a moverse en los círculos de abogados, empresarios y políticos. Y poco a poco apareció el nombre de Luz Roja, que resultó ser una dama.

 

Y no muy santa era esa dama, porque el sexo rodeaba a su dudosa fama. Su nombre no surgía en conversaciones abiertas, solo entre sombras y por fuera de las conversaciones laborales. Ante su mención, notaban una mirada cauta, una conversación interrumpida, o un contacto que desaparecía en el momento justo.

Hasta que una noche comprendieron que alguien también los estaba observando. La emboscada ocurrió en una calle estrecha.

Hubo un disparo y la reacción hizo que Alexia sintiera el impacto del cuerpo de Theo antes de comprender lo que estaba sucediendo. Cayó hacia un lado porque su compañero había reaccionado de inmediato.

Le había empujado detrás de una cobertura mientras buscaba el origen del disparo.

—“¿Estás bien?”— preguntó el agente mientras revisaba.

Theo ya tenía el arma en sus manos. Alexia comprobó rápidamente su cuerpo.

—“Sí.”—

—“¿Segura?”—

—“Me han disparado.”— dijo aturdida.

—“Eso no responde mi pregunta.”—

—“Estoy bastante segura.”—

Theo la miró y sonrió.

—“Perfecto. Sigues siendo insoportable.”—

Alexia se incorporó de mal humor. No le gustó que Theo hubiera respondido antes que ella. Se suponía que Alexia era la jefa.

—“Y tú sigues hablando demasiado.”—

No vieron al atacante, y eso era lo preocupante. Alguien había querido matarla, pero  había sabido exactamente dónde encontrarla.

Y eso les indicó que el apartamento al que iban, probablemente era el de Luz Roja. De otro modo, no habría tenido sentido el ataque.

Al entrar, lo primero que notaron era que estaba limpio. Literalmente más vacío de lo que se consideraba normal. No había documentos, papeles ni basura. Un trabajo hecho por profesionales.

Theo recorrió las habitaciones.

—“¿Que me dices? Todo parece abandonado hace meses. Nadie sospecharía que alguien estuvo aquí hace menos de unos horas.”—

Alexia observó el lugar sin entusiasmo.

—“Sí. Alguien se tomó demasiadas molestias para que parezca abandonado hace mucho.”—

Theo sonrió.

—“Mira el lado positivo. Indica que vamos por buen camino.”—

—“En eso te doy la razón.”—

Mientras revisaban lo poco que quedaba, encontraron una fotografía deslizada detrás de un mueble, contra la pared.

—”Vaya, vaya… todos cometemos errores...”— dijo Theo levantándola.

Era una imagen sencilla, un picnic entre varias personas sentadas sobre el césped. Nada especial, solo una tarde cualquiera. Y una fotografía completamente insignificante.

Precisamente por eso Alexia la tomó como un tesoro. Theo la escaneó.

—“Voy a pasarla por nuestros sistemas.”— dijo.

Unos minutos de búsqueda después, apareció una coincidencia, y Theo dejó de sonreír.

—“Tenemos un problema.”—

Alexia se acercó.

—“¿Qué es?”—

Theo señaló una de las personas de la fotografía.

—“Este hombre.”—

Alexia miró la pantalla.

—“Ilústrame ¿Quién es?”—

—“Un agente norcoreano.”—

Theo amplió la imagen original. La aplicación del sistema le envió otra información. La fotografía había sido tomada en Corea del Sur.

Alexia volvió a mirar a las personas sentadas sobre el césped. Parecía una fotografía familiar en un lugar aparentemente inocente. Un grupo de personas que parecían no tener nada que ocultar. Y, entre ellas, un agente de Corea del Norte.

Theo la miró.

—“Luz Roja no es un agente solitario.”—

Alexia asintió, pero ahora tenían una nueva pregunta que era mucho peor que la anterior.

¿Quién estaba seleccionando a las víctimas?



El Cuarto Detrás del Espejo

por Rodriac Copen

 

Escena 6 — Sophie (Paris)

Los ingleses preferían ocultar los escándalos. Mientras que los franceses tenían una manera particularmente elegante de organizarlos.

El teléfono sonó a primer hora de la mañana. Alexia abrió los ojos, todavía atrapada entre el sueño y la realidad, y durante un segundo no supo dónde estaba.

Después vio a Theo dormido a su lado, y recordó.

El teléfono volvió a sonar. Alexia estiró la mano hacia la mesa de noche y miró la pantalla:  Marcus Davenport.

Naturalmente, porque el universo tenía un sentido del humor bastante pobre. Contestó sin encender la luz.

—“¿Sí?”—

La voz de Marcus llegó desde Londres, perfectamente despierta.

—“¿Te desperté?”—

Alexia miró a Theo.

—“No.”—

Theo abrió los ojos en ese momento y la miró. Luego miró el teléfono. Alexia levantó inmediatamente un dedo frente en señal de silencio y sus labios dibujaron una palabra: Marcus.

Theo comprendió. Y asintió sin hacer ningún comentario gracioso por una vez.

Para Theo, la situación era sencilla. Marcus era el jefe. Y era preferible que el jefe no descubriera que dos de sus empleados tenían la mala costumbre de complicar sus vidas privadas con sábanas de por medio.

Alexia se incorporó ligeramente y apartó el cabello de su rostro.

—“¿Qué ocurre?”—

—“Tenemos novedades de París. Hay otra víctima.”—

Theo permaneció inmóvil, observándola. Luego se recostó sobre su regazo.

—“¿Funcionario?”—

—“Senador.”—

Theo se incorporó para moverse al otro lado de la habitación y darse un baño. Alexia se distrajo por un momento viéndole cuando imitaba a Marcus ridículamente. Casi se le escapó una risa. Para salir del paso, preguntó al azar:

—“¿Y la compañía de seguros?”—

Marcus hizo una pausa sin comprender.

—“¿Qué?”—

—“Nada, nada. Pensaba en otra cosa. Sigue.”—

Davenport terminó de darle la información y colgó. Alexia corrió al baño para alcanzar a Theo en la ducha.

Cuando estaban desayunando, La mujer abrió uno de los expedientes. El caso de Francia era similiar a los otros: fotografías, una mujer y un encuentro comprometedor. Y el chantaje, por supuesto.

Pero esta vez la mujer respondía al nombre de Sophie.

—“Debe ser otro miembro pero ¿Quién es?”—preguntó Alexia.

—“¿Quién fue la víctima?”— preguntó él mientras mordía una tostada.

—“Un senador francés.”—

Theo suspiró.

—“Cada vez elegimos clientes más importantes.”—

Alexia lo miró divertida.

—“Nosotros no elegimos a los clientes.”—

—“Es verdad. Ellos tienen la mala costumbre de aparecer muertos o chantajeados.”—

Marcus le había dicho a Alexia que los quería en París.

Para entrar en el círculo adecuado, ambos necesitaban convertirse en personas que pudieran estar allí sin despertar sospechas.

Eligieron una identidad sencilla para una fiesta privada.

Ella, sería una escort de alto nivel, relacionada con clientes financieros y acostumbrada a moverse entre empresarios, abogados y políticos. Nada vulgar ni exagerado. Theo, sería el abogado corporativo que la llevaba como compañía.

Las identidades habían sido provistas por los agentes de soporte en París del MI6.

Con esas identidades, no necesitaban explicar por qué estaban allí. Theo la observó mientras terminaba de prepararse.

—“No me gusta.”— dijo él, serio.

—“¿La misión?”—

—“La identidad. ¿Y si ganas más como escort y me abandonas?”— bromeó finalmente Theo

Alexia, que había creído que hablaba en serio, estalló en carcajadas. Terminó de acomodarse el vestido.

—“¿Y el transmisor?”—

Theo se acercó.

—“Aquí.”—

Le colocó el dispositivo con cuidado durante los primeros cinco segundos. Después, sus manos se demoraron un instante más de lo necesario.

Alexia lo miró.

—“Crowe. Estás acosando a tu jefa.”—

—“Estoy comprobando la señal.”—

—“Ahí no está la antena.”—

—“La tecnología moderna exige sacrificios.”—

Ella sonrió.

—“Concéntrate.”—

Theo terminó el trabajo.

—“Listo.”—

Se alejó y se acomodó la chaqueta. Para esa fiesta había abandonado su habitual aspecto informal. Usaba un traje oscuro, camisa impecable y un reloj caro. Parecía un hombre que jamás había pagado una factura personalmente.

Alexia lo observó.

—“Te queda bien.”—

—“¿El traje?”—

—“La mentira.”—

Theo sonrió.

—“Tú te ves genial.”—

La gala tenía todo lo necesario para ser importante. Abundancia de dinero, joyas y champagne. Y por supuesto, personas que hablaban de millones con la misma tranquilidad con la que otros hablaban del clima.

Mostraron las invitaciones y, como un caballero, Theo dejó pasar primero a Alexia. A los pocos minutos, se separaron. Y la vigilancia funcionaba a través del pequeño micrófono oculto en el vestido.

—“¿Me recibes?”— preguntó Theo.

—“Perfectamente.”—

—“Qué decepción.”—

—“¿Por qué?”—

—“Esperaba que el vestido interfiriera con la señal. Tendría que sacártelo.”—

—“Claro, entiendo.”—

—“Era una observación técnica.”—

—“Naturalmente.”—

Alexia recorrió el salón, y después de algunos minutos, la vio. Sophie no parecía una profesional, y es la hacía interesante. Se movía entre los invitados con naturalidad. Saludaba. Sonreía. Escuchaba.

No buscaba llamar la atención, y eso la hacía el tipo de persona que nadie recuerda después de una fiesta.

Alexia la observó durante unos segundos.

—“La tengo.”— le dijo a Theo.

—“Yo también.”—

Theo se acercó a Sophie.

—“¿Sophie?”—

Ella lo miró.

—“¿Nos conocemos?”—

—“Todavía no. Me hablaron de usted, y quería presentarme.”—

Sophie sonrió.

—“Eso suele ser un buen comienzo.”—

Theo comenzó a conversar con ella, por lo que Alexia aprovechó la distracción. El senador que llevaba a Sophie como acompañante, estaba a pocos metros. Se acercó a él.

La conversación fue sencilla. Alexia le dejó creer que era una escort en busca de nuevos clientes. Una mujer disponible para una noche posible.

—“¿Y su amiga de esta noche?” —preguntó Alexia sonriendo.

—“Sophie. Una profesional, como tú ¿La conoces?”— señaló a la chica que aún hablaba con Theo.

—“No, pero no es un impedimento para mí.”— dijo Alexia.

Dejó pasar unos segundos antes de proponerlo:

—“Si quieres, podemos hacer algo distinto.”—

El senador la miró sonriendo.

—“¿Qué tienes en mente?”—

—“Tú y yo… y Sophie.”—

El hombre no necesitó más explicación. Aceptó encantado.

—“Me parece bien. Pero no aquí.”—

El senador sonrió.

—“¿Dónde?”— preguntó Alexia.

—“Mañana. Un encuentro privado. Sophie estará allí.”—

Eso era todo lo que necesitaba.

Los agentes del MI6 salieron de la gala por separado. Caminaron lentamente hasta llegar al auto. Theo fue el primero en preguntar.

—“¿Funcionó?”—

—“Sí.”—

—“¿Te creyó?”—

—“Completamente.”—

Theo la miró.

—“¿Y eso te preocupa?”—

Alexia se quitó los zapatos.

—“Debería preocuparme.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque la gente que confía demasiado rápido suele hacerlo por dos motivos.”—

—“¿Cuáles?”—

—“Porque es muy inteligente.”—

Theo esperó.

—“¿Y el segundo?”—

Alexia lo miró.

—“Porque sabe algo que nosotros no.”—

El encuentro estaba pactado en el penthouse del senador.

Alexia esperaba en el lobby, sentada en uno de los sillones de cuero. Llevaba varios minutos cuando el senador entró al edificio.

Sophie venía a su lado, tomada de su brazo. Parecían una pareja normal. Se acercaron.

—“Alexia.”— dijo el senador —“Permítame presentarle a Sophie.”—

—“Encantada.”—

Sophie sonrió.

—“El placer es mío.”—

Se estrecharon la mano. El contacto duró apenas un segundo, pero Alexia creyó ver algo. Una tensión mínima en los dedos y tal vez un parpadeo demasiado rápido. La mirada de Sophie se desplazó hacia el ascensor durante una fracción de segundo.

Después volvió a mirarla.

Alexia había aprendido hacía mucho que las personas podían ocultar casi cualquier cosa, y los buenos agentes también podían hacerlo.

Comenzaron a conversar animadamente. El senador hablaba mucho, ella respondía y sonreía cuando era necesario. La agente del MI6 observaba a Sophie, que apenas intervenía.

Entonces ocurrió que Sophie tocó suavemente el brazo del senador para decirle:

—“Perdona, cariño. Voy un momento al tocador.”—

—“Claro.”—

Sophie sonrió y después miró a Alexia por un instante. Y esta vez ella lo vio claramente: cautela. No mucha, pero lo suficiente como para que se notara que algo no encajaba.

Sophie no estaba simplemente incómoda, había comprendido algo o le habían advertido. Mientras la chica se alejaba al tocador, Alexia quiso apartarse pero no pudo hacerlo. El senador continuaba hablándole.

—“Como le decía, creo que el problema con determinadas inversiones europeas...”—

Alexia mantuvo la sonrisa.

—“Sí. Es un problema interesante.”—

Por dentro, estaba contando los segundos porque tampoco podía advertirle a Theo. Mientras tanto, Sophie había desaparecido detrás de la puerta del tocador.

Alexia necesitaba avisar a Theo de alguna manera. No podía sacar el teléfono. Y no podía hablarle por el micrófono porque el senador estaba demasiado cerca.

Era la clase de hombre que podía pasar veinte minutos explicando una idea que se había entendido en solo tres.

—“...por eso considero fundamental mantener una relación directa con determinados intermediarios.”—

—“Naturalmente.”—

Consiguió introducir una mano en el bolsillo y sin mirar, activó el teléfono para enviar una señal breve. Theo sabía qué significaba.

Pero Alexia necesitaba ganar tiempo.

—“¿Y Sophie?”— preguntó con naturalidad.

El senador miró hacia el pasillo.

—“¿Sophie?”—

—“Sí.”—

—“Dijo que iba al tocador.”—

—“Eso recuerdo.”—

El senador sonrió.

—“Volverá enseguida.”—

Alexia sostuvo la sonrisa. Theo apareció en el lobby unos segundos después y se dirigió directamente hacia el tocador. Ella siguió hablando con el senador.

No terminó la frase, cuando Theo regresó. Y su expresión bastó para comprender antes que él dijera nada. Sophie no estaba.

—“¿Algún problema?”— preguntó el senador.

Theo respondió con una naturalidad admirable.

—“Ninguno.”—

Alexia intervino.

—“Mi amigo estaba buscando el baño.”—

Theo la miró.

—“Exactamente.”—

El senador señaló hacia el pasillo.

—“Está por allí.”—

—“Gracias.”—dijo Theo.

No tenía sentido seguir fingiendo. Alexia miró nuevamente hacia el lugar donde Sophie había desaparecido. La puerta del tocador estaba abierta y el cuarto estaba vacío.

No había salida visible. El senador comenzaba a ponerse nervioso.

—“¿Qué ocurre?”—

Alexia lo observó. No parecía entender nada y, por primera vez, le creyó.

—“Nada.”— respondió —“Una pequeña confusión.”—

Theo se acercó.

—“Tenemos que irnos.”—

Alexia asintió mientras el senador intentó detenerlos sin entender lo que ocurría.

—“Pero Sophie...”—

—“Sophie está bien.”— mintió Alexia.

Salieron del edificio pocos minutos después, y en el automóvil, Theo cerró la puerta y arrancó.

—“La perdimos.”—

Alexia miró por la ventanilla.

—“Nos perdió ella a nosotros.”—

Theo guardó silencio, mientras Alexia volvió a pensar en aquella mirada. Ese pequeño cambio en la expresión de Sophie.

Había sido suficiente, en ese momento había comprendido que algo no iba bien antes de que ellos pudieran actuar. Y había encontrado una salida que ninguno de los dos había visto.

—“Quiero que encuentres todos los accesos del edificio.”— dijo Alexia —“Cámaras, ascensores, estacionamiento, entradas de servicio. Todo. Quiero saber por donde salió.”—

Theo asintió.

—“¿Y el senador?”—

Alexia miró hacia atrás. El edificio comenzaba a desaparecer entre el tráfico parisino.

—“El senador no sabe nada.”—

—“¿Seguro?”—

—“Probablemente está más preocupado por no haberse acostado con Sophie y conmigo que por otra cosa.”—

Theo sonrió.

—“Me tranquiliza mucho tu precisión.”—

Alexia no respondió. Y se dio cuenta que no habían llegado tarde por unos segundos. Habían llegado tarde porque, en algún momento, Sophie había dejado de ser la presa y había empezado a actuar como cazadora.

Los indicios indicaban que Sophie no había actuado sola. Había recibido instrucciones de alguien que había observado la operación y le había advertido de ellos.

Eso significaba que la red no solo sabía que estaban investigando. Tenía logística suficiente como para saber quiénes eran ellos.

Los agentes de París les proporcionaron la dirección de Sophie en la capital. Fueron hacia allá. Alexia examinó las posibles pistas. Algunas conducían hacia la misma Francia, otras, inexplicablemente, hacia Roma.

Theo apareció detrás de ella.

—“¿Qué hacemos ahora?”—

Alexia cerró un cajón de escritorio lleno de trastos inútiles.

—“Tú te quedas en París, investigando.”—

—“¿Y tú?”—

—“Volaré a Roma cuanto antes.”—

Theo la miró.

—“¿Sola?”—

Alexia sostuvo su mirada.

—“¿No crees que tengo suficiente edad para eso?”— dijo sarcásticamente mientras le daba un beso.

Por primera vez desde que habían iniciado la investigación, Alexia tuvo la desagradable sensación de que no estaban siguiendo una pista.

La pista los estaba siguiendo a ellos.



El Cuarto Detrás del Espejo

por Rodriac Copen

 

Escena 7 — Ethan

Roma tenía muchas virtudes como la arquitectura, por ejemplo. La comida, o la facilidad con la que un político podía hablar durante veinte minutos sin decir absolutamente nada. Esto último era especialmente útil para el espionaje.

Alexia llevaba dos días siguiendo en Roma la pista que Sophie había dejado en París.

Como casi todas las pistas verdaderamente importantes, no conducía directamente a ninguna parte. Pasaba por una consultora, dos sociedades de inversión, una empresa de logística y un abogado de dudosa reputación.

Y como venía sucediendo, la última pieza era un político italiano.

Alexia lo entrevistó en una oficina privada, sentado detrás de un escritorio excesivamente grande para la cantidad de trabajo que aparentemente hacía.

—“¿Sabe por qué estoy aquí?”— preguntó Alexia al llegar.

El hombre la miró con cautela.

—“Porque alguien del gobierno británico tiene demasiado tiempo libre.”—

Alexia sonrió.

—“Eso explicaría muchas cosas. Pero no esta.”—

La agente dejó una fotografía sobre el escritorio, que el hombre no necesitó verla demasiado tiempo. Su expresión cambió.

—“¿Quién se la dio?”—

—“Eso no importa.”—

—“Para mí sí.”—

Si quería que colaborara, debía darle cuando menos algo

—“No está solo en esto. Sabemos que es una red de chantajes.”— dijo Alexia.

El hombre suspiró.

—“Fue hace seis meses.”—

—“¿Que conoció a la mujer?”—

—“Sí.”—

—“¿Y la extorsión?”—

Asintió.

—“Comenzó casi de inmediato. Fotografías. Una grabación. Amenazas.”—

—“¿Pagó?”—

—“No.”—

Alexia levantó una ceja.

—“¿Por qué?”—

—“Porque alguien pagó por mí.”—

Aquello sí era interesante.

—“¿Quién?”—

El italiano negó con la cabeza.

—“Nunca lo supe.”—

Alexia se inclinó ligeramente hacia delante.

—“¿Qué tenía usted que necesitaban?”—

El hombre permaneció callado, tal vez evaluando. Ella esperó pacientemente. Finalmente respondió:

—“Una firma. Un contrato.”—

Alexia no dijo nada.

—“Era un contrato para la adquisición de maquinaria industrial.”— continuó él —“La empresa compradora tenía proveedores en Corea del Sur.”—

—“¿Corea del Sur?”—

—“Sí.”—

Alexia sintió que varias piezas acababan de ocupar su sitio. No todas, pero poco a poco se iba armando el rompecabezas completo.

—“¿Y el nombre de la empresa?”—

El hombre se lo dio. Alexia lo anotó mentalmente.

—“¿Y qué ocurrió después?”—

—“Firmé.”—

—“¿Y la extorsión terminó?”—

—“Nunca me dieron las pruebas, si a eso se refiere.”—

Alexia levantó la mirada.

—“¿Entonces?”—

—“La mujer desapareció. Y dejaron de contactarme. No más chantajes.”—

Eso encajaba bien: Londres, París, Roma. Contratos, Corea del Sur y detrás de todo aquello, una estructura empresarial que parecía perfectamente legal.

La clase de legalidad que costaba muchísimo dinero fabricar.

Alexia recogió la fotografía.

—“Gracias.”—

—“¿Eso es todo?”—

—“Por ahora.”—

—“¿Qué está buscando?”—

Alexia se levantó.

—“Desbaratar todo esto.”—

El italiano la miró.

—“Espero que lo logre.”—

El problema era que el MI6 tenía límites. No eran muchos, pero los suficientes como para dificultar las investigaciones.

Alexia podía acceder a bases de datos, archivos de inteligencia, registros financieros y todo aquello que un estado consideraba razonable entregar a otro estado cuando ambos fingían confiar uno en el otro.

Pero no podía consultar ciertas estructuras criminales europeas sin dejar una huella institucional. Y tampoco podía preguntar oficialmente por determinadas personas.

Una de ellas se llamaba Ethan Kane, y Alexia lo llamó desde una cafetería. Contestó al cuarto tono.

—“Hola, Alexia.”—

Ella cerró los ojos un instante, la voz seguía siendo la misma. Y eso de alguna manera era molesto.

—“Necesito información.”—

—“Entonces no has llamado para saludarme.”—

—“No.”—

—“Me alegra que algunas cosas no cambien.”—

Alexia miró por la ventana.

—“Estoy en Roma. Y necesito información que no puedo conseguir oficialmente.”—

—“Eso suena más interesante.”—

—“Hay una red criminal. Escorts con identidades falsas. Chantajean a funcionarios, y operan en varios países.”—

Hubo un silencio del otro lado.

—“¿Y qué quieres saber?”—

—“Quién está detrás.”—

—“Es la clase de información que lleva tiempo.”—

—“No tengo mucho.”—

—“Entonces necesitas suerte.”—

—“Nunca me ha gustado depender de ella.”—

—“Bueno, tu sabes. Por eso me llaman.”—

Ethan no había perdido su autoestima. Alexia no respondió. Imaginó al hombre sonriendo al otro lado de la línea.

—“Dame unas horas.”—

Las horas se convirtieron en una noche. Ethan pareció en el hotel sin avisar, pero eso no era algo extraño. Le gustaba dar sorpresas y era una muestra de alarde inútil propio de él.

Alexia abrió la puerta y lo encontró con una expresión tranquila y sobradora, una chaqueta oscura y esa irritante costumbre de parecer perfectamente cómodo en cualquier lugar.

—“Sigues entrando sin llamar.”— dijo ella.

—”La que abrió la puerta has sido tú ¿o no?”—

—“Eso no te autoriza a venir sin avisarme.”—

—“Discúlpame, doctora…. No volverá a ocurrir...”— dijo burlón.

Alexia lo miró.

—“Han pasado años desde la última vez.”—

—“No tantos. Fue en Alemania ¿recuerdas?”—

Si lo recordaba. Habían pasado algunos años. No los suficientes. Pero algunas cosas no respetaban el calendario.

Ethan dejó una carpeta sobre la mesa.

—“Encontré la red que buscabas.”—

Alexia abrió la carpeta. Contenía nombres, alias, fotografías. Empresas, direcciones y fotos de mujeres jóvenes procedentes de distintos países.

Algunas de las chicas habían llegado a Europa sin documentación legal. Otras habían sido reclutadas en ambientes donde nadie hacía demasiadas preguntas.

La red les proporcionaba identidades nuevas, y luego las enviaba a determinados círculos.

—“Las utilizan para acostarse con hombres asociados al poder.”— dijo Ethan —“Después viene el chantaje. Nada fuera de lo común.”—

Alexia pasó una página.

—“¿Quién las controla?”—

—“Para moverse, una organización criminal.”—

—“¿Conseguiste nombres?”—

—“No hay uno.”—

—“Siempre hay uno.”—

—“No cuando tienes varias capas de intermediarios.”—

Alexia continuó leyendo. Una de las fotografías mostraba a una muchacha de unos veinte años. Después aparecieron otras más. No parecían agentes profesionales. Más bien eran chicas intentando sobrevivir.

Alexia cerró la carpeta.

—“Son víctimas.”—

Ethan la observó.

—“Cierto, pero también son parte de la operación. No te enternezcas.”—

—“No es lo mismo ser espía que puta.”—

—“No, es cierto. Pero saben lo que hacen. A eso me refiero.”—

Alexia volvió a mirar las fotografías.

—“No tenían alternativa.”—

Ethan permaneció callado.

—“No seas ingenua. Algunas sí.”— dijo finalmente.

Alexia levantó la mirada.

—“¿Cuántas?”—

—“No lo sé, cariño. Oye, soy espía no sacerdote. Hay una causa, hay una consecuencia. Y Hay vidas destruidas entre eso.”—

—“Si, mal que me pese, tengo que concedértelo.”—

Ethan sonrió con su carisma burlón.

—“Ahí está.”—

—“¿Qué?”—

—“La mujer que conozco y se esconde de todos.”—

Alexia frunció el ceño.

—“No empieces.”—

—“No estoy empezando nada.“—

—“Sí.”—

—“Estás enfadada.”—

Alexia lo miró.

—“Eres muy arrogante.”—

—“Pero te conozco.”—

Ese era el problema. Que Ethan la conocía, pero no al modo de Marcus ni como Theo. Conocía pequeñas cosas que ella había querido enterrar para no mostrarse vulnerable.

La forma de apretar la mandíbula cuando algo le afectaba. La manera de quedarse demasiado quieta cuando estaba a punto de perder la paciencia. Los silencios que usaba para evitar reconocer una emoción.

Ethan se acercó a la mesa.

—“No podrás salvarlas a todas, nena.”—

—“No estoy intentando salvarlas.”—

—“Claro que si. Solo que no quieres admitirlo.”—

Alexia cerró la carpeta.

—“Trato de encontrar al que las utiliza.”—

—“Y por eso llevas dos noches sin dormir.”—

Ella lo miró.

—“¿También investigaste eso?”—

—“No hacía falta. Solo basta verte.”—

Localizaron a Sophie al día siguiente, mientras entraba a un apartamento en las afueras de la ciudad. Por el aspecto, había sido una noche larga. Antes de dejar que cerrara del todo, Ethan se abalanzó a la puerta, que se abrió de par en par.

Alexia entró primero, mientras Sophie intentó escapar por una puerta lateral. Pero no llegó lejos.

La interceptaron en el pasillo.

—“Tranquila, Sophie.”— le dijo Ethan mientras la retenía sin poder moverse.

La mujer se detuvo.

—“No quiero problemas.”—

—“Nosotros tampoco.”—

—“Entonces déjenme ir.”—

—“No.”—

Sophie los miró con odio.

—“No saben con quién están trabajando.”—

—“Precisamente por eso estamos aquí.”—

Ya en el interior del apartamento, Sophie retrocedió.

—“Yo no sé quién manda.”—

—“Eso dicen todos.”—

—“Es verdad.”—

Alexia la observó, no parecía estar mintiendo.

—“¿Quién te lleva de país en país?”—

—“No sé. Recibo instrucciones y un sobre con lo que necesito.”—

—“¿Quién te da las víctimas?”—

—“Por teléfono. Otra gente.”—

Alexia respiró lentamente.

—“Esto se está volviendo aburrido.”—

Sophie casi sonrió.

—“Créeme. Para mí también.”—

—“¿Hablan contigo?”—

—“Sí.”—

—“¿Quién?”—

Sophie dudó.

—“Solo sé que son hombres.”—

—“¿De dónde?”—

—“No sé.”—

Alexia esperó y Sophie terminó diciendo:

—“Tienen acento ruso.”—

Alexia sintió que algo se cerraba dentro de su cabeza. Rusia. Otra vez el problema de una estructura criminal que operaba en Europa.

Si era cierto, las identidades se fabricaban para trabajar en distintos países. Las escorts eran trasladadas. Y los objetivos estaban relacionados con contratos internacionales.

Y tal vez, si era cierto, las instrucciones llegaban desde teléfonos entregados por personas con acento ruso.

No era una prueba ni una conexión sólida, pero era suficiente para abrir una nueva dirección de búsqueda en Moscú.

Aquella noche cenaron juntos en un restaurante que Ethan eligió. Alexia no protestó, y eso ya era una pequeña anomalía.

Hablaron poco del caso quizá porque habían hablado demasiado durante los últimos días. O porque ambos sabían que quedaban demasiadas cosas fuera de la mesa.

Alexia bebió dos copas, lo que no era habitual. Y Ethan lo notó, naturalmente.

—“¿Estás bien?”—

—“Sí.”—

Él sonrió.

—“Otra mentira.”—

—“No empieces.”—

—“No he empezado.”—

—“Lo estás haciendo.”—

Ethan la miró durante unos segundos.

—“Sigues teniendo la misma costumbre.”—

—“¿Cuál?”—

—“Cuando estás triste, tomas para aturdirte.”—

Alexia dejó la copa.

—“No estoy triste.”—

Ethan no respondió ¿Para que discutir? A veces el silencio era una forma bastante eficaz de ganar una discusión. Después de cenar, la acompañó hasta el hotel.

Caminaron unos minutos sin hablar. Al llegar a la puerta de la habitación, Alexia se volvió.

—“Gracias.”—

—“¿Por qué?”—

—“Por ayudarme.”—

—“Siempre te ayudo. Ya lo sabes.”—

Aquello quedó suspendido entre ambos. Ethan se acercó para despedirse. Alexia no retrocedió, y se besaron. Alexia cerró los ojos.

Durante un instante, todo pareció sencillo, Ethan conocía aquel terreno al igual que ella. Y entonces apareció Theo en su mente. Una mirada, la cama. Una conversación absurda después de una misión.

La facilidad con la que Theo conseguía hacerla reír cuando ella no tenía ganas.

Alexia se apartó. Ethan la miró y no preguntó. La conocía.

—“No puedo.”—

—“Alexia...”—

Ella bajó la mirada.

—“Vete.”—

Ethan permaneció quieto unos segundos.

—“Está bien.”— dijo simplemente.

Y se marchó.

Alexia cerró la puerta, y se quedó apoyada contra ella. La vergüenza llegó después, pero no por Ethan, sino por ella. Porque había estado a punto de hacer algo que no quería hacer.

O quizá que sí quería hacer y que, precisamente por eso, le daba miedo. Se sentó en la cama, miró el teléfono. Dudó unos segundos y después marcó.

Theo contestó medio dormido.

—“¿Alexia?”—

—“Necesito que vengas a mí.”—

Hubo un silencio.

—“¿Sigues en Roma?”—

—“Si.”—

—“¿Qué ha pasado?”—

Alexia cerró los ojos.

—“Tenemos que ir a Moscú. Y no quiero ir sola.”—

Theo terminó de despertarse.

—“¿Cuándo?”—

Alexia miró la noche de Roma a través de la ventana.

—“Lo antes posible.”—

—“¿Por qué?”—

Estuvo a punto de decir “porque quiero salir de aquí”. Tardó unos segundos en responder.

—“Porque creo que las instrucciones vienen de allí.”—

Theo supo que algo no andaba bien.

—“Alexia ¿Estás bien?”—

Alexia respiró profundamente.

—“No.”—

Theo no hizo ninguna broma.

—“Sabes que estoy aquí.”—

Y como siempre hacía, empezó a hablarle del último video musical que había visto. Del último capítulo de su serie favorita. Después de un par de horas, la oscuridad se aclaró, mientras la llamada terminaba.

Alexia dejó el teléfono sobre la cama.

Estaba más tranquila. Había pasado años intentando comprender a Ethan, meses intentando comprender a Theo. Y demasiado tiempo intentando comprender a Marcus.

Quizá ese era el verdadero problema.

Siempre había sido mejor investigando a los demás que investigándose a sí misma.

Ahora tenía un vuelo a Moscú.

Y era una excelente manera de evitar la pregunta.



El Cuarto Detrás del Espejo

por Rodriac Copen

 

Escena 8 — La Red de Chantaje

Moscú recibió a Alexia con nieve, controles de seguridad y esa clase de frío que parecía diseñado por alguien que odiaba personalmente a los extranjeros.

Theo la esperaba en el aeropuerto. Llevaba un abrigo oscuro, una mochila y unas gafas de Groucho Marx con un gran bigote.

—“Llegas tarde.”— dijo.

Alexia miró el extraño cuadro y dijo:

—“¿Porque te pareces a Groucho Marx?”—

—“Un agente del MI6 siempre está camuflado.”— dijo imitando a Marcus.

Alexia no pudo evitar reírse con lo absurdo de la situación.

—“Siempre me pregunto que clase de infancia tuviste. Debe haber sido muy divertida.”—

Theo sonrió mientras se sacaba la máscara de Groucho.

—“Te extrañé.”—

Alexia lo miró.

—“Han pasado solo dos días.”—

—“Fueron días difíciles.”—

—“¿Por qué?”—

—“No tenía con quien mirar TV.”—

Ella negó con la cabeza riendo.

—“Vamos.”—

Theo tomó la mochila.

—“Tengo información.”—

—“¿Buena?”—

—“Depende de cuánto te guste tener razón.”—

Alexia lo miró.

—“No me gusta tener razón.”—

—“Mentira.”—

—“Me gusta descubrirla.”—

—“Eso es exactamente lo que diría alguien que disfruta teniendo razón.”—

Caminaron hacia la salida mientras Theo bajaba la voz.

—“Los pagos pasan por empresas rusas.”—

—“¿Sabemos cuántas?”—

—“Doce identificadas. Probablemente más.”—

—“¿Intermediarios?”—

—“Nueve.”—

—“¿Contactos?”—

—“Varios.”—

—“¿Comunicación?

—“Teléfonos desechables, servidores intermedios, sistemas cifrados. Todo bastante sofisticado.”—

Alexia asintió.

—“Entonces teníamos razón.”—

Theo la miró.

—“Eso parece.”—

—“Rusia.”—

—“Sí.”—

Pero Alexia no sonrió. Había aprendido que, en inteligencia, una respuesta demasiado cómoda solía ser la forma más elegante de una trampa.

Durante los dos días siguientes, la hipótesis rusa parecía confirmarse.

Las empresas existían, así como los pagos y los intermediarios. Un par de funcionarios aparecían demasiado cerca de determinadas sociedades como para considerarlo casualidad.

Y los canales de comunicación tenían conexiones con estructuras utilizadas por organismos de seguridad rusos. Era suficiente para llenar informes, pero faltaban retazos de verdad.

Alexia estaba frente a una pantalla cuando Theo entró.

—“Tenemos uno de varios problemas.”—

Ella giró la silla.

—“¿Qué?”—

Theo dejó una carpeta sobre la mesa.

—“Las órdenes.”—

Alexia abrió la carpeta.

—“¿Qué ocurre con ellas?”—

—“No parecen salir de Moscú.”—

—“Explícamelo.”—

—“Los rusos proporcionan infraestructura para la organización. Dinero, empresas, contactos y algunas identidades. Incluso protección.”—

—“Pero no deciden los objetivos.”—

—“Exacto.”—

Alexia volvió a mirar los documentos.

—“¿Entonces qué hacen?”—

Theo se encogió de hombros.

—“Un nodo operativo.”—

Alexia se levantó.

—“Rusia no es el cerebro.”—

—“No lo parece.”—

—“Es un lugar más en donde pasan cosas.”—

—“Eso suele ser lo que ocurre con los nodos.”—

Alexia caminó hasta la ventana. Moscú se extendía debajo de ellos con millones de personas, miles de empresas. Y una cantidad considerable de funcionarios.

Probablemente permitía montar unas cuantas conspiraciones porque era una ciudad grande. Y había espacio para todos.

—“Alguien está utilizando las estructuras rusas.”— dijo.

Theo asintió.

—“Eso parece.”—

—“¿Serán funcionarios?”—

—“Algunos podrían estar implicados.”—

—“¿Y gobierno?”—

Theo negó.

—“No tenemos pruebas.”—

Alexia permaneció mirando la ciudad.

—“Entonces no podemos decir que Rusia esté detrás.”—

—“No.”—

—“Solo podemos decir que alguien está usando Rusia.”—

Theo hizo una pausa.

—“Admitámoslo, es bastante menos satisfactorio de lo que esperábamos.”—

Alexia sonrió.

—“Esto se parece a una red infinita de embrollos.”—

La siguiente fase fue menos elegante. Dos agentes occidentales infiltrados ayudaron a Alexia y Theo a localizar a varios hombres clave. Sin persecuciones cinematográficas.

Solo vehículos, paciencia y algunas decisiones que jamás aparecerían en un informe público. Los hombres fueron capturados por separado y todos los agentes se encapucharon para proteger sus identidades. Los interrogaron en lugares diferentes.

La idea era sencilla: impedir que supieran quién estaba hablando con quién. La conclusión fue que sabían poco. De forma parecida al político italiano.

—“¿Quién está por encima de usted?”—preguntó Alexia.

El hombre permaneció callado.

—“No voy a hacerle daño.”—

Alexia dejó una fotografía sobre la mesa.

—“¿Conoce a esta mujer?”—

El hombre miró la imagen.

—“Sí.”—

—“¿Quién la contrató?”—

—“Un intermediario.”—

—“¿Quién?”—

—“No lo sé.”—

Alexia suspiró.

—“¿Quién lo contrató a usted?”—

—“Una empresa.”—

—“¿Qué empresa?”—

Le dio un nombre, que Theo comprobó desde la otra habitación. Era real, naturalmente.

Alexia continuó.

—“¿Quién dirige la empresa?”—

—“No lo sé.”—

—“¿Quién le da las órdenes?”—

—“No lo sé.”—

—“¿Quién decide los objetivos?”—

El hombre bajó la cabeza.

—“No lo sé.”—

Alexia lo observó, y esta vez le creyó porque la estructura estaba diseñada así. Cada pieza conocía únicamente la pieza anterior. Y quizá la siguiente, pero nunca el conjunto.

Era una organización sin centro visible, para que nadie pudiera describirlo completo.

Hasta que apareció un nombre occidental, que había ocupado durante años un puesto intermedio en una institución occidental. Y había tenido acceso a información sensible.

Había desaparecido de la vida pública para dedicarse, oficialmente, a la consultoría.

Alexia leyó el nombre dos veces mientras Theo se inclinaba sobre el documento.

—“¿Quién es?”—

Alexia le mostró la fotografía.

—“Alguien de los nuestros.”—

En ese momento la investigación cambió de dirección. El antiguo funcionario había tenido acceso a información que explicaba muchos de los casos. Pero faltaba una pieza. ¿Por qué intervenía Corea del Norte?

Theo encontró la respuesta primero.

—“Mira esto.”—

Alexia se acercó para ver una serie de operaciones financieras. Con conexiones  vinculadas al aparato de inteligencia norcoreano.

Alexia permaneció en silencio.

—“Entonces sí están detrás.”— dijo Theo.

—“Participan pero no sabemos hasta que punto.”—

Theo la miró mientras Alexia seguía leyendo.

La estructura no era una gigantesca organización formada por cientos de mujeres entrenadas para seducir funcionarios. Había mujeres comunes, escorts. Y algunas entrenadas para conseguir fotografías, conversaciones o información.

Pero eran contratadas, no agentes.

Algunas sabían perfectamente qué estaban haciendo, mientras que otras creían trabajar para empresas privadas. Algunas habían sido reclutadas porque necesitaban dinero y otras habían sido forzadas a integrarse a la red.

Una de ellas había intentado abandonar la operación, y ahora estaba desaparecida.

Alexia cerró los ojos.

—“No son una organización de espías.”—

Theo la miró.

—“No lo parecen.”—

Todo parecía mezclado en una maquinaria que no necesitaba una sola herramienta cuando podía utilizar veinte. Alexia comprendió entonces que si estaban buscando una organización de extorsionadoras, no existía.

Existía algo mucho más sencillo. Una estructura de inteligencia que utilizaba cualquier cosa que funcionara, y el sexo era solo una herramienta.

Pero había algo peor, y era el hecho que Corea del Norte tampoco controlaba todo.

Alguien desde occidente estaba utilizando aquella estructura. Alexia encontró una serie de operaciones que no beneficiaban directamente a Pyongyang, sino a otra persona.

Alguien estaba utilizando recursos norcoreanos para conseguir información y presionar a funcionarios occidentales.

—“Esto no tiene sentido”—dijo Theo.

—“Pero resulta que así funciona.”—

Como un problema interminable, la investigación acababa de abrir una puerta que daba a otra habitación. Y detrás de aquella habitación probablemente había otra.

No tuvieron tiempo para seguir porque los rusos ya sabían que estaban allí.

Theo miró por la ventana y le señaló  a Alexia la vigilancia.

—“Tenemos compañía.”—

Alexia tomó la mochila.

—“¿Cuánta?”—

—“Suficiente para arruinarnos el día.”

—“Entonces vámonos.”—

El grupo se dispersó rápidamente. Tomaron un vehículo hasta la frontera y después un autobús a Estonia. Cuando finalmente dejaron atrás Rusia, Alexia respiró por primera vez en horas.

Theo la miró.

—“¿Qué pasa?”—

—“Nada.”—

—“Estás sonriendo.”—

Alexia miró por la ventanilla.

—“Hace años saqué de Rusia a un disidente. Por esta misma ruta.”—

—“¿Como ahora? ¿En autobús?”—

—“Sí.”—

Theo pareció decepcionado.

—“Esperaba algo más espectacular. ¿Cómo se llamaba?”—

—“Alexei Petrov.”—

—“¿Llegó a salvo?”—

—“Sí.”—

—“¿Adonde fueron?”—

—“A Tallin, igual que ahora.”—

Theo la miró.

—“¿Tallin?”—

—“Es una ciudad hermosa.”—

—“¿Hermosa? Parce que te gustó.”—

Alexia asintió.

—“Si. Mucho.”—

Theo sonrió.

—“Entonces podríamos quedarnos un par de días.”—

—“¿Dónde?”—

—“En algún hotel.”—

—“Tenemos que llegar a Londres.”—

—“Lo sé.”—

—“Y tenemos información que entregar.”—

—“Oye, ¿que objeto tiene ser espía sin los beneficios?”— dijo Theo mientras se acomodaba en el asiento.

—“Podemos quedarnos un par de días. Vacaciones. Tu y yo.”—

Alexia lo miró.

—“¿Para qué?”—

—“Para descansar.”—

—“No sabemos si estamos a salvo.”—

—“Oh, vamos. Crees que a Rusia le importa un grupo de chicas extorsionando occidentales?”—

Theo sonrió.

—“Será como una escapada de invierno.”—

Alexia volvió a mirar por la ventanilla. Era la primera vez que veía al Theo romántico. Y la propuesta era tentadora.

—“¿Dos días?”—

—“Nada más, jefa. Tú y yo… tomados de la mano.”—

Era una mentira, y los dos lo sabían. Pero algunas mentiras son bastante agradables.

El hotel era pequeño, igual que la habitación. Lo cual, en determinadas circunstancias, podía ser un problema. Pero ahora no lo era. Pasaron el día caminando. Y si, Tallin era una ciudad hermosa.

Por la noche, después de cenar, Alexia estaba acostada junto a Theo. Hablaban cuando sonó el teléfono. Miró la pantalla. Era Marcus, naturalmente. Contestó.

—“¿Sí?”—

—“¿Dónde estás?”—

Alexia miró el techo.

—“Todavía en Estonia.”—

—“Eso ya lo sé. Sabes lo que quise decir.”—

La voz de Marcus tenía un tono que ella creía conocer: algo de preocupación mezclada con … algo más.

—“Estamos esperando por una carpeta.”— dijo Alexia.

Theo la miró divertido. Su expresión decía que esperaba ver como su jefa mentía como en una partida de póker. Una tentada Alexia le hizo una seña para que permaneciera callado.

—“¿Qué carpeta?”— preguntó Marcus.

Alexia tuvo que improvisar.

—“Una con información de último momento. De un agente de Estonia. La necesitamos antes de regresar.”—

—“¿Y por qué no me informaste?”—

—“El contacto fue Imprevisto, Marcus.”—

—“¿Y cuánto tiempo necesitan?”—

Alexia miró a Theo, mientras él reía divertido.

—“No sé. Uno o dos días.”—

—“¿Dos días?”—

—“Probablemente. En realidad no sé de donde viene la información.”—

Alexia pudo imaginar perfectamente el rostro nervioso de Marcus.

—“Entiendo… Descansa.”—

No parecía entender nada. La llamada terminó abrupta. Alexia dejó el teléfono. Theo la miró divertido.

—“¿Carpeta?”—

—“Oh, cállate.”— dijo Alexia mientras se arrebujaba entre las sábanas.

Theo se echó a reír mientras la abrazaba y estrechaba su cuerpo contra el de la mujer.

—“Toma, esta es tu carpeta imaginaria.”—

Alexia sonrió mientras Theo le hacía cosquillas. Se acurrucó junto al hombre.

Marcus había sonado extraño ¿Quizá estaba celoso? No. Lo descartó. Probablemente era una interpretación absurda. De esas que se hacen cuando alghuien desea que sea cierto.

Y Alexia ya tenía suficientes problemas sin añadirle fantasías alocadas. Miró a Theo. Él estaba allí, cerca, sin misterios e incondicional. Sin promesas imposibles.

Marcus estaba lejos y por lo que sabía, seguiría inalcanzable. Y Ethan que para ella era el pasado, había sido siempre demasiado inestable.

Theo, en cambio, parecía una roca.

Una roca bastante inteligente, algo insolente y con una preocupante facilidad para aparecer en su cama. Pero una roca al fin.

Y aquello comenzaba a importarle. Alexia pensó que la estabilidad en su vida podía ser mucho más peligrosa que la pasión. Porque a la pasión uno la veía venir, pero la estabilidad entraba sin hacer ruido. Y le daba seguridad.

Se durmió en los brazos de Theo.

Unos tres días después, la fantástica escapada de invierno llegó a su fin. Como años atrás, cruzaron en ferry hacia Finlandia. Alexia permaneció en cubierta mientras Theo servía un par de tazas de café.

Tenían suficiente información para regresar a Londres. Suficiente para demostrar que Rusia era un nodo. Y suficiente para establecer la participación norcoreana.

Pero sabían que determinadas operaciones habían sido manipuladas desde Occidente, aunque sin saber quién estaba realmente detrás de todo.

Alexia miró el horizonte. Theo apareció a su lado con su taza de café.

—“¿En qué piensas?”— le dijo mientras le pasaba una taza humeante.

Alexia tardó un momento.

—“En que hemos estado buscando al enemigo en el lugar equivocado.”—

Theo miró el mar.

—“¿Dónde está?”—

Alexia volvió la cabeza.

—“Dentro.”—

Theo comprendió. Ninguno de los dos hizo un comentario. No hacía falta. El problema ya no estaba en Moscú, sino en casa.

Y probablemente tenía una oficina, una tarjeta de identificación y acceso a los mismos sistemas que ellos.

 


 

El Cuarto Detrás del Espejo

por Rodriac Copen

 

Escena 9 — El cuarto detrás del espejo

Las conspiraciones tenían una ventaja sobre las personas. Y es que no necesitaban tener sentido, solo necesitaban funcionar como un reloj. Alexia llevaba tres días en Londres reconstruyendo el caso desde el principio.

No confiaba en los informes finales.

Los informes parecían inteligentes después de que alguien hubiera decidido cual era la mejor forma de redactarlos. Por eso ella prefería los documentos originales.

Harrington, las fotografías, Soo-kyung, las empresas, los contratos, Luz Roja, Sophie. El viaje por Francia, Roma, Moscú. Solo les había faltado Corea del Sur y el enigmático agente de Corea del Norte.

Y todo los había llevado al eje occidental.

El hombre que había construido una estructura paralela para aprovechar la operación norcoreana. Sabían que no era el cerebro. Era simplemente un hombre que había creído que estaba aprovechando a la organización.

La historia estaba llena de personas así.

La mayoría terminaba descubriendo demasiado tarde que ser manipulador no impedía ser manipulable. Alexia colocó tres fotografías sobre el escritorio.

El antiguo funcionario occidental era un intermediario financiero. Y una empresa surcoreana de telefonía.

Theo entró en la habitación.

—“He encontrado algo.”—

—“Que bien. Empezaba preocuparme.”—

—“Deberías estar acostumbrada.”—

Dejó una carpeta.

—“La empresa de teléfonos.”—

Alexia levantó la mirada.

—“¿Qué pasa con ella?”—

—“Hice revisar el hardware.”—

—“¿Y qué tiene? Porque tiene algo ¿Verdad?”—

Theo abrió el documento.

—“Y lo que tiene no es el software.”—

Alexia frunció el ceño.

—“Explícate.”—

—“Alguien modificó las placas antes de que los teléfonos salieran de fábrica.”—

Alexia permaneció inmóvil.

—“No me digas ¿Malware?”—

—“Sí.”—

—“¿Instalado después?”—

—“No tan fácil, jefa.”—

Theo señaló un diagrama.

—“Durante la fabricación.”—

Alexia se inclinó.

—“Entonces no necesitan infectar el teléfono.”—

—“Exacto.”—

—“El teléfono ya nace infectado.”—

Theo sonrió.

—“Una forma bastante eficiente de evitar antivirus y sistemas de protección.”—

Alexia siguió leyendo. La empresa tenía sede en Corea del Sur, fabricaba dispositivos baratos y de gama media y alta. No tenía la mala reputación de otras marcas asiáticas y por eso no estaba sometida a ningún boicot occidental.

Y, sobre todo, había sido recomendada a determinados funcionarios que estaban siendo extorsionados.

Alexia sintió que una pieza encajaba.

—“Les obligaban a usar estos teléfonos.”—

—“Sí.”— Theo contestó sonriendo.

—“Porque querían controlar las comunicaciones.”—

Alexia se levantó. La habitación parecía de pronto demasiado pequeña.

—“Los contratos no eran el fin.”—

—“¿Qué?”— preguntó Theo.

—“Si lograban los contratos era un logro, pero lo que querían en realidad era que los funcionarios usaran sus teléfonos.”—

Theo comprendió.

—“Si conseguían introducir esos teléfonos en ciertos círculos...”—

—“Entonces podían hackear comunicaciones estratégicas.”—

—“Funcionarios, políticos….”—

—“Empresas.”—

Theo terminó la idea:

—“Una operación global de inteligencia.”—

Alexia volvió a mirar la pantalla.

El caso había empezado con un hombre muerto y una mujer que supuestamente era Soo-kyung. Podía ser una doble… o no. Eso no había forma de saberlo.

Sea como fuere, la operación terminaba con teléfonos capaces de convertir una conversación privada en una transmisión clandestina.

Y entre ambos extremos había una red entera de personas que habían creído estar utilizando a otras.

Alexia tomó un rotulador para escribir tres palabras sobre el cristal.

EJECUTAN.

UTILIZAN.

MANIPULAN.

Theo las observó.

—“Tres niveles.”—

—“Sí.”—

—“Los que ejecutan las operaciones.”—

Alexia señaló la primera palabra.

—“Las mujeres. Los intermediarios. Los hackers. Los financieros. Las empresas pantalla.”—

Señaló la segunda.

—“Los que utilizan la información para conseguir dinero, contratos o ventajas políticas.”—

Después la tercera.

—“Y alguien que manipula a los que creen estar manipulando la operación.”—

Theo permaneció callado.

—“¿En quién piensas?”—

Alexia negó con la cabeza.

—“Todavía no lo sabemos, querido Theo.”—

Aquello era precisamente lo que más le molestaba. Porque finalmente habían encontrado el cuarto detrás del espejo, pero no quién había construido la casa.

Marcus llegó esa tarde, y entró en la oficina con la misma expresión de siempre: correcta, serena e impenetrable. Como si su intervención hubiera sido diseñada por un comité.

—“¿Qué tienes?”—

Alexia le entregó el informe.

—“Podemos desmontar la estructura visible.”—

Marcus hojeó las primeras páginas.

—“¿Y la invisible?”—

Alexia lo miró.

—“No sabemos hasta dónde llega. La operación está diseñada para sobrevivir incluso a su propio desmantelamiento.” —

Marcus continuó leyendo.

—“¿Corea del Norte?”—

—“Participa organizando.”

—“¿Rusia?”—

—“Es un nodo logístico.”—

—“¿El occidental?”—

—“Creemos que un agente independiente que intentó aprovechar la operación.”—

Marcus levantó la vista.

—“¿Intentó?”—

—“Le hicieron creer que la controlaba.”—

—“¿No?”—

—“No. El diseño operativo es excelente. Te lo dije.”—

Marcus volvió al informe.

—“¿Quién lo controlaba a él?”—

Alexia tardó unos segundos.

—“Eso… no lo sabemos.”—

Marcus dejó el informe sobre la mesa.

—“¿Puedes desmantelarlo?”—

—“Solo las partes que conocemos.”—

—“¿Y qué ocurriría?”—

Alexia respiró.

—“Un lío de los mil demonios. Funcionarios comprometidos. Empresas implicadas. Operaciones de inteligencia expuestas. Fuentes que quedarían en peligro. Métodos que tendríamos que abandonar.”—

Marcus asintió lentamente.

—“Y si hacemos público todo...”—

—“No puedo decirlo con certeza, pero tendremos una crisis diplomática.”—

—“¿Y si no hacemos nada?”—

—“La estructura continuará operando. No lo aconsejo.”—

Marcus la miró.

—“Pero no podemos limpiar todo.”—

Alexia sabía lo que venía.

—“Solo podemos decidir qué parte de la verdad puede sobrevivir.”—

Ella sostuvo su mirada, porque aquella frase era muy propia de Marcus. Ahora parecía tan correcta que casi parecía cruel.

—“¿Y qué parte sobrevivirá?”—

—“Alguien deberá decidir cuál es la parte necesaria.”—

Alexia bajó la mirada porque sabía que no era una respuesta profesional, sino que la decisión sería política. Y las decisiones políticas tenían una desagradable tendencia a dejar cadáveres sin necesidad de disparar un arma.

Marcus tuvo que reunirse con el Ministro. Llevaba la opinión certera que había que matar la mayor cantidad de cabezas de la medusa que era esa operación. La orden de arriba fue que el informe debería comenzar a cerrarse.

Algunas empresas fueron clausuradas por evasión fiscal, otras por irregularidades financieras. Unas pocas desaparecieron antes de que nadie pudiera investigarlas.

Las escorts fueron presentadas oficialmente como trabajadoras sexuales ilegales implicadas en operaciones de extorsión. Era una simplificación necesaria para limitar los daños colaterales.

Pero las simplificaciones al mismo tiempo tenían una ventaja maravillosa.

Cabían en los periódicos como noticias comunes. Sin espías ni fallas de inteligencia. Algunos nombres pudieron ser limpiados. Otros no tuvieron esa suerte.

Una investigación parlamentaria comenzó. Y el escándalo quedó contenido.

Sophie permaneció bajo custodia y Alexia consiguió que recibiera algo de protección. No sabía exactamente por qué. Tal vez porque la había visto desde demasiado cerca, o quizá porque, a pesar de todo, sabía que Sophie también había sido utilizada.

Ethan se lo había dicho en Roma:

—“Eres una sentimental.”—

Alexia siempre había odiado aquella palabra, y lo seguía haciendo. Pero probablemente su ex tenía razón.

La verdadera Soo-kyung no pudo ser implicada. La versión oficial decía que su identidad había sido utilizada por otra mujer. Pero el informe interno del MI6 dejaba una pregunta incómoda sobre ella.

¿Hasta qué punto estaba limpia? Alexia no tenía respuesta a esa pregunta. Y por una vez decidió no inventarla.

Harrington quedó oficialmente clasificado como suicidio. No tenía sentido manchar su nombre con un escándalo. Una muerte privada que nadie asociaría con un funcionario comprometido.

Una explicación razonable para todos.

En el MI6 sabían que no era la verdad completa, pero de esa manera el daño quedaría contenido.

Después de tanto trabajo, el informe final estuvo listo, y Alexia se lo entregó a Marcus.

—“Aquí está todo. El informe final.”—

Marcus lo tomó.

—“¿Todo?”—

—“Todo lo que podemos demostrar, y algunas especulaciones.”— dijo Alexia

Él asintió y no preguntó nada más. Dentro de las páginas, había una referencia que Alexia había eliminado. Era un detalle que había descubierto durante la investigación.

Marcus aparecía mencionado indirectamente entre los posibles objetivos de la red. Se hablaba del uso frecuente que hacía de chicas escorts. De los contactos que tenía como cabeza del MI6, y sobre todo, de las implicancias si se lograba comprometerlo.

No había nada concluyente, pero si lo suficiente para sospechar que podía haber sido un objetivo. O algo peor. Que había sido comprometido.

Pero esa información Alexia no la había incluido. No podía hacerlo. En parte por lealtad, en parte porque no era concluyente. De cierto modo, no quería saber.

Porque si preguntaba y la respuesta era la que temía, tendría que actuar.

Y si no preguntaba, todavía podía seguir creyendo.

La lealtad era una cosa extraordinaria. A veces se presentaba como virtud, y otras como cobardía.

Y algunas veces eran exactamente la misma cosa.

—“Buen trabajo, Alexia. Agradece también a Theo de mi parte.”— dijo Marcus.

—“Gracias. Lo haré”— dijo ella, algo avergonzada.

Él se marchó, y Alexia permaneció mirando la puerta. El teléfono sonó una hora después. Era Theo.

—“¿Qué sucede?”—

—“Encontré algo, Alexia.”—

Ella se tensó, porque sospechaba que aún habían cosas por destapar en esa pozo sin fin.

—“Empiezo a odiar esa frase.”—

—“Entonces te va a encantar esto, jefa mía.”—

—“Habla.”—

—“¿Recuerdas uno de los primeros documentos?”—

—“¿Cuál?”—

—“La lista de personas relacionadas con los dispositivos.”—

—“Sí. Los que tenían los teléfonos comprometidos.”—

—“Exacto. Había un nombre clave que no sabíamos quién era.”—

Alexia se tensó. Del otro lado Theo soltó:

—“Marcus Davenport.”—

El mundo no se detuvo porque nunca lo hizo por nadie. Eso era algo bastante decepcionante de la realidad.

—“¿Qué sabes?”—

Theo bajó la voz.

—“Aparece relacionado con una de las redes utilizadas para seleccionar objetivos.”—

Alexia sintió un frío lento en el estómago.

—“¿Fue extorsionado?”—

—“Probablemente.”—

—“¿Probablemente?”— dijo con urgencia.

—“La verdad es que no tengo pruebas.”—

—“¿Y qué hizo? ¿Cedió?”—

—“Si usó a otro agente para limpiarse a sí mismo, no lo sabemos”—

Alexia cerró los ojos, y entonces recordó algo: el teléfono. El mismo modelo que aparecía en los documentos, el de la marca surcoreana.

Era el teléfono que había visto que Marcus utilizaba habitualmente.

—“Gracias, Theo.”—

—“Alexia...”—

No lo dejó terminar.

—“Tengo que hacer una llamada.”—

Cortó. Y envió un mensaje a Sophie. El mensaje fue breve:

“¿Extorsionaste a Marcus Davenport?”

La respuesta llegó un minuto después. Alexia miró la pantalla. Leyó y volvió a leer. No alcanzó a terminar de procesar las palabras cuando escuchó la voz de Marcus detrás de ella.

—“¿Ocurre algo, Alexia?”—

Alexia guardó el teléfono y se volvió sonriendo. Marcus estaba en la puerta y la miraba.

—“Nada.”—

Marcus sostuvo su mirada. Alexia no se movió, inmutable. Era una agente extraordinariamente buena. Y era excelente mintiendo. Aquella vez la mentira fue para sí misma.

Y por eso fue mucho más difícil.

 

FIN


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