Comedia - Pulp Fiction
El Mensaje
Interceptado
por Rodriac Copen
Hay una verdad
universal que ningún filósofo ha logrado formular con elegancia: si una persona
encuentra un mensaje sospechoso en el teléfono de su pareja, la imaginación
trabajará con la misma disciplina con la que un castor construye una represa…
pero con resultados mucho más catastróficos.
Esto fue exactamente
lo que ocurrió con Estela, una mujer razonable, sensata y perfectamente
capaz de sacar conclusiones absurdas a partir de una sola línea de texto.
Todo comenzó a las
siete y veinte de la tarde, cuando su marido Ramiro llegó del trabajo
con el aspecto de un hombre que ha tenido un día difícil o, más probablemente,
uno que ha tenido demasiado café.
—“Estela,”— dijo mientras
dejaba el maletín —“tengo una reunión
inesperada con el jefe esta noche. A las nueve.”—
Estela levantó una
ceja.
Era una ceja entrenada para detectar mentiras con la precisión de un pastor
alemán que busca drogas en el aeropuerto.
—“¿Reunión?”— preguntó
lentamente, mientras frenaba su impulso de brincarle encima.
—“Sí. Muy
importante. Estratégica. Con proyección… corporativa.”—
—“¿A las nueve
de la noche?”—
—“Y sí. Viste
que el liderazgo… no tiene horario.”—
Estela hizo un silencio
largo, mientras intentaba ordenar la ropa del cajón sin parecer que le retorcía
el cuello a una rival imaginaria.
Ramiro, que conocía
lo celosa que era su mujer, se aflojó la
corbata con la dignidad de un hombre que intenta parecer tranquilo mientras su
conciencia hace gimnasia olímpica.
—“Voy a darme
una ducha rápida.”— dijo —“Después
salgo.”—
—“Claro.”— respondió Estela con una sonrisa tan amable que
habría engañado a cualquiera que no la conociera desde hacía quince años.
Ramiro desapareció
rumbo al baño.
Y entonces ocurrió.
Sobre la mesa del
comedor vibró su teléfono.
Estela no tenía
intención de mirar. Ninguna.
Pero el teléfono vibró
otra vez. Y la pantalla se iluminó.
Apareció un mensaje: “Nos vemos esta noche. —LK”
Estela lo leyó tres
veces. Clavó la mirada con la intensidad de un sabueso que acaba de encontrar
una pista.
Y lo leyó por cuarta
vez.
Luego hizo lo que
cualquier mente racional haría en su situación:
construyó una teoría conspirativa completa en menos de ocho segundos.
—“¿LK?”— susurró.
El jefe de Ramiro se llamaba Martínez.
No LK. Jamás LK. Nunca jamás ningún jefe se llamó LK.
Desde el baño se
escuchó a Ramiro cantando algún tema
alegre.
Eso solo confirmó sus
sospechas.
—“Claro.”— murmuró Estela mientras ponía cara de haber
probado vinagre —“Siempre que alguien va a engañar a su esposa canta”
—
El teléfono vibró otra
vez. Otro mensaje.
“Traé las
fichas.”
Estela sintió que el
universo se alineaba con la precisión de un complot internacional.
—“Fichas.”— dijo —“¿Fichas?”—
Para Estela aquello solo podía significar
una cosa: una palabra clave.
Dinero para la
logística del romance. Claro. Seguro que es dinero porque una tarjeta deja
rastros.
O peor. Condones.
Cosas que ninguna
esposa decente quiere imaginar.
En ese momento Ramiro salió del baño, con el pelo
mojado y el optimismo culpable de un hombre que cree haber improvisado una
mentira aceptable.
Inmediatamente lo
olfateó como un sabueso.
—“Ah. Te
pusiste perfume.”— lo dijo fulminándolo con la frase. “Hijo
de Puta”, pensó
—“Y… sí. Un
poquito”— dijo Ramiro sintiéndose medio culpable mientras pensaba “Y a
ésta, ¿Que bicho le picó?”.
Cuando terminó de
vestirse saludó:
—“Bueno.”— dijo —“Ya me voy.”—
—“¿Tan rápido?
Ni un mate te tomaste.”—
—“La reunión
es… muy puntual.”—
—“Claro.”— respondió Estela sonriendo mientras le dolían las
mejillas por el esfuerzo —“Que te vaya
bien en tu… reunión.” —
Ramiro asintió con
la serenidad de un hombre que no tiene idea que acaba de activar una operación
de espionaje doméstico.
Diez minutos después
salió del edificio.
Y tres segundos
después, salió Estela.
Con abrigo, cartera… y
mucha determinación.
Ramiro caminaba con
tranquilidad por la calle. Iba silbando.
Estela lo seguía a veinte
metros, escondiéndose detrás de autos estacionados con el sigilo de un agente
secreto… que jamás había tomado una clase de sigilo.
“Así que silbando el mamerto… vamos a ver cuánto te
dura.”
En una ocasión intentó
ocultarse detrás de un árbol muy delgado. El árbol apenas podía esconder un
gato flaco.
Ramiro se detuvo en
una esquina. Estela se lanzó detrás de un buzón.
Un señor que pasaba la
miró con preocupación.
—“¿Se siente
bien?”—
—“Estoy… buscando
una moneda que se me cayó.”— dijo ella.
—“Ah, bueno.”—
El hombre se alejó lentamente.
Ramiro cruzó la calle
y entró en un pequeño bar. Estela lo miró con horror.
—“¡Un bar! Se
va a encontrar con la yegua.” —
Aquello solo
confirmaba la naturaleza clandestina del encuentro. Entró también.
Se sentó en una mesa
detrás de una planta enorme que claramente había visto ocultado demasiados
secretos matrimoniales.
Desde allí observó. Y Ramiro estaba hablando con una mujer.
Estela entrecerró
los ojos mientras afinaba el oído todo lo que pudo.
La mujer era Laura,
y parecía una compañera de trabajo. Cuando vino el mozo, le pidió una gaseosa
cualquiera.
En ese momento Laura le preguntó a Ramiro:
—“¿Trajiste
las fichas?”— preguntó.
Estela casi se
atragantó de la indignación.
—“¡Fichas!”— susurró.
Ramiro miró
alrededor nervioso.
—“Shhh… no
digas fichas tan fuerte.”—
Estela apretó la
mesa.
—“¡Claro. Era
un código!”—murmuró.
En ese momento
apareció Ricardo, un amigo de Ramiro.
—“¿Todo listo?”— preguntó.
—“Sí”— dijo Ramiro —“Solo falta que llegue LK.” —
Estela sintió que el
drama alcanzaba proporciones operísticas.
—“¡LK! ¡Una
fiestita de parejas!”— susurró.
En ese momento una
mujer alta entró al bar.
—“¡Lidia!”— dijo Ricardo —“¡Llegaste!”—
Ramiro la saludó.
—“Hola,
chicos. ¿Arrancamos?”— dijo ella
Estela abrió los ojos.
Lidia debía ser LK.
La conspiración tenía
iniciales… y era bastante alta.
La tensión era feroz. Estela decidió que era momento de
actuar.
Se levantó de golpe. Avanzó
hacia la mesa.
—“¡Ramiro!”—
Todos se giraron. Ramiro se quedó congelado del asombro.
—“Estela…”—
—“¡Te
descubrí!”—
Silencio. Ricardo levantó una ceja.
Laura miró a Lidia. Lidia estaba sacando un mazo de cartas.
—“¿Descubriste…
qué?”— preguntó Ramiro.
—“¡La cita
secreta!”—
—“¿Qué cita
secreta?”—
—“¡El mensaje!
¡Nos vemos esta noche! ¡LK! ¡Las fichas!”—
Hubo un silencio.
Luego Ricardo empezó a reír. Luego Laura. Y después Lidia.
Ramiro se llevó la
mano a la cara.
—“Estela… esto
es… una partida de póker.”—
Estela miró la mesa
con las fichas. Las cartas en las manos de Lidia.
Y el mozo traía una
pizza con gaseosas.
—“¿Póker?”— dijo
lentamente.
—“Sí.”— dijo Ramiro —“Te dije que tenía una reunión.”—
—“¡Pero el
mensaje!”—
Lidia levantó la mano:
—“Lo mandé yo.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque la
última vez Ramiro se llevó las fichas”—
Estela miró a Ramiro.
—“¿Y por qué
lo ocultaste?”—
Ramiro suspiró.
—“Porque sos
celosa. Y la última vez dijiste que el póker era la antesala de los adictos al juego.”—
Estela se quedó en
silencio.
Ramiro suspiró: —“¿Querés quedarte?”—
—“Solo una
mano.”— dijo medio avergonzada.
Quince minutos
después Ricardo la miró con respeto.
Le dijo:
—“Jugás
bastante bien.”—
Lidia le preguntó:
—“Estela…
¿desde cuándo sabés jugar?”—
Ella sonrió.
—“Desde hace
diez años.”—
Ramiro parpadeó
mientras preguntaba:
—“¿Y por qué
odias el póker?”—
Estela se encogió de
hombros.
—“Porque
siempre perdés. Y no quiero que te envicies.”—
Ricardo soltó una
carcajada.
Así fue como la noche
que iba a revelar una infidelidad inexistente terminó revelando que tendrían
una nueva integrante a las partidas de los jueves.
Y Ramiro, por primera vez en su vida, comprendió que el verdadero
problema de esa noche… no había sido el mensaje.
Había sido no invitar
a su esposa a jugar.
FIN
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