miércoles, 14 de enero de 2026

Laboratorio de Rodriac: "La Brevedad de las Redes Sociales ( Escritura Eficaz II )"

 


Taller de Escritores 

Laboratorio #7 - Escritura Eficaz II

La Brevedad en Redes Sociales
por Rodriac Copen



Los lectores cambiaron

Y como escritor debes adaptarte... o te volverás un fósil viviente.

Los lectores modernos no llegan con una vela y una manta dispuestos a entregarte una noche de lectura exclusiva. Quizá hacían eso en época de Dickens, pero ahora... no es lo usual.

Un lector que te llega, lo hará con el síndrome del pulgar inquieto scrolleante, con veinte pestañas abiertas previamente en su dispositivo y una paciencia que dura lo que tarda un suspiro en salir de tu boca.

Esto no significa que sea menos inteligente, como dicen muchos escritores idiotas.

Significa que las personas modernas deciden más rápido.

Hoy, el desafío que tienes como escritor no es escribir bien. Todos pueden hacer eso si se dan el tiempo y trabajan de la manera adecuada.

Pero tu desafío como escritor, es lograr que te lean el suficiente tiempo como para demostrarles que escribes bien.



La Brevedad no es Superficialidad (es precisión literaria)

Como vimos en la nota previa a esta ( Escritura Eficaz I ), antes podías escribir:

"El viento nocturno se deslizaba con sigilo entre los edificios antiguos, trayendo consigo una sensación indefinible de nostalgia y presagio..."


Bonito, pero ahora deberías decirlo de esta forma:

"El viento empujó la puerta. Nadie debería haber estado ahí."


Suena duro, pero la diferencia no es la calidad. Es la densidad narrativa.

La escritura moderna tiende a:

  • Eliminar lo redundante
  • Confiar más en la inteligencia del lector
  • Y dejar huecos intencionales


✂️ No se recorta para empobrecer, se recorta para afilar.

¿No quieres "sacrificar" tu texto? ¿Te resistes a mi consejo? Ok

  • Entonces deberás trabajar diferentes versiones para diversos dispositivos.


Los hábitos de lectura son diferentes en

  • Tu propia web
  • Redes Sociales Generales como Facebook, Instagram o LinkedIN
  • Redes Sociales para Escritores como InkSpired, WattPad u otras


Es más: si intentas la misma estrategia en todos los sitios, verá que los resultados son diferentes. Cada red social tiene público diferente. Y tú no eres la excepción: tienes hábitos diferentes según la red social.

Esto obliga a los escritores a estar en todas las redes, pero te conviene concentrar tus esfuerzos solo en una o dos... y mantener presencia en las otras.

En mi caso, mi máximo esfuerzo va a mis tres webs. Después está InkSpired... y luego FaceBook.

Tu tendrás que elegir inteligentemente según tus propios hábitos de escritura, tu "personalidad digital" y el resultado de tus esfuerzos en cada red en la que estés presente. Porque no tendrás el mismo resulta que otros, ni los mismos resultados en todas las redes.



Atrapar rápido al lector se convierte en el pacto de las primeras líneas

Hoy, las primeras 5–10 líneas no presentan el mundo: LO INTERRUMPEN.

Ejemplo clásico:

Juan despertó temprano aquella mañana sin saber que su vida estaba a punto de cambiar.


Ejemplo moderno:

> Juan despertó con sangre en las manos.
> No era suya.
> Eso era lo peor.


El lector ya no quiere promesas futuras. Quiere problemas en curso, y que sean inmediatos.

¿Como pensarlo?

Mira: mis trabajos más extensos literariamente hablando siempre están en mi web. Y es lo que te aconsejo, porque cuando un usuario llega a tu web. YA TE ELIGIÓ PREVIAMENTE

Es decir, está predispuesto a leerte porque te conoce (si es recurrente) o porque la IA + Goole (o Bing, o DuckDuckGo... o lo que sea), te ha recomendado y le ha dado indicios de lo que haces, de lo que escribes.

Pero eso no ocurre en las Redes Sociales Generales o de Escritores. Y allí, colega, te habrás dado cuenta que es muy duro hacer seguidores o amigos. Y los que te siguen... no hay forma de saber si te leen o solo te agregan la "manito" para no perder tiempo y decirte "estoy aquí" para después saltar a otro contacto y a otro, y a otro...

Usa las redes sociales como embudos: textos breves, introducción a los temas, acción rápida. Y al que quiera seguirte... link a tu casa para que disfrute del auténtico tú.

Por eso la necesidad de tu web propia. Esta es TU CASA, allí puedes SER SIN LIMITES.

En las redes sociales deberás lookearte y estar siempre "lindo" porque es el mundo de las citas digitales, en donde todos deben atraer, estar contentos y vivir una vida feliz. 

Pero ese... no es el auténtico tú. Por más que trates de convencerte

Tienes que tener TU lugar para ser tú mismo.

Piénsalo.


¡Buena escritura! 🚀✍️ 

 


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martes, 13 de enero de 2026

Diario de Rodriac: "Un Viaje Hasta El Límite"

 


Diario de Rodriac

Un Viaje Hasta El Límite
por Rodriac Copen



Si me sigues, habrás notado que he estado trabajando en dos ensayos que no surgieron de la casualidad:

🔹 Los límites de la ciencia
🔹 ¿Puede la ciencia probar la existencia de Dios?

Siempre recuerdo haber sido un amante del pensamiento filosófico, teológico, ontológico y científico. Pero ese amor ha sido siempre íntimo, personal y fiel a si mismo.

Amar la ciencia suele ser una de las formas más exigentes de crecimiento intelectual. Y lo digo sin falsa modestia. Pero todo crecimiento es como buscar la cumbre del Everest. Llegar a la cumbre te deja sin oxígeno. Y a menudo, con consecuencias inevitables. En mi caso la inevitabilidad se pagó con un agnosticismo científico. 

Es por eso que estos trabajos (y otros que vendrán si tengo tiempo y ganas), existen. Y quedarán como momentos de cierre provisional de un viaje extraordinario, pero incompletos.

Incompletos porque no agotan ninguno de los temas. Y generan múltiples derivaciones filosóficas y reflexivas que estoy seguro no podría llevar de ninguna forma al papel. Porque el pensamiento en su máxima expresión solo puede mostrarse a través de la tradición oral. Y cuando los escritores escribimos, solo te mostramos la parte que de alguna manera, queremos inmortalizar. 

Pero siempre dejamos margen para que tu mismo, seas capaz de volar a los límites que nosotros llegamos y, de ser posible, que llegues aún más alto.

No conozco una mejor forma de amar a los humanos que esa: preparar a los demás para que sigan el camino que hay más allá de las letras. 


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lunes, 12 de enero de 2026

Ciencia Ficcion Dura: "¿La Ciencia Puede Probar a Dios? ( Ensayo )"

 


Ciencia Ficción Dura (Ensayo)

¿La ciencia puede probar a Dios?
por Rodriac Copen


Este artículo no intenta demostrar la existencia de Dios.

Intenta algo más honesto y tal vez más incómodo: mostrar hasta dónde puede llegar la ciencia cuando se atreve a formular esa pregunta sin trampas, sin dogmas y sin consuelos.


Introducción al problema

Desde la física moderna sabemos algo inquietante: el universo no nació en el caos.

El Big Bang no fue un estallido desordenado, sino un estado extremadamente especial: altísima densidad, sí, pero entropía sorprendentemente baja. Un punto inicial delicadamente afinado, casi incómodamente preciso.

En ese instante primitivo, las constantes fundamentales como gravedad, electromagnetismo, y las fuerzas nucleares, quedaron acotadas dentro de márgenes estrechísimos. Y a partir de ahí ocurrió lo inesperado: la materia comenzó a organizarse sola. Átomos. Moléculas. Estrellas. Galaxias. Planetas.

El universo empezó con un orden extraordinario e inexplicable, en un estado de bajísima entropía y desde allí evoluciona lenta y sostenidamente al caos y a su propia muerte.

Este hecho es científicamente perturbador.

La Segunda Ley de la Termodinámica nos permite comprender cómo surge el orden local en un universo que, en conjunto, se degrada. Pero no explica por qué el universo comenzó tan ordenado. Ese estado inicial no es una consecuencia: es la fuente de todo orden posterior.

Sabemos que el universo puede crear estructuras locales mientras aumenta el desorden global. Una estrella es un ejemplo clásico: una isla de orden que, al brillar, disipa energía al espacio, incrementando la entropía total.

La vida lleva este mecanismo al extremo. Aparece bajo un orden bioquímico extraordinario, pero solo puede mantenerse exportando entropía al entorno. Vivir es disipar energía. Vivir es acelerar el desgaste del universo.

Tú mismo puedes notar el aumento de tu entropía cuando emites energía al universo. Tu calor corporal es el reloj entrópico que avanza hacia el caos del envejecimiento y la muerte.

La ciencia explica esto sin contradicción: los sistemas abiertos pueden generar complejidad siempre que paguen el precio entrópico. La vida, las galaxias y la conciencia no violan la entropía; son canales por los que esta crece más rápido.

La entropía no solo mide desorden. Define la flecha del tiempo.
El pasado es el estado de menor entropía.
El futuro, el de mayor.


Por eso recordamos el ayer y no el mañana. Por eso envejecemos. Por eso nada complejo perdura sin energía.

Desde esta perspectiva, el universo no está diseñado para conservar estructuras, sino para transformarlas y disiparlas. Lo inquietante por consecuencia es que el universo fue diseñado para la creación. Fue diseñado para dar vida.

Entonces surge una pregunta incómoda: ¿Por qué el universo crea cosas?

Porque la degradación necesita intermediarios. Porque la vida requiere devenir. Porque las cosas que se crean, deben terminar muriendo. Esa es la regla suprema de nuestro universo.

El universo no pasa de energía concentrada a energía muerta en un solo salto. Necesita estrellas para quemar combustible, planetas para redistribuir energía, vida para procesar gradientes, y mentes para acelerar interacciones.

Las estructuras complejas existen porque son rutas eficientes de disipación. El orden existe porque el universo necesita destruirlo.

Brutal, sí. Pero también elegantemente simple.

Según el modelo cosmológico actual, las estrellas se apagan, los agujeros negros se evaporan, la energía se homogeneiza. La llamada “muerte térmica” no es una explosión final: es el agotamiento de sus posibilidades.

Esto nos lleva a una idea perturbadora: El orden no es el estado natural del universo. 

Es un fenómeno transitorio que solo existe porque el universo comenzó excepcionalmente mal configurado.

Todo lo que existe es consecuencia temporal de una condición inicial improbable.

La conclusión más lógica que permite la ciencia es esta: el estado de máximo desorden es el más estable.

Pero para que el universo fuera dinámico, para que pudiera existir algo más que vacío térmico,  fue necesario un estado inicial de mínima entropía.

Sin ese estado excepcional, no habría estrellas. Ni planetas. Ni vida.

En un estado “natural”, nada de esto habría sido posible.

Entonces... ¿la ciencia puede probar a Dios?

Partiendo de todo lo anterior, desde un punto de vista estrictamente científico, parecen abrirse solo dos posibilidades coherentes.



Universo cíclico

La primera propone que el universo se expande hasta un límite, se detiene y luego se contrae. Big Crunch. Nuevo Big Bang. Repetición. Un ciclo eterno de expansión y colapso.

Einstein, Friedmann, Tolman y más tarde Penrose exploraron seriamente esta idea.

El problema es fatal.

Tolman demostró en los años treinta que la entropía se acumula ciclo tras ciclo. Cada nuevo universo sería más grande, más frío y menos estructurado que el anterior. Irremediablemente en algún ciclo el desorden entrópico sería tal, que la creación sería imposible.

El resultado es devastador para la hipótesis porque el universo no puede volver jamás a un estado inicial puro.

La ciclicidad no resetea la entropía. El azar térmico no genera universos habitables. La vida compleja no puede surgir eternamente por reciclaje.

Sin un mecanismo externo de “reinicio”, la hipótesis colapsa.

Incluso si el universo fuera cíclico, nada garantiza que la vida vuelva a aparecer. Podría haber ocurrido una sola vez. Aquí. Ahora. Y nunca más.

Eso no resuelve el problema de la condición inicial. Solo que lo vuelve más cruel.



La causa externa

Descartada la primera, queda la segunda posibilidad, que nos dice que la condición inicial vino de fuera del sistema.

Algo o alguien, impuso ese estado excepcional de mínima entropía.

Pero aquí aparece una frontera insalvable debido a que nosotros estamos dentro del sistema.

Una causa externa al universo sería, por definición, inobservable, no falsable y no modelizable. Eso no la hace falsa. La hace científicamente inaccesible.

Y, además, esa causa no puede pertenecer al universo, porque todo lo que pertenece a él está sujeto al tiempo, a la degradación y, finalmente, a la muerte térmica.

Esto no es teología. Es lógica de sistemas cerrados.

La ciencia solo puede estudiar relaciones internas. Si existe una causa externa, está fuera de su alcance.



Conclusiones

Lo único que la ciencia puede afirmar con rigor es esto: El universo observable depende de una condición inicial excepcional que no puede derivarse de su propia dinámica.

Nada más. Nada menos.

Esa afirmación no prueba a Dios, pero tampoco lo descarta. “Causa externa” no significa “Dios”, pero tampoco lo excluye.

Puede ser un agente intencional, un proceso impersonal, una estructura meta-física, un sistema previo, una civilización avanzada... o algo que ni siquiera encaje en nuestras categorías.

La ciencia no puede distinguir entre estas posibilidades.

Y aquí aparece el error más común, que es decir “Si la ciencia no puede explicarlo, entonces es Dios.

Ese es un Dios de los huecos, intelectualmente débil.

Lo único honesto es admitir el límite.

¿Podría ser una civilización avanzada?

Desde la lógica, sí. Pero no una civilización cualquiera. Debería existir fuera de nuestro universo, no ser observable desde dentro y ser capaz de generar universos completos.

Desde nuestra perspectiva, un ingeniero cósmico y Dios serían indistinguibles.

Pero hay una trampa conceptual.

Si esa civilización existe en algún universo, está sujeta al tiempo y a la entropía. También necesita su propia condición inicial excepcional. También enfrenta su propia muerte térmica.

No es una explicación final. Es un eslabón más.

Eso conduce a una regresión infinita.

La única diferencia real entre “Dios” y “otra civilización” es que Dios suele definirse como no contingente, no degradable y fuera del tiempo. Una civilización no.

Si la causa externa elude la entropía, deja de encajar en la categoría de civilización. Si no la elude, no resuelve el problema último.

Tomás de Aquino

Entre 1265 y 1273, Tomás de Aquino escribió la Suma Teológica. No como un tratado polémico, sino como una obra didáctica.

Sus argumentos no eran experimentales. Eran filosóficos. Y él lo sabía.

Tomás no intentó probar a Dios científicamente. Intentó demostrar que creer no era absurdo.

Y eso es algo muy distinto.



Epílogo

La ciencia no encontró ni encontrará a Dios, pero tampoco lo expulsó del mapa.

Llegó, en cambio, a un límite: una frontera donde las ecuaciones dejan de avanzar no por ignorancia, sino por definición. Allí donde la física solo puede señalar una condición inicial excepcional y callar.

El universo existe porque comenzó en un estado que no debería haber ocurrido. No hay ley conocida que lo obligara a ser así.

Ese hecho no demuestra nada... pero tampoco es trivial.

Si existe una causa externa, no puede ser observada desde aquí. No puede ser probada, ni refutada, ni nombrada con precisión. Solo puede ser inferida como una ausencia: aquello que falta en nuestras ecuaciones y que, sin embargo, hace posible que existan.

Llamarla Dios es una decisión cultural, histórica y humana. Negarlo, también.

Desde adentro del universo, ambas posturas son actos de fe. Una explícita. La otra, disfrazada de certeza. En el medio habitamos los agnósticos.

La ciencia, por su parte, permanece honesta. No afirma lo que no puede probar. Pero tampoco niega lo que no puede excluir.

Y quizás esa sea su contribución más profunda a esta antigua pregunta el no ofrecernos una respuesta, sino obligarnos a aceptar que el universo no se explica completamente a sí mismo.

Todo lo demás como creer, negar, rezar o callar, ocurre fuera del laboratorio.

Y fuera de las ecuaciones.

La ciencia no probó a Dios; probó, en cambio, que el universo no basta para explicarse a sí mismo.




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domingo, 11 de enero de 2026

Ciencia Ficción Dura: "Los Límites De La Ciencia (Ensayo)"

 



Ciencia Ficción Dura ( Ensayo )

Los Límites de la Ciencia
por Rodriac Copen


La ciencia avanza como siempre lo ha hecho: observando, comparando, midiendo. El método científico no es una intuición inspirada ni un acto de fe; es una forma disciplinada de mirar el mundo y contrastar estados de la realidad para extraer regularidades. Así se construye el conocimiento.

Pero existe una situación incómoda —y profundamente humana— que acompaña a toda investigación genuina. Frente a un fenómeno completamente nuevo, la ciencia puede no disponer todavía de un punto de referencia fiable. Puede no saber distinguir si aquello que observa es una “normalidad” auténtica o una normalidad ya alterada por un factor desconocido que actúa en silencio.

En ese escenario, una causa universal —no identificada y aún no operacionalizable científicamente— puede estar influyendo sobre los fenómenos sin dejar huellas claras. Y no porque el método científico falle, sino porque todavía no existe el marco teórico, instrumental o conceptual capaz de aislarla. La investigación científica se mueve, casi siempre, en ese borde invisible: el límite donde lo conocido se apoya sobre lo que aún no tiene nombre.

Este tipo de limitación no niega a la ciencia ni la debilita. Al contrario: forma parte de su historia. Antes de Newton, la gravedad no era una fuerza, sino una costumbre del mundo. Antes de Pasteur, los gérmenes no eran agentes invisibles, sino supersticiones o malos aires. Antes del siglo XX, la radiación natural atravesaba cuerpos y materiales sin que nadie sospechara de su existencia. En todos esos casos, la causa no estaba ausente, sino fuera del campo de lo pensable. En un área invisible, no inexistente.

Esto conduce a una pregunta inevitable: ¿bajo qué condiciones el método científico puede —o no puede aún— detectar ciertas causas?

Bajo determinadas circunstancias, como la que menciono, el método puede no ser suficiente sin dejar de ser válido. Reconocer esto no implica aceptar cualquier explicación ni abrir la puerta a lo indemostrable. Tampoco significa que la ciencia sea incapaz, en principio, de detectar esas causas. Significa algo más simple y más honesto: que hay preguntas que no admiten todavía una respuesta empírica inmediata.

Cuando la ciencia se enfrenta a lo nuevo, no hablamos de límites absolutos, sino de límites temporales del conocimiento. La ciencia no fracasa cuando no detecta de inmediato una causa desconocida; simplemente aún no ha llegado al punto histórico desde el cual esa causa puede ser formulada, aislada y contrastada.

Esta no es una pregunta retórica ni un juego intelectual. No estamos hablando de causas sobrenaturales afirmadas dogmáticamente, ni de entidades indemostrables por definición, ni de explicaciones comodín. Para evitar equívocos, es necesario precisar de qué tipo de causas hablamos: aquellas que, por su propia naturaleza, presentan dificultades epistemológicas específicas.

  • Causas que actúan de manera universal o casi universal.
  • Causas que no permiten un estado de referencia no afectado.
  • Causas que, por ahora, carecen de una formulación operacional.
  • Causas que solo pueden inferirse de manera indirecta, o que aún ni siquiera eso permiten.


Este es exactamente el tipo de causa que, una y otra vez, ha permanecido invisible para la ciencia durante largos períodos.

No se trata de abstracciones teóricas. La historia —y la ciencia actual— ofrece ejemplos claros. ¿Existe, por ejemplo, una causa universal aún no formulada que impida la inmortalidad individual en sistemas biológicos complejos? Es conceptualmente posible que exista una limitación fundamental —biológica, informacional o física— que haga imposible la inmortalidad y que, al operar de forma universal, se confunda con la normalidad misma.

Lo mismo ocurre con preguntas más incómodas. Si existiera una causa trascendente que actuara de manera constante sobre la totalidad de lo observable, el método científico carecería de un estado no afectado con el cual compararla. No sería una refutación de la ciencia, sino una consecuencia lógica de su funcionamiento.

La física cuántica ofrece un ejemplo aún más contundente. Antes del siglo XX, nadie sospechaba la existencia de estados cuánticos. Sus efectos eran ruido, anomalías, errores de medición. Incluso hoy, el papel de la observación, el colapso de la función de onda y la relación entre medición y realidad siguen siendo problemas abiertos. Durante décadas, los efectos cuánticos actuaron como causas reales sin ser reconocidas, simplemente porque no existía un marco conceptual capaz de distinguir entre el comportamiento clásico “normal” y uno afectado por variables desconocidas.

Y los límites no terminan ahí. La materia oscura solo se infiere por sus efectos gravitatorios; nadie ha logrado observarla directamente. La energía oscura se postula a partir de la aceleración cósmica, no de una detección directa. La propia estructura del tiempo sigue siendo un interrogante: no sabemos si es fundamental o un fenómeno emergente ligado a la entropía.

Pero no todas las limitaciones provienen del mundo externo. Algunas nacen del observador. La estructura cognitiva humana introduce sesgos universales que afectan toda observación, incluso cuando creemos estar siendo rigurosamente objetivos. No son errores individuales ni culturales: son límites estructurales de nuestra manera de percibir e interpretar la realidad.

Estos sesgos no pueden apagarse mediante entrenamiento ni buena voluntad. Solo pueden ser parcialmente compensados. Por eso la ciencia necesita replicación, contraste, revisión por pares: otros ojos, otras mentes, otras interpretaciones que confirmen no solo los datos, sino la lógica que los sostiene.

De este modo, la propia cognición humana puede actuar como una causa universal e invisible que condiciona la investigación. Al operar de forma constante, estos sesgos pueden volver indistinguible una desviación sistemática de lo que se considera normal, retrasando la detección de ciertos fenómenos hasta que el sesgo es reconocido y corregido.

En definitiva, reconocer los límites temporales del conocimiento científico no debilita a la ciencia: la fortalece. La ciencia sólida —basada en método, contraste y corrección permanente— sigue siendo la fuerza que impulsa el conocimiento humano y el medio más eficaz para evitar errores conceptuales persistentes, errores que, una y otra vez, se pagan con estancamiento intelectual y atraso tecnológico.

Comprender dónde la ciencia aún no puede llegar no implica renunciar a ella, sino entender cómo y por qué, a lo largo del tiempo, siempre termina llegando.


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sábado, 10 de enero de 2026

Grupo: Narrativa en Movimiento

 


✍️ Narrativa en Movimiento

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